Part 24
Aunque agitado con la perspectiva de las oposiciones, y trabajando para ellas, acaso más de la cuenta, nuestro héroe no era desgraciado. Cuando hay paz y amor en el hogar, la vida de familia es el mejor sedativo para los dolores morales. Esto por un lado, y por otro, la confianza que tenía en sus fuerzas, le hacían vivir, hasta cierto punto, dichoso.
Llegó un día, sin embargo, en que esta dicha y relativa tranquilidad desaparecieron, con el anuncio de que las oposiciones que esperaba, se suspendían indefinidamente, tal vez hasta el año próximo. Todos sus planes vinieron al suelo. Como no había pensado en otra salida para sus apuros desde hacía mucho tiempo, quedó anonadado. Tuvo fuerza, no obstante, para disimular con su esposa y aparecer en casa sereno y contento como antes. Repuesto de la sorpresa, despertaron con nuevo vigor las energías de su alma. «Es necesario, á todo trance, buscarse trabajo»--se dijo. No le quedaba dinero más que para un mes. Sin embargo, dejó á su esposa gastar como antes, seguro de que no podía estirarse mejor que ella lo hacía sin imponerse dolorosas privaciones. Lo primero en que pensó fué en procurarse un empleo en alguna sociedad particular. Visitó algunos amigos y todos ellos le animaron con buenas palabras. Sin embargo, trascurrió el mes, y el empleo no parecía. Se vió entonces en la necesidad de empeñar su reloj para pagar al casero y la cuenta de la tienda: á su mujer le dijo que se lo estaban componiendo. Pasó el segundo mes y tampoco consiguió nada. Un día Maximina le dijo muerta de vergüenza, como si cometiese algún delito:
--Miguel, el tendero de abajo me ha mandado la cuenta, y como no tenía un cuarto, no pude pagársela.
El hijo del brigadier se estremeció, pero disimulando lo mejor que pudo, le contestó con afectada indiferencia:
--Bien; ya se la pagaré yo ahora cuando salga. ¿Cuánto es?
--Cincuenta y seis pesetas.
--¿Necesitas más dinero, verdad?
Maximina bajó los ojos ruborizada.
--Debo el salario á Juana.
--Esta tarde te lo traeré.
Pronunció estas palabras sin saber bien lo que decía. ¿Á dónde iba á buscarlo? El tío Bernardo hacía algunos meses que había ingresado en un manicomio de París. D.ª Martina y su familia se habían ido á vivir á este punto para estar á su cuidado. Enrique no estaba en situación de proporcionárselo. Su madrastra se hallaba fuera, y tenía sólo lo suficiente para vivir con decencia. Además, le causaba