Part 14
El médico se preguntaba que quién mandaría esos anónimos. Porque la situación de Monsalvat no era para despertar envidias. En el ministerio sus nuevos ideales habían trascendido; le miraron con antipatía, con desdén. Hasta el ministro desconfió de él. En la sociedad distinguida había perdido todo su prestigio. Ercasty le desacreditaba con un método, una constancia y una eficacia admirables. Enterado, por amigos comunes, de los propósitos de Monsalvat respecto a Nacha y a otras muchachas de la vida y de aquella afanosa búsqueda por las casas malditas, propaló infamemente la voz de que Monsalvat había caído muy abajo. Al principio no hubo sino insinuaciones. Pero acabó por decir que era un vulgar "canflinflero", un explotador de las mujeres. No faltó quien le supusiera en espantosos planes anárquicos, ocupado en preparar asesinatos colectivos y bombas de dinamita.
Pero hasta su posición pecuniaria estaba perdida. Los cuarenta mil pesos que le dieron por la hipoteca del conventillo, habían desaparecido. Pagó deudas de la madre, algunas de importancia. El chantaje de la mulata le llevó dos mil. Moreno y su familia consiguieron sacarle unos mil, poco a poco. En su recorrido por las casas de citas dejó como cuatro mil. Cada relato de tristezas y sus correspondientes lágrimas, a veces de cocodrilo, costábanle cien pesos. Como en ocasiones necesitaba disimular, llevábase a una muchacha a la pieza que le destinaban. Allí era el asombro de ella cuando Monsalvat no la besaba siquiera, interesado únicamente en saber de Nacha. Arrancábanle dinero por noticias falsas. Una vez robáronle la cartera del bolsillo. Las obras de blanqueo y ampliaciones en el inquilinato le costaron diez mil pesos. Monsalvat pensaba en el momento de pagar el servicio de su hipoteca correspondiente al segundo semestre. Tendría que vender la propiedad. Imposible ahorrar. Con su sueldo apenas vivía, y los inquilinos no pagaban o pagaban poquísimo.
Aquella tarde Monsalvat leía en la cama cuando entró Torres. Leía los evangelios. Una inmensa serenidad en el rostro de Monsalvat. Una inmensa serenidad en aquel cuarto de luz tibia y crepuscular. Torres abrió la ventana para que entrase el sol y el aire. Todo se animó. Las cosas salieron de su recogimiento. Una colcha dorada, luminosa, se extendió sobre el lecho.
--¿No ves?--preguntó el médico que ahora se tuteaba con Monsalvat.--Te pasas los días encerrado, casi en la oscuridad. Así nunca te pondrás bien. ¿Y el régimen de vida, eh? No lo cumples. Debes ir a Palermo. Tomar sol. No leer ni escribir.
--Yo sé lo que me conviene.
--¿Qué te conviene? Te estás volviendo misterioso...
Monsalvat siguió leyendo. Torres permaneció allí unos segundos y luego se retiró sin decirle nada.
El médico, desde hacía un mes, observaba a su amigo con enorme curiosidad. La inteligencia de Monsalvat se había afinado y profundizado. Estaba aún débil su cuerpo, pero su espíritu era más fuerte que nunca. Razonaba con una lógica irrebatible. Adivinaba las cosas por medias palabras. El médico atribuía todo esto al ejercicio mental. Su amigo no hablaba casi con nadie, no salía, leía muy poco. Pensaba, en cambio, todo el día. Pensaba y recordaba, buscando la interpretación a su vida pasada, buscando el sentido de su vida. Analizaba los seres que conoció, con un encarnizamiento extraño. Torres quedóse estupefacto más de una vez en que Monsalvat le adivinó sus pensamientos.
--¿De qué te asombras?--exclamó en cierta ocasión Monsalvat.--Lo que ocurre es que ahora estoy viviendo hacia adentro. Hasta hace seis meses he vivido exteriormente, he vivido más la vida de los otros que la mía propia. Una vida objetiva, falsa, mentirosa. Como es la tuya y la de casi toda la gente. Una vida materialista, sin trascendencia, sin misterio, sin inquietud espiritual verdadera. Pero después he abierto los ojos y he comprendido. He analizado, he mirado para adentro. Y en mí mismo he encontrado muchísimas cosas que ignoraba. Ahora sé lo que tengo en mí y lo que vale en mí y lo que debo dar a los demás. Ahora empiezo a sospechar por qué vivo...
