Moral social

Part 4

Chapter 43,648 wordsPublic domain

Podría, sin embargo, hacerse una objeción al proyecto. El Electorado en el programa de Hostos «es delegado y representante permanente de los electores», dura tanto como los poderes legislativo y ejecutivo. Ahora, preguntamos, su permanencia, ¿no complica la máquina del Estado con la existencia de un cuerpo más? Cumplida su misión electoral, ¿no podría desaparecer con ventaja de todos, aun para reconstituirse, dentro del mismo período legislativo y ejecutivo, cuantas veces lo requiriesen las circunstancias? La vigilancia, las sanciones de este Cuerpo, ¿serían de tal eficiencia que ameritase él mismo vida larga, permanente?

Los aciertos hormiguean en la obra del jurista americano. Las innovaciones, no de capricho, sino obra del estudio, el raciocinio y la experiencia, á menudo salen al paso, y marcan, como términos de luz, lindes de antiguos errores ó de antiguas deficiencias. Puede citarse como ejemplo de innovación el de la Antecámara, que tanto llamó la atención al parlamentarista español don Gumersindo de Azcárate.

El juicio que merece á las nuevas generaciones americanas esta obra de Hostos puede expresarse con las palabras del tratadista, hombre público y profesor chileno, Angulo Guridi: “Es el mejor tratado de Derecho constitucional que conozco en español, inglés é italiano.”

X

HOSTOS, HOMBRE DE IDEALES Y HOMBRE DE HOGAR

Hemos considerado á Hostos, aunque á las volandas, por varias faces de su múltiple personalidad: como maestro, como crítico literato, como filósofo moralista, como sociólogo, y como tratadista de Derecho constitucional.

Para esbozar la obra de su poderoso y fecundo espíritu, basta. Por la garra se juzgará de ese león.

Hasta aquí lo que respecta al hombre de ideas. Por lo que respecta al hombre de ideales, lo hemos visto renunciando á todas las solicitaciones del interés para consagrar su juventud inquieta y altruísta á un sueño de libertad: al sueño de independencia para sus Antillas natales. Y cuando vió derrumbarse la fábrica de un pueblo, mientras él estaba ayudando á levantarla, consagró su vida á una obra de cultura americana, creyendo tal vez, con muy buen acuerdo, que la cultura es una de las más firmes bases de la nacionalidad en todas partes; pero sobre todo en nuestras repúblicas de América, enfermas de barbarie.

Fué un civilizador como Sarmiento; pero le faltó lo que tuvo el argentino: un pueblo que plasmar. Le faltó una patria. Los celos de nuestras nacionalidades; las pequeñeces locales de nuestros paisesitos, cada uno de los cuales se cree el ombligo del planeta; el triunfo de Páez, Rivadavia, Santander, y del ideal antiboliviano de patrias microscópicas que éstos abrigaban, impidieron á Hostos, á tan gran varón como Hostos, no digo ya dirigir una república, pero ni siquiera influir directamente en los negocios públicos de un pueblo desde la curul de un Parlamento ó el sillón de un Ministerio. El caso de Bello en Chile no se ha repetido. Habría, para verlo repetirse, que dictar en cada república leyes de excepción en favor de los demás hispano-americanos, sin olvidar, naturalmente, aquellas limitaciones imprescindibles, única fianza de no caer en la utopía.

Los hombres traducen su alma por actos ó por ideas. El hombre que había en Hostos se ha ido diseñando por sí mismo al través de estas páginas. Añadiremos algunos rasgos que acentúen los contornos de la fisonomía moral de Hostos.

Tuvo seis hijos. Cuenta quien está al tanto de las intimidades de aquel varón bíblico, que, mientras pequeñuelos, se complacía en dormirlos personalmente, cantándoles canciones que él mismo compuso para ellos. “Las Pascuas—escribe un discípulo de Hostos—, las fiestas de familia, como los cumpleaños de sus hijitos, eran celebrados por él con árboles de Navidad, retablos, fuegos artificiales, guiñoles, audiciones musicales, sombras chinescas y representaciones teatrales en que los mismos niños hacían de actores y para los cuales él escribió las comedias: _¿Quién preside?_, _El cumpleaños_, _La enfermita_ y _El naranjo_.”

Otro rasgo va á acentuar la pintura.

Cuando estuvo por primera vez en el Perú predicando su cruzada de independencia antillana, escribía diariamente en los periódicos para irse ganando al mismo tiempo la vida.

