Moral social

Part 2

Chapter 23,661 wordsPublic domain

Estas no son charlerías, ni aplausos á tontas y á locas. Son verdades de fácil comprobación. En América estamos acostumbrados á deslumbrarnos con lo ajeno, máxime con lo europeo, y á no apreciar lo propio, porque no sabemos juzgarlo. Sin obtusidad, ni ceguera, ni prejuicios, pero tampoco sin alucinamientos, contemplemos, comparemos y decidamos. Habituados á libros y juicios europeos, nos miramos á nosotros mismos al través de los anteojos que nos llegan del Viejo Mundo. Veámonos, á ojo desnudo, cómo somos. No sólo juzguémonos, sino impongamos, si podemos, nuestro juicio á los extraños. Como este juicio sea probo, y, por tanto, digno de respeto, será mejor que el de los extranjeros sobre nosotros, ó el del pobre diablo criollo con gafas cisatlánticas.

Hostos, repito, el sabio, modesto y talentudo Hostos, que escribió sobre Shakespeare en un rincón de los Andes, desde una distante y pequeña República del Pacífico, ha arrojado más luz sobre la obra inmortal de Shakespeare que un Lessing, por ejemplo, y analizó con más penetración el alma de Hamlet que la mayor parte de los críticos y psicólogos en Inglaterra, Alemania y Francia.

Treinta años después que Hostos publicó en Santiago de Chile su análisis del _Hamlet_, un compatriota de Shakespeare, sir Herbert Beerbohm Tree, actor como el gran William, dedica en su obra _Thoughts and Afterthoughts_ un capítulo al estudio de _Hamlet_. Lo estudia principalmente desde el punto de vista del actor; analiza, sin embargo, la pieza y los caracteres. En su apreciación hay lugares comunes con la apreciación de Hostos.

Las similitudes entre Hostos y su copista inglés son de concepto en cuanto al genio de Shakespeare y á la psicología de Hamlet; y las hay asimismo de expresión, es decir, el mismo pensamiento se ha expresado con las mismas ó parecidas frases. Estas coincidencias tienen un nombre en todas las lenguas.

Anotemos al vuelo algunas de dichas coincidencias. Veamos lo relativo á la psicología de Hamlet, por ejemplo.

Hostos se explica «_el segundo Sir Herbert Tree también se explica período de su carácter_» de por la transcripta (_y subrayada_) (Hamlet), «_este filosófico frase de Hamlet, el carácter de considerar la vida por lo que ella éste. es en sí, no por lo que hacen de ella las exterioridades_», por la «_Es una frase_—asegura Sir siguiente frase del príncipe Herbert—_en la cual toda la razonador: NADA HAY BUENO NI MALO tragedia de su vida se encierra SINO LO QUE ASÍ HACE EL como en una cáscara de nuez_.» PENSAMIENTO. Tales palabras, dice Hostos, «_denotan en el espíritu de Hamlet aquel desarrollo de la idealidad que concluye por la indiferencia absoluta de la realidad y que no cuenta con ésta para nada_».

Las coincidencias, que no cesan, denotan por su número y carácter que Sir Herbert conocía la obra de Hostos. Sin embargo, no lo cita. Nombra á varios comentaristas; á Hostos no, á Hostos lo calla. Hostos es un pobre señor de Puerto Rico. ¿Quién va á conocerlo? ¿Quién va á creer que un gran artista inglés se inspire, para escribir sus obras, en un maestro de escuela portorriqueño?

En su análisis del príncipe, enseña Hostos:

«_Hamlet es un momento del espíritu humano y todo hombre es Hamlet en un momento de su vida._»

Ya, en su disección de Ofelia, había dicho: «_Hay un Hamlet en el fondo de todo corazón humano._»

El inglés opina de un modo semejante, treinta años después:

«_Hamlet es eternamente humano... Nosotros somos todos Hamlets en potencia._»

Hostos opina que la locura de Hamlet es simulada; Sir Herbert piensa otro tanto.

Hostos describe, con una profundidad psicológica de que hay pocos ejemplos en la historia literaria universal, las distintas y sucesivas revoluciones que se han ido operando en el espíritu del príncipe.