--Ya sabía yo que...
Torres se interrumpió. No quería terminar la frase, y fingió distraerse.
--¿Por qué no sigues? ¿Te has olvidado lo que ibas a decir? Pero yo lo sé. Has querido decir que sospechabas que aquel amor y aquellas cosas del año pasado me llevarían al misticismo...
--¿Eh? No, no he pensado eso, precisamente.
Pero sí lo había pensado. Monsalvat sabía que Torres, hombre ordenado, normal en todo, sometido a la sociedad, detestaba los pensamientos y las actitudes exaltadas, a los que daba el nombre de misticismo. Comprendía la culpa de la sociedad en la miseria del mundo, porque era bueno y sencillo; pero no aceptaba los heroísmos por los cuales había de llegarse a suprimir la Injusticia. Admiraba a Monsalvat, pero al mismo tiempo consideraba aquella pasión por redimir a los otros como una chifladura. El hombre normal, según Torres, debía aceptar las cosas como estaban. El rebelde, el que ante la miseria de los de abajo explotaba en un sollozo, o en una obra abnegada pero inútil, era un loco.
Desde aquella rápida visión de Nacha, Torres anheló hablarla. Esperó varias veces a la entrada y a la salida de las muchachas de la tienda, parado en la esquina, como quien aguarda el tranvía. La vió entrar y salir y ella también le vió. Pero ¿por qué le huiría ella? Convencido de que Nacha nada quería saber de Monsalvat, cuya íntima amistad con él no ignoraba, abandonó su empeño.
Pasaron varios días. Monsalvat no hablaba nunca de Nacha. Torres le imaginaba olvidado de ella.
Una mañana--era en Marzo--, Torres fué muy temprano al cuarto de Monsalvat, para disuadirle de su propósito de marcharse.
--¿Irte para qué, eh? Te quedas aquí dos meses más, hasta que no queden ni rastros del surmenage que has tenido. ¡Cosa seria, hombre! ¿Y a dónde vas a ir sin un cobre? ¿Eh? Supongo que no volverás a tus quijoterías, a desfacer entuertos, a redimir a los que no tienen redención posible. Todo eso es ridículo, porque no conduce a nada. La acción de uno solo es tiempo absolutamente perdido. Y hasta una inmoralidad. Como que es llenar la cabeza de la pobre gente con sus ilusiones disparatadas. No, m'hijo. El mundo estará mal, bueno. Pero ¿qué se va a hacer? Hay que aceptarlo como está, tomar la vida por el buen lado, y adelante. ¿Eh?
Monsalvat no contestaba. Acostado, con el codo en la almohada y la mano en la sien, tenía los ojos en el hueco de la ventana. Pero no miraba hacia allí. Miraba hacia dentro, hacia muy adentro de su corazón. O miraba hacia dentro de otros seres que no estaban allí, de otros muchos seres que él veía allí mismo, intercalados entre su amigo y él. Las palabras del médico le llegaban desde muy lejos. Desde tan lejos que apenas comprendía su significado. Mientras tanto, la ventana parecía encenderse. Toda en oro, vibrante, ofrecía a Monsalvat la Luz.
Sonó el timbre de la calle. Monsalvat, sin moverse, dijo:
--Es el cartero. Trae una carta de Nacha para ti.
Torres sonrió de aquel presentimiento. Sonrió forzadamente, con el temor de que anunciase la verdad. Se levantó e iba a salir, cuando el sirviente entró con una carta. El médico firmó el recibo que había traído el mensajero, sobre una mesita que Monsalvat tenía junto a su cama. No advirtió que Monsalvat no quitaba los ojos del pequeño papel. Luego, abrió la carta. Quedó desconcertado. Monsalvat reía, gozándose de la actitud cortada de su amigo.
