Nacha Regules: Novela

Part 6

Chapter 63,989 wordsPublic domain

Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones y sentimientos no serían obra de su condición de hijo natural. Seguramente que sus enemigos lo creerían así. Dirían que él era un amargado a causa de su bastardía, un vengativo que culpaba del gran pecado de su madre a los demás y a la sociedad. ¿Y sería así, en efecto? No, no. Había una justicia por encima de todas las razones humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales y de los propósitos de venganza, condenaba la Iniquidad y había decretado--¡no podía ser de otra manera!--si bien para un día lejano, el fin de todo aquello que él odiaba.

Por fin, cuando ya no pudo soportar más lo que oía, cuando ya no pudo detener más aquello que quemaba en su interior y que salía en llamas a los ojos, habló. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le sabía tímido, enemigo de atraer la atención, le miraba estupefacto. El médico estallaba en pequeños movimientos de indignación, y pretendía interrumpirle. Isabel parecía encontrar razón a Monsalvat, pero dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oía sería contra la religión. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella emoción nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a Monsalvat.

¿De qué hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que unos vivan en palacios colosales, con parques magníficos, mientras allá en el inmundo, en el oscuro, en el frío cuarto del conventillo se amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educación; y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida, su salud y su alma, para poder vestirse y comer.

--¿Y por qué no trabajan?--interrumpió colérica la gordita, que había escuchado espantada a Monsalvat.

--Porque no les dan trabajo, señora. Porque los ricos prefieren comprarlas. O porque el trabajo, tal como ahora se halla organizado, es otra iniquidad que mantenemos egoístamente. ¡Yo no sé cómo todo ese mundo de abajo no ha venido todavía a exterminarnos, a degollarnos en masa! Es la justicia que merecemos. Viene con lentitud, señora, pero ya llegará. Vaya preparando usted un lindo escote para ese día. Donde ahora siente el calorcito de las perlas, sentirá el filo de un sable...

Protestas e indignaciones. Elsa rió y aplaudió, divertidísima. Isabel se convirtió en enemiga de Monsalvat. Todo aquello, según ahora comprendía, estaba en contra de lo que opinaban los Padres. ¡Qué horror! La gordita le llamó a Monsalvat anarquista, asesino y enemigo del orden.

Se habían levantado de la mesa y se distribuían en pequeños grupos. La gordita parecía empeñada en discutir con Monsalvat. Ruiz de Castro se acercó sonriendo.

--¿Están arreglando el mundo?

--Es Monsalvat que se ha vuelto un anarquista peligroso.

--No hay nada tan peligroso como el decir la verdad--sentenció Monsalvat.

--Pero más peligrosos que la verdad suelen ser los soñadores, ¿no es cierto?--dijo Ruiz de Castro, dirigiéndose a la gordita.

--Claro. Y si no, vea lo que ha dicho Monsalvat de esas mujeres. Por poco no ha dicho que yo tengo la culpa de que... de que ellas se... en fin, ya me entienden. ¡Demasiado entienden ustedes de estas cosas! Yo creo que a esas infelices les falta temor de Dios. Antes que dedicarse a esa vida, debieran pedir limosna, colocarse como sirvientas, recurrir a tantas sociedades caritativas, irse a la cosecha, ¡qué sé yo! Trabajo no puede faltar. Lo mismo que los hombres. En lugar de hacerse anarquistas o socialistas o andar de huelga en huelga, debían conformarse con la voluntad de Dios, resignarse con su suerte. ¡Qué se ha de hacer!

--¡Es cierto!--exclamó Isabel, arrastrando las últimas sílabas, como muy impresionada, y con la convicción de quien ha encontrado un argumento definitivo.--¡Es ciertísimo! ¿Por qué hacen huelgas? Es mal hecho, eso.

La gordita, después de un profundo suspiro, agregó con acento melancólico:

--¡Cada uno debe aceptar el lote que le toca en la vida!

--Cuando es el suyo--dijo Ruiz de Castro sonriendo,--se puede pensar así. Pero yo, en vez del lote suyo, preferiría el que le ha tocado a su marido.

