Maximina

Part 7

Chapter 73,829 wordsPublic domain

Entró ésta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueño, lo mismo que antes, y comenzó á alegrar la tertulia con sus ocurrencias. No se sentó. Daba vueltas por la habitación, moviéndose con la gracia y la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observó, no obstante, que había demasiada agitación en aquella alegría. Pasaba de una conversación á otra violentamente: hacía preguntas que ella misma se contestaba, y dejaba escapar carcajadas por el más liviano motivo. Sentóse al piano, y se puso á teclear fuertemente. Después cantó una romanza de ópera, que interrumpió súbitamente para empezar una canción española, que tampoco concluyó. Dejó el piano después para retozar con Maximina, á la cual, quieras ó no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendió con su hermano, á quien besó repetidas veces, diciendo á Maximina:

--No te celarás, ¿verdad?

Los ojos del forastero la seguían en todas estas evoluciones, fijos, persistentes, con cierta leve expresión de ironía. Miguel lo observó, é hizo un gesto imperceptible de disgusto.

En los días que siguieron, el desdén que Julia mostraba á su primo se fué acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que él entrase en la habitación donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la invitaba á cantar ó á tocar el piano, se negaba rotundamente. No le dirigía la palabra, y si se veía obligada á contestar á alguna pregunta, lo hacía con mal humor y sin mirarle á la cara. La brigadiera advirtió estas faltas, y la reprendió severamente; mas no consiguió nada. D. Alfonso parecía no advertirlas, y seguía imperturbable practicando su exquisita cortesía, y aprovechando cualquier ocasión para tributarle alguna alabanza, que, por supuesto, ella recibía de malísimo talante.

Un día, á la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departía amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado, haciendo bolitas de pan y mirando fijamente á la mesa. Se hablaba de un baile que iba á dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quería resucitar el antiguo y clásico minué. Al efecto, hacía días que se estaban ensayando, y Saavedra había encargado un lujoso vestido de casaca y pantalón corto, cuyos pormenores estaba describiendo prolijamente á su tía. Julita levantó la cabeza, y fijando en él una mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:

--Parece mentira que tú te ocupes en esas cosas.

--¿Por qué, primita?--preguntó sonriendo con amabilidad D. Alfonso.

--Porque tú ya eres un viejo--repuso la niña con acento despreciativo.

Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera fué quien lo rompió indignada, sin que la ira le dejase terminar las frases.

--¡Chiquilla! ¡Insolente! ¡No te da vergüenza! ¿Cómo te atreves?... ¡Si me fuese á llevar del genio!.. (levantándose en actitud airada).--¡Á ver... ¡Sal ahora mismo de aquí, desvergonzada!...

D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla diciendo:

--Pero ¿qué tiene de particular eso, señora? Julia no ha dicho más que la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las mañanas al peinarme... Lo peor de todo es que soy un viejo verde...

La brigadiera, sin escuchar, le señalaba la puerta á su hija con el brazo extendido. Ésta, saltándosele las lágrimas, pero con semblante hosco y fiero, salió del comedor.

D. Alfonso siguió haciendo esfuerzos para calmar á su tía, que, no habiéndose desahogado, según costumbre, de un modo más brutal, buscando la compensación, cubría de dicterios á su hija. Sosegada á medias, se levantó para dormir un poco la siesta. El forastero también se levantó con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fué hacia el cuarto de costura, donde esperaba hallar á su prima. En efecto, allí estaba leyendo un libro frente á una mesilla, con la cabeza apoyada en una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso se detuvo á la puerta y la contempló algunos instantes, dibujándose en sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneció inmóvil, rígida, frunciendo un poco más la frente. D. Alfonso se acercó lentamente hasta ella y, bajando con humildad la cabeza, posó los labios en la mano pendiente de la niña, diciendo al mismo tiempo:

--¡Perdón!

Julia dió un brinco dejando caer la silla, y se escapó como una exhalación.

