Moral social

Part 15

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En último lugar, no el último en jerarquía, sino en orden cronológico, la tendencia filosófica del protestantismo germánico, que puesto como la ciencia y como la conciencia contemporáneas, delante del problema religioso de la época, en vez de encerrarse, como el catolicismo, en la afirmación obstinada de los fundamentos dogmáticos que el mismo vulgo de la época rechaza por opuestos á la razón, ó como el protestantismo ortodoxo (el luteranismo), que entre la Biblia y una afirmación concreta de la ciencia contemporánea opta por la Biblia; en vez de encerrarse, repetimos, en el círculo de dogmas de donde parte, va poco á poco rompiendo el círculo y entrando en la atmósfera, en la esfera y en la vida de la civilización contemporánea. Al revés del papismo y del luteranismo, el protestantismo progresivo acepta franca y resueltamente el progreso moderno, el fundamento científico de ese progreso, las consecuencias que de él se desprenden, y la obra que ha empezado y continúa así en el orden material como en el inmaterial.

Lo que ha hecho en Alemania la vocación filosófica, muy de más antiguo ha estado en América haciendo para el protestantismo la potencia biológica de esa más nueva que ninguna otra sociedad, porque es la más ingenuamente entregada á los procedimientos y resortes de la vida nueva. Aunque no se sabe á punto fijo si es el protestantismo quien da esos frutos, ó si los frutos de la vida nueva son los que han dado en la completamente nueva sociedad anglo-americana el protestantismo progresista y positivista, el hecho evidente es que allí, fuera de toda tendencia especulativa, libre de toda influencia metafísica, sin cuidarse para nada de sintetizar _à priori_ sus ideas y la razón del movimiento ascendente, de menos racionales á cada vez más racionales, el protestantismo ha llegado en los Estados Unidos á las mismas conclusiones que el protestantismo liberal de Alemania y al mismo rompimiento definitivo, por substancial, que hubo entre el paulismo, en cuanto dogma, y el protestantismo de Lutero, Melanchton y Calvino.

Ya, para que la evolución religiosa esté más adelantada en los Estados Unidos que en parte alguna, no hay ninguna secta protestante que abjure de la Ciencia como el catolicismo ó de verdades contradictorias de la Biblia, como el luteranismo, ó de las consecuencias jurídicas de la Protesta, como el protestantismo conservador de Alemania. Al contrario, aprovechando, no ya sólo la libertad, sino la educación de la libertad, los protestantes norte-americanos utilizan omnímodamente cada día las ventajas prácticas que les ofrece el manejo y dominio de los derechos naturales, y en vez de encerrarse en alianzas académicas como el _Protestantverein_ de Alemania, que liga y alía ideas en formación más bien que fuerzas vivientes de la sociedad, los progresistas del protestantismo se fortalecen de continuo en la predicación popular de sus ideas, en la transformación de éstas al paso de la necesidad de transformación, y lejos de encerrarse en alianzas tan útiles para la especulación cuanto inútiles para la propaganda, no usan de la asociación sino para constituir focos y núcleos de irradiación.

Así es como allí se ha llegado á las dos últimas expansiones actuales de la Reforma: el _unitarismo_ y el _universalismo_, que contienen entre ambas todas las resultantes especulativas del liberalismo protestante de Alemania, y que tienen sobre éste, para la evolución religiosa del mundo, la inmensa ventaja de haber hecho positivas y vivas sus ideas en dos secciones poderosas del protestantismo.

Cuando se compara la obra general del protestantismo con la particular á que la Iglesia católica ha estado consagrada desde Sixto V hasta León XIII, ciego de razón, ó necio de intención, ó loco de fanatismo se ha de ser para no preferir la obra educadora de la una á la de tenaz reacción contra todo adelanto mental, jurídico y moral de la otra.

Las sectas protestantes, el espíritu jurídico del protestantismo, fué el que adelantó en tres siglos la civilización política de Inglaterra; su fuerza especulativa, la que desarrolló la vocación filosófica de Alemania; su ingenuidad científica, la que nos dió el método experimental; su juvenil actividad en la competencia de los credos, la que ya, desde la Colonia, bosquejó la más viva, más activa, más fuerte y poderosa de cuantas sociedades han existido en el mundo. Ellas, dando su impulso intelectual, serán por fin las que, mientras la Iglesia católica desperdicia en nonadas su fuerza y su influencia, van aproximándose cada vez más á la solución del problema religioso.