--¿El mío?--exclamó ella, sin darse por aludida.--¡Pero si nosotros somos casi pobres! No diré que estemos en la miseria, pero fuera del sueldo de mi marido como diputado, no tenemos sino unas rentitas insignificantes y una estancia aquí cerca de Buenos Aires. Y sin embargo, no me quejo de mi suerte. Otros tienen millones... Y bueno: no los envidio, y me conformo con la voluntad de Dios.

Monsalvat no quiso oir más. Ruiz de Castro seguía dando bromas a la gordita. Monsalvat continuó en el pequeño grupo. Cerca de él, Ercasty y dos amigas despellejaban a una joven dama de gran belleza. Ercasty la acusaba de tener un amante. Furioso y justiciero, decía que esa mujer ofendía a la sociedad y que era un deber higiénico rechazarla, hundirla. Sus vecinas aprobaban, por fórmula. Monsalvat, que sabía las infamias del marido de la criticada, su abandono del hogar, sus borracheras, sus trampas, encontraba humano y lógico que esa mujer amase a otro hombre. Lo que no comprendía era la indignación de Ercasty. ¿Por qué se convertía en abogado de la sociedad con tanta furia? ¿Qué ídolo monstruoso era la sociedad, que exigía el sacrificio de los ensueños de amor, de los instintos naturales, de la necesidad de cariño? ¿Qué ídolo monstruoso, venerado tan absurdamente por hombres cultos?

¿Qué le quedaba a Monsalvat por hacer allí? Sentíase desdeñado. Estaba de más, no era aquél su sitio. Se despidió de los dueños de casa y se fué. En la calle, el aire de la noche despejó su cabeza. Se encontraba aturdido, aplastado, medio enfermo. Caminó a pie largo rato y se serenó. Pensó que por última vez en su vida había visto una imagen del mundo de la injusticia. Su ruta se había definido ahora enteramente. El bien estaba allá abajo, y la única ocupación de un hombre digno y bueno era luchar por los oprimidos. Sí, él daría su vida y el poco dinero que le quedaba por los tristes de la tierra. ¿Le creían vengativo? Él bien sería su venganza.

Llegó al hotel a las doce. Sentíase disgustado otra vez de sí mismo.

Se quitó el frac, lo arrojó al suelo con desprecio y se puso a pensar en Nacha. ¿Por qué le echó de la casa, después de haber aceptado sus palabras y de haberle referido su lamentable historia? ¿Se habría enamorado él de Nacha? ¿Sería el amor hacia ella lo que le llevaba a las actitudes de esa noche? ¡Ah, Nacha, Nacha! ¡Qué no daría por verla, aunque fuese por un milésimo de segundo!

Cuando salió de su ensimismamiento vió sobre su mesa una carta. Era de su madre. Decíale que estaba enferma, gravísima, y que sentía venir la muerte. Le rogaba que fuera a verla, apenas recibiera la carta. Unos segundos después, un auto, llevando a Monsalvat, volaba hacia la casa de la enferma.

VII

La madre de Monsalvat, Aquilina Severín, vivía en el cuarto piso de una casa de departamentos, frente al Parque Lezama. Aquilina fué en su juventud muy bonita, pero ahora, a los sesenta años, no guardaba ni rastros de su belleza. Era hija de unos modestísimos comerciantes franceses, y trabajó en una casa de modas de la calle Florida. Un día la encontró en la calle el padre de Fernando, que la siguió, la enamoró pacientemente después y llegó a seducirla. Aquilina tenía veinte años cuando nació su hijo. Poco después, su amante, Claudio Monsalvat, se casó con una niña de su condición social, pero esto no fué obstáculo a que pasara una pensión a Aquilina y a que la visitase de cuando en cuando. Las visitas terminaron con una reanudación de las relaciones, y diez años después de Fernando nació Eugenia. Claudio había escriturado una propiedad a nombre de Aquilina, pero dejó el mundo sin testar a favor de sus hijos naturales. Aquilina quiso que sus hijos interviniesen en la testamentaria, trató de pleitear con la familia legítima de Claudio, pero Fernando, que estaba entonces en Europa, se opuso enérgicamente. Aquilina vivió de los doscientos cincuenta pesos que rentaba su propiedad, hasta que después de la muerte de Claudio la vendió, mal aconsejada por un procurador del barrio. El producto de la venta aprovechó a diversos vividores, y Aquilina se quedó en la calle. Su hijo la sostenía ahora.