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VII

LA vida de los esposos se había ido regularizando. La casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama, desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo había pedido á su tía como una gracia singular.

--Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?

--Un día; un día te dejaré.

Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio, siempre saludaba á su marido avergonzada.

--¡Qué dirás de mí!

--¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más que las nueve y cuarto.

Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.

--Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

--Bueno, lo haré.

--¿Palabra formal?

--Palabra formal.

Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada lástima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y bulliciosa propia de _chicas_. En todos sitios causaba la joven esposa grata impresión por su inocencia y humildad.

--¡Qué buena debe de ser su señora!--le decían á Miguel sus conocidos cuando le hallaban solo.

Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:

--¡Es una chiquilla!

Pero decía para sí:

--Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido y le decía:

--Ya son las doce y media.

Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente, y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría hasta que Miguel abría los ojos.

--Vaya, me voy--decía éste levantándose.

--¡Qué pronto!--solía exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas despedidas duraban una eternidad.

--¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!--decía Maximina, zafándose de sus brazos.

--¡Si está cerrada la puerta!

--No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse; mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana, habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta. Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:

--¡Aquí huele á Maximina!

Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.

--Yo no sé cómo me hallas tan pronto--decía ella con fingido disgusto.

Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:

--¿Qué se le ofrece á usted?

--¿Vive aquí D. Miguel Rivera?--preguntaba él mismo.

--Sí, señor; pero no está en casa.

--¿La señora?

--La señora si está, pero no recibe.

--Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de besos.

Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo. Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía:

--Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.

--¡Malo! ¡malote!--respondía ella con enfado inocente.--Eres muy malo. En seguida me echas de tu lado.

Miguel se enternecía y la retenía por la mano.

Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.

Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los sábados iba siempre al teatro, pues _La Independencia_ no se publicaba los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos escalones.

--¡Ay, esposa mía!--gritó Miguel acudiendo en su auxilio.

La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.

Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:

--Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te sientes mejor.

--Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada--respondía él con sonrisa irónica.

Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:

--No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.

Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del enfermo volvía nuevamente á alarmarla.

¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba con gozo.

Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería, ya será otra cosa.»

Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca, se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante, padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.

--¿Qué te ha pasado?--preguntó levantándose.

Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y comenzó á llorar.

Miguel insistió anhelante:

--¿Te has puesto mala?

La niña hizo señal afirmativa.

--¿Cómo fué, díme?

--No sé--respondió con voz débil y entrecortada.--Poco después de estar en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la iglesia y salí.

Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato, estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces, con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras. La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus brazos murmurando:

--¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!

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VIII

A partir de este día la dicha serena y apacible que se reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir, espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas infantiles.

--¿Sabes ya--le decía después--lo que cuesta la docena de camisas de niño?

--No--contestaba riendo.

--¡Á que sí!

Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella. Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:

--¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!

Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser que aún no había salido de sus entrañas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de veces en que las instituciones habían quedado «_derrocadas_» sobre el mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos, servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á fin de despertar su curiosidad.

--D. Servando--decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,--¿piensa usted mañana salir á paseo?

--Siempre, Sr. Marroquín.

--No saque usted á la señora y los niños.

--Hombre, ¿por qué?

--Por nada, por nada. No le digo más que eso.

Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión, como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas, logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato. Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola, prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán, pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D. Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar sus acciones sin poder defenderse.

--¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!--decía luego paseándose por su cuarto á grandes trancos.--¡De qué buena gana le daría un par de _mocadas_ á ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas partes, y particularmente á Marroquín.

--¿Sabe usted, Sr. Marroquín?--le dijo por lo bajo.--Podíamos volver la hoja.

Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:

--No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese, como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la gorda.

--¿Qué gorda?

--La revolución, hombre de Dios.

--¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias, muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo algo que hacer...

Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.

--No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al Gobierno.

--No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.

La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los niños le llamase _conspirador_, con el tonillo sarcástico que el cura usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el _conjurado de Venecia_, todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro, «la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».