Maximina

Part 8

Chapter 84,000 wordsPublic domain

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre _Brutandór_, en pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo, pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses, cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la pista.

Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus rodillas, sonó un fuerte campanillazo.

La niña se puso en pie de un salto.

--¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?--dijo Miguel.

--Creo que no.

Juana entró al instante.

--Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.

--¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno... Dígale usted que pase.

--Aguarde, aguarde--dijo Maximina.--Déjeme usted escapar por esta puerta.

Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.

--¡Perico!

--¡Chiiiis!--exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.

--¿Qué ocurre?--preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:

--Nada.

--Ya me lo parecía.

Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:

--He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos lavanderos...

--Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.

--¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

--¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?

--Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía yo en la cama.

--¡Qué calentita y qué riquita estaría!

--Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como comprenderás, me escamó...

--Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.

--Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura... sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba loco buscándolas por toda la casa.

--¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se habla de ti por ahí...

--¿De veras?--exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.

--¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero, querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te escapas sin cuatro tiros.

--¿Crees tú?...--dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.

--Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.

--Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!

--Dificilillo va á ser engañarlas--contestó Miguel riendo de la entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.

Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba, éstas no eran muy favorables para el huésped.

--Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonreía sin contestar.

--Pues es un infeliz.

--Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le importa nada en el mundo más que él mismo.

--Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.

Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que facilitaba el dinero para la publicación de _La Independencia_ le avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á Miguel.

Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba _La Independencia_. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la cabeza:

--Bien, ¿y qué?...

--Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto, porque no saliendo de casa...

--Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?

Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.

--Pues, amigo mío--dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,--tengo el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni garantías de dinero á nadie.

Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó á decir:

--Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...

Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo sonriendo:

--Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de Yorik.

Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y le dijo:

--¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta mil duros?

--El General es hombre de honor.

--Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.

--Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría pagado.

Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de que no le dejaría en las astas del toro.

Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.

--¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?

Maximina levantó sus dulces ojos rientes.

--¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para mí lo que tú haces siempre está bien hecho.

Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran tontería.

Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una confidencia que le llenó de asombro.

--Tengo que decirte una cosa, Miguel...

--¿Y es?

--Que me caso.

--¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan mal gusto.

--Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.

Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D. Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.

Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida. Después murmuró:

--Muy bien, muy bien; te felicito.

--En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente, me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han pretendido sin conseguir nada.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de Miguel. Se le figuró que aquellas palabras iban dirigidas á él, y tuvo en la punta de la lengua un sarcasmo feroz; pero supo reprimirse, considerando que la situación en que su amigo iba á hallarse le disculpaba.

--Y si no creyeras eso harías muy mal en casarte... Tengo entendido que Lucía posee una bonita fortuna, ¿verdad?--añadió, dejando ver claramente cuáles eran, á su juicio, los motivos de aquel matrimonio.

Mendoza, aunque no muy avisado, lo comprendió y repuso de mal humor:

--No sé, no sé... He conocido á Lucía en casa de Borrell, y desde un principio me gustó. ¡Es tan fina y revela tan buenos sentimientos! Á la pobre la casaron medio á la fuerza con un hombre que podía ser su padre. No hubiera sido extraño que se echase á perder. Sin embargo, ella supo conservar su decoro...

--D. Pablo debió de hacer muy buenos cuartos por América, á más de tener ya bastante renta por su casa--dijo Miguel sin hacer caso de las alabanzas de Mendoza.

--La señora de Borrell se puede decir que es la que ha arreglado este matrimonio. No puedes figurarte lo que quiere á Lucía y la buena opinión que tiene de ella.

--Algo se ha mermado la fortuna antigua de D. Pablo en los últimos tiempos, según dicen; pero como entraba más por América que salía por España, deben de existir grandes gananciales, cuya mitad corresponde en pleno dominio á Lucía. Por otra parte, los chicos son de corta edad. El usufructo de toda la hacienda le ha de corresponder por muchos años.

Miguel insistía en este asunto, viendo que molestaba á su amigo, para hacerle pagar las palabras de antes. Estaba tan sorprendido de aquel singular matrimonio, que, cuando por la noche le comunicó la noticia á Maximina, ésta no pudo menos de decirle:

--¿Por qué te enfadas? Aunque Perico se case por interés, no es el primero que lo hace. Lo único que me sorprende es que esa señora concierte el matrimonio siete meses después de la muerte de su marido.

Miguel no podía decirle los motivos que tenía para indignarse, pues procuraba velar á su esposa ciertos vicios sociales. Por otra parte, temía que se renovasen en ella los antiguos celos de Pasajes. Se calmó repentinamente, y lo echó á risa.

No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se decidió á abandonar su casa.

Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un periódico en la mano.

--¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!--dijo la chica después de un rato largo de silencio.

--¿Qué hemos de ganar, Plácida?

--Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.

--Yo no me ocupo de esas cosas--respondió Mendoza poniéndose repentinamente serio.

--¡Vamos, señorito!--dijo la muchacha.--¿Se figura usted que no estamos enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver ni pintados.

--¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los guindillas?--preguntó Mendoza, pálido ya.

--Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no tenga usted cuidao, señorito--añadió viendo la palidez de Mendoza,--que el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda, anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!

Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.

--¿Qué pasa?--preguntó éste, viéndole tan descompuesto.

--¡Nada--respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y tapándose el rostro con las manos,--que mi cabeza no está segura sobre los hombros!

--Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

--¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme mano.

--¿Quién te ha dicho eso?

--Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro escondite. Lo mejor será salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí, ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.

Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó delante del armario de espejo.

--¡Me conozco!--exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y Maximina se echaron á reir como locos.

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]

IX

Enrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo menos un año que había tomado la alternativa.

Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna. _El Tábano_, periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta taurina, le dijo que tenía _sangre_ y _vergüenza_, y este elogio, algo brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón postrado de admiración:

--¡Qué gran volapié, señorito! ¡Ni el Tato!

--¡Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar--respondió Enrique, afectando modestia.--¡El Tato era un gran torero!

--Que le digo á usted que sí, señorito; el Tato no sale más limpio por la cola. ¡Mire usted que yo sé lo que son toros! El señor Paco (que en gloria esté) me lo tiene dicho muchas veces, viéndome llegar con el caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:--«Juanillo, hijo mío, tú tienes sangre torera; dedícate al arte, que algo más sacarás que limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.»--¡Pero, señor Paco, si tengo una señora que me arma un lío toítos los domingos porque me pongo la blusa encarná». Pus mucho jabón, hijo. A las señoras, pa que anden bien, hay que jabonarlas un día sí y el otro también.--¡Y que no tenía razón el tío! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona sería... Yo fuí el que le di á usté la muleta cuando se le cayó. ¿No me ha visto?

--Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la plaza...

--¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D. Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél! Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu valiente. La estocá resultó que ni pintá.

--¡Phs! regular, regular...

--Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté bailado un poquirritiyo!

--¡Que yo he bailado!--exclamó Enrique poniéndose rojo.--Hombre, me parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones... ¡Pues no dice que yo he bailado!

La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.

--No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un poco menos, eso no vale na.

--Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas de oir simplezas...

Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con estrépito, murmurando:

--¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito... ¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez parase los pies á su toro!

Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo. En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.

--Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo bien, haga el papel de torero.

Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De paso contaba entrar en casa de Severini.

Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente (porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos, dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían, y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan feliz situación de cuerpo y de espíritu.

A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.

Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono melifluo:

--¿Qué lee usted, hermosa?

La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún tiempo, respondió:

--_Memorias de cuatro pillos._

Y recalcó mucho la última palabra.