La madre de Fernando era una infeliz. No había mujer más crédula e ignorante. Apenas sabía leer: sólo cursó tres grados de la escuela primaria. Las comodidades de que la rodeó Claudio fueron para ella el máximo de la felicidad. Se creyó una gran señora, digna de merecer las envidias de todo el mundo. Sus padres no habían sido casados, de modo que ella no tenía las preocupaciones corrientes respecto al matrimonio. Como los franceses, consideraba el amor y todo lo relativo a este sentimiento con un respeto sagrado. Pero no era muy exigente en la calificación del amor, dándole muchas veces este nombre a lo que sólo era instinto o placer.

Con semejantes ideas la educación de su hija debió resultar un desastre. Fernando,--que desde los ocho años fué interno en un colegio, pasando con su madre sólo las vacaciones y que a los quince fué separado de ella por su padre para que viviese solo, lejos de ese ambiente detestable,--se interesó muchas veces por la educación de Eugenia. Aconsejó a su madre que la mandara a la escuela y le prohibiera ciertas amistades. Pero Aquilina le contestaba invariablemente:

--¿Para qué? ¿Qué va a sacar con eso? Yo no he estudiado y bien feliz que soy. Yo sé lo que hago y nadie tiene que meterse en estas cosas. Ella estudiará si le gusta.

Eugenia tuvo, pues, a la calle por principal maestra. Pasábase el día con otras chicuelas en la vereda o en los balcones, cambiándose miradas amorosas con los muchachos. Eugenia, con su cuerpo elegante y sus bellos ojos negros, fué deseada por innumerables hombres, algunos de los cuales llegaron hasta besarla por la fuerza. A los quince años sabía cuanto hay que saber. Claudio Monsalvat apenas se preocupaba de su hija, parte por considerarlo inútil, y parte porque tal vez dudaba de su paternidad. En la época del nacimiento de Eugenia, Claudio sospechó de la fidelidad de Aquilina; pero por no hacer cuestiones y porque Aquilina era la madre de Fernando, aceptó el presente que le ofrecían.

Cuando Eugenia tuvo veinte años se corrigió un poco de su haraganería. Hasta intentó emplearse en una tienda. Pero Aquilina se opuso, diciéndole que ganaría una miseria, que se mataría de trabajo y se envejecería y que podría perjudicar a su padre y a su hermano. El deseo de Aquilina era que Eugenia encontrase un hombre que la quisiera y le pusiese casa. Comprendía que su hija no podría casarse sino con un obrero o un inservible, y prefería un acomodo de ésos, que ella consideraba como cosa natural y que miraba sin el menor escrúpulo. Aquilina no era por ello una mujer abominable; deseaba para su hija su propia situación y la de su madre, que ella reputaba excelentes. Creía románticamente en los amores eternos, en la fidelidad, en las promesas de los hombres. A su hija no le declaró nunca sus intenciones, ni menos a su amante ni a su hijo, pero Eugenia las adivinó.

En la casa vecina moraba una familia principal y rica. Uno de los muchachos la comía con los ojos a Eugenia y le demostraba sus deseos mordiéndose el labio inferior y entornando los ojos. Pero no se animaba a hablarla, tal vez por temor a Fernando, que en aquel tiempo visitaba a su madre dos o tres veces por semana. Un día, Aquilina le dijo a Eugenia, con un tono que revelaba un propósito inconfesable:

--A ver si te lo pescás, pues, al muchacho ése. ¡Es rico y tan buenmozo!

--Pero mamá; ¿cree que él puede casarse conmigo?