--Es Ruiz de Castro que quiere verme. Un asunto. No dice qué--tartamudeó Torres, guardando la carta en un bolsillo.
Y salió, confuso y perplejo, mientras Monsalvat sonreía aún.
Nacha decíale en la carta que deseaba hablarle. Pero no a la entrada ni a la salida de la tienda. Parecía ignorar que Monsalvat viviese con él. Era honesta. Vivía muy modestamente en un conventillo. Ansiaba saber de Monsalvat. Quería que él no la creyese una perversa ni desagradecida. Si se portó mal con él, fué por salvarle a él mismo. Por salvarle de ella, del amor de una mujer indigna. Habíanle asegurado que estaba enfermo. Necesitaba saber si era verdad, si era por causa de ella que estaba enfermo.
A la noche Torres fué al inquilinato. Una casa muy decente, habitada por familias de modestos empleados.
--¡No sabe lo que he sufrido!--le dijo Nacha.--Una tarde nos encontramos en una casa. Y yo...
Torres estaba enterado de aquel encuentro. Nacha entonces siguió:
--Pero usted no sabe por qué hice eso. Fué por tanto quererlo. Para no hacerle mal. Para que él, un hombre distinguido y de bien, un alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de una... ¡qué sé yo! Desde ese día he sido honrada. Ahora vivo, aunque muriéndome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por él y para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que él no sufra. Para que él me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera. ¡Para lo que sirvo!
Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una lámpara triste, apartada a un lado. Torres sintió como si las sombras del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogándole. Vió mucha luz en el rostro de Nacha. Pensó en la horrible fatalidad de los destinos humanos.
Pero la emoción pasó. Y el hombre mundano, el hombre cargado de prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arrojó de aquella conciencia al hombre sencillo.
--¡No sabe lo que he sufrido!--repitió Nacha.--Desde esa tarde me gano la vida trabajando. Pasé días de hambre, de miseria. Después entré en la tienda. Once horas por día, y treinta pesos de sueldo. Tengo un interés, también. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total gano sesenta pesos, más o menos. Y las once horas parada, sin poder descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la mía. Y todo por él. No para que él me quiera. No para ser digna de unirme a él. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que él me tiene...
Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira para obtener este bien. Temió ser débil, no atreverse a la mentira. ¡Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a veces, mentir! Una voz le preguntó si creía que aquello que meditaba era realmente una cosa buena. Vaciló ante esa voz de su conciencia. Pero recordó la opinión del mundo, la moral del mundo, los sentimientos del mundo. Entornó los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:
--Es preciso no verlo más, Nacha, ¿eh? Nunca. Él, además se ha olvidado de... Sí. Ahora él quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No hay que destruirle sus buenos propósitos y sus ilusiones, ¿eh?
Nacha no veía nada. Todo estaba oscuro. Sólo sintió que una sílaba afirmativa salía mecánicamente de su garganta, que una mano suya se alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rápido de su mano con otra mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo seguía en la misma oscuridad, en la misma horrible, trágica oscuridad.
Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oyó que llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que allí, frente a ella, esperaba. Un golpe sobre su corazón y una luz interior le hicieron levantar los ojos. Creyóse enferma. Imaginó que todo era un delirio. Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba dentro de ella, deshacía en polvo su voz.
--Nacha...--dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.
--¿No es un delirio? Dígame que no sueño...
Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban. Las palabras jamás expresarían tan intensamente lo que expresaban los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos. El cuarto adquirió una extraña vida, una vida misteriosa, la vida de algo que se ha llenado de almas.
Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por lo que fué y por lo que debió haber sido. Por lo que no quiso ser y por lo que el mundo la obligó a que fuera. Monsalvat, junto a ella, le acariciaba las manos. El cuarto seguía poblándose de misterio y de almas. Monsalvat tuvo allí, frente a él, los distintos hombres que había sido en su vida. Les pedía cuentas de su vida. Les veía el alma hasta el fondo y los maldecía. Frente a Nacha desfilaban también las distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aquélla que fué mala y aquélla que fué buena. Aquélla que fué víctima, aquélla que fué débil...