Estaba entonces en proyecto el ferrocarril de la Oroya. Hostos se puso á analizar, en el periódico limeño _La Patria_, los distintos contratos presentados al Gobierno. Un día uno de los contratistas, llamado Meiggs, se presentó á Hostos, proponiéndole un millón de francos “para la independencia de Cuba” si recomendaba el proyecto Meiggs á la opinión pública.

Aquel varón de Plutarco, heroico é íntegro, que nunca admitió componendas con la irregularidad, estudió el proyecto y no convino en echar el peso de su autoridad moral y su pluma resplandeciente á favor del contrato. Por el contrario, cuando analizó en _La Patria_ el contrato de Meiggs, lo presentó como perjudicial á los intereses del Perú.

Aquel escritor pobre menosprecia un millón de francos. Aquel apóstol de la independencia antillana renuncia á contribuir á la realización de un noble sueño. Cierra los oídos á todas las sirenas, ahoga sentimientos carísimos y embiste contra lo que no cree justo, ni útil, ni equitativo para el Perú. Es decir, obra según la conciencia y no según el interés.

Ese es Hostos. Igualmente grande medido como hombre moral, como hombre de pluma, como hombre de pensamiento.

Fué tolerante al punto de que su mujer y su hija extremaban la nota católica, á ciencia y paciencia del sabio.

No le faltaron, cuando la ocasión lo requería, respuestas agudas. El arzobispo de Santo Domingo, Merino, brillantísimo orador, le decía una vez:

—Yo tengo un pie en la cultura clásica y otro pie en la cultura moderna.

—Por eso está usted siempre vacilante—le repuso Hostos.

Aunque vivió en pueblos chicos, es decir, en infiernos de chismografía, su vida sin sombra salió ilesa de los dientes del vecindario. Una vez sus discípulos le informaron:

—Están hablando mal de usted, maestro.

Hostos respondió con una sentencia griega y siguió viviendo su vida de santo laico.

En lo físico era de estatura media, con dos melancólicas luces grises por ojos, una larga nariz, un si es no es aguileña; una magnífica frente despejada; unas barbas canosas y unos cabellos de plata y endrina, color de acero por la mezcla, y largos.

Así lo conoció en Caracas, el año de 1899, el autor de estas líneas. El autor ignoraba entonces quién era y qué significaba para la América aquel hombre.

R. Blanco-Fombona.

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Un día se levantaron alarmados mis discípulos. Vinieron á mí, y me dijeron:

—Maestro, urge publicar la Moral.

—Y ¿por qué urge?

—Porque los enemigos de nuestras doctrinas van por todas partes predicando que son doctrinas inmorales.

—Mal predica quien mal vive, y mal vive quien mal piensa y quien mal dice.

—Sí; pero no es tiempo de responder con comparaciones, sino con pruebas.

—Bien predica quien bien vive.

—Pero no se trata de las pruebas de conciencia, que siempre son ineficaces para los malignos.

—¿Entonces se tratará de pruebas de apariencia, que siempre son eficaces para los benignos?

—No. Se trata de pruebas contundentes.

—Pues eso es inmoral: la Moral no contunde.

—Pero hunde y debe hundir á los que calumnian las buenas intenciones.

—De ellas está empedrado el infierno, así como de malas intenciones está pavimentado el mundo de los hombres.

—Por eso mismo hay que desempedrarlo y recalzarlo de buenas intenciones.

—Pues entonces no hay que publicar la Moral en libros, sino en obras.

—Bien se ve que no basta, cuando nos calumnian.

—Son las calumnias de la propaganda en sentido contrario. Dejémosla pasar, que eso no daña, pues el mérito del bien está en ser hecho aunque no sea comprendido, ni estimado, ni agradecido, y vivamos la Moral, que es lo que hace falta.

—Bien está—afirmaron, con desidiosa afirmación—. Bien está; pero cuando se pida á las doctrinas calumniadas las pruebas de su moralidad...

—Y ustedes, ¿qué son, si no son pruebas vivas de ellas? ¿Acaso no lo son? Porque si no lo son, á pesar de los esfuerzos que se han hecho, una de dos: ó ustedes no han acogido sino por su parte externa las doctrinas, y en ese caso es inútil difundirlas, ó la sociedad en que viven es por sí misma un obstáculo, y en ese caso...

—En ambos casos es preciso publicarla: en el primero, para que pasemos de fuera adentro de las doctrinas; en el segundo, para que disminuyan los obstáculos.

—¿Disminuir? Quizás aumenten. Á la verdad, como las doctrinas más sinceras son las que resultan más radicales, tal vez escandalicen las sencilleces que yo les he dictado. Mejor, ya que tanto empeño tienen los amigos de las buenas intenciones, mejor será que sólo se publique aquella parte de la Moral que se refiere á los deberes de la vida social.