Ante la Moral, cuya aspiración final es el establecimiento de un orden _voluntario_, del orden de la voluntad, á que deliberada y voluntariamente concurran todos los seres morales, á sabiendas de que concurren y á sabiendas de los medios que emplean para concurrir y de los deberes que cumplen al concurrir á él; ante la Moral, la obra comparada de protestantismo y catolicismo hace del primero un instrumento de orden moral que no ha sido el último.

Pero es imposible que un coeficiente substancial de orden social como es, en definitiva, toda religión positiva, pueda sustraerse indefinidamente al cumplimiento de su fin, y siga obstinándose impunemente en servir de rémora á la verdad, de obstáculo al Derecho, de impedimento al deber que todos los hombres tienen de desenvolver en todos sentidos las fuerzas naturales que recibieron para eso.

Es imposible. La fuerza misma de la evolución religiosa concluirá por arrastrar á la Iglesia católica hasta la reforma y la protesta de sí misma. La abolición definitiva del papado temporal y la tendencia sorda de los cismáticos, que con el nombre de _viejos católicos_ aparecen, desaparecen y reaparecen periódicamente, como los cometas periódicos, para atestiguar la acción fija de un centro de atracción, son ya señales de que la evolución va á comenzar.

Mas aun cuando no hubiera esos y los otros signos del tiempo que ya hemos mencionado, la resuelta evolución del protestantismo concluirá por bastar, para aunque sólo sea por competencia religiosa, que es tan decisiva como la industrial, mover, conmover y promover al catolicismo.

Si esto no bastare, el hecho de la transformación verificada en el mismo espíritu del judaísmo, que es ya en sus altas personificaciones más liberal, más progresista y más humano que el catolicismo de la pluralidad de los católicos, será un nuevo motivo.

Y si aún no bastare, la Iglesia católica se moverá por la fuerza, por la fuerza de las ideas que arrastran fatalmente á las instituciones que no quieren ni deben perecer antes de tiempo.

La fuerza de las ideas nos ha traído á la actual situación religiosa, que se describe por sí misma: pérdida de eficacia por parte de las doctrinas teológicas del cristianismo, tanto ortodoxo como heterodoxo, aunque indudable y _utilizable_ influencia de su principio orgánico (potencia redentora del dios humanizado) en el fondo social de las naciones protestantes y católicas; ganancia paralela de la eficacia de la verdad demostrada, en proporción de su acción indirecta sobre el bienestar físico por medio de la industria y de su acción directa sobre la razón colectiva por medio de la educación; tendencia universal en todos los directamente beneficiados por la educación científica y literaria de la época, á concordar las creencias religiosas con las científicas, para lo cual tienen que acomodar las verdades indemostrables á las verdades demostradas; alejamiento cada vez más numeroso de indiferentes, de volterianos y de incrédulos, no ya de toda religión positiva, sino hasta del propósito ordenador que todas han tenido en su principio; corriente reconstructiva del pensamiento sociológico que, al considerar las religiones como fenómenos biológicos de la Humanidad, las convierte en elementos de orden y organización, que las hace dignas de consideración y aun de cooperación para todos aquellos que han entrado en esa benéfica corriente de ideas.

El protestantismo, que ve con claridad la situación y que, en sus más altos derivados, la arrostra con la humana resolución de no obstar con su estancamiento al proceso de las ideas contemporáneas, llegará probablemente á aquel grado de evolución en que la religión positiva más racional concierte con la religión filosófica que más en cuenta haya tenido el movimiento evolutivo de los dogmas.

De aquí allá, tiempo hay largo. El catolicismo debería aprovecharlo.

CAPÍTULO XXX

LA MORAL Y LAS RELIGIONES FILOSÓFICAS

La Moral no quiere que se destruya inútilmente; pero no quiere tampoco que se construya sobre ruinas sin antes examinarlas pericialmente, someter á prueba los cimientos, separar los escombros y clasificarlos, para utilizar los utilizables y arrojar los inútiles.

Esa, que es la obra del libre examen, se lleva á cabo por pensadores reflexivos y por irreflexivos entusiastas. Los primeros son reconstructores, los segundos son demoledores. Los unos, los pensadores de la verdad, aspiran, poseídos de la íntima buena fe de la verdad, á mostrar tal cual es el maderamen y armazón de _todas_ las religiones positivas, mostrando, de un lado, la invariable unidad del germen religioso en todos los sistemas que han convertido la idea de causa inicial y universal en ciencia de la divinidad; de otro lado, la reverenda autoridad y la veneranda fuerza social de un propósito que ha servido de guía á las civilizaciones más completas en la China, en la India, en la Persia, en Egipto, en Judea, en Fenicia, en Grecia, en Roma, en Islandia, entre los aztecas, entre los incas, en los siglos medios, en el Renacimiento, antes de la Reforma, después de la Reforma, antes del racionalismo, después del racionalismo, antes del período revolucionario, durante el período revolucionario, en todos los grados de racionalidad hasta ahora alcanzados por el hombre histórico, desde el salvaje en su selva hasta el civilizado en su ciudad; en todas las gradaciones industriales, en todas las edades del hombre antehistórico, desde la de piedra hasta la de hierro.