«_El mismo Hamlet se asombra_ (á un Sir Herbert, por su parte, dice: momento dado) _del cambio que ha correspondido en su palabra al «... _encontramos á Hamlet poniendo cambio operado en su interior, y por obra su proyecto de fingir la decide utilizarlo fingiendo una locura_...» locura... No está loco ni estará loco._»

¿Para qué finge locura, según Hostos? Porque es débil, porque necesita armarse de una fuerza artificial, y esa fuerza va á tenerla en rudezas, en sarcasmos, en desdenes; “_en el desprecio con que, desde su nuevo punto de vista, va á considerar la vida, la sociedad, el hombre_...” “_Hará el mal que no quiere y se_ COMPLACERÁ _tanto más en ese mal_ CUANTO MÁS SUFRA...”

Hamlet, concluye Hostos, se dirigirá á lo que más ama, á Ofelia, para atormentarla, atormentándose.

Sir Herbert resume, exponiendo: “_Hamlet evidentemente encuentra_ UN PLACER _intelectual y_ DOLOROSO _en disparar su ironía_ SOBRE LAS VÍCTIMAS DE SU LOCURA FINGIDA.”

Hamlet rebosa de piedad y amor El comentario de sir Herbert no es hacia Ofelia; pero, según el muy diferente: comentario de Hostos, “_por muy buena que sea Ofelia, ¿cómo no ha “_Hamlet rebosa de amor y de piedad de ser frágil, si lo es su madre?_” hacia Ofelia. Pero, á sus ojos, todo el sexo femenino parece Por eso ofende el recuerdo de la mancillado por el acto de su madre. purísima Ofelia, “_al confundir en ¿No exclamó en el primer acto: un mismo anatema á la fragilidad y Fragilidad eres mujer?_” á la mujer: Fragilidad, eres mujer_.”

En el tercer acto hay un diálogo célebre entre Ofelia y el príncipe.

Hostos comenta ese diálogo de manera deliciosa y arroja chorros de luz sobre el estado de alma de Hamlet en aquel momento.

Por la paridad de Ofelia con su madre, en cuanto mujeres, Hamlet rechaza á Ofelia, amándola.

El psicólogo hispano-americano comenta:

_“La fragilidad es condición esencial de la mujer. Si no ha caído, caerá. Y para desecharla irremisiblemente supone la caída_: ARE YOU HONEST? ¿ERES HONESTA? _¿Por qué la abruma con esa brutalidad? Porque es bella_”.

—Y “¿_puede_—pregunta la inefable dulzura de Ofelia—_tener la belleza mejor compañera que la honestidad_?”

Hamlet responde á la suave niña con una salida brutal.

Hostos comenta así:

“_Como al pronunciar esta cínica Sir Herbert, al comentar la escena herejía no piensa en Ofelia y sólo entre Ofelia y el príncipe, no sólo se acuerda de su madre, dice, con copia _grosso modo_, sino que casi amargura que desgarra_: ESTO ERA transcribe á la letra el comentario UNA PARADOJA EN OTRO TIEMPO, PERO del gran crítico americano. HOY...” Es imposible que las ideas _Yo te amé_, declara el Príncipe á coincidan á tal punto en hombres de Ofelia poco después. razas y tiempos tan diferentes; es imposible que los aciertos de uno y YO TE AMÉ,—comenta Hostos,—_es yo otro psicólogo correspondan hasta te amo. En boca de Hamlet significa confundirse en la expresión más: te amo, pero no debo amarte._ escrita. Es imposible argüir con el azar, ese dios de los tontos. “_Es un combate á muerte entre el deber de vengar_ (á su padre) _y la Oigamos al artista inglés: necesidad de amar, nunca tan imperiosa como entonces_...” “_Hamlet_, SEGÚN MI PARECER, _al tomar á Ofelia por la mano y Hamlet se aleja, “_fijos siempre preguntarle_ ¿ERES HONESTA?... los ojos en la ventura que _quiere decir: ¿Hay una mujer en abandona, maldiciéndose dos veces á quien yo pueda tener fe?_” sí mismo_.” El comentarista cita, como Hostos, “_Ofelia_— continúa el comentador la salida brutal de Hamlet y sigue americano—,_que en solo un momento su explicación. ha pasado por todas las alternativas de la esperanza y la “_El verso_: ESTO ERA UNA PARADOJA desesperación, de la alegría y del EN OTRO TIEMPO, PERO HOY... _está dolor, del amor y la piedad, ha claramente dirigido contra las perdonado todas las ofensas, todas relaciones entre el rey y la las injusticias, todas las reina_”. crueldades, todas las brutalidades de su amante... y quejándose del Como se ve, sir Herbert escoge los infortunio más que de Hamlet, mismos pasajes que Hostos y los exclama_: explica de igual modo. Adelante.