--No sé, eso se verá después. En todo caso, si es serio, fiel, cariñoso, no importa que...

Se detuvo, al notar el disgusto y la tristeza en los ojos de su hija. Porque Eugenia, aunque parezca raro, era en el fondo honesta. Anhelaba encontrar un hombre que la quisiera y que se casara con ella. Pero por lo que había oído a la madre, creía que a los hombres era menester atraerlos y "pescarlos", y de ahí las miradas y las coqueterías con todos los muchachos y las concesiones que les hacía o estaba dispuesta a hacerles.

Por aquel tiempo, Aquilina tomó a su servicio a la mujer que desde entonces, durante diez años, la acompañó. Era una mulata jacarandosa, sensual, bien parecida, de grandes ojos y gruesos labios. Se llamaba Celedonia y tendría unos cuarenta años. Daba que hablar a todo el barrio, y hacía entrar de noche a sus amantes en la casa. Fernando, aun ignorando este pormenor, quiso que su madre la echara; pero su empeño fué inútil. Para Aquilina, Celedonia no era una sirvienta sino una compañera, la más divertida de las compañeras. Le llevaba todos los chismes del barrio: las trampas de los que pasaban por ricos, las peleas entre maridos y mujeres, los amoríos pecaminosos de las señoritas y los de las sirvientas, las "cosas" de los señores, los vicios de cada cual. En Carnaval se disfrazaba y concurría a los bailes del teatro Victoria, donde se encontraba con otras gentes de su raza. Volvía a la casa medio borracha, al día siguiente, y luego se pasaba la tarde contando a su patrona cuanto había visto. Para Aquilina, los relatos picarescos y un poco obscenos de Celedonia significaban una ventana abierta al mundo de la vida alegre. Reía como una loca al oir las zafadurías de la mulata. Gozaba con aquellas descripciones de cosas para ella inaccesibles, y se dijera que envidiaba la felicidad de Celedonia. Su hija solía escuchar a veces los cuentos de la mulata sin que a la madre se le ocurriese hacerla retirar.

Poco antes de partir Fernando para Europa, en su último viaje, Eugenia conoció a Arnedo. El muchacho, audaz, dominador, elegante y muy buenmozo, no tardó en enamorarla. La primera vez que la vió, pasando casualmente frente a la casa, le demostró su interés. Fingió asombro al mirarla, como quien recibe una impresión muy fuerte. Se detuvo un instante en la vereda y luego se instaló en la esquina. Pasó varias veces frente a ella y terminó por acercársele. Eugenia, que estaba en la puerta, sola, se hizo un poco hacia atrás, pero Arnedo le tomó la mano, al tiempo que le clavaba los ojos y le ordenaba:

--¡Quédese!

--Pueden venir.

--No me importa nada. La he visto y me he vuelto loco--exclamó él con simulado arrebato.

Hablaron. Se dijeron sus nombres. Él declaró una pasión fulminante, al tiempo que acariciaba la mano de ella. Durante algunas noches conversaron en el zaguán, unidos de la mano. Eugenia no dudó de la pasión de Arnedo, quien le prometió que se casarían muy pronto.

Eugenia no quería ir a la cita que le exigía su amante. Le había tomado un poco de miedo. Pero como era un temperamento pasivo, dócil a la voluntad masculina, y un tanto tímida,--sin contar con el placer que naturalmente recibía en las caricias,--se prestaba a todo en el zaguán, hasta el punto de que Arnedo, viendo imposible la cita, resolvió allí mismo el problema que le preocupaba. Desde ese momento el muchacho fué dueño y señor de Eugenia. La madre y la mulata sabían de aquellos amores, pero habían dejado hacer: la madre porque sospechaba que Arnedo era el hombre que ella esperaba y confiaba en la habilidad de su hija para atraparlo; y la mulata por pura afición celestinesca.

