Part 15
El llanto comenzó a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las sílabas limítrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocían aquella historia. La habían oído muchas veces. Era la eterna historia de las mujeres caídas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egoísmo y la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran pobres, y la compasión habría estado en ellas. Julieta refirió su lucha atroz por el pan. Quería ser honesta, y a cada paso la acechaba un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecían trabajo, los mismos labios protectores exigían su cuerpo. ¡Más bien no fuera bonita! Cayó defendiéndose, llegó a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella, que tenía hermanas casadas con ricos. Limpió letrinas y comió las sobras, ella, que nació para ser una "niña" como las otras, una señora como sus hermanas. Por fin, no pudo más, y cedió. El vicio la poseyó brutalmente. Rodó por las casas de citas, fué sencillamente una ramera. Pero aprendió a vivir, y limitó su bajeza. Y entonces, dentro de su vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. Soñó en salir de allí.
--Pero hace pocos días, me pidieron el cuarto en la pensión. Debía mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No había tenido suerte. Después, quince días con influenza. Y esa tarde que me pidieron el cuarto, salí a la calle. Nunca había hecho eso. Nunca salí a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegué a caer tan abajo. Pero me echaban del cuarto... No supe lo que hacía, no pensé. Fué mi desgracia terrible. Ahora, ¿qué hacer? Seguir en la vida, sería un crimen. Trabajar... si no encontré antes trabajo, ¿qué será ahora? Y sin embargo, ahora preciso más que nunca, porque quiero curarme, porque quiero ser buena y...
Un sollozo angustioso devoró la palabra que seguía. La cabeza cayó sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:
--Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueño de nada. Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No se aflija por su situación. Yo le arreglaré todas sus dificultades, de cualquier clase que sean. Hablaré con sus hermanas, hablaré con su madre, si así lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es sólo por usted que haré esas cosas. Es por los demás, por todos los demás. Y es sobre todo por mí. ¿Comprende?
Aquel día Monsalvat había cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza. Entregó el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al fin lo guardó, obligada por Monsalvat y Nacha.
Monsalvat dejó solas a las dos amigas.
Al salir, vió en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra. Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tenía horror. Nadie sabía en qué trabajaba. Decíase que era pesquisa policial. En sus ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente abierta, en su expresión viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su aparición espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacíale ver todas las degradaciones, todas las maldades, lo más monstruoso que puede caber en un ser humano, lo más inhumano que puede caber en un hombre. Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conocía su vida. Durante una semana no durmió, aterrorizada; pero como el tiempo transcurría sin ningún mal para ella, se calmó. A Monsalvat le vigilaba con más descaro que a Nacha. Llegó hasta seguirle por la calle.
Cuando Monsalvat volvió al cuarto de Nacha, Julieta ya se había ido. Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat unió esta pena a la tragedia de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufría preocupaciones que siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran sólo de ella, su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa institución para cuya grandeza trabajaba, arrojábale por mes treinta pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses, los millonarios de Londres, recibieran magníficos dividendos. ¿No bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. ¿Qué podía importar a los accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecían. No lo ignoraban. Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con treinta pesos. Pero el ídolo Dividendo exigía un monstruoso altar construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban océanos de lágrimas. La libra esterlina debía sonar a besos vendidos, a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la calle.
Nacha padecía de pobreza. Cosía para particulares o para otras tiendas, a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le daría todo, absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin comer. Monsalvat hubiera tenido la más grande alegría en hacer eso. Pero Nacha callaba. Le había dicho que ganaba más, lo suficiente para vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra quienes explotaban el trabajo de las mujeres.
Pero no era éste el único sufrimiento de Nacha. Tenía muchos más. En los últimos días le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que había visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la perseguía otra vez. Lo vió una tarde, quizá por casualidad, a la salida de la tienda. Ella huyó entre una aglomeración que en la esquina de la tienda esperaba el tranvía. Y como viese que él la buscaba, parado en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes, ella subió a un carruaje. Otro día, lo vió rondando la tienda, a la hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compañera no comprendía por qué Nacha le apretaba el brazo y le hacía doler. Después lo encontró a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El día antes, como ella entrara sola, un poco tarde, él le habló. Se acordaba siempre de ella. La extrañaba. Tenía una voz cariñosa y le hundía los ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impedía decir una palabra. Había sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no podía serle indiferente.
Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufría con toda su alma. Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufría. Sus pensamientos la atormentaban como si fueran instrumentos de inquisición. Le hacían daño en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedían trabajar de noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces sólo asumiera formas vagas, distantes, nebulosas, se concretó horriblemente. Pensó lo que no quería pensar. Deseó morir para no pensar más aquello. Era a media noche, cosiendo.
Era la idea de que su destino no debía ser aquella vida que estaba viviendo. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué no podía, siquiera, vivir tranquila? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Qué le esperaba? ¿Y qué esperaba ella allí? Resolvió que esa existencia era transitoria. Indudablemente su situación era un alto, tal vez un puente por donde iría a otra parte. Pero, ¿adónde? ¿Por qué vivía allí, cerca de aquel hombre? ¿Casarse? No, jamás lo imaginó seriamente. Un sueño, un sueño demasiado hermoso, que no tenía ni aun el derecho de soñarlo. ¿Ser la amante de él? ¡Oh, nunca, nunca! Y él no lo deseaba tampoco. Entonces se preguntó qué sentía por él. ¿Lo quería? ¡Lo admiraba! Jamás creyó que hubiese almas tan grandes. Monsalvat representaba para ella toda la bondad del mundo. Pero, ¿quererlo de otro modo, con los sentidos? Al principio, cuando lo encontró en el cabaret, quizá sí; pero ahora, no. Ahora era un padre, un hermano, un hijo. Lo quería demasiado para poder quererlo como a un hombre. Con enorme lástima, a veces. Le veía perdiendo su vida por ella. Le veía dejando su posición, abandonado de los amigos y la sociedad, solitario, descuidando su empleo, pobre, ¡y todo por ella! Le veía arrojado de su mundo como un perro. Y entonces, el mal pensamiento volvía. ¿Si ella huyese de él? ¿Si ella supiese que su destino no era el ser buena, y retornase a la vida? ¿Y Arnedo? ¿Qué quería con ella Arnedo? Comparó los dos hombres. Monsalvat, todo alma, todo ternura, todo idealismo. Arnedo, todo fuerza, materialidad, brutalidad. Monsalvat atraía su alma, sus pensamientos, lo mejor de ella. Temblaba de pensar que el Pampa volviese a atraer su cuerpo, sus sentidos que no lograban habituarse a la castidad, sus deseos que eran lo peor que había en ella. Temblaba de pensar que Arnedo ejerciese su dominio de antes. Y sufría hasta el llanto incansable, por Monsalvat y por sí misma.
XVIII
Un atardecer de Junio en que a causa del tiempo, fastidiosamente húmedo y del calor sofocante que anunciaba tormenta, Monsalvat saliera al balcón de su cuarto, vió venir a Nacha. Instantáneamente presintió lo anormal. Nacha parecía dolorida, enferma.
Se encontraron en el patio. Monsalvat preguntó qué pasaba. Lo preguntó más que con palabras, con los ojos, con su actitud, con su corazón que gritaba dentro de él la pregunta, con su alma que ya adivinaba un gran dolor. Nacha le tendió una mano, llorosa, derrotada, acobardada por la vida. Fué su respuesta. Monsalvat comprendió que debía ser muy grande su sufrimiento para que, delante de gente, Nacha, reservada siempre, le tendiese así la mano. Las cabezas, asomadas a las puertas, sonrieron de la pareja sufriente. Las mujeres, y algunos hombres que trabajaban o hablaban en el patio, miraron y se echaron a reir. Alguno miró y se hizo el disimulado, como si aquello que veía fuese algo malo, algo que era indiscreto mirar. Pero Monsalvat y Nacha sufrían tanto, que no se separaron. Monsalvat condujo a Nacha hasta su cuarto, sosteniéndola de un brazo. Allí ella refirió su dolor.
