Nacha Regules: Novela

Part 7

Chapter 74,047 wordsPublic domain

--Sí, una mala mujer--repetía Aquilina.--Después que mi hija se dedicó a la vida yo la recibí aquí en casa y acepté la plata que me traía. Y al principio, cuando Arnedo la dejó, ella quiso vivir aquí, quiso ser buena. Pero esa mulata la volvió a perder. Y yo lo sabía todo, todo... ¡Perdonáme, Fernando! ¡Perdonáme todo el mal que te he hecho a vos también! Yo he visto más de una vez que eras desgraciado por mi culpa. Si hubiese sido una buena madre hubiera deseado morirme para no perjudicarte. Pero no me importaba nada, ésa es la triste verdad, hijo. Felizmente, ya me voy. Ahora serás libre de esta cadena que debe pesarte tanto. Pronto, cuando nadie se acuerde de esta pobre mujer, no habrá quién te reproche que seas el hijo de la Aquilina Severín. Ya falta poco, Fernando. Siento que me muero. El corazón se me detiene...

Fernando apenas la escuchaba. Al principio, la terrible confesión de su madre le hizo retirar la mano instintivamente. Luego se dobló sobre sí mismo y quedó con los codos en las rodillas, las manos unidas y los ojos cerrados. Aquello le causaba un dolor agudo, penetrante; un dolor que sentía en cada uno de los átomos de su ser. La confesión de su madre le avergonzaba, pero a la vez le liberaba. Parecía que al calmarse Aquilina con la declaración de sus culpas, él sintiera también que una cierta paz comenzaba a adentrarse en su corazón. Al principio creyó que su madre le repugnaría, que la odiaría. Pero al contrario: ahora la amaba más que nunca. Todo el anhelo de piedad que llevaba dentro se concretaba en la madre, y terminó llorando acongojadamente y besando a Aquilina y abrazándola con un cariño que fué la única felicidad de esa mujer en aquellos momentos dolorosos.

--Madre, yo soy el culpable, y no usted--dijo cuando cesó el llorar y la ternura.--Y a declararle eso, a explicarle la razón de mi culpa iba a venir esta tarde, antes que usted me llamase. Yo soy el culpable, sí. Yo soy más inteligente, más culto que ustedes; tengo más conocimiento de la vida; ando entre gente muy superior a ustedes. Me correspondía a mí ejercer una especie de tutela sobre mi madre y mi hermana, vigilarlas, educarlas si era posible. Yo debí ser enérgico. Y no hice absolutamente nada de esto. Iba a la casa de ustedes lo menos posible, para no recibir aquella sensación de ser hijo natural que me era tan molesta. Nunca me interesé realmente por ustedes. Eugenia, ¿qué me debe? ¿Qué consejos le dí con verdadera sinceridad? ¿Cuándo le hablé con el corazón en la mano, fraternalmente? Y después, cuando aquel Arnedo empezó a enamorarla, ¿qué palabras eficaces le dije? Debí quedarme junto a ustedes, acompañarlas para evitar lo que era un peligro común. Y en lugar de esto me fuí a Europa, disgustado de mi madre y de mi hermana, huyendo de ellas, dejándolas abandonadas.

--Yo te hice desgraciado. Has sufrido por mi culpa.

--Por su culpa, no. He sufrido por culpa de la soledad. Pero no importa. Todo eso está ya lejos, madre. He llegado por fin a conocerme a mí mismo y a conocer la sociedad.

Aquilina se reagravó. Fernando, impaciente en espera del médico, dispuso que la mujer de Moreno le aguardase en la puerta de calle. Su madre se ahogaba, necesitando oxígeno probablemente.

--Hay que buscarla--decía ella, casi sin poder hablar.--Necesito que me perdone... Buscarla... Me muero, hija mía...