Un buen día, cuando Fernando se encontraba en Europa, Eugenia huyó con Arnedo. Aquilina imaginó que era el golpe anhelado. No se lo explicaba, a la verdad, pues bien pudieron tratar con ella aquel asunto; pero sospechó que tal vez ahora los procedimientos habían cambiado. Por su parte Eugenia, cuando vió que Arnedo la llevaba a su casa, a su _garçonniere_, pensó que aquello sería "una cosa seria". Pero Arnedo la dejó después de un año. Eugenia volvió a vivir con la madre, que sólo le reprochó su inutilidad para atrapar a los hombres. La muchacha estuvo avergonzada durante algunas semanas, sobre todo en presencia de sus conocidas del barrio. Esto pasó poco después, apenas la mulata le consiguió otro amante. A este amante sucedió otro, y otro más tarde. La muchacha no tardó en asistir a una casa que le recomendó la mulata, hasta que se perdió completamente. Un día, viendo que no podía vivir junto a su madre porque la perjudicaba, y además porque le desagradaba su tolerancia para con ella, se fué de la casa. Ni siquiera dijo a dónde iba. Durante meses nada supo Aquilina de su hija.

A Fernando Monsalvat le ocultaron la primera fuga de su hermana la que ocurrió durante su primer viaje de dos años. Pero como al no recibir cartas de Eugenia él exigiese una explicación, no hubo más remedio, poco tiempo después de la definitiva escapada, que declararle la verdad. Cuando volvió de Europa quiso saberlo todo. Le dijeron que huyó con un tal Arnedo y que nada más sabían de ella. A Monsalvat le disgustó tremendamente la actitud de Eugenia, sobre todo por lo que a él podría perjudicarle si llegara a saberse. Este disgusto contribuyó a que no quisiera quedarse en el país y a alejarle por siete años.

Desde su llegada, Fernando visitaba poco a la madre, no obstante que ella estuviera enferma, con las piernas paralíticas. Aquella mulata siempre junto a Aquilina, testigo inevitable de sus conversaciones, le repugnaba. Una vez quiso echarla, pero Aquilina le rogó por favor que no lo hiciera. Además, la mulata no precisaba de la autorización de Aquilina para quedarse. La dominaba enteramente, era dueña absoluta de su voluntad. Manejaba el dinero de Aquilina, la cuidaba y acompañaba fraternalmente, de igual a igual. Aquilina adoraba a su hijo, pero, como la mulata le tenía odio, no pudo impedir que le demostrara mala voluntad y le alejara de la casa. Pero Fernando no dejaba por esto de visitar a su madre. Lo que hacía era llevar libros o diarios y leerlos, ya que allí de nada se podía hablar.

Cuando aquella noche Fernando llegó al departamento donde vivía su madre, encontró llenos de gente los cuartos. Adivinando que su madre estaba moribunda, corrió a su dormitorio con el corazón apretado. Allí estaban la mulata y otra mujer haciendo curaciones y una muchacha como de veinte años, muy bonita y decente.

Monsalvat apartó a las mujeres y se inclinó para besar a su madre.

--¿Han llamado al médico?--preguntó luego.

--Oh, ¡qué médico ni qué macana!--exclamó la mulata despreciativamente.--Ahí tiene a Mamita Juana, que sabe más que todos los dotores juntos.

Fernando, sin contestarle, se dirigió a la puerta. Miró a los hombres que allí estaban y preguntó quién podía llevar una carta urgentemente. Un sujeto encanecido y de larga barba, de espaldas encorvadas y vestido miserablemente, se adelantó, extendiendo una mano.

--¿Ya no se acuerda de mí, doptor Monsalvat? Soy Moreno, el procurador Moreno. Hemos trabajado juntos...

Monsalvat se acordó en efecto de aquel hombre. Fué su procurador durante pocos meses. Luego supo que vivía miserablemente, de pequeñas gangas en los tribunales.

Monsalvat sacó un lápiz que llevaba en el sobretodo, una tarjeta de su cartera y se puso a escribir. Moreno hablaba, mientras tanto.