—HABER VISTO LO QUE HE VISTO PARA “NO TE AMO, _dice Hamlet, VER LO QUE VEO.” arrancándose así el corazón. Ofelia cae sobre el sofá_...»

El comentador agrega que Hamlet ama á Ofelia, «_pero no se atreve á mostrar su corazón_». La piadosa, dulce Ofelia, considerando loco al príncipe, exclama: “_La desgracia se abate sobre mí._ HABER VISTO LO QUE HE VISTO PARA VER LO QUE VEO.”

No son las demostradas las únicas concomitancias, en la explicación de la pieza shakespeariana, entre el artista de Inglaterra y el crítico de América. «_He hecho cuanto he podido para familiarizarme con las obras de los comentadores literarios del Hamlet_», exclama sir Herbert. Como vamos viendo, sus palabras no son una mentira.

Continuemos con algunas similitudes, sorprendidas á la buena de Dios.

Hostos expone el estado mental de Hamlet durante el más célebre de sus monólogos, y comenta así:

«_Ha decidido el mal y ese mal va á tener por expresión la muerte... Y ¿qué es más digno del alma, de esa alma humana tan poderosa en el pensar, en el sentir y en el querer: sucumbir al dolor ó rebelarse contra él; matar ó morir?_

¿MORIR?... DORMIR Y NADA MÁS. (Hamlet.)

_La muerte, que antes se le presentó como idea, se le presenta ahora como realidad. Como idea, asusta. Como realidad, atrae._

Y DECIR QUE EN ESE SUEÑO VA Á ACABAR ESTE ACERBO DOLOR MÍO. (Hamlet.)

_Lejos de temerlo, lo desea. Y tanto lo desea_ (el sueño de la muerte) _que se olvida por completo de la determinación anterior de su voluntad, desaparece de su espíritu el motivo ocasional de la meditación. Y ya no piensa en el ser que va á destruir_ EN SÍ Ó EN OTRO, _sino en_ EL NO SER QUE ANHELA _con toda la devoción de su infortunio_.»

Á su turno el artista inglés comenta el estado mental de Hamlet, durante el monólogo. Oigámoslo:

«_Hamlet anhela ese sueño de la muerte, que será término de todos los males. Tan grande es su horror del deber impuesto, que en este momento Hamlet_ PIENSA EN MORIR, _para no matar al rey_.»

Las irresoluciones constantes de Hamlet dependen de que es un enfermo de la voluntad, un razonador, un analista.

«_Todos menos él_—expone Hostos— Sir Herbert reconoce también qué _son activos para el bien ó para el rasgo principal de Hamlet es la mal y hacen el bien ó el mal porque irresolución, por exceso de no reflexionan lo que hacen. reflexión, la falta de voluntad por «Mientras que él, juguete de sí sobra de razonamiento. Sus mismo, pierde el tiempo de la generalizaciones filosóficas á este acción en meditarla... pasan, respecto son demasiado parecidas á triunfadores de la actividad, las de Hostos. contentos de sí mismos, como todos los que triunfan, los hombres que «_El hombre que va á triunfar en la para conseguir lo que desean no vida_—opina sir Herbert—_es el que necesitan más que abandonarse á su no ve sino un lado de las cosas. El deseo._» hombre cuyo horizonte mental es vasto, que es capaz de ver lo bueno De este número son Laertes, Claudio y lo malo de todo... no alcanzará y, al fin del drama, «_Fortimbras, su meta tan pronto como aquel que un príncipe adolescente, una mira recto ante sí y se abandona á ambición naciente. Fortimbras se su deseo_». «_Fortimbras no ve sino dirige con su ejército á Polonia, un solo lado de las cosas y sabe sacrificando sin vacilación y sin con precisión lo que quiere._» tristezas miles de hombres á su intento._»