Fernando pensaba con horror en la existencia que tal vez llevaba Eugenia. ¿Sería una muchacha de mala vida? Recordó a Nacha, e imaginó que quizá ellas se habían encontrado y conocido. Nacha, Eugenia... ¡Extraño destino el suyo! Había pasado toda su vida alejado de esta clase de mujeres, y he aquí que ahora debía mezclarse con ellas, como un hermano. Nacha, Eugenia... ¿Amaba a Nacha? Y si no, ¿por qué pensaba en ella todo el tiempo, aun en medio de sus desgracias? ¿Y a dónde le conduciría su amor? Si encontraba a Eugenia la llevaría a vivir con él. ¿Y por qué no a Nacha también, para que viviesen los tres fraternalmente? Eugenia, Nacha... La hermana y la que amaba. Mezclaba a las dos muchachas hasta hacer de ellas una sola. Sus almas, sus vidas y hasta sus rostros se convertían en uno, y de aquellos dos seres desdichados salía un símbolo del dolor humano. Era la eterna víctima del egoísmo, de la ignorancia, de la maldad de los hombres. Era la eterna víctima de los bienhallados del mundo.

La llegada de Torres le sacó de sus pensamientos. El médico le explicó la gravedad del caso y le envió a buscar oxígeno. Monsalvat se hizo acompañar por Moreno.

En el carruaje, preguntó al procurador por Eugenia. Según la madre, Moreno sabía su domicilio, pero lo ocultaba para obtener dinero. Y en cuanto a Eugenia, no quería que supiesen dónde vivía. Moreno aseguró no acordarse. Pero averiguaría.

--Es algo difícil, mi doptor, pero basta que usted... Nuestra pobreza, como comprenderá...

--Tendrá el dinero que quiera. Pero mañana mismo, ¿entiende? mañana mismo la trae a la casa de mi madre.

Moreno prometió traerla. Y luego se puso a hablar de Eugenia, de su belleza, del lujo que llevaba. ¡Era una desgracia! Pero ¿qué se iba a hacer? Y agregó filosóficamente, para consolar a Monsalvat:

--No hay que afligirse demasiado. ¡Son cosas de esta vida, mi doptor!

Cuando volvieron con el oxígeno, Aquilina acababa de morir.

VIII

Cuando Nacha entró en su casa sentíase algo tranquilizada. El arrechucho de la tarde, al expulsar con violencia a Monsalvat, había pasado casi enteramente. Cierto que aquello trastornó todas sus ideas, hasta el punto de no querer saber nada de lo que hacía un instante fuera el ideal de su vida. El nuevo cambio, la impresión de dulzura que sentía, la tristeza profunda que le causaba el recordar su actitud hacia Monsalvat, eran debidos únicamente a su visita al cementerio. Parecía que el espíritu de Riga la hubiese dulcificado, la hubiese penetrado de bondad. En su mansedumbre de ahora, ni siquiera comprendía aquel impulso extraño que le hiciera echar de su casa a Monsalvat.

Había vuelto a desear ser buena. Dijérase que había recogido en el cementerio una lección de bien. Después de haber visto el humilde féretro de su amigo, después de despedirle con lágrimas silenciosas y algunos padrenuestros, ¿cómo había de ser mala? ¿Cómo no querer ahora abandonar la vida que llevaba, y que no era sino el vestíbulo--¡ah, bien lo sabía!--de otra vida peor?

Pero, ¿cómo hacer? Nada se le ocurría que fuese realizable. Comprendía que Monsalvat le hubiera dado la solución, y se desesperaba, maldiciéndose e injuriándose, por haberle arrojado de la casa. Ella confiaba en que Monsalvat no habría de ofenderse, que le perdonaría todo. Pero ¿dónde encontrarlo ya que era poco probable que él la buscara? ¿Quién era? ¿En qué se ocupaba? ¿Qué amigos tenía? ¿Qué lugares frecuentaba? No sabía nada, absolutamente nada, fuera de su nombre.

Por un singular fenómeno, Nacha empezaba a confundir a Monsalvat y a Riga. ¡Cosa extraña: no podía pensar en uno sin pensar también en el otro! Las cualidades de Monsalvat se las aplicaba a Riga y las del poeta bohemio a Monsalvat. Tal vez tuvieran algo de común espiritualmente, pero en lo físico eran muy desemejantes. Monsalvat daba una impresión de serenidad; Riga, al contrario, parecía todo nervios y exaltación. Por otra parte, Monsalvat era un espíritu fuerte; Riga, un débil, un abúlico. Monsalvat tenía todas las condiciones para triunfar en la vida, y en cierto sentido relativo había triunfado; Riga era de aquéllos que nacen destinados al fracaso, era del número de los vencidos de sí mismos, de los vencidos de la vida. Pero fuera de estas diferencias, los dos fueron buenos, generosos, nobles, sin envidia, sin maldades de ninguna clase. ¡Ah, qué suerte tuvo ella en haber encontrado un amigo como Monsalvat, y qué desgracia tan tremenda, tan irremediable el haberlo perdido para siempre!