--Y aquí me tiene, doptor: viviendo, que no es poco trabajo. ¡Ya se acabaron para mí aquellos tiempos en que trabajaba como procurador! Créame doptor que, sin vanidad, me siento orgulloso de mi obra de entonces. La ciencia jurídica de mi país me debe algo. He intervenido en grandes pleitos, y los he ganado. Digo los hemos ganado, porque la verdad es que también debo dar su lugar al abogado. Pues ahora me ve, doptor. Con diez hijos, pobre como las ratas, descendiendo la cuesta amarga...

Moreno tenía ademanes de persona bien nacida, y en medio de su miseria revelaba su buen origen. Olía un poco a bebida barata, y no andaba muy limpio. Pero en la oscuridad del corredor parecía mejor de lo que era.

--Lleve entonces esta carta, urgentemente. Se va en un automóvil y espera. Tiene que traer en seguida al doctor Torres.

Fernando le dió el dinero y le recomendó que se apresurase. E iba a retirarse cuando una mujer que allí estaba dijo:

--No lo deje ir solo, señor. Se va a meter a chupar en el primer almacén...

--Es la compañera de mis luchas y privaciones--dijo Moreno declamatoriamente.--Vea cómo me trata, doptor. ¡Y me lo debe todo! Le he dado diez hijos y mi nombre, elevándola hasta mi posición social...

--Es un infeliz, señor. Y no tenemos diez hijos sino siete. Dice eso para que usted le dé plata.

La mujer hablaba entre enojada y risueña. Los otros hombres y mujeres que allí estaban, sin acordarse para nada de la enferma, reían.

--Mejor es que lo acompañe mi marido--dijo una de las mujeres, indicando a un hombre.

--Bien. Acompáñelo--dispuso Monsalvat.

Moreno adoptó un aire grave y ofendido, y poniéndose una mano en el pecho declamó:

--Doptor, lo que he oído es una ofensa que...

--Déjese de historias, amigo Moreno, y váyase pronto--interrumpió Monsalvat, retirándose.--Le pagaré bien este servicio.

--Si usted lo manda, mi doptor, así lo haré--dijo él, agachando la cabeza humildemente.--Basta que usted lo disponga, doptor. Lo mismo que en otros tiempos lejanos, que se fueron para no volver, el procurador Moreno será...

El hombre que le acompañaría le agarró de un brazo y se lo llevó. La mujer de Moreno quedó maldiciendo su destino, mientras las otras seguían riendo. Fernando ya estaba en el cuarto de la madre.

Aquilina se hallaba verdaderamente grave. Ciento cuarenta pulsaciones. Un ataque al corazón creía Monsalvat que fuese aquello. ¿Qué hacerle? Se acordó de los paños fríos y se los mandó preparar a la muchacha, que resultó ser la hija mayor de Moreno. La curandera permanecía en el cuarto, entre gozosa de presenciar el futuro fracaso del médico y fastidiada. La mulata estaba a su lado, con la jeta larga, mirando despreciativamente a Monsalvat.

--Déjenme solo con mi madre--ordenó Fernando a las mujeres, que salieron refunfuñando.

Aquilina, al verse sola con su hijo, se puso a llorar. Hasta ese momento no pensó sino en el horror de morirse. El pánico le abría los ojos desmesuradamente y le enturbiaba su mirar. Pero ahora, parecía que la presencia de su hijo comenzaba a hacerle bien. Mientras lloraba, Fernando hacíale caricias en la cabeza y en las manos y la besaba.

--Hijo--comenzó la enferma, cuando pudo hablar;--he sido una mala madre. Quisiera verla, antes de morirme. Buscála ahora mismo, para que venga mañana. ¡Mala madre, Dios mío! Se perdió por mi culpa. Yo sabía todo y todo lo permití...

Volvió a llorar. Fernando quiso consolarla, asegurándole que exageraba. Fernando era sincero, pues no creía que en realidad su madre hubiese consentido en la perdición de su hija. No quería creerlo; no solamente por afecto a Aquilina, sino principalmente por amor propio. ¿Cómo resignarse a tener como madre una mujer tan criminal? Pero él sabía que Aquilina no era criminal sino inconsciente, una pobre infeliz, echada a perder por la ignorancia y por el ambiente que la rodeaba.