—Pues bien: déjenos publicarla.

—Del país y de ustedes es. Tómenla y publíquenla.

Y por eso, después de mucho urgirme y de no poco contrariarme, consiguieron los jóvenes, á quienes se deberá, si vale algo y dice algo, que yo consintiera en la publicación de la MORAL SOCIAL.

EL AUTOR

INTRODUCCIÓN

I

El hombre es ya adulto de razón, y hasta se le puede considerar adulto de conciencia. Al menos, hasta cierto punto; hasta el punto mismo en que el desarrollo de la razón común ha contribuído al desarrollo de la conciencia colectiva.

Bien se ve á cada momento, en todas partes, contrariada esta afirmación por hechos tales, que denuncian una prepotencia incontrastable de instintos y pasiones sobre principios y deberes. Para que sean más dignos de consideración y de compulsa, esos hechos son tanto de origen individual como de origen colectivo. Individualidades representativas de su tiempo, colectividades representativas de la civilización histórica y actual, incurren á cada paso en irracionalidades tan contrarias á seres en progreso, y en inconsciencias tan contradictorias del grado efectivo de desarrollo á que ha llegado la Humanidad, que motivan la honda tristeza de cuantos tienen idea suficiente del destino del hombre en el planeta.

Después de emancipada la razón, y cuando un método seguro la guía en el reconocimiento de la realidad y en el conocimiento de la verdad; después de emancipada la conciencia, y cuando tiene por norma infalible la fe en su propia virtud y potestad; después de emancipado el derecho, y cuando tiene en sus nuevas construcciones sociales la prueba experimental de su eficacia; después de la emancipación del trabajo, y cuando basta su reciente libertad para fabricar un nuevo mundo industrial que todos los días se renueva, surgiendo todos los días de la fecunda, la prolífica aplicación de las ciencias positivas, y cuando á la ciega fe en los poderes sobrenaturales ha sucedido la fe reflexiva y previsora en la potencia indefinida de los esfuerzos industriales, multiplicados por los esfuerzos de la mente; en suma, después de la conquista de todas las fuerzas patentes de la Naturaleza, y cuando nos creemos, y efectivamente estamos, en el primer florecimiento de la civilización más completa que ha alcanzado en la tierra el ser que dispone del destino de la tierra, la divergencia entre el llamado progreso material y el progreso moral es tan manifiesta, que tiene motivos la razón para dudar de la realidad de la civilización contemporánea.

Verdad es que el estudio de las civilizaciones comparadas presenta al hombre de la civilización contemporánea en un grado de racionalidad mucho más elevado que el hombre de las civilizaciones precedentes; verdad es que el europeo contemporáneo puede más, porque sabe más, que el romano del Imperio; y que el americano digno de América vale más, porque tiene un derecho más orgánico que el romano de la República; verdad es que los americanos y los europeos de nuestros días son mejores que los jónicos y los dóricos de Solón y de Licurgo, porque son más humanos; verdad es que la fábrica social de Egipto antiguo, con ser tan admirable, es inferior á la fábrica social del mundo europeo y americano, con ser tan rudimentaria; verdad es que la savia vital de nuestros pueblos es más poderosa, por ser más sana, que la de esa maravillosa sociedad fósil que después de cincuenta siglos de existencia se conserva á los pies de los Altai con la misma fuerza de inercia con que en las profundidades de los terrenos cuaternarios, los testimonios mudos de la mil veces secular antigüedad del hombre primitivo; verdad, en fin, que para ser superior á toda otra basta á la civilización occidental el ser la suma de todos los esfuerzos de las humanidades extinguidas. Mas á pesar de todo eso, y precisamente por todos esos méritos, duele en la conciencia la incapacidad de la civilización contemporánea para hacer omnilateral el progreso de la Humanidad de nuestros días, y para hacer paralelos y correspondientes su desarrollo psíquico y su desarrollo físico.

Del uno al otro hay un abismo. Hay, comparando lo máximo á lo mínimo, el mismo abismo que arredra en muchas personalidades históricas del pasado y del presente: admirablemente dotadas para realizar el bien, pero siniestramente desviadas de él, todo lo que tuvieren de superiores á su tiempo lo tienen de inferiores á su destino.

Así la civilización occidental, cuanto tiene de superior á todas las civilizaciones antepasadas, tanto tiene de inferior al destino esencial de la civilización.