Cuando a la noche llegaron Arnedo y luego sus amigos y sus amigas, Nacha estaba absolutamente fúnebre. Quería hablar, reir como los demás, pero las palabras se le quedaban en la punta de los labios y la risa se le convertía en tristeza. No sabía cómo ocultar sus preocupaciones; y todo fué inútil, porque Arnedo y sus amigos no tardaron en observarlas. Arnedo parecía disgustadísimo. En cierta ocasión, desde una pieza vecina, Nacha sorprendió al Pampa y a uno de sus amigos este diálogo:

--¿Pero y por qué no la largás, hombre? Una mujer que todo el día se lo pasa con cara de Viernes Santo...

--Antes no era así. Ninguna como ella para conversar, para bailar, para dirigir la cocina, para vestirse, para entretener a la gente con mil cantitos y musiquitas... Era antes muy divertida, Nacha. Y buena, ardiente...

--¿Y qué le pasará?

--De todos modos estoy resuelto a dejarla. Te conté de aquello... el asunto de Belgrano... Pues va así--dijo levantando el brazo con el puño apretado.

--Entonces, ya tiene Nacha sustituta. Pero contáme, hombre. ¿Ha habido hoy novedades?

Nacha no quiso escuchar más y fué a la salita, donde se reunió con las otras dos muchachas, algo menos triste después de oir lo que había oído.

En el comedor Nacha se esforzó con más éxito por parecer alegre. Bebió vino con exceso, pero disimulando. Ya no le importaba nada de Arnedo, pues sabía que su suerte estaba decretada, pero quería "dejar una buena impresión de ella" en todas las personas que la rodeaban y a las que nunca tal vez volvería a ver.

Mientras tanto, el recuerdo de Monsalvat y de Riga no se borraba de su imaginación. Veía a los dos en el fondo de la copa; en medio de las puertas, mirándola tristemente y reprochándole con los ojos su conducta; en frente de ella, a su lado. En una ocasión, habiéndola hablado uno de los amigos de Arnedo, creyó que era la voz de Monsalvat y estuvo a punto de nombrarle al volverse. Pero en seguida se dió cuenta, y tapándose la boca con una mano se ruborizó ligeramente. Otra vez le pareció que Riga entraba, y adelantó el cuello hacia la puerta, con cierto asombro de sus comensales.

Arnedo y sus amigos hablaban de las fiestas del Centenario de la Revolución, que aún duraban; de teatros y cabarets, de la belleza de las artistas, y de las carreras. Comían allí tres mujeres y cuatro hombres. Uno de los hombres llevaba smoking. Eran los mismos del cabaret, los que se burlaron de Monsalvat; y como el suceso no era vulgar, no tardaron en hablar de él.

--Pero, ¿quién es ese idiota?--preguntó uno, aquel sujeto desgarbado, flaco, feo, gesticulante y chillón que daba los ayes burlescos en el cabaret y al que llamaban el Pato.

Todos los ojos se dirigieron a Nacha, los de Nacha miraron inquietos y rápidos a las demás personas de la mesa.

--Es hermano--dijo Arnedo, dándose importancia--de una de mis mejores conquistas. ¿Se acuerdan de Eugenia?

Nacha se quedó fría, helada. ¿Sabría Monsalvat? Y ¿dónde estaba esa Eugenia? ¿Estaría en "la vida" también? Ah, era casi seguro. Ahora se explicaba la actitud de Monsalvat, sus palabras emocionantes de aquella tarde. Monsalvat no la quería en realidad; y no era sólo por ella, Nacha Regules, que tenía tan hermosos sentimientos, sino por su hermana. No había en él sino lástima, porque tenía una hermana así. Y claro: ¿cómo iba a querer un hombre como Monsalvat a una infeliz, a una muchacha de la vida?

Otro de los comensales, el del smoking, un muchachón narigudo y altísimo, apodado el Loro, afirmó que Monsalvat escribía en _La Patria_. Varias veces él vió artículos con ese nombre al pie. Los cuatro hombres creyéronse entonces obligados a expresar su desprecio por Monsalvat. Un hombre que se pasaba las horas escribiendo y leyendo debía ser forzosamente un sonso. El desprecio de estos muchachos era sincero. Productos de la incultura que les rodeaba, veían en los hombres de estudio a sus más fuertes enemigos. No comprendían que se pudiera vivir para otra cosa que para el placer, y entendían por placer la satisfacción de sus instintos primarios. Odiaban el libro y aun el periódico, adivinando en la obra de la inteligencia una fuerza poderosa que podría acabar con sus indiadas.

Mientras comían, trataban de ser graciosos. Pero las gracias, para estos descendientes de Moreira, consistían en referir estúpidos chistes a los que llamaban cuentos alemanes, en arrojarse pelotillas de miga, en ponerse a cantar o a gritar súbitamente. A lo mejor, el Pato se hacía el que lloraba; era su gracia predilecta. O el Loro se levantaba, desaparecía y volvía con un sombrero de mujer en la cabeza. O el Pampa, con el revólver al aire, hacía como si pelease con una sin dejar ni un segundo de vociferar enormidades. Y los demás coreaban con risas y con incoherentes músicas.

Nacha, ya alegre enteramente, comenzó a canturrear y a golpear con el cuchillo en el vaso. Los compañeros la siguieron y en un instante se formalizó una orquesta. El Loro se subió encima de la mesa para dirigir; los demás se habían parado en distintas sillas.

--Ché, ché, sujetá hermano--gritaba Arnedo al Loro, para que bajase de la mesa.

La sirvienta, parada en el umbral, contemplaba aquella escena y se retorcía de risa. Era una baraúnda de gritos, chillidos, ayes, cantos, golpes sobre las copas, interjecciones, malas palabras. Por fin Nacha se puso a bailar la jota. Arnedo se le fué encima, y, abrazándola, gritó desaforadamente:

--¡Así te quiero ver, mi negra! ¡Ahora te reconozco!

--Salí, andáte con la de Belgrano. Ya me podés echar porque tenés quién te tolere...

Arnedo se quedó paralizado, mirando en redondo. Con su inteligencia nublada no podía recordar a quién había contado. Tenía los ojos fijos en Nacha, como traspasándola.

--Me vas a decir quién fué... ahora mismo. Si es que no me has hecho seguir... Porque sos capaz, grandísima....

Nacha le miraba con asombro, sin comprender casi.

--¿Qué? ¿Qué he dicho yo?

Arnedo iba a abofetear a Nacha, que se llevó las manos a la cara, para defenderse. Estaba hecho una furia. No le importaba que Nacha supiese sus aventuras; él mismo se las había contado más de una vez. Lo que le irritaba, humillándole en su criterio de compadrón, era que ella lo dejase, y que hubiese encontrado un pretexto para ello. Él creía que Nacha se iba con Monsalvat; y esta idea de que su querida prefiriese a otro, se le hacía intolerable.

¿O te han contado éstas?--exclamó de repente, asaltado por una idea, y encarándose con las otras dos mujeres.

--Yo no sé nada--dijo una de ellas.

--Es la primera vez que oigo esa historia--aseguró la otra.

Arnedo, que estaba de pie, junto a la mesa, se apoderó de su copa que quedara llena de vino y la vació de un trago. Permaneció pensativo unos segundos, y en seguida, llevándose la mano derecha a la cintura, le gritó a aquel de sus amigos con quién hablara aparte aquellas palabras que sorprendió Nacha:

--Me había olvidado... No puede ser si no vos el chismoso y el traicionero. ¡Mal amigo! Siempre te creí un canalla, y ahora me las vas a pagar todas...