Continuar pescando similitudes sería cuestión de nunca acabar. Las hay, como antes se dijo, y como se observa por los ejemplos anotados á la ventura, de concepto, en cuanto al genio de Shakespeare y al carácter del príncipe, y las hay de expresión, hasta donde es posible en lenguas tan desemejantes. Aunque sir Herbert tal vez no ha leído el estudio crítico de Hostos en castellano, sino en alemán, lengua en que fué traducido. Y me baso para suponerlo en que el notable artista inglés conoce la lengua alemana, como se advierte leyéndolo, y porque cita en su estudio los mejores ensayos tudescos sobre _Hamlet_: el de Goethe, el de Lessing, el de Hazzlitt, el de Klein.

La circunstancia de no citar el de Hostos depone, por razones de epidérmica psicología que los juristas conocen á maravilla, contra el eminente artista inglés, autor de _Thoughts and Afterthoughts_, sir Herbert Beerbohm Tree.

Pero si aún quedasen dudas á alguien, añadiré tres ó cuatro detalles que no admiten réplica.

Después de la escena de la comedia en Palacio, representación que termina, en la realidad de Shakespeare, con la fuga del rey, vendido por su horror, y la carcajada de Hamlet, que es alborear de su resolución, preséntanse los cortesanos Rosencrantz y Guilderstern, espías del rey. Hamlet derrama sobre ellos sarcasmos y sarcasmos. Los espiones se parten.

“_Queda solo consigo mismo_—observa Hostos—. _Ni una duda, ni una vacilación. El que antes dudaba si tenía derecho de hacer mal; el que antes vacilaba, estremeciéndose ante la idea de la muerte, piensa ahora con fruición que bebería sangre caliente... Ya él está seguro de su resolución y tiene calma para esperar_...”

El escritor inglés dice:

“_Á la vista de los cortesanos espías, Hamlet retorna á sus sátiras tremendas... Despide á los falsos amigos y queda consigo solo... perfectamente sano, reconoce la necesidad de la acción._”

Hostos opina del monólogo: “_el monólogo más profundo que ha pronunciado jamás el labio humano_.”

El señor Tree escribe, respecto de la célebre escena del acto III: “_cuadro el más terrible que el espíritu del hombre haya jamás evocado_.”

Hostos dice que Hamlet “_pierde el tiempo de la acción en meditarla_”. Y el señor Tree: “_malgasta en sátiras el tiempo que pudiera emplear en matar al rey_”.

Lo expuesto basta. Con semejantes premisas, la conclusión se impone por sí misma. El lector, si es lógico y de buena fe, llegará por su parte á la propia conclusión que el autor de las presentes anotaciones.

VI

Á PROPÓSITO DE HOSTOS, LITERATO, EL TUPÉ DE LOS EUROPEOS

Si á los ingleses les dijeran de sopetón que un artista británico, de nota y campanillas, se había inspirado, para escribir sobre _Hamlet_, en un autor de Puerto Rico, los ingleses, desdeñosos é incrédulos, romperían la habitual gravedad de su rostro con una sonrisa.

Si á los franceses se les dijera que sus filólogos de más nombradía han descubierto orígenes de errores y fijado el sentido y texto reales en literaturas de la Edad Media, granjeando por ello fama, casi medio siglo después de haber descubierto aquellas máculas y fijado aquellos textos un venezolano, los franceses, desdeñosos y sarcásticos, romperían en burlas agresivas.

Si á los españoles se dijera que uno de sus más bellos poemas modernos había sido inspirado en la novela de un colombiano, los españoles, desdeñosos y bravos, romperían en refunfuños.

Tal es el cómodo é invencible menosprecio con que miran los europeos, sin exclusión de país alguno, cuanto no es europeo. En vano el Japón saca á relucir contra Rusia elocuentes é inesperados argumentos de superioridad en Mukden y Tushima; en vano hablan Boyacá, Maipo, Carabobo, Pichincha y Ayacucho; en vano austriacos y franceses recogen, pálida y cercenada, la cabeza de aquel emperador que quisieron imponer á Méjico; en vano la bandera de los Estados Unidos flota en el Pacífico y el Atlántico sobre antiguas posesiones europeas; en vano Buenos Aires cuenta entre las más bellas y populosas ciudades del mundo; en vano Río de Janeiro es cuna de la aviación moderna; en vano Australia surge de los mares como un milagro del esfuerzo humano... En vano todo. Europa no se pliega, ni desarma, ni desmonta sus desdenes. No se allana á reconocer ningún género de superioridad en hombres ni pueblos no europeos. Fuera de Europa no existe nada digno de mención.

Europa olvida, por ejemplo, que nosotros, americanos, somos vástagos y prolongación, en el tiempo y en el espacio, de pueblos y civilizaciones europeos. Que á esta civilización heredada le estamos imprimiendo carácter diferencial en sentido de perfeccionamiento, y que los hombres de allende el mar pueden ser y son, cuando no superiores, iguales en mentalidad y esfuerzo á los hombres del Viejo Mundo. Olvidan los europeos, pongo por caso, que el primer guerrero de la antigüedad, aquel Alejandro que extendió por el mundo asiático la civilización helénica, no era griego. Olvidan que el primer filósofo de Grecia, el de más genio y prolongación de su influencia en la historia del mundo, Aristóteles, no nació en la madre Grecia, sino en la tracia Estagira. Olvidan otras muchas cosas que no es oportuno recordarles aquí.

Á los ingleses que rían cuando se les asegure que un autor de la Gran Bretaña puede inspirarse en un crítico portorriqueño, baste citarles el caso de sir Herbert Beerbohm Tree. Á los españoles que refunfuñen cuando se les informe que uno de sus más bellos poemas modernos ha sido inspirado en la novela de un colombiano, baste comparar el encantador _Idilio_, de Núñez de Arce, con _María_, de Jorge Isaacs.

Cuanto á los franceses, que son los más insolentes y despectivos para con lo no europeo, y los que más ignoran cuanto no atañe á su país, baste citar el nombre de Andrés Bello, y después, el nombre de Gastón Paris[1].

Footnote 1:

En vez de hablar nosotros, que hable por nosotros el europeo Menéndez Pelayo, el mayor de los críticos españoles contemporáneos, á quien nadie recusará por incompetente ni por benévolo, siendo como es aquel sabio ilustre uno de los más ilustres sabios y exigentes críticos de su época.

«En las cuestiones relativas á los orígenes literarios de la Edad Media y á los primeros documentos de la lengua castellana—dice Menéndez Pelayo—, Bello no sólo aparece muy superior á la crítica de su tiempo, sino que puede decirse sin temeridad que fué de los primeros que dieron fundamento científico á esta parte de la arqueología literaria. Desde 1827 había ya refutado errores que persistieron, no sólo en los prólogos de Duran, sino en las historias de Ticknor y Amador de los Ríos...

Bello probó antes que nadie que el asonante no había sido carácter peculiar de la versificación española, y rastreó su legítima filiación latino eclesiástica en el ritmo de San Columbano, que es el del siglo VI, en la _Vida de la condesa Matilde_, que es del siglo XI, y en otros numerosos ejemplos. Lo encontró después en series monorrimas de los _Cantares de Gesta_ de la Edad Media francesa, comenzando por la _Canción de Rolando_. Y por este camino vino á parar á otra averiguación todavía más general é importante: la de la manifiesta influencia de la epopeya francesa en la nuestra, influencia que exageró al principio, pero que luego redujo á sus limites verdaderos.

Bello determinó, antes que Gastón Paris y Dozy, la época, el punto de composición, el oculto intento y aun el autor probable de la _Crónica de Turpin_...

La edición y comentario que Bello dejó preparados del _Poema del Cid_, infinitamente superior á la de Damas Hinard, parece un portento cuando se repara que fué trabajada en un rincón de América, con falta de los libros más indispensables... Sin embargo, el trabajo de Bello, hecho casi con sus propios individuales esfuerzos, es todavía á la hora presente (1892), y tomado en conjunto, el más cabal que tenemos sobre el _Poema del Cid_.

Don Andrés Bello es ejemplo que puede aducirse á los franceses para probarles que un hijo de la América fué precursor de trabajos literarios de que hombres célebres de Francia se sirvieron, callando al nombre del sabio americano. Y en el supuesto de que Dozy y Gastón Paris ignorasen á Bello, que no lo ignoraban, sirve siempre tal ejemplo para probar que en materias intelectuales la luz puede venir de Occidente y un americano ser precursor de los europeos.

Pero aún existe, respecto de los franceses, más reciente ejemplo, y hasta más ilustre, por uno de los nombres que á ese ejemplo se vinculan.

No hace mucho cierto diario parisiense, de cuyo nombre no desearía jamás acordarme[2], publicó un artículo titulado: “_La doctrine de Monroe. Les Etats-Unis et le Céntre-Amérique._”

Footnote 2:

_Le Matin_, 30 de Agosto de 1913.

Allí pueden ser leídos, al tratar de los cinco Estados de la América Central, los conceptos que paso á transcribir:

“Hace largo tiempo, cerca de sesenta años, un gran sabio francés, J. J. Ampère, ha podido escribir:

_La ciudad desconocida se levantará un día en el punto en que se reunen las dos Américas (Panamá) y será la Alejandría del porvenir. Será también, como Alejandría, el emporio del Oriente y del Occidente, de la Europa y del Asia; pero en escala más vasta y en las proporciones del comercio moderno_.”

El diario de París se extasía, con razón, ante el genio y la visión profética “del gran sabio francés”. Pero aquel “gran sabio francés” tuvo, en la ocasión, más memoria que genio.

El “gran sabio francés” no hizo, en efecto, sino transcribir, ó casi casi, las palabras escritas por Bolívar veinte años antes, á los comienzos del siglo XIX, en 1815. Bolívar, en su maravillosa carta de Jamaica, opinó sobre los cinco Estados de la América Central y sobre Panamá, lo siguiente:

_Esta magnifica posición entre los dos grandes mares podrá ser, con el tiempo, el emporio del Universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia y traerán á tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del Antiguo Hemisferio._

Al «gran sabio francés», como se mira, le fué fácil profetizar el porvenir de Panamá, veinte años después que Bolívar. Le bastaba con saber leer. El «gran sabio francés» ha probado que sabía. Ha probado también que aprovechaba sus lecturas. Ha probado, por último, que lo no europeo, aunque proceda de un Bolívar, no existe, ó puede considerarse como no existente, sin dejar por eso de copiarlo y apropiárselo, cuando la ocasión se presenta.

VII

HOSTOS, FILÓSOFO MORALISTA

Hostos es uno de los más austeros y aun seductores apóstoles contemporáneos de moral social y de moral individual. Él crea ó echa las bases de una ciencia nueva: la moral social, rama de la Sociología, y cuyo objeto no es otro que la aplicación de leyes morales—que él descubre—á la producción y conservación del bien social.

Grande y generoso optimista, cree Hostos en el progreso del hombre hacia el ideal de Bien y trata de acelerar ese progreso. El hombre se elevará por el desarrollo del espíritu, por el aumento de la conciencia, hasta llegar á penetrarse de la esencia del mundo, que no está por encima del conocimiento humano.

De ahí su afán redentorista por medio de la instrucción, á la que consagró tan fecundos y transcendentales esfuerzos. De ahí que este hombre augural, portador de buenas nuevas al espíritu, descubra y enseñe cómo «el problema de la moral consiste en hacer que el hombre de esta civilización sea tan digno y tan bueno, tan racional y tan consciente como de la íntima correlación de la razón con la conciencia y de la conciencia con el bien, resulta que debe ser y puede hoy ser».