Los otros, los entusiastas del progreso, viendo que la vieja idea se presenta siempre revestida del mismo ropaje tenebroso y con las mismas formas misteriosas y con idéntico séquito de nociones contrarias al sentido común, á los sentidos externos y al interno, revelada en todas partes, exclusivista en todas partes, milagrera en todas partes, absorbente, fanática, supersticiosa; velada, guardada, resguardada y corrompida por el mismo cuerpo viviente de intérpretes ungidos y consagrados que, brahmines, levitas, magos, bonzos, augures, curas de almas, santones ó pastores, constituyen siempre el mismo sacerdocio hostil á toda expansión del sér humano en sus afectos, en sus inclinaciones, en sus ideas, en su conciencia, se niegan á toda transacción con la idea por no aceptar ninguna transacción con los símbolos, sus formas y sus representantes.

No se dirá en absoluto que estos entusiastas del progreso hacen mal, porque es mucho el mal de que hay todavía que despojar á la idea religiosa, y divulgarlo, como lo divulgan esos escandalizados; es, cuando menos, una protesta de la Moral contra la inmoralidad, que se impone más extensamente y con más fuerza; pero mucho más útiles serían al generoso fin que se proponen, si en vez de enemistar á los hombres de bien con los de mal que usurpan la dirección de los sencillos, se persuadieran con la experiencia y se convencieran con el raciocinio de lo inútil que es la tentativa de arruinar errores y perversiones que son índole de toda institución privilegiada, sin antes arruinar la institución, y de lo útil que sería la tarea de patentizar la compatibilidad de cualquier forma de creencia, siempre que se subordine al movimiento actual de la razón y la conciencia colectiva, en vez de querer subordinarlas.

Con su pésimo designio y con su viciosa organización, con sus errores y torpezas, con sus perversiones y con su fatal inclinación á la pendiente por donde se precipitan todas las instituciones humanas que desconocen la moralidad de su destino, todas las religiones positivas, empezando por el ya viejo brahmanismo y acabando por el casi recién nacido cristianismo, que sólo aparece en las últimas transformaciones del protestantismo, todas las religiones positivas tienen vida larga por delante: de seguro vivirán lo que vivan las tradiciones de raza, tribu, estirpe, familia que las han modelado á su sistema de pensar y de vivir. Las religiones son inmortales: dicho es, no en el sentido vano y tonto en que se suele emplear esa palabra, dándole alcance metafísico ó poético, sino en el sentido histórico y humano; son inmortales, no porque sean revelación, pues entonces ninguna sería falsa ó todas serían verdaderas, sino porque son una de las construcciones de la actividad genial del sér humano en todos los momentos de su tránsito por el tiempo y el espacio.

Por lo que hace al catolicismo, que sólo al mahometismo, al nanakismo y protestantismo cede en juventud, religión de ayer, esfuerzo de diez y nueve siglos, trabajo de poco más de cien generaciones, todavía tiene savia suficiente que convertir en tronco y ramas, y sobre todo substancia bastante con que entretener la maravillosidad de las racionalidades y las conciencias inferiores que forman la base fundamental de las civilizaciones, al modo que las vidas inferiores forman la base fundamental de la escala zoológica.

Todo el trabajo de la civilización actual se reducirá en lo futuro á difundir de Oeste á Este y de arriba á abajo la razón adquirida: siguiendo la primera dirección llamará en su ayuda á los pueblos de Oriente que hasta ahora le sirven de aisladores; siguiendo la segunda penetrará en las capas, senos y sinuosidades de cada sociedad civilizada, llamando á más razón y más conciencia á las multitudes parias que viven debajo de la superficie de la civilización. De ahí no pasará. Mas sin pasar de ahí podrá, con el simple ascenso intelectual de las capas inferiores, hacer ascender también la idea católica, hasta que, reformadas las instituciones que la han organizado, y cumplida la ya más adelantada evolución del protestantismo, se prepare un tránsito social de la religión positiva á la filosófica.

Hablo en singular y no en plural, porque la religión positiva que me parece más llamada á la transformación es una sola: el catolicismo; y la religión filosófica que más previsoramente se ha organizado para preparar y aprovechar esa transformación es también una sola: el humanismo.

