Mendizábal

Part 20

Chapter 204,011 wordsPublic domain

«Ya te veo (_leyendo_). La historia de siempre... Que los carlistas han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado a Oñate dos clérigos emisarios de _Palacio_..., los cuales se entienden con otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña Cristina de los deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos, ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros andan a la greña con los palaciegos y toda la _ojalatería_ de Oñate, y que de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa la frontera, acompañada de _monsieur_ Saint-Silvain, o sola, con dos pastores: las autoridades francesas no la molestan... Que don Carlos se propone formar corte y ministerio de verdad, y que para presidir el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan Bautista Erro. Por el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el obispo de León y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don Juan Echevarría, gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande aparato político, en la corte apenas tienen qué comer. Don Carlos y sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las borrajas son el plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes modos de poner las alubias... Por referencia de un ayuda de cámara del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses, ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta, ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en _El Jorobado_ para armar gran escándalo...».

Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que no eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes, don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural encadenamiento de ideas, la mención de _El Jorobado_, papel violentísimo, le llevó a pensar en _El Mensajero_, que también había comenzado a atacarle, y en _El Eco del Comercio_, que ya cerdeaba... «No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo mal humorado—. A bien que con _El Liberal_, que fundaremos nosotros, zurraremos de firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».

Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico, y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la leyó al punto:

«Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del siglo XVII que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que a doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas... En nombre de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes. Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que tenemos mucho que hablar, y he de contarle cosas mías muy tristes, ¡ay!... Si le sobran a usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su consecuente amiga — _Pilar_».

«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí que es desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental propósito de aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo de elecciones, de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto, empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba... (_modulando entre dientes_), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se lo recordé esta tarde... (_Rápida anotación en la pizarra_). Mañana me explicará don Agustín su protección a la revista _El Mensajero_, que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano... ¡Qué amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo periódico a las primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos ellos, según dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones, plazas en las bibliotecas, si queda alguna... Dígase lo que se quiera, la prensa no vive solo de libertad...». Cayó en profunda meditación, cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase.

Campanillazo...

—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche...

Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su Excelencia para el siguiente día.

—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana... ¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... Que no puede ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted mañana.

Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Este párrafo inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella noche: Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos..., campanas..., Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de Negretti...

XXXII

La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de la codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación. En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas, cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció con manguitos y la pluma en la oreja, _en la casa de los Méndez_, allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las levitas, el verdugo de frailes y monjas, el secuestrador de campanas, no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al señor ministro de sus cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de Jenaro.

No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista, alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues, en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas; esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.

Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban, que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa, con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento; no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer de todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello.

Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de aljófar, que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la despechada doña Jacoba.

—No sabe usted bien —decía, poniendo los ojos en blanco— cuánto me agrada la resolución del _caballero ese de las campanas_, que por lo visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace. No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo; joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?

Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso de aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales observaciones y noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes días, volvió don Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.

No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti, guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia, el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio:

—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre por la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... ¡Qué vergüenza me ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa. ¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... Preso por desconfianza, porque hago este favor a dos que se quieren... Es mi gusto, señor; es mi único gusto servir a los amantes finos... Salgo esta tarde porque voy por la medicina, aquí, calle Imperial... ¡Ay!, Dios mío, que no se le volviera solimán..., y ya me despido de la bendita calle, porque desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel contraste... Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo... Para mandar a su amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos allí todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero en la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo que falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!... Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si tardo, me mata.

Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo, no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres, pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro, que de veras le apreciaba, y prometió visitarlo en el rato libre, entre la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.

Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:

«_De Fernando a Aura._ — Si hallamos libre el camino del cielo, al cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo... Todo antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que, con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación, el principio de las cosas».

«_De Aura a Fernando._ — Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte? Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno, como se tragó Jonás a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus piedras preciosas... Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, que nos quieren llevar a su paso... Una de estas noches mi desesperación me inspiró la idea de matar a Jacoba... Estuve loca un ratito... ¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir, nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería de mí, solita dentro de la sepultura?... Voy a decirte una cosa que no sabes... Te adoro... Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por vivir...».

«_De él a ella._ — Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo. El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma sencillez... No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá esta carta. Adiós».

«_De ella a él._ — Poquito me faltó para besar el fieltro sublime cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No hice más que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre, porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde, como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida fugaz y por la eterna...».

En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre. Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica, el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético, dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las violencias y tropelías más abominables.

XXXIII

¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo vio representar el _Antony_ en la _Porte Saint-Martin_, que aquel drama, que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno de tantos artificios con que los dramaturgos amañados satisfacen el convencionalismo teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, a la realidad de su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, drama real, no se parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática desesperación del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su lenguaje. El odio a la sociedad no era en él más que una repercusión hueca del criollo de Dumas. En política había extremado bruscamente sus opiniones, simpatizando con los revolucionarios más ciegos y brutales. Para don Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el gobierno aquel, ni otro semejante, ni el trono mismo. La familia real, de cuyo seno había nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas de no concluir nunca, tampoco debía continuar ligada a la suerte del país. Las disensiones entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón, se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a él, como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: _No remata la suerte_.