La luz de la lámpara se apagó. En medio de la absoluta oscuridad se vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintiéronse desgraciados. La luz que había dentro de cada uno buscaba la otra luz. Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el primer beso, unió a aquellas almas como a dos hermanos.
XVII
Allí, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, había instalado Monsalvat su vida. Fué esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo de la carta de Nacha, había ido a la agencia de mensajeros, y allí logró saber dónde Nacha vivía. Llegó al conventillo. Sus ojos ansiosos leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza, en el piso alto y sobre la calle, fué alquilada inmediatamente por Monsalvat. Y así cuando apareció en el cuarto de su amiga, ya era habitante de la casa.
Torres no logró saber adónde había huido Monsalvat. Ignoraba el domicilio de Nacha; y una vez que la encontró a la salida de la tienda, ella fué impenetrable. Nada sabía. No lo había visto. Ni una sola noticia de él. Nacha no se reprochó estas falsedades. Quería tenerlo a Monsalvat allí cerca, su alma junto a su alma, su alma sólo para ella. Temía de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando regresaba de la tienda, traía el corazón hecho una angustia, en el temor de no encontrar a su amigo.
Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fué también el último. El sufrimiento había espiritualizado el amor. Nacha, que había dado su cuerpo a muchos hombres, sabía lo poco que valía el amor físico. Ella no podía ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio como su cuerpo, una cosa que había sido para quien quería pagarla. Para Monsalvat, su alma, su corazón, lo poco bueno que había en ella. Para Monsalvat su ternura, que la sentía infinita; para Monsalvat su sufrimiento, que lo sabía infinito. Y él tampoco la deseaba. Nacha, de simple mujer, se había inmensificado en símbolo. En ella estaban todas las mujeres que padecían la misma pena, todas las víctimas del egoísmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez deseó a Nacha, eso fué pasajero, un sentimiento transeúnte en su alma. Reconocía que este sentimiento le había llevado hacia ella. Veía aquí la sabiduría del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel deseo, en momentos de vacilación e inquietud de su conciencia, le condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se había hundido. Pero para él, se había salvado. Era un hombre bueno. Había encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los demás, sufrir por los demás. ¿Qué le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?
Pasaba así el tiempo. Nacha iba por las mañanas a la tienda y regresaba al atardecer. Monsalvat sólo salía para su oficina y para llevar, allí donde había alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la oficina, reunía a los chicuelos del conventillo y les enseñaba a leer. Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueño, con un libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel ideal Amor, que ahora ya Nacha comprendía.
Pero una vez Nacha dijo sus dudas. ¿Por qué sacrificar la propia vida, la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria del mundo, ¿qué podía la obra individual, pequeña y lenta? ¿Y por qué dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contestó:
--No, Nacha. Sacrificarnos por los demás es un deber. Es la única razón de vivir. Si todos lo hiciéramos así, piensa en lo bella que sería la vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber hacia aquéllos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad. Otros, casi todos, no cumplen. Y no sólo no cumplen su ley de amor sino que quieren ser egoístas y malos. Pero esto mismo, Nacha, ¿no nos obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos tenemos nuestra parte.
Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen lejana. Luego, al cabo de un silencio, agregó:
--La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra de bien nunca es perdida. Despertará otras almas, y cada una de estas almas abrirá los ojos a otras almas adormecidas. Y así, poco a poco, llegará el día. El mundo se va preparando para la llegada del gran día. Desaparecerá la injusticia, la miseria no será sino una palabra olvidada.
Monsalvat escribía. Había compuesto dos piezas de teatro que Nacha le copiaba. Eran dos obras extrañas, un poco incoherentes, atormentadas, humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron, pero no osaban representarlas. Alguien las calificó de antisociales; las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural, había en ellas demasiada simpatía humana. La Bondad y la Justicia constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.
Un domingo, Nacha recibió una visita. Julieta, aquella gordita de la pensión de Lavalle, venía a contarle su dolor. No era ahora sonriente, Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino había derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia. Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulería de los chiquillos. Julieta se echó a llorar con ansias. Nacha, sin saber nada, lloraba también.