Civilización es racionalización, y no se racionaliza una Humanidad como la actual, que por una parte lleva el juicio hasta una concepción tan exacta de su destino como la hoy intuitiva en todas las generaciones que se levantan á recibir el legado del pensar contemporáneo, y por otra parte lleva la locura hasta no poderse guiar en la vida real ó práctica ó concreta por la noción de su destino.

Civilización es más que racionalización: es _conscifacción_[4], porque todo proceder de la razón de menos á más, es proceder de menos conciencia á más conciencia, y en vez de hacerse más consciente á medida que se hace más racional, el hombre de nuestra civilización se hace más malo cuanto más conoce el mal, ó se hace menos bueno cuanto más conoce el bien, ó se hace más indiferente al bien cuanto mejor sabe que el destino final de los seres de razón consciente es practicar el bien, para armonizar los medios con los fines de su vida.

Footnote 4:

Sirva de excusa á estos dos neologismos la necesidad de expresar la idea que contienen. Tal vez para expresar el esfuerzo de hacerse cada vez más racional (_racionalización_), y el conjunto de actos voluntarios para hacerse más consciente (_conscifacción_), habrá vocablos más eufónicos, pero no los he encontrado.

Ni el hombre individual, ni el hombre colectivo de nuestro tiempo, acaricia ese ideal. Hay quienes lo tienen, claro está, y esos, para estar á la altura de su ideal, ó viven mártires de él ó son sus víctimas. Pero esos mártires ó víctimas del ideal humano, del destino ideal del sér humano, del verdadero, del sumo ideal, del que consiste en realizar ó sustentar todos los fines del sér, armonizándolos, han podido vivir y han existido en civilizaciones inferiores, y los que existen en el seno de la civilización coetánea, aunque más que sus precursores, son muy pocos. Los demás, lejos de mortificarse en el afán del ideal, se atemperan á la civilización anormal, que contribuyen con la propia anormalidad á hacer más irregular y más incompleta cuanto más inmoralmente legan á las generaciones venideras la tarea de mejorar, completar, armonizar y moralizar la civilización á que concurren.

Hombres á medidas, pueblos á medidas, civilizados por un lado, salvajes por el otro, los hombres y los pueblos de este florecimiento constituímos sociedades tan brillantes por fuera, como las sociedades prepotentes de la historia antigua, y tan tenebrosas por dentro como ellas. Debajo de cada epidermis social late una barbarie. Así, por ese contraste entre el progreso material y el desarrollo moral, es como han podido renovarse en Europa y en América las vergüenzas de las guerras de conquista, la desvergüenza de la primacía de la fuerza sobre el derecho, el bochorno de la idolatría del crimen coronado y omnipotente durante veinte años mortales en el corazón de Europa, y la impudicia del endiosamiento de la fuerza bruta en el cerebro del continente pensador. Así, por esa inmoralidad de nuestra civilización, es como ha podido ella consentir en la renovación de las persecuciones infames y cobardes de la Edad Media europea, dando Rusia, Alemania, los Estados Unidos, los mismos Estados Unidos (¡qué dolor para la razón, qué mortificación para la conciencia!), el escándalo aterrador de perseguir las unas á los judíos, de perseguir los otros á los chinos. Así, y por esa inmoralidad constitucional del progreso contemporáneo, es como se ha perdido aquel varonil entusiasmo por el Derecho que á fines del siglo XVIII y en los primeros días del XIX, hizo de las colonias inglesas que se emancipaban en América, el centro de atracción del mundo entero; de Francia, redimida de su feudalismo, el redentor de los pueblos europeos; de España, reconquistada por sí misma, la admiración y el ejemplo de los mismos pisoteados por el conquistador; de las colonias libertadas por el Derecho contra España, inesperados factores de civilización; de Grecia, muerta, un pueblo vivo. Ese entusiasmo por el Derecho ha cesado por completo, y Polonia, Irlanda, Puerto Rico, viven gimiendo bajo un régimen de fuerza ó de privilegio, sin que sus protestas inermes ó armadas exciten á los pueblos que gimieron como ellos.