Había sido en la tienda. Desde hacía días estaba fatigada, enferma. ¡Y ocho, nueve horas sin sentarse! A veces la mandaban a otros pisos, tres o cuatro pisos más arriba o más abajo, que debía subir cargada con mercaderías, por la escalera, pues no tenía derecho para utilizar el ascensor. Esa tarde, bajaba con un maniquí. Advirtió que no podría bajarlo, que no tenía fuerzas. La obligaron. Le cargaron encima el pesado armatoste de madera. Bajó un piso, desfalleciente, destrozada. Se sentía mal. Iba a dejarlo, ahí no más, en el rellano de la escalera, cuando le mandaron decir, con otra empleada, que si no seguía quedaba expulsada de la tienda. Y siguió. Bajó otro piso. Algunos empleados reían al verla pasar. Otros la compadecían en silencio. Pero no pudo más. Amontonó sus fuerzas que huían, que se dispersaban, y bajó unos escalones. Y entonces,--no supo cómo fué--, cayó en medio de la escalera, rodó hasta el rellano. Perdió el sentido. Cuando despertó estaba rodeada de empleados. El gerente, con el reloj en la mano, la miraba. El maniquí, en pedazos, era llevado por alguien. Preguntó si podía irse a su casa. Le contestaron que se le descontaría el tiempo que faltaba para concluir la jornada. Y que se le descontaría el tiempo que había durado el desmayo. ¡Por eso el gerente miraba el reloj y la observaba! No hubiera creído si no lo hubiese visto con sus ojos, si no se lo hubiesen dicho. Aquella maldad tan enorme le dió fuerzas. Comprendió su triste esclavitud, el egoísmo de esa gente. Y lo comprendió todo mejor, cuando al salir le dijeron que debía pagar el maniquí. ¿Pagar? No había entendido, asombrada, medio alelada, mirando con ojos enormes. ¿Cómo pagar? Pagar, sí. Pagar todo el maniquí. Pagarlo por mensualidades, que se le descontarían. Cada mes, cobraría diez pesos menos. ¡Diez pesos menos! No quería creer. ¿Y cómo iba a vivir con diez pesos menos? "Usted se arreglará", le dijeron. "Eso es cosa suya". Ella calló. Vió que era inútil. Ellos tenían la fuerza, el dinero, la tradición. Debían tener razón también, pues tenían tantas cosas, ¡todas las cosas que dan la razón a los ricos contra los pobres!
Cuando Monsalvat salió del cuarto vió en frente a Mauli y otros vecinos. Le miraron risueñamente. El encargado, que acababa de dejar el grupo y se alejaba hacia la puerta, trató de que Monsalvat no le viese. Se detuvo en una puerta, disimuladamente, dando la espalda. Monsalvat pasó de largo, sin fijarse en él.
Y entonces el hombre volvió. Fué a golpear en el cuarto de Nacha. Todavía lloraba la pobre Nacha. Le hizo entrar. Era un hombre de aspecto desagradable, a fuerza de parecer manso y dulzón. Miraba siempre al suelo y de reojo; jamás de frente. No reía nunca. Tenía modales de sacristán. Solía meter una mano en la manga del otro brazo, y caminaba con los pies hacia adentro y sin hacerse sentir. Para con la gente del conventillo no tenía entrañas. La familia que llegara a deber quince días, quedaba expulsada, así tuviese enfermos graves. Era cobarde, pero contaba para todo con la protección de la policía.
--Pues... he venido... señorita... o señora... tal vez sea más propio... a decirle que mi conciencia me obliga... a advertirle que... Espero que comprenderá. Su conducta en esta casa no debe permitirla una persona... honorable como creo ser, una persona en quien ha depositado su confianza la respetable propietaria, la augusta dama que...
Nacha no comprendía. Miraba a aquel sujeto odioso, hipócrita y perverso, tratando de adivinar sus propósitos. No imaginaba qué pudiera querer con ella aquel hombre.
--¡Vamos! Hágase usted ahora la inocente... Yo lamentaría tener que explicarle. Quisiera que usted, por sí misma, advirtiese que ésta es... una casa decente... ¡claro!... y no una casa de ésas donde viven mujeres... Sí, eso es. Mujeres como tantas... ¡jé, jé! que usted conocerá... ¡jé, jé! En fin... señorita... o señora... no quisiera más visitas de hombres. Para eso... ¡jé, jé!... para eso están... naturalmente... las posadas.
--Usted se equivoca--gritó Nacha, poniéndose de pie bruscamente.
El hombre bajó los ojos al suelo con exagerada humildad, se hizo más pequeño y dijo:
--Todos somos humanos y podemos equivocarnos... ¡jé, jé! Pero... conocemos su vida. Yo no digo nada. No es por nada. Pero... no negará usted haber visitado cierta casa de la calle... en fin, adonde no iba a rezar el rosario... precisamente. ¡Jé, jé!
Nacha, rabiosa, se acercó al sujeto. Le hubiera escupido en la cara, le hubiera arrojado de allí. Pero una mano invisible la detuvo. Pensó en el escándalo, en Monsalvat. Pensó en que aquel miserable individuo tenía también la fuerza, como representante de la dueña. Aquel monstruo era el testaferro de una dama multimillonaria. Él administraba para ella, cobraba para ella. Con el fin de que ella no perdiese treinta o cuarenta pesos, el hombre expulsaba a gentes hambrientas que debían alquileres, las arrojaba a la calle. Arrojaba a infelices viudas, abarrotadas de hijos. Arrojaba a enfermos, a moribundos. La cuestión era que la gran señora cobrase sus rentas íntegras, para repartir luego sumas enormes, cientos de miles, entre conventos y cofradías, voluntaria y criminalmente ignorante de los trágicos dolores humanos de donde provenía su dinero.
