Mendizábal

Part 19

Chapter 193,978 wordsPublic domain

No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan Álvarez, ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas. Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.

Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo. Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; pero el perfecto hombre de Estado, _rara avis_, debe unir a tales dotes otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos, no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.

Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la reina la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia, compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto, imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues, un grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En el partido de Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos, agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la función abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.

No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso obstáculo, y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega perdió _don Juan y Medio_ la amistad de sus dos más ardientes defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde diciembre, se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de realizar sus grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones, físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de enero y de los comienzos de febrero fue para rendir a un gigante. Bien se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves problemas que la realidad le ofrecía; mostraba menos confianza en las personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia. En tal situación moral y física le encontramos una noche en su despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos, a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación. Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía, perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la somnolencia.

«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos, cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra que dejó sobre la mesa, sin que el señor ministro se dignara mirarla.

Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan en un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo... En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares, nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del poder... Los señoritos esos de la _suprema inteligencia_ no acaban de persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... El país, _señores del anillo_, no es un fraque hecho a vuestra medida... el país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad, pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga... Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz, a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia _Fernando Octavo_, no se recata para hablar pestes de mí: me llama _déspota_, y a Castroterreño le dijo que yo soy un _Calígula_... ¡Calígula!... Este buen señor sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes...! Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que charlan, para dar traslado _al Ama_, como usted dice... Pues lléguese usted aquí y óigame esto que el _Ama_ debe saber... Juan Álvarez Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que _Palacio_ nos traiga acá otro duque de Angulema, que es lo que allí pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento... La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se me olvidó decir a Córdova que no deje de poner diez mil bayonetas en el Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra: «Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche, añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver el pensamiento de los que nos hablan!».

Y divagando siempre, encontrose frente _al Ama_, y le dijo: «Señora Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños de las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «... Es mucho cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah, no me negará la señora reina que está influida por el embajador de Francia...! Menudean las cartas del hijo de _Igualdad_... ¡Francia, Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros reyes borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde lo he puesto, señor...? Y de los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco lealmente que Martínez es un hombre honrado..., pero..., padre del Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad... Yo no he fabricado Estatutos; pero sé hacer países... Yo no soy poeta; pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le cabe en la cabeza al señor Martínez..., porque yo, señor Martínez, no sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... ¿Pero dónde te habías metido, papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?...».

Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente, recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».

Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro, presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.

—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, hay que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado), no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...

Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren, desde el acto de su adjudicación».

—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la aventajada nariz.

—Absolutamente nada.

—¿De modo que...?

—A la _Gaceta_ con él...

—¡A la _Gaceta_! —replicó el funcionario, recogiendo de manos de su jefe el terrible documento.

—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted mañana, puesto en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden ustedes retirarse... Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia... Que se aguarde Milagro.

Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media... _cuatro mil millones_..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió a la mesa, y rápidamente trazó algunos números... «_Seis, siete mil millones_, y aún me quedo corto...». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso dulce o embriaguez financiera... Su mente se lanzaba a las presunciones del porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas de cifras cada vez más hinchadas...

XXXI

Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado... Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear las dificultades antes que para vencerlas.

—Que venga Milagro.

Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando servicios a la libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les contestaba con el _perdone, hermano_, a otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.

—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser... En una larga carta muy difusa, que no he podido leer entera..., me pide un desatino tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra posición... Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?

—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del _curaçao_.

—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina. No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.

—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica, que no hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña Jacoba.

Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político: «Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente mi pensamiento, madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo como Dios quiere... ¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo he pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo para nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es posible. Que venga aquí el _Sursum corda_, y se volverá para arriba, para el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si _Palacio_ le pone a usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con esta inseguridad, con esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los dientes para que los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no puede ser... Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado _treinta y seis mil frailes_ y _diecisiete mil monjas_; te doy _cuatro mil millones, seis mil_, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego, Dios dirá...».

Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a Córdova que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos millones en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero este Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente, a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre... o mujer, como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia... Veremos grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. ¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos y sofísticos... Debo decir también a Córdova que corre una especie saladísima: los grandes de España le proponen para formar Gabinete... ¿Quién meterá a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le contaré lo que anda diciendo por ahí _don Fernando octavo_...: que la corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué tontería!... No creo que el _Ama_ participe del cerval miedo de sus cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).

Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!... (_soltando la carta con desdén_). Las Navas se me incomoda. Otro que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos, contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero de dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... ¿Y este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de las campanas?... No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me darán no poca guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas, azogues malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos... ¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la tutela del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (_Lee por el final_). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (_Se ríe_). Y no le perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (_Leyendo por el centro_). Me da las gracias por haber admitido en el ejército español al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas..., parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en las tropas carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en ilusiones!... Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios quiere».

Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la mesa formando abanico... Entre los sobrescritos, de muy diversa escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien no te conoce, que te lea». y la sacó del semicírculo con ánimo de someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla —pensó variando inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu inquieto—; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los secretos agentes que el gobierno tenía en la frontera. Diariamente llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía Su Excelencia era remitida por una tal _madame Aline_, de fantasía tan novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal le había tomado ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes.