Part 16
Pero las luchas de la Moral con las fuerzas ciegas de la tradición científica, de ninguna manera se presentan tan malignas, al par que tan dramáticas, como cuando combaten en las relaciones continuas de la vida el afán de verdad con la intolerancia de la sociedad.
La sociedad no puede todavía tolerar que haya un deseo de verdad tan profundo y tan sincero que no se detenga ante ninguna revelación de la realidad, por formidable que ella sea para el sistema de pensamiento usual, que es, en cada momento de la Historia, el heredado de los momentos anteriores. No siempre en el registro de la realidad se encuentra la verdad, como no siempre se encuentra oro en el registro de un filón aurífero. Esto, que concluirá por hacer tolerante con la Ciencia á las sociedades todas, porque concluirá también por hacer más perfecto el método experimental, debiera hoy mismo hacerla más propicia al esfuerzo de la razón por aumentar su caudal de conocimientos positivos. ¿Qué es, en la vida que dentro de lo absolutamente relativo consumimos los hombres en la tierra, lo que puede negarse ó afirmarse con perjuicio del bien, que es el fin práctico de la existencia humana? ¿Las hipótesis acerca de lo absoluto? Pero si todo lo que los seres relativos podemos, en virtud del principio de causalidad, es afirmar que debe y puede haber una causa general de todos los efectos, ¿qué daño puede hacerse al orden social ateniéndose á un principio de razón, cuando, siendo seres de razón los asociados, de la característica de nuestro sér hemos de vivir, fabricando con ella nuestra vida colectiva con todas las manifestaciones de esa vida?
Esa, que es la más grave, y también la más ociosa de las luchas, es también la que diariamente origina inmoralidades más repugnantes, tanto de parte de los que niegan lo que no se puede afirmar ni negar en conciencia de verdad, cuanto de parte de los que afirman, y en nombre de la tradición, de la autoridad y del orden que ha resultado del sistema de pensamiento que sostienen, imponen ó quieren imponer como una verdad su afirmación. Por parte de los primeros, esa tendencia científica se hace inmoral, si lastima expresamente, y por loca ó enfermiza vanidad, las creencias ingenuas y los sentimientos candorosos. Por parte de la sociedad entera se falta á la Moral y se coadyuva ciegamente al desorden moral, poniendo un veto á la actividad de un órgano tan precioso para la realización de la vida humana como es el órgano de la verdad.
Que se someta á examen la realidad. ¿Qué mal hay en examinar lo que nuestra naturaleza racional y consciente nos llama con voz imperativa á examinar y conocer? En cambio, ¿no es un verdadero mal, un mal sistemático, una inmoralidad de todos, una conspiración de todos para prolongar el desorden moral, negarse todos, y querer obligar á algunos á que se nieguen á contemplar, observar, examinar, escrutar, reconocer y conocer la realidad en que vivimos sumergidos?
Eso no puede hacerse ya en nombre de la religión, porque hay también una ciencia de las religiones que ha enseñado á respetarlas como obra secular del sér humano, y una ciencia social que enseña á tratar de utilizarlas como elemento sociológico.
Si se hace en nombre del sistema de pensamiento que nos lega cada generación pensante, también hacemos mal, también esa es obra de inmoralidad, causa también de inútil lucha. No obstante lo poco que ha pensado el hombre histórico, cuya vida ha transcurrido en combatir el no pensamiento al pensamiento, la no razón á la razón, la no conciencia á la conciencia, el esfuerzo de los que han pensado en la Historia junto con el desarrollo fatal, fisiológico, de la razón humana, ha hecho que ésta llegue al segundo período, y, tal vez más exactamente, al primer momento de su segundo período funcional. En virtud de ese grado de evolución estamos en las primeras inducciones. Sólo unas cuantas horas, las transcurridas desde la mañana de este florecimiento, sólo unas cuantas horas históricas hace que hemos llegado á conocer que la realidad externa é interna es la fuente de conocimientos á que ha de ir la razón en busca de la verdad, y sólo unas cuantas horas hace que empezamos á aplicar el método natural de la inducción, reforzado por el procedimiento experimental, al estudio de la Naturaleza y al ascenso de lo conocido á lo desconocido, de la realidad á la verdad, del hecho al principio, del efecto á la causa. Aún han transcurrido menos horas históricas desde que sabemos, con Comte, que el órgano de la verdad es limitado, y que, en consecuencia, la verdad que puede conocer se limita á las realidades cognoscibles. Aún menos momentos han pasado desde que se ha pensado en la posibilidad de otro descubrimiento, que se refiere también al proceder funcional de la razón.
Y cuando acabamos de llegar á un período de razón, y cuando todavía no conocemos el órgano mismo de que nos servimos para descubrir la verdad, ¿habremos de faltar á nuestra naturaleza, al deber que nuestra naturaleza nos impone, desistiendo de conocernos, de utilizar nuestros medios de conocimiento, y de conocer la realidad en que vivimos, y donde reside la verdad que podemos conocer? Consentirlo sería una inmensa inmoralidad; querer obligarnos á que consintamos es una inmoralidad aún más inmensa. Esas son, sin embargo, las horcas caudinas que amenazan de continuo al pensamiento científico, y por donde él ha de pasar salvando su moralidad, ó bajo las cuales ha de humillarse, humillando la Moral.
Felizmente, la edad de las inducciones es edad de firmeza de razón, y aun suponiendo que los hombres de ciencia no tuvieran la necesaria para resistir la intolerancia social, que de todo descubrimiento substancial de la razón humana se escandaliza ó finge que se espanta, bastará la necesidad de inducir para que volvamos, cuantas veces nos retiren de ella, á la realidad permanente de la Naturaleza, en donde hemos de buscar y estamos buscando los hechos que sirven, que ya han servido y están sirviendo para elevarse por la cadena de efectos y de causas que liga á la Naturaleza con sus leyes.
Ese esfuerzo, esa obstinación de la razón humana en sus esfuerzos es eminentemente moral, porque con ellos concurre al cumplimiento de los fines humanos, entre los cuales es la verdad tan alto, que sería el más alto si el hombre no hubiera de probar con el bien y la justicia de su vida que ha comprendido la alteza de su destino.
Obstar al orden moral es ser inmoral. Quien quiera, individuo, grupo, sociedad, que sea obstáculo al cumplimiento de su fin por la razón, es factor de desorden y debe ser condenado por la moral social.
¡Limitar en sus límites naturales á la razón, y hacerla funcionar según sus funciones, es inmoralidad, y oponerse al orden natural de la razón es moralidad! ¿Parece una aberración? Pues tan olvidada vive la Moral, que eso puede afirmarse y en eso puede fundarse la intolerancia social para mortificar en el jugo, ya que no puede en la carne.
CAPÍTULO XXXII
LA MORAL Y EL ARTE
En el Arte, todos son principios para la Moral.
Mientras el artista—y cuanto más inconscio de sí mismo, tanto mejor para ese fin—se mantiene en la contemplación estética, ninguna fuente de moral más fácil y abundante que la contemplación, la admiración y el culto de lo bello. Trae de continuo á la realidad, porque la realidad es el campo de lo bello, y en esa operación provoca y facilita la observación y examen del aspecto y las propiedades externas de las cosas. Haciendo eso, el Arte es moralizador, porque es educador de muchas fuerzas subjetivas: la sensación, la atención, la imaginación.
Del culto silencioso de lo bello el artista pasa también en silencio al amor reflexivo de lo bello, y educa fuerzas no menos subjetivas y aún más poderosas en el desenvolvimiento de la vida práctica; la sensibilidad física, la íntima y la sensibilidad estética, forma privativa de sensibilidad, en que al par se dan el gusto y la originalidad, que tanto vale como decir comunidad é individualidad. Todo lo que en este sentido hace el Arte es también favorable á la Moral, por ser favorable á la cultura de actividades y aptitudes que pueden concurrir al bien social.
Cuando de la realidad externa entra en la interna, el artista contempla con arrobamiento un mundo lleno de encantos que más lo atrae cuanto más penetra en él, y de donde saca los gritos desgarradores de la lírica, los contrastes patéticos de la dramática, los cuadros solemnes de la épica, la olímpica expresión de Júpiter, la austera de Moisés, la virginal de los niños de la Concha, la completamente humana del cómico de Velázquez ó de los bebedores de Ticiano; es decir, traduciendo lo interno por lo externo, expresa y aprende á expresar con exactitud las relaciones que hay entre el hombre que se ve por fuera y el hombre que vive por dentro.
Los templos-criptas de la India, las titánicas pagodas que tan sugestiva expresión plástica son del misterio de Brahma y de su estupenda obra social; las diminutas pagodas, que reproduciendo en pequeño el recinto del dios grande, lo disminuyen como el dios se disminuye al mostrarse en alguno de sus atributos accidentales; el terso, sencillo, inestudiado templo de Confucio, que tan sólidamente retrata con formas y elementos materiales el pensamiento y la doctrina también tersos, sencillos é inestudiados del Maestro chino; aquella iglesia budista de la capital de Birmán, que resulta de la asombrosa yuxtaposición de construcciones sobre construcciones, todas idénticas en plan y forma, todas distintas en tamaño, y que sugieren todas juntas la idea de la poderosa iniciativa y del potente empeño del reformador; los templos politeístas de griegos y romanos; la catedral gótica; la mezquita mahometana; el muchas veces persuasivo templo protestante; la ruca cónica del araucano, que á millares de millas se reproduce en el bohío primitivo del yucayo de las Antillas, y con cimiento y materiales de hielo se presenta entre los esquimales de Groenlandia; la vivienda cúbica que sirve de modelo á todas las civilizaciones; las imitaciones arquitectónicas de la Naturaleza, que en fustes, capiteles, cariátides y metopas se esfuerzan por reunir en el recinto de los dioses, de las ideas ó de los hombres, la triple encarnación de la vida en el vegetal, en el animal y en el hombre; castillos feudales, fortalezas, quintas, museos, bibliotecas, universidades, capitolios, acueductos, viaductos, puentes, toda la fecundidad artística de la Arquitectura, es una doble oblación á la Moral; primero, porque consagra á la actividad social de las ideas, de los sentimientos y de los deberes; segundo, porque consagra al trabajo y nos presenta en una pirámide de Egipto, en un teocalí de Méjico, en la calzada monumental de Quito á Chile, el incesante y devoto sacrificio del trabajo humano, unas veces debido á la tiránica necesidad de subsistir, otras veces á la brutal arbitrariedad de los tiranos.
Hasta aquí, la acción social del artista es bienhechora, no porque siempre sea obra de bien la á que concurre, sino porque el mal de que sea instrumento de su genialidad estética, culpa no es suya, sino de las perversiones de sentimientos, ideas ó corrupciones de la sociedad.
Mas tan pronto como el artista sale de la contemplación subjetiva de lo bello ó de la ejecución objetiva que corresponde á manifestaciones de desarrollo social, su papel de moralizador degenera en papel de corruptor.
El artista, séalo de la palabra ó del sonido, séalo de la paleta ó del buril, es como aquellos encantadores pedazos de tierra, paisajes semovientes, que la corriente del Paraná arranca de sus márgenes y conduce al Plata, de donde van á perderse en las ignoradas lejanías del Atlántico; van con musgo, hierbas, arbustos, árboles y flores, pájaros y sierpes, jaguares y lagartos, sombra y luz, islas flotantes que el morador de la ribera, al verlas pasar tan bellas, tan animadas, tan incitantes, tan risueñas, suspende extasiado la penosa labor de cada día, las sigue con mirada anhelante hasta que se desvanecen en la semitiniebla del horizonte, y creyendo que ha vuelto á perder el siempre soñado paraíso, suspira y sin lágrimas solloza. Como los edenes flotantes del Paraná y del Plata, los artistas de todos los tiempos y países son juguetes de dos corrientes: la una, parecida en su curso á la del blando Paraná, es la suave, pero vagabunda corriente de la imaginación y el sentimiento; la otra, dura, rápida, procelosa como la del Plata, casi siempre azotada por el pampero atronador, es la corriente de la popularidad. Ambas lo llevan, y ninguna de las dos lo lleva á fin moral. Por la primera corriente se va y se llega al culto de lo bello por lo bello, y lo bello por sí mismo no es moral, antes es sacrificio de medios morales por efectos estéticos. Por la corriente de la popularidad se va y se llega á la resonancia del nombre, á la vanagloria y hasta al espejismo de la sana gloria, que sólo con la muerte se conquista y sólo en la Historia, y no siempre, irradia; pero á fin moral, es decir, á perfecta realización de la dignidad humana en el sér individual, ni se va ni se llega por ahí.
El artista va al aplauso como la corriente del río va á la mar. Y ¡ay del aplaudido! Podrá no ser casquivano, y salvará su moralidad individual; podrá no ser envidioso, y se evitará faltas y culpas; podrá no ser sensual, y su vida no será una orgía repugnante; podrá no ser codicioso, y no sacrificará su dignidad á su peculio; podrá no ser ingrato, y no afrentará ese vicio á su memoria; pero la moralidad resultante de su vida no corresponderá nunca ó casi nunca á la generosidad de su vocación, ni á la grandeza de su profesión, ni á la dignidad de razón y de conciencia que debe y está llamada á producir una tan elevada dirección de las fuerzas creadoras como las que da el artista á su sensibilidad, á su percepción y á su imaginación.
Cultivan las facultades representativas, no las constructivas, y hay cierta fatalidad en la desproporción que inmediatamente se nota entre su personalidad intelectual y su personalidad moral.
Ha habido y hay, especialmente en las dos más nobles artes, la Poesía y la Oratoria, personalizaciones esplendentes del alto fin moral que tan placentero y tan lógico es presuponer á artes tan humanas; pero la alegría de las excepciones confirma la tristeza de la regla general.
Es verdad, por otra parte, que no son tales excepciones los grandes poetas y grandes oradores que han sido verdaderos grandes hombres, se quiere decir hombres de constante fin moral, porque las sumas personificaciones en cualquier actividad de razón lo son por ser grandes conciencias. También es verdad que ciñéndose al momento en que vivimos, las influencias desmoralizadoras que arrastran á oradores y poetas están en razón directa de la fuerza y la universalidad que el periódico y el telégrafo han dado á la corriente de popularidad. Apenas en nuestros días hay quien resista á la corriente, ó quien dejándose arrebatar por ella, conserve presencia de ánimo bastante para no esclavizarse á la vanidad y para saber que en las corrientes de la opinión, como en las de las aguas continentales, todo pasa á medida que pasa la corriente.
No estando en la naturaleza de poetas y oradores el recordarlo, todo el afán de su vida está en dejarse llevar de esa corriente.
¿Quién no sacrifica á la vanidad? Es natural que seamos todos, pues la misma vanidad, en cuanto exponente de probatividad, como llamaron los frenólogos al prurito de aprobación que inquieta á todos, es un coeficiente de moralidad. Pero, ¿quién sacrifica á su vanidad sus sentimientos, su voluntad, sus ideas, sus principios, sus juicios, sus deberes, que merezca el respeto reservado para los que, al contrario, saben sacrificar su vanidad á su conciencia?
Vanidad, probatividad y espíritu de conservación ponen el germen de la envidia en todos los corazones, menos en aquellos que necesitan verse caídos á los golpes de la envidia para convencerse de que existe. Pero, ¿qué noble corazón cede á la envidia? ¿Qué conciencia llena de deber puede acceder á sus inicuas sugestiones?
Hechuras de la vanidad y de la envidia, hoy centuplicadas por la fuerza de expansión que les da el ímpetu de la publicidad, los artistas, para ser en lo moral tan dignos como con frecuencia son en lo intelectual, no tienen otro recurso que seguir los impulsos de vigorosa iniciación en la verdad que lleva nuestro tiempo y ponerse de buen grado con tanto desinterés del fin exclusivo del Arte como quepa y cabe en una noción más elevada del Arte, á seguir en su desarrollo el ideal humano. Ese ideal, que nada tiene de vago, que nada tiene de informe, que nada tiene de sombrío, que vale por sí mismo más que el ideal del Arte, puesto que el Arte es también una parte del ideal humano, contiene abundantemente cuanto el artista necesita para ser elemento activo de civilización, de moralización, de humanidad.
Indicios hay de que el Arte vislumbra su destino. ¡Ojalá, para su bien y el de los fines morales de toda actividad humana que lo vea!
CAPÍTULO XXXIII
LA MORAL Y LA LITERATURA.—LA NOVELA
Nadie pretenderá que es digna de un tiempo de razón creciente una literatura tan reacia como la de casi todo el siglo XIX. Se excluye la poesía lírica, no porque haya sido menos corruptora, pues lo exacto sería decir que los más grandes líricos del siglo han sido los más grandes corruptores de su tiempo, sino por haberla incluído ya en el examen de los gérmenes de inmoralidad connatural que lleva el Arte.
Se excluyen también la literatura científica y la histórica: la primera, por ya tácitamente examinada al hablar de la Ciencia en general; la segunda, porque reclama un análisis particular.
Por Literatura, para nuestro propósito, no entendemos ahora más que la novela y la dramática. La novela ha sustituído al devocionario, y es la lectura de la mitad del género humano que lee en los países de civilización occidental; la dramática es la escuela de moral objetiva á que asisten con menos repugnancia los niños, sus padres, sus deudos, sus sirvientes, sus auxiliares en las mil industrias de la vida, y sus mil guías directos é indirectos, desde el maestro de las primeras letras hasta el de la última ciencia, y desde el concejal del Ayuntamiento hasta el consejero del primer magistrado.
No se puede, por tanto, dar influencia más extensa que la ejercida por esas dos ramas de la Literatura general.
La novela es necesariamente malsana. Lo es dos veces; una, para los que la cultivan; otra, para los que la leen. En sus cultivadores vicia funciones intelectuales, ó, para ser puntualmente exacto, operaciones capitales del funcionar intelectual. En los lectores vicia, á veces de una manera profunda, irremediable, mortal, la percepción de la realidad. En unos y otros determina un estado enfermizo, que se caracteriza por un apetito desarreglado de sensaciones y por una actividad aislada y solitaria de la fantasía. El hacedor de novelas, víctima inconsciente de su estado psicológico, hace el mundo á imagen y semejanza de su propio estado de razón y sentimiento; por su parte, el lector de novelas busca y pide un mundo semejante al mal imaginado y mal sentido por el novelista.
Mientras tanto, el mundo de la realidad sigue fabricando realidades, que cuanto más obvias son más repugnan al que vive fuera de ellas.
Esos dos primeros frutos son frutos de mal, porque son frutos de desorden. Desordenan el sér interior, alterando hondamente dos de sus fuerzas más activas: la sensibilidad y la fantasía. Desordenan las relaciones del individuo con la sociedad en que vive, imbuyéndole la fatal idea de que él puede quebrantarlas á su capricho ó disolverlas por no corresponder á su idea de la sociedad imaginaria que le han dado.
De esta corrupción del juicio y del sentimiento individual por la novela sería argumento bastante la presencia del _Quijote_ en el mundo de las letras, si ese fuera el único género de corrupción que ella pudiera fomentar. Pero en nuestros mismos días se ha probado experimentalmente que son muchos los recursos inmorales que el novelador puede manejar.
Desde el estallido del romanticismo hasta la explosión del naturalismo, el arte de novelar nos ha sometido á tres distintas formas de inmoralidad afectiva é intelectual. Con el romanticismo nos sacó de la realidad histórica en que vivimos, para hundirnos en otra realidad histórica, pero falseada; fué el florecimiento de lo bello monstruoso, ó de lo monstruoso embellecido, ó de lo bello abortado de lo falso. Con el realismo, primer derivado del romanticismo en su transacción con la realidad social y humana, nos dió la fisiología de cuantas pasiones, crímenes y morbosas exhalaciones de la sociedad encontró en el triste medio social, que son las naciones europeas del Mediodía y de Occidente. Con el naturalismo está dándonos la segunda evolución del romanticismo, y romantizando, haciendo romántica, tratando de hacer bellas y amables las groserías y las bestialidades de la naturaleza humana y de la realidad social.
El Arte, aunque sea descabellado, y lo bello, aunque sea desproporcionado, tienen siempre algún buen fin, ó cuando menos alguna buena intención, y en ese sentido algo tienen de intrínsecamente moral. Así no se puede ni se debe negar que cada una de las formas contemporáneas de la novela tiene su buena intención particular, y que todas ellas juntas han tenido la benévola intención de contribuir, por medio de la historia ficticia, á consumar la destrucción de las imperfecciones sociales, de que es impopular é inaccesible exponente la historial real.
Pero, independientemente del mal consubstancial á la novela, cada uno de los géneros particulares que se han cultivado, desde el romanticismo hasta el naturalismo, han producido daños positivos á la Moral. El romanticismo enseñó á amar como sólo se ama en el aire; á sentir penas, contrariedades y alegrías como sólo se sentirán en el limbo; á vivir como en Babia. El realismo de novela dió de la sociedad un trasunto tan parcial que hizo responsable de todo á la sociedad, irresponsable de sus torpezas ó sus culpas al individuo; víctima del estado social á los perversos, á los ignorantes, á los culpables, á los criminales. El naturalismo ha empezado ya á hacer responsable de todo á la Naturaleza, y va á concluir por hacerla odiosa.
Á cada uno de esos movimientos literarios corresponde una fase del desorden moral en que vive Europa meridional y que, desgraciadamente, transciende á los pueblos niños de América latina. El romanticismo violenta los sentimientos, falsea las pasiones y altera la noción intuitiva de las virtudes y los vicios. El realismo altera la realidad social, desproporciona las causas y los efectos del mal social, aumenta los descontentos, injustos é ilegítimos, exagera los dignos de piedad y ayuda y desconcierta la relación de medio y fin que ha de tenerse continuamente en cuenta para que el Arte, en cuanto á su fin estético, produzca lo bello bueno, y en cuanto á su fin ético produzca lo bueno bello. El naturalismo desordena la Naturaleza misma y hace el mal de desvirtuar el fin que el arte literario puede y debe tener de concurrir con la Ciencia á la formación del sistema de pensar contemporáneo.
Aún hay otros dos géneros de novela, ó más bien tres, que conviene presentar bajo su faz moral.
El primero es ese romanticismo pánfilo con que los llamados católicos nuevos (_neo-católicos_, en España) han intentado reaccionar contra las tendencias generales de la civilización moderna. Este género de novela no tiene ni el mérito ni la justificación de sus audacias. No el mérito, porque la forma es tan pánfila como el fondo; no la justificación, porque la tesis (la abominación de los progresos de la edad) es audacia tan insensata como la antítesis (las beatitudes de la edad pasada).