Part 9
Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo irónico donde se traslucía la irritación:
--Pase usted, caballero, pase usted.
--De mil amores, prenda--repuso Enrique entrando en la tienda y colocándose en pie detrás de la chica.
Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:
--Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.
--Y usted á mí por lo simpática.
--¡De veras! ¿Y desde cuándo?
--Desde la esquina, que la he visto á usted.
--¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?
--¿Pues á quién había de contárselo?
--A su abuela, hijo mío.
--No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.
--¡Qué mono!
--No; era más feo que ahora todavía.
--¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?
--No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?
--Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un Cristo.
--Manolita--gritó la frutera de enfrente,--¿desde cuándo te has echao quitabrisas?
--Ahora mismito; ¿qué te paece?
--¿Se llama usted Manolita?--le preguntó Enrique.
--No, señor; me llamo Manuela.
--¡Qué saladísima y qué rica!
--¿Pus cuándo me ha probao usté?
Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate; los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.
--¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?
Enrique no había dicho semejante cosa.
--Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.
Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:
--¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?
--En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.
--¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla al hespital.
Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.
--No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!
--Señorito, usté necesita tila en vez de leche.
--¡Puede!... ¿Cuánto es esto?--añadió después de beber mirando risueño á Manolita.
--Menos de una onza.
--¿Cuánto?
--Medio rial.
Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula, se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes, nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!
Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas! le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.
De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.
--¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la vista...
Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:
--¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!
--¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo morrrral!
Y cada vez iba recalcando más la _erre_, como si la salvación de su honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la acertada pronunciación de esta preciosa paladial.
--Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir así.
--¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!
La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con el libro entre las manos.
Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por delante de Manolita:
--Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.
Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del libro, cuanto más contestar á aquel tío.
Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior. Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso. Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:
--Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!
Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le dijo:
--¿Vuelve usté por otra?
--Si tiene empeño en dármela...
El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse dijo:
--Vaya, vaya, siga usté su camino.
--No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.
--¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.
--Pues penitencias ya las sabe usted poner.
--No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de ponerse otra vez delante de mi vista.
--¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla á usted, nunca!
La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un señorito de _bomba_. Enrique se hacía querer pronto por su carácter campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso, comenzó á sentirse atraída hacia él.
--Pa qué más de la verdá--concluyó por decir:--es usté feo, pero tiene usté un _aquel_... vamos... particular.
--Sí, ya sé--respondió el teniente con gravedad:--soy feo, pero gracioso.
--¡No, eso tampoco!--exclamó la chula riendo.
--Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.
--Eso es.
Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre, mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro, tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda contrajo sus labios gordos y amoratados.
--Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?
Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado, cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte, aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual, arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y sosiego.
Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido. Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la tienda.
--Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.
--Tú, á callar... ¿estamos?
Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.
Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el sombrero.
--¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...--exclamó encasquetándoselo con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del sombrerero.
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Y en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y sombrero pavero.
--Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna res?...--le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.
Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella contestando á cada requiebro con un fiero _desplante_. Enrique no se desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa, sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar: «Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»
Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las _frescas_, los _rempujones_ y tal cual _gofetá_ cuando se desmandaba, de la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches, después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun atacado; pero ya sabemos que en su calidad de _bulldog_ era de lo más rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba, supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida, después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.
¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien, ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin, el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido. Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y entrañable amistad.
--¡Buena recomendación la mía!--le dijo éste.--Si quieres que tu padre te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.
--No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.
Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado, consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.
El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la puerta, él fué quien le abrió.
--¡Qué pálido estás, amigo!--le dijo Miguel.
--Me salta el corazón más que si fuera á batirme.
--¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has elegido.
--Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.
Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia. Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta. En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil, recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado. Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:
--¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este tríptico?
--No puedo calcular.
--Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un Trajano!
Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta saltársele las lágrimas.
--¡Qué disparate!--exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que podía guardar con un tríptico.
El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.
-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.
--¡Haciendo gimnasia!--exclamó Miguel lleno de sorpresa.
--Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le conocerás.
Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.
Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas. Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena. Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de decirse:--Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto gordo.--Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:
--Buenos días, tío.
D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados, contestó:
--¡Hola! ¿Qué traes por aquí?
--Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se encuentra usted?
--Así, así; ¿y tu mujer?
--Perfectamente; siga usted, siga usted.
D. Bernardo dió un brinco y se colocó otra vez sobre las paralelas.
--Puedes decirme lo que quieras: te escucho.
Miguel le contempló un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar derecho y sin vacilaciones al asunto, comenzó á decir:
--Venía á hablar á usted de un asunto que tal vez ó sin tal vez le será enojoso... pero me he comprometido á ello, acaso con sobrada precipitación, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como bueno... Enrique me ha significado su deseo...
D. Bernardo se dejó caer otra vez.
--¡Ni una palabra sobre Enrique!--dijo extendiendo el brazo con imperio.
Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:
--¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?
El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le producía un fuerte resuello:
--Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.
--Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.
Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación, diciendo:
--Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.
--¡Sí!--respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre las barras de madera.--¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.
--¿Padece usted del estómago?
El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo con acento de profunda melancolía:
--¡Padezco del alma!
Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.
Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión, se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le compadeció sinceramente.