El humanismo, religión de la Humanidad ó positivismo religioso, es, en la altísima mente de su fundador, un catolicismo filosofado; es decir, despojado, por esfuerzos de razón y de sistema, de conciencia y de moral, de todo dogma transcendental, de todo símbolo teológico, de toda urdimbre metafísica y escolástica.

Tiene dogma, tiene culto y tiene rito; pero toda la fábrica religiosa está fundada tan radicalmente en el dogma filosófico del progreso y ascenso continuo de la Humanidad, mediante un esforzarse y un sacrificarse tan sin tregua: en un dogma sociológico tan constructivo como la idea de que el orden se genera necesariamente de la división del trabajo temporal y espiritual, santificados ambos por el progreso y por el bien; en un dogma moral tan generoso como el altruísmo que, del hecho de que la vida de la Humanidad es un continuo sacrificio por y en favor de cada uno de sus hijos, se eleva á la idea de que es necesario amar al prójimo _más_ que á uno mismo; en una palabra: la religión de la Humanidad es una tan noble tentativa de conciliación, no ecléctica, sino armónica; no metafísica, sino científica; no casual, sino causal, que es muy posible, y hasta es muy de desear que se vaya haciendo el ensayo de la transición del catolicismo al positivismo religioso por todos los descontentos del extravío de la religión de cuna, aunque sólo fuera para experimentar el poder orgánico de una religión fabricada sobre una nueva filosofía, sobre un nuevo dogma moral y sobre una nueva idea del orden social.

Ni el deísmo, ni el panteísmo ni el naturalismo tienen la fuerza sociológica ni la fuerza moral que podría desplegar el positivismo religioso, porque todas ellas son eflorescencias metafísicas ó científicas que llevan las consecuencias del pensar metafísico, ó del inducir científico, hasta una afirmación arbitraria las primeras, ó hasta una afirmación comprobada la última; pero de ahí no pasan. En tanto el humanismo es una afirmación con pruebas, una confirmación con datos y una fabricación consolidada con confirmaciones y afirmaciones de verdad.

Tiene, sobre las meras especulaciones religiosas de la Filosofía y de la Ciencia, la ventaja de ser accesible á multitudes que vivirán privadas del pensar y el sentir especulativo mientras no llegue á ellas la corriente intelectual de la ciencia contemporánea, de ofrecerles una transición menos violenta que la á que continuamente se ven forzadas las generaciones que pasan de la creencia á la ciencia, y de proporcionar á las conciencias atribuladas por su orfandad religiosa, el consuelo, el estímulo y la fuerza de una organización en la que han entrado á la par el espíritu del pasado, la ciencia del presente y el propósito del porvenir.

Todo ese conjunto de esfuerzos es acepto á la Moral; pero lo que más estima ella en el positivismo religioso es que, como las religiones positivas en su período de milicia, propaganda, iniciación é incubación social, está sembrado de deberes.

Las religiones filosóficas no ligan. Cada pensador, ó soñador, ó lucubrador religioso desarrolla á su modo el germen de idea que ó concibió por sí mismo ó concibió de otro pensamiento ya formado, y todo su deber, grande y noble, sin duda, pero íntimo y sólo exigible por la propia conciencia, consiste en ajustar la vida á la noción individual. Los _free-thinkers_ de los Estados Unidos, siguiendo el torrente de asociación que allí fortalece tan rápidamente toda manifestación de vida humana, son los únicos pensadores de orden religioso á quienes el autor ha visto reunidos en periódicas sesiones y conferencias normales con objetivo un poco más vasto y orgánico que el mero discutir, y con una idea de deber un poco más eficaz que la simple comunicación de ideas.

Fuera de esa secta, las otras que tienen por objeto la formación de ideas religiosas, son esfuerzos aislados que no ofrecen á la Moral el medio de intervención y acción que el positivismo religioso le presenta con su verdadera organización de deberes.

CAPÍTULO XXXI

LA MORAL Y LA CIENCIA

Es la ciencia probablemente la actividad humana en que se despliega mayor fuerza conscia y en que los individuos viven de un modo más conforme al orden moral.

La razón de esa conformidad, ó conformidad aproximada, es triple: ante todas (para buscar y presentar la que á un mismo tiempo opera fisiológica y psicológicamente), el ejercicio de los mismos órganos de actividad que, por el ejercicio, van gradualmente desarrollándose, transmitiendo su fuerza y produciendo la generalización de la fuerza que, una vez desarrollada, constituye la costumbre; después, el esfuerzo sistematizado en la indagación de la verdad, que necesariamente concluye por hacer biológica la necesidad de verdad, así objetiva como subjetiva; por último, el incesante experimento de las propiedades, correlaciones y dependencias de los dos órganos supremos de la personalidad humana, la razón y la conciencia.