--Yo... por mí, podría usted quedarse. No me meto en vidas ajenas. Pero la señora, ¡jé, jé! no quiere mujeres de... de su clase...
Nacha no pudo más y en su exaltación, en su sufrimiento, le gritó al hombre, como si le escupiese:
--¡Cállese, monstruo infame! ¿De qué clase? ¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo! ¡Canalla, cobarde, víbora!
El hombre abrió la puerta. Y desde el umbral, casi a gritos, para que le oyeran del patio, pero en actitud humildísima, sonriendo dulcemente, gruñó como una bestia herida:
--¿De qué clase? De la suya... ¡Jé, jé! De la clase de... ¡jé, jé!... ¡de las putas!
Nacha cayó al suelo, aplastada, temblante. Y al mismo tiempo, una risa horrible, satánica, espantosa, que venía del patio, penetró como dos puñales en sus oídos. Su ser entero se irguió. Quiso gritar su protesta. Pero cayó, vencida, inutilizada. Y en seguida, un enorme, infinito frío envolvió su cuerpo, su corazón, su alma. Tembló con frenesí. Temblaron sus manos, sus piernas, sus dientes, su ser entero.
Monsalvat no supo nada. Aquella noche tenía lecciones, y apenas fué por un minuto a la pieza de Nacha, cuando volvió de comer. Nacha disimuló cuanto pudo. Monsalvat habló de aquel asunto de la tienda, rogando a Nacha que no se afligiese. Pronto vendería aquel conventillo suyo, y todo ese dinero sería para ella.
Tres días a la semana Monsalvat daba clase a algunos obreros del barrio. Al principio sus alumnos fueron tres o cuatro. Pero ahora solían ir hasta veinte. Todos leían. Él les enseñó a dos o tres. Ahora les hablaba de diferentes cosas, de historia, de viajes, de moral. Su elocuencia sencilla atraía a aquellos hombres sencillos. Algunas veces, comentando un suceso del día o una página de un libro, les evocaba una sociedad nueva, una era de amor entre los hombres, donde hubiese justicia. Entonces la voz se tornaba suave, casi mística, plena de simpatía humana y de fervor.
Pero aquella noche, Monsalvat no podía hablar a sus discípulos con palabras como las de siempre. Aquella noche odiaba. La injusticia para con Nacha, en la tienda, había removido hasta lo más hondo del pozo de su alma. Una multitud de detalles dispersos y olvidados habían vuelto a vivir en su interior, agrandados todos allá en una existencia subconsciente, unidos todos, viviendo juntos, en aquellos momentos, con una tremenda intensidad.
Los obreros iban entrando en su cuarto. Daban la mano a Monsalvat y hablaban con él unas palabras. Monsalvat les preguntaba por los hijos, por la mujer, por la madre. Luego sentábanse. Algunos permanecían de pie. Cuando fueron las nueve en punto, Monsalvat comenzó.