El culto á la civilización, que de ningún modo más efectivo y más digno de ella debería manifestarse que civilizando los pueblos cultos á los que están en el primer grado de sociabilidad, y ayudando en su tarea de civilizarse á los que la han comenzado con obstáculos, que, abandonados á sí mismos, no pueden ó no deben superar, ni siquiera es un deber á los ojos de los Estados. Se buscan acá y allá, principalmente en América y en Oceanía, islas estratégicas que gobiernen mares, estrechos y canales, y que aseguren la primacía comercial, y en caso de querella, la prepotencia militar del ocupante; se rebuscan los escondrijos de nuestro Continente, que se cree ó se aparenta creer que no tiene dueño; se registra de Norte á Sur, de Este á Oeste, de Guinea á Egipto, del Delta al Níger, el Continente negro; en África, en América y en Oceanía, hoy, como en los siglos XV y XVI, se ocupan territorios y jurisdicciones con la misma llaneza con que Colón ocupa las Antillas, con que Vasco Núñez de Balboa toma posesión del mar del Sur; con que Vasco de Gama declara portuguesa una población de más de doscientos millones de hindús; con que Cortés y Pizarro arruinan, en honor de España, dos civilizaciones que hubieran podido y debido utilizarse.

Hoy como entonces, y como en los viajes de exploración, aunque sean Cook y D’Urville los jefes de las expediciones, y aunque sea científico el objeto de ellas, el instrumento de civilización es el alcohol, y el procedimiento es el engaño ó el pavor.

Sí; Liberia atestigua la altísima concepción del deber de filantropía, y será honra perpetua de los abolicionistas norte-americanos; el Congo es testimonio del noble modo de concebir el deber de civilización, y siempre será gloria de Bélgica, de Leopoldo II y de Stanley; Australia es el hecho de colonización más portentoso, y lo admirará la Historia, loando la sabiduría de Inglaterra; las Hawaii son prueba en favor del espíritu civilizador del protestantismo; y la entrada del Japón en la vía seguida por los pueblos civilizados de Occidente, obra será que para siempre ilustre el nombre del pueblo americano. Pero aunque la Moral acepte como ofrendas á ella los actos interesados y el egoísmo nacional ó individual que ella tiene la virtud de concluir por hacer méritos suyos, ninguno de esos servicios á la civilización han sido tributos á la Moral. Á excepción del Congo, Liberia, el Japón y las Hawaii, en donde la población indígena ha sido respetada, en donde efectivamente es un experimento de civilización el que en definitiva hará la Humanidad, ¿qué ha sido de los indígenas de Australia? ¿Qué ha sido de los indígenas de las Antillas? ¿Qué ha sido de los indígenas del Perú, de México, del Brasil, de la Argentina? ¿Qué de los pecuodes, de los narragansets, de los natches? ¿Qué de aquellos dulces, pacíficos, benévolos, inofensivos habitantes de la Acadia canadiense, que ni siquiera eran salvajes, que ni siquiera eran de raza distinta, puesto que eran franceses, defensores de Francia y del derecho de Francia en la despiadada guerra de desalojo que contra ella hizo Inglaterra en el Canadá?

Los indiferentes al fin moral de la Historia, semejantes á los católicos en la ecuanimidad con que se aplican las verdades de la ciencia que han contradicho y que los contradice, usufructúan la teoría de la selección y atribuyen á la lucha biológica la aterradora ruina de las mil sociedades que en todos los grados de razón y de cultura ha destruído con perseverante brutalidad el egoísmo nacional.

Pero el sofisma no prevalecerá contra la moral. Si la ley de evolución es una ley de la naturaleza física, tiene que ser una ley de la naturaleza moral, y no ha sido ni ha podido ser instituída para el _mal_; ha sido instituída, _necesariamente_ ha tenido que ser instituída para el bien. El mal que de ella se haya deducido, culpa de los hombres será, obra de la torpeza de los hombres habrá sido.

Culpa ha sido, torpeza ha sido de los hombres que se tienen por civilizados, el estrago de sociedades y civilizaciones incipientes. El continente americano y el australiano, en donde más implacablemente ha consumado su obra de exterminio la civilización occidental, no tenían población proporcional á su extensión; no opusieron resistencia sino después de instigados por la ferocidad y la sensualidad de los usurpadores; no entablaron competencia de territorio porque lo cedían, ni de productos porque les sobraban, ni de trabajo porque lo prestaban de buen grado, ni de creencias porque fácilmente conciliaban con las suyas las imbuídas por los pocos invasores que se ocupaban de creencias. El único punto de la tierra reclamado por la civilización en donde se ha entablado la competencia por la vida, y no al principio de la ocupación, sino en los días de poderosas corrientes migratorias y de tremendo empuje de la Industria, ha sido aquel punto geográfico de los Estados Unidos de América, conocido con el sobrenombre nacional de _Far-West_ (_Lejano Oeste_), especie de tierra de promisión de los milenarios del progreso material, que la buscan como el cumplimiento de las profecías que el deseo de bienestar les ha hecho.