Había sacado el revólver, y lo blandía arriba y abajo, en todas direcciones. Los otros amigos le sujetaron el brazo, pero no le quitaban el arma temiendo que hiciera fuego. La escena hubiera acabado desastrosamente a no entrar Amiral. Este Amiral era el prototipo del calavera pobre. Frecuentaba las _garçonnieres_, los "cotorros". Siempre se le veía junto a alguna pareja, sin compañera propia, naturalmente. Bebía el champaña que pagaban los otros, iba en los automóviles de los otros y hasta recogía algunas migajas de los amoríos de los otros. Muy alto, muy flaco, de brazos interminables, piernas esqueléticas, cara chupada, bigotes gruesos y torcidos hacia arriba, ojos saltones que parecían de vidrio, el pobre Amiral estaba lejos de ser un tipo interesante. Además su eterna pobreza le convertía en un ser ridículo. Pero Amiral nació para la vida galante. En el siglo XVIII hubiera sido un marqués enamorado y madrigalesco. Ahora sólo era un infeliz. Su prestigio, porque aunque parezca extraño lo tenía, provenía de sus viajes a Europa. En nuestro país nada procura tanto respeto y buen nombre como el haber viajado por Europa. Cuanto más tiempo allí, más méritos. Amiral viajaba cada dos años. Viajaba pobremente, llevando él mismo su maleta, no usando jamás coche, no dando casi propinas. Generalmente se instalaba en París, donde vivía a costa de los argentinos. No conocía de París sino la vida galante, es decir, la triste vida galante de los bulevares, de _L'Abbaye d'Theleme_, de los cabarets y de las casas amuebladas de la Chaussée d'Antin. Pero en Buenos Aires todo esto le encumbraba gloriosamente, y él hablaba con fruición de la vida galante en París. Al oirle, se creyera que fué amante de alguna gran cocota, pero en realidad a las mujeres de este género apenas las había visto dos o tres veces y muy de lejos. Él decía que en Buenos Aires "no había ambiente", y sus amigos acataban la autoridad de Amiral, y le compadecían y se compadecían por no estar en París. Cuando en los círculos que frecuentaba se discutía sobre mujeres, no era raro oir que se invocase la autoridad de Amiral: "Amiral dice que en París...". Y ya nadie discutía más.

--Pero, señores, ¿qué es esto? Parece un campo de Agramante.

Entró riendo como siempre y haciendo vastos gestos con sus brazos, que movía de adentro hacia afuera, los dos a un tiempo, describiendo grandes curvas.

--No es posible... Muchachos distinguidos como ustedes, buenos amigos...

La intervención de Amiral desarmó a Arnedo, que guardó el revólver. Una de las mujeres quiso explicar el incidente, pero Amiral la detuvo, oponiéndole sus manos, allá en el extremo de sus quijotescos brazos interminables.

--No, no, no... Nada de explicaciones. Todo terminado, jóvenes amigos. Y ahora, alegría y felicidad. ¡Champaña! A ver usted, ¡dos botellas de champaña!

La sirvienta, que entrara en este instante, acató la orden del intruso y se apareció con las dos botellas. Amiral brindó por la paz y el eterno amor de los esposos Arnedo, y volvieron otra vez las risas, los gritos, los bailes, los ruidos, la música de los cuchillos en las copas. Arnedo exigió que Nacha declarase que no pensaba abandonarlo, y Nacha dijo lo que le pidieron. Entonces, bajo la protección de Amiral, se reconciliaron. Arnedo sacó a Nacha de su asiento, llevándola al suyo, la sentó sobre sus rodillas y la acarició, entre las protestas burlonas y las risas y gritos de los demás. "¡Ché, ché! Hasta ahí no más... Ya basta. Mirá que nos vamos", le decían los amigos.

La primera botella se había ya terminado y estaban en la segunda, cuando Nacha, que se iba poco a poco entristeciendo, se soltó a llorar.

--¿Qué significa esto?--preguntó Amiral.

--Nada--dijo Arnedo.--Cada vez que se mama le da por lloriquear.

Nacha, completamente ebria, comenzó a hablar. Los demás se reían como locos viendo sus gestos, sus muecas, oyendo aquellas cosas incoherentes que decía.

--¡Tanto que lo quise y se ha muerto!--gemía Nacha, entrecortando las palabras.--Estuvo aquí esta tarde, me dijo que me quería, y ya se había muerto. No hubo un hombre más bueno ni más santo... ¡Ay, Dios mío! Lo que hizo en el cabaret no lo hace nadie. ¡Carlos Riga se llamaba! ¡Desgraciada que soy! Me dijo que sufriera... Era necesario sufrir... Pero yo quiero vivir, vivir... Quiero vivir y sufrir. ¡Me ofreció su amistad! ¿Y para qué? ¿Para morirse? Todos los que quiero se mueren. Se ríen ustedes de mí... ¿Y por qué? ¿No digo la verdad? Soy una arrastrada, pero soy mujer, y he sufrido y fuí madre y sé lo que es el cariño... No me iré de esta casa...

--¡La ha agarrado lindo, la Nacha!