--Hoy--dijo--he comprendido una cosa fundamental. Y es que yo, al hablarles a ustedes de que el amor transformaría al mundo, me equivocaba. Me equivocaba funestamente. Porque el amor jamás llegará a ser. El amor no puede transformar el mundo. El amor no puede crear. Hace mil novecientos años oyó el mundo la más sublime palabra de amor. La elocuencia de esa voz es tal, que ninguna la ha superado ni ha de superarla nunca. Y si esa voz nada logró, ¿qué hemos de lograr nosotros? Si esa voz no ha sido comprendida por los hombres, no obstante su prestigio, quiere decir que los hombres no comprenderán nunca ninguna voz que hable de amor. Es preciso entonces predicar el odio. Sí, el odio. Predicar el amor es ser cómplice de la iniquidad. Predicar el amor es trabajar para que todo siga como ahora, esperando el advenimiento de lo que jamás vendrá. El amor es una cosa casi siempre pasiva, inerte. El odio es acción. El odio nos dará la fuerza y por la fuerza llegaremos a implantar el amor. Esto hay que hacer. Por el odio alcanzar el amor. Por la violencia, que es el instrumento del odio, imponer la paz, la fraternidad, la justicia. Por otra parte, al usar el odio y la violencia, nosotros, los de abajo y los que como yo estamos con ustedes, no haríamos sino emplear los procedimientos que ellos emplean. Ellos, los de arriba, nos desprecian, nos odian. Ellos emplean la violencia en todos los momentos de su vida. Ellos han organizado el odio y la violencia. Ejercen la fuerza no sólo ocultamente sino visiblemente. Yo he visto cómo ejercen violencia sobre las vidas y la salud, imponiendo a otros hombres trabajos monstruosos e infamantes. Yo sé cómo ejercen violencia sobre los espíritus, condenándolos a una eterna ignorancia. Yo sé cómo ejercen violencia sobre las mujeres, sobre las almas y los cuerpos femeninos. Aun los que vienen con palabras buenas nos odian y sólo quieren que continúe nuestra esclavitud. No, mis amigos: el amor nunca vendría a liberarnos. ¿Oiría la voz del amor el accionista inglés que cobra enormes dividendos por su parte en los ferrocarriles, en las grandes tiendas, en los frigoríficos argentinos? ¿Oirían la voz del amor, la verdadera voz del amor, esos propietarios de conventillos, que arrojan a la calle a mujeres y niños enfermos? No, nunca. Toda esa gente no quiere entender más lenguaje que el de los cheques y los billetes de Banco. Pero hay otro lenguaje que pueden comprender, aunque no quieran comprenderlo: el lenguaje de nuestra violencia.
Los discípulos escuchaban inmóviles, bajo una intensa emoción. Algunos parecían sufrir. Otros miraban a su maestro con piedad dolorosa. Otros, sin duda, recordaban. Era evidente que más de uno apenas comprendía, que la inteligencia de casi todos ellos buscaba una relación entre el pasado y aquellas palabras. Habían sufrido la vida entera, habían vivido siempre miserablemente, habían conocido ayer no más el hambre; pero los años les habituaron a su existencia triste.
Hubo un instante de silencio. Nadie se movía. Nadie, ni Monsalvat, se hubiera atrevido a hablar. Algo de grande, de augusto, estaba allí, entre aquellos hombres, como una cosa visible. Y todos miraban eso que allí estaba. Y eso estaba en todas partes. Estaba adentro de cada uno, en los ojos del compañero, en el eco de campana remota y misteriosa con que seguían sonando las palabras del maestro, en el rostro doloroso de Monsalvat, en la quietud profunda, en el latir recio de los corazones.
El silencio continuó aún. Uno quiso hablar, pero miró a los otros y calló. Monsalvat también quiso hablar, pero miró a sus discípulos y nada dijo. Continuó todavía el silencio... Al fin, comprendieron todos que estaban de más las palabras y se levantaron al mismo tiempo. Uno por uno dieron la mano a Monsalvat. Nunca el maestro sintió las manos más cálidas, más vibrantes, más vigorosas. Algunos tenían lágrimas en los ojos. No se sabía si estaban contentos o si estaban tristes.
Cuando se retiraron sus discípulos, Monsalvat tuvo la sensación de haber realizado una obra de justicia y de haber dado un paso hacia la transformación del mundo. Sentimental e imaginativo, sin el sentido de la realidad, creía en la eficacia de las fórmulas abstractas y de las vaguedades que predicaba. En su ardoroso anhelo de reformar el mundo había algo de misticismo, y faltaban las fórmulas concretas, los métodos de acción, la creencia de que era necesaria una disciplina. En su exaltación un tanto individualista y lírica, imaginaba que mediante los justos y lógicos sentimientos de rebeldía como los que predicara aquella noche, y sólo mediante ellos, pudiera llegar a organizarse una sociedad mejor.
Al día siguiente, Monsalvat fué llamado por la policía. No se inquietó, pero supuso que le hubiera denunciado el espía. Le condujeron a la oficina del jefe, un militarote despótico y _poseur_, que adoptaba aires de Bonaparte y tenía el rostro afilado y seco. Monsalvat le conocía. El jefe le trató con superioridad.
--Malos consejos, amigo--decía el militar, paseándose lentamente, con la mano a la espalda y aumentando la natural rigidez de su esquelética figura.--Ideas disolventes... Incomprensible que un hombre de su situación conspire contra las instituciones, contra la patria. Como si todo no estuviese perfectamente organizado. Como si cualquiera no pudiese hacerse rico en este país. Ideas sacadas de cuatro libros infames, perniciosos. Cosas de esa Europa vieja y podrida, principios sin aplicación en esta tierra generosa, donde nadie tiene hambre, donde nadie podrá quejarse de injusticias...