Si se quiere una razón adicional, la da el desinterés. Ningún hombre efectivamente consagrado á la ciencia por la ciencia misma, es decir, á la verdad por la verdad en sí, puede tener en la vida de relación ningún interés perturbador: el mismo interés de la gloria debe serle liviano, por la insuficiencia de la gloria en cuanto incapaz de satisfacer su necesidad de verdad subjetiva, por lo contagiada de mentira y vanidad que anda la gloria, ni su necesidad de verdad objetiva, porque la gloria es afanosa y sus afanes ofuscan á la razón y perturban á la conciencia. Hay, pues, una que podemos denominar moralidad complexional de la ciencia, que se transmite á sus cultivadores y los hace espontáneos factores de moral.

En la historia pasada hay alguno que otro nombre científico que es odioso á la Moral; pero en el movimiento coetáneo de la Historia no hay nombres más puros ni más limpios ni más honrosos para la Humanidad que los de las personificaciones de la Ciencia.

Así como antiguamente, y aun hoy, se hacía y se hace de los filósofos, por su desapego de los intereses vulgares de la vida, la encarnación del desapasionamiento y la impasibilidad, así puede hacerse de los científicos la representación viviente de la moral activa.

No por eso dejan de vivir expuestos á dos influencias malévolas. Una de ellas es resultante del espíritu de secta, que también hay sectas en la Ciencia; la otra resulta del espíritu de intolerancia social. Ambas influencias son dignas de atención, observación y análisis.

El espíritu de secta en la Ciencia es el que niega la posibilidad de descubrimientos que alteran la noción é interpretación que se tenía de un orden dado de fenómenos. Cuantas veces un hombre de ciencia niega _à priori_ la verdad que contradice, aparentemente ó en realidad, lo conocido por él obedece á ese espíritu de secta, aunque sólo sea sectario de sí mismo. Cuantas veces una corporación científica se resiste á incluir en los cánones de la verdad sistematizada una que no cabe en el sistema de pensamiento ya formado, ó que de pronto no se puede ó se sabe clasificar entre las que concurren á formarlo, el espíritu de secta científica es quien hace el mal.

Cuando Tycho-Brahe niega categóricamente la realidad y la verdad de las leyes del movimiento planetario á que Kepler da su nombre, por no haberlo llevado sus minuciosos cálculos al descubrimiento que hizo con ellos mismos su discípulo, contraría la Moral. Cuando Cuvier, teniendo por infalible la inducción que le había guiado en sus pasmosas reconstrucciones de las figuras antediluvianas, se obstina en todos los tonos, hasta el de la burla y el desdén, en negar y desautorizar el principio de las transformaciones espontáneas que ha hecho del nombre de Lamarck y Saint-Hilaire, sus dos ofendidos competidores, un nombre más glorioso que el suyo ante la verdad y la justicia de los méritos, incurría en la odiosa inmoralidad de sacrificar el egoísmo de su gloria científica á dos amigos leales que habían sido además sus protectores.

Si se descarta de ellas el interés religioso, hostilidad científica, oposición del sistema de pensamiento á sistema de pensamiento, fué el que motivó las persecuciones que hicieron á Copérnico tan tímido, que no se atrevió en vida á publicar la obra que trastornaba el sistema de Ptolomeo; á Galileo tan inconsciente, que perdió la conciencia de la verdad que había descubierto.

Los dos tribunales científicos, el de Portugal y el de España, ante quienes se mandó á Colón para que les sometiera el principio en que se fundaba su proyecto de ir al Este por el Oeste, aún más que al miedo de contrastar fundamentos religiosos, obedecieron al miedo de admitir una verdad que echaba por tierra todo el sistema de pensamiento que tenían.

El desorden moral que produce ese espíritu de secta científica, acaso el más patente de todos porque transciende de un modo más patente á estancamientos ó retrocesos sociales, no ha cesado todavía, á pesar de las repetidas victorias que el pensamiento nuevo ha obtenido y obtiene en sus luchas con el pensamiento viejo. Así es como el nacimiento de la verdad que más hondamente ha de revolucionar el cuerpo entero de la Antropología y de la Sociología, se ha señalado por la tenaz oposición hecha por una corporación científica al fundador práctico y teórico de los estudios que tienen por objeto el conocimiento de la edad del hombre en el planeta.