--¡Es mejor la tranca que el pasador!

Pero Nacha ya no oía ni comprendía. Los ojos se le cerraban de sueño y no tardó en dejar caer la cabeza sobre sus brazos y quedar allí en la mesa profundamente dormida.

Se levantó muy tarde al día siguiente. La sirvienta le entregó unas líneas de Arnedo. Le decía el amigo que no quería verla un minuto más en la casa, que podía irse con Monsalvat o con quien fuese. Necesitaba el lugar de ella para otra, y le incluía un billete de cien pesos.

Nacha estaba serena, aunque avergonzada del espectáculo de la noche anterior. Se alegraba de que su amistad con Arnedo terminase así. Era mejor concluir de una vez. Ahora le parecía que él también le tenía ley. Si no, ¿por qué le escribía en lugar de echarla a puntapiés o por medio de la sirvienta? Era una delicadeza extraña en el Pampa. Tuvo la tentación de quedarse, por capricho únicamente. Pero no. ¡Al diablo el Pampa! Quería ser honrada, ensayaría.

Escribió dos palabras a Arnedo, para asegurarle que no le guardaba rencor ni antipatía y para devolverle los cien pesos. Luego arregló su baúl, tranquilamente, sin pensar en nada. Cuando acabó, lo hizo bajar, y llamando un carruaje dió la dirección de una casa de huéspedes, cuyo aviso leyera en _La Patria_. "Casa seria, de confianza", decía el diario. Nacha había sentido una gran alegría al tropezar con este aviso. Ya se imaginaba que había andado buena parte del camino de la honestidad.

IX

La muerte de su madre y todo cuanto ella le refiriera sobre Eugenia, habían producido en Monsalvat como un sopor de la voluntad y del entendimiento. Se dejaba vivir, se abandonaba a la corriente de las horas que pasan, como una pequeña planta en medio de un gran río. No soñaba, no pensaba, no recordaba. Alguna vez, sin embargo, supuso que aquel estado de pasividad espiritual debía ser análogo al de Nacha, que se dejara arrastrar por la vida sin pensamiento, sin voluntad y sin ensueños.

Pero esta situación no podía durar largo tiempo en un espíritu como el de Monsalvat. A los pocos días de la noche en que murió su madre, ya comenzó a sentir la necesidad de la acción. Dos preocupaciones le acosaron: la de encontrar a su hermana y la de resolver la situación de las pobres gentes de su conventillo.

Una mañana el corredor encargado de hipotecar la propiedad le refirió que el asunto estaba ya arreglado. No había sino que escriturar. El Banco le entregaba cédulas por valor de cuarenta mil pesos. Monsalvat se trasladó inmediatamente al inquilinato.

--¿Por qué no ha cumplido usted mis órdenes?--le preguntó al encargado.

--¡Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale ná. Ahí los tiene: son peores que los marranos.

Se trataba de diversas disposiciones higiénicas que Monsalvat no veía realizadas. El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Gustaba hacerse el gracioso, pronunciando algunas palabras como los andaluces. Parecía inquieto por la presencia de Monsalvat.

--¿Pa qué va usté a hablar con ellos? No le dirán más que mentiras. Hay que darles leña, hombre, y no buenas palabras ni favores.

Pero Monsalvat, apartándole porque se interponía en su camino, se dirigió a uno de los cuartos que vió abiertos. Vivía allí un italiano, empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre había ido al trabajo. Monsalvat preguntó a la mujer si el encargado le había transmitido sus órdenes. La mujer dijo que no.

--¿No ve? ¿Pa qué les pregunta ná?--exclamó el aragonés, triunfalmente.

Y agregó, lanzando una carcajada:

--¡El pueblo soberano!

Monsalvat le exigió que se retirase, y el hombre, protestando, se alejó.

--¿Cuánto ha pagado este mes?--preguntó Monsalvat a su inquilina.

La italiana supuso que pretendía aumentarles el alquiler y creyó del caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades. Monsalvat exigía que le dijesen cuánto pagaba y la pobre mujer, temblando, declaró que veinte pesos. Las palabras de la vieja disgustaron a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar sólo la mitad de los alquileres. Pero la vieja interpretó al revés aquel disgusto del patrón. Se enojaba porque pagaban poco, y ahora le subiría el alquiler. ¡Esta América!