--Soy muy desgraciada. Nacha--habló por fin Julieta.--¡Era el miedo que yo tenía! Tanto pensar en esto, y ahora... No sé qué va a ser de mí. Quería decírselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por... ¡Sufro tanto! No podré resistir mi sufrimiento.
Nacha miró a su amiga de arriba a abajo, indagándole en su cuerpo aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. Así lo dijo un gesto negativo de Julieta.
--¿Qué, entonces?
Apenas la última sílaba hubo salido de sus labios, Nacha sintió en ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo enrojecer. Sobresaltada, levantó los brazos. Los ojos vieron la tragedia. Una mano se estiró hasta Julieta y oprimió con tremenda fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza, afirmando. Sufría como muchas vidas. Detrás de aquella lluvia de sus lágrimas había una noche infinita, enorme, espantable.
--¿Eso? ¿Lo que hablamos en la pensión cuando...? No, no es verdad... ¡No puede ser, Dios mío!
Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombró la enfermedad espantosa y maldita, el subterráneo veneno de familias enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de tragedias humanas.
--Eso mismo. No sé cómo... ¡Es un horror, Nacha! ¡Dios me castiga! Mi vida, ¿qué será? Se acabó todo, todo, todo... Quedaré paralítica, me volveré loca...
Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.
Entró Monsalvat, Julieta no lo conocía y se estremeció. Intentó levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha, apenas lo vió entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo, imperiosamente:
--Es él. No te movás. Él te salvará. Contále todo; Decíle cómo vino la desgracia. Yo quiero que él te salve. Será feliz de poder salvarte. No llorés más, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos como hermanos...
Monsalvat, inmóvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sintió la tragedia en sí mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en las voces de su corazón, permanecía de pie, junto a la puerta, esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergüenza y sufrimiento, callaba. Nacha insistió. La envolvió en palabras cariñosas, se levantó, la besó en la frente. Julieta entornó los ojos y quedó así un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida desfiló ante su dolor presente, y cuando abrió los ojos vió a Monsalvat en el lugar de Nacha.
--Cuénteme todo--ordenó Monsalvat.
Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido. Pero él sabía ya hasta qué punto infunde confianza, y aun consuelo, al que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una mujer que llora. ¡Y cómo se agradece la orden enérgica! Parece que al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su debilidad, un remedio para su dolor. "Cuénteme todo, es necesario que yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas, siéntense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el hombre, pequeñas, débiles, sufrientes ante el hombre.
Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habló:
--Cuando vivíamos en el Tandil éramos ricos. Mi padre tenía estancia, mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos Aires. Pero un día, mi padre se suicidó. Quedamos pobres. Nos vinimos a Buenos Aires. Aquí, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos quedó. Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro años de vivir aquí, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tenía que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mamá. Aquella vida era triste para mí. Ni paseos, ni placeres, ni diversión ninguna. Trabajar y acompañar a mi madre. Tuve un novio. Me quería con toda su alma, me dijo. Yo lo adoraba. Un día me llevó no sé adónde. Yo estaba enamorada, creía que nos casaríamos, y él hizo su voluntad. Quedé pronto en una situación que era un continuo sufrimiento para mí. Inventamos una visita a una amiga, y se realizó el crimen que él quería. ¡Es el dolor de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importaría sufrir. Volví a casa, pero mis hermanas supieron todo. Un día, quisieron que mamá me echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debió decirme. Yo no era eso. Yo había caído por amor, me engañaron. ¡Qué sabía yo de la vida, ni de los hombres! Mamá intentó defenderme, pero ellas dijeron a mamá que si me defendía, se quedarían sin madre. Me fuí de la casa, dispuesta a trabajar. Padecí hambre. Una época, dormí en un cuarto de diez pesos. No tenía para comer. Fuí a una sociedad de beneficencia, a pedir socorros. Dije que me moría de hambre, que tendría que perderme si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven debía trabajar. Que no faltaba trabajo...