Part 16
--¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?
--Pero ya le dije a usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas y criadas en ninguna parte --añadió Amaranta notoriamente contrariada.
--¿Estamos viviendo en despoblado? --dijo el Marqués riendo--. En el Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto. Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado; pero disculpé a mis compatriotas como pude.
--Mañana --dijo Amaranta-- nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una _carta de seguridad_ para que pueda escaparse de Madrid una persona injustamente perseguida.
--¡Oh, no, de ningún modo! --dijo el diplomático--. Yo no oculto insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca.
--Bueno --dijo Amaranta--. Mañana ha de llegar mi primo el Duque de Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle.
--¡Que viene mañana! --dijo el Marqués--. Yo le esperaba esta noche. Me han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca. Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?
--Veremos --repuso Amaranta--. No puedo dar mi opinión mientras no le trate. El Duque de Arión se ha educado en París.
--Educación a la francesa --dijo Salmón--. _Vade retro._ ¿Apostamos a que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y lomo?
--¡Oh, no! --exclamó el diplomático--. Desde que supe que se había afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha dado para entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero qué veo?... Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil comisiones... Adiós, sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me vuelvo loco con tanto ir y venir... Es terrible que esos señores no puedan hacer nada sin uno... Adiós, adiós.
Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa apresuradamente.
XXVI
Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues, que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas. Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre Prior, y nos dijo:
--Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más seguro.
--¿Más seguro que la Merced?
--Sí --añadió Ximénez de Azofra--. Han venido a avisarme que se sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.
--Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo --dijo Salmón--. Vamos allá sin perder un instante.
Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre:
--Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido conseguir la carta de seguridad antes de tres días.
--Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa --dije.
--¿Esta misma noche?
--Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa --añadió el Padre Salmón.
--Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso --indicó Amaranta--. La principal contrariedad consiste en que no puede uno fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas. No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría salir con ese mismo traje de novicio?
--Mal vestido es, señora, para estas circunstancias --dijo Salmón--. Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones, confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante los ojos de distintos esbirros.
--Un criado de casa --dijo la Condesa-- tiene carta de seguridad. Con ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de esa gente?
--Los paletos --dije yo-- son los más perseguidos y a los que primero detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con los insurgentes de fuera.
--En este momento --exclamó Amaranta-- me ocurre una idea salvadora.
Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión, que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura, semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial. Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros sin fin mi memoria.
--Primito --dijo Amaranta--, me vas a hacer un favor.
--¡Oh! Mi querida prima --repuso Arión--, _de tout mon cœur_.
--Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme.
--¡Oh, _ma belle comtesse_! --dijo el currutaco llevándose la mano al corazón--. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais _quelque chose_ de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que...
--Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú traes los primeros figurines de ella.
--¡Oh, oh!
--¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad? Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.
--¡Oh, oh, _volontiers_! _Ma belle contesse_ es dueña de hacer lo que querrá con mi nombre.
--También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? --dijo Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a cabeza--; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los petimetres de por acá.
--¡Oh, oh, yo soy _très_ contento de daros mi _hábito_!
--Pues bien --dijo Amaranta con satisfacción--. Creo que podré salir adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con el menor riesgo posible.
Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome:
--Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca.
--Señora --dijo el fraile--, volveré al anochecer o cuando usía quiera; que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.
--Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.
Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección, y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el camino del convento.
Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno ciertamente de su habilidoso y enredador talento.
--No he visto más graciosa invención --dijo mi amigo--. Te pones el vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal; y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla. Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite un _bombé_... ¡Conque en _bombé_ nada menos, chiquillo! Te advierto que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo, en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy felices!
La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día, y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios; mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca, chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color; cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún conservaba muy buen ver.
Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante mí, llamándome _señor duque_; y por fin, lleváronme como en jubileo a la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi buen empaque.
Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al mercenario, y le habló así:
--Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.
--¡Pobre Zainilla! --exclamó el religioso--. ¿Y qué es ello?
--Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo, y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio, y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí principalmente, llamándome necio y mentecato.
--¡Era usted su cortejo! --dijo con desabrimiento Salmón--. ¡Oh, entre qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar!
--Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina, que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos que no son para contados.
--Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por ser ya de noche.
--Gabriel --me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro--, ¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?
--Amigo D. Diego --le contesté--, de menos nos hizo Dios.
--¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas con estos frailuchos?
--Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente --le dije--, siquiera porque estamos en su casa.
--No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha hecho fracasar mi proyectado casamiento.
--¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.
--Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses. ¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio, me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»
--¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?
--Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre, a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí.
--Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento, y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven esté dispuesta a darle su mano.
--Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber, compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias, dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante. Como además le debo cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle, aquí tienes el siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil. Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir un día por casa de todos los amigos y convidarles a una merienda en el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce que tomar del brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la primer moza de Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego a su casa? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos pintados actriz española, cantarina italiana ni bailarina francesa que no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo, pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si sale bien lo que hemos tramado.
Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre; instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición, en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor y representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido a parar su imaginación, atada durante la infancia con cien cadenas; ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía de aquel huevo, empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían, en vez de pollos, otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con angustia, sin saber quién las había engendrado.
--Pero si ella no le quiere a usted tampoco --dije a D. Diego--, lo que proyecta no será tan fácil.
--Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de mí.»
--¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?
--Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay mejor rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo... Pero verás lo que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo voluntariamente, se casará por fuerza.
--Eso me parece difícil.
--Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...
--Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.
--Tú eres sandio, por lo que veo --me contestó con petulancia truhanesca--. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo tiene dispuesto así.
Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta bajeza me producía.