Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
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EPISODIOS NACIONALES
NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
B. PÉREZ GALDÓS EPISODIOS NACIONALES PRIMERA SERIE
NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
43.º millar.
[Ilustración]
MADRID LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO Calle del Arenal, núm. 11. -- 1907
NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
I
El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz, etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid la siguiente vida:
Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo _la cuerda del necesario alimento_, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse, no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más de los días comían juntos, y luego leían la _Gaceta_, el _Semanario patriótico_, el _Memorial literario_ y cuantos papeles impresos venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre la _Zaina_ o la _Zunga_, pues en este punto existe una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado.
Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la _Zaina_, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues aunque a los caballos castaños se les llama _zainos_, no sé si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la palabreja significa también _traidor_, _falso_ y _poco seguro en el trato_, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias _Mano de Mortero_, merecía aquellos dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la _zainería_.
Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir a cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito, afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre, que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha, número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar alguna muestra a mis pacienzudos leyentes.
Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia _Rosa-Cruz_, el rito era tal, que algunas veces púseme a punto de reventar, conteniendo las convulsiones de mi risa, pues aquello, señores, si no era una jaula de graciosos locos, se le parecía como una berenjena a otra. En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás, escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito que decía: _Aprende a morir bien_.
Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al _Grande Oriente Inglés_ y al _Rito Escocés_. Yo tengo para mí que antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí, llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado.
Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, que yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y donde se regocijaban con candorosas ceremonias unos cuantos desocupados, salieron la famosa logia de la _Estrella_, la de _Santa Justa patrona de Córcega_, la sociedad de caballeros y damas _Philocoreitas_, la de los _Filadelfios_ de Salamanca, la Gran Logia nacional que estuvo en el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de Santiago el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras ciudades. Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas más serias y graves que los discursitos _filosóficos en verso_ que le echaban al esqueleto de la _Rosa-Cruz_; oí hablar mucho de política, de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca y llegó a ser muy de moda la palabra _democratismo_, que luego desapareció para presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque variada en su forma y tal vez en su significación. De la larva de aquellas logias, no es aventurado afirmar que salió al poco tiempo la crisálida de los clubs, los cuales a su vez, andando el voluble siglo, dieron de sí la mariposa de los comités.
Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar, luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en sus _salones_ el joven de que me ocupo, no acompañado solo por el citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que siempre se le unía en la _Rosa-Cruz_ para seguir juntos hasta la madrugada.
Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número de _habitués_ (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de los saraos de aquella matritense _high life_ (¿por qué no decirlo en inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder, mal de mi grado, el hilo del relato.
Los salones de la _Zancuda_, en la calle de Ministriles, se abrían muy temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco de fandango y menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la concurrencia. Era la _Zancuda_ mujer de grandes atractivos, a pesar de su feísimo nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su marido, o lo que fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático, hombre estirado, serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima perspicacia las socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios de puertas, no se cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda en el tal oficio. Don Diego y sus dos amigos frecuentaban poco esta casa, donde comúnmente se estaba como en misa.
En los salones de la _Pelumbres_ (calle de la Torrecilla del Leal, tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no solo por ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente graciosas, más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas que han existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían personajes célebres en varias artes y oficios, tales como el distinguido curtidor _Tres pesetas_; el _señor Medio diente_, uno de nuestros más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías de Toledo, y _Majoma_, curtidor de carne, el cual, cuando contaba sus viajes por las distintas cortes del mundo, tales como Melilla, Ceuta y el Peñón, les dejaba a todos con la boca abierta. Y como no faltaban tampoco ni la Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres estrellas esplendorosas del firmamento manolesco, la una vendedora de castañas, la otra de callos y caracoles, y la postrera de sal; como no se escatimaba el vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni a la sabrosísima libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto en frecuentar aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer silenciosa en este punto) que las tertulias solían concluir con un refresco de palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de improviso sobre la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban que afligían a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en recibirlos, no se apuraba por unos cuantos cardenales más o menos, ni renunciaría a las fiestas de la _Pelumbres_, aunque llevara en sus espaldas todo el cónclave romano.
Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de _Rosa la Naranjera_, tan célebres en toda la redondez de Madrid, que hay historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más de un Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las Maldonadas? Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, eslo en lo tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo cual certifico, por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y Reyes, pues de estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y espadas, los cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad y franqueza se dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que quieran la ruin envidia y la mala fe de los que allí se quedaron limpios como patenas, el banquero Juan Candil era una persona honrada, y de recomendables antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía la Naranjera que en su casa no se consentían trampas, razón por la cual creemos que aquel era juego de ley, y que cuanto se decía acerca de las diestras manos de Candil y de las marcas de sus mugrientos naipes era, o cavilaciones de los parroquianos, o efecto de esa viciada atmósfera que rodea a las grandes instituciones cuando se las plantea entre gente díscola y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella casa! ¡Y cuánto le querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos en alabanza de su liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles.
Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se consagraba todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, pues siguiendo la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho de política. A ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar, el tío Mano de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También concurría Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no dejaba de saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), razón por la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las _Gacetas_ y papeles nacionales y extranjeros, porque es de advertir que si el tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía ibérica (merced a sus frecuentes viajes _científicos_ para desesperación del Estado y quebrantamiento del fisco); si por esta circunstancia conocía la posición de los ejércitos beligerantes, Pujitos iba mucho más allá: elevábase en alas del genio, y su pensamiento cerníase en las vertiginosas altitudes del arte militar y diplomático, como el águila sobre las eminentes cumbres.
Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que los eruditos llaman palos, y el vulgo también; pero sabido es que los palos son para ciertas gentes gustosísimo postre, después de los manjares fuertes del amor y del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego era muy feliz con aquella vida.
Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían? ¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia en el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a nada más propendían todas y cada una de las sales y monerías de su lengua y ademanes? Válgame Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de aquella princesa o semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y con tanta presteza la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que el puesto era un trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los rábanos jacintos de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los ajos cerradas azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las flores, así como también podía suponerse que el agujereado mandil de la Zaina era un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo de partir varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles manos, y los ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, de remotas tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte castillo de su honestidad.
¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus atractivos y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh, inflexible ley de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la Zaina fuese esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo mis lectores conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por segunda vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el Sr. de Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en _pauperum tabernas_ que en _regumque turres_; y aunque era persona de alta posición por aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado regidor de Madrid, sus preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo que Horacio llamó _tabernas_, y en castellano podemos nombrar ahora con la misma palabra.
II
Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las librerías principales, que era donde más se hablaba de política.
No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado, Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, en la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de la Montera; la de Justo Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a San Felipe el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo Domingo. En estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que pretendían serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los menos; personas más aficionadas a la conversación que a los libros, gente desocupada, noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era patriota.
Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo, echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana, el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo siglo. Pero España es así.
Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez, porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas comedias de circunstancias _La alianza de España e Inglaterra, con tonadilla_, y _Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza_, que en aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que nada faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre, también asomaba las narices por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, si bien un día puso punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé qué ingeniosa burla.
En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera, en la logia de _Rosa-Cruz_, en la librería de la calle de las Veneras y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues, como he dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, venciendo para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El joven se franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me decía, más procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de su vida me fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me guardaba muy bien de preguntarle ciertas cosas.
¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que no podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como era tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí de los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores de sangre, que se bebían la de mi Condesito. Este llegó a verse muy afligido, pues nadie le fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo que cierta noche, cuando salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o hipérboles, terminaron con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía, y se despidió, suplicándome que dijese algo en su favor a cierto prestamista llamado Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle un tiento al siguiente día, aunque las cantidades adeudadas subían al séptimo cielo. Yo le prometí interceder en su favor, y deseándole las buenas noches entré en mi casa.
III
La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia, con la bordadora en fino y otras personas que, si no gozan en la historia de celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en rebajar los altos caracteres.
Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña Gregoria:
--No puede _por menos_ sino que a ese bienaventurado Sr. de Arroiz le ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y alma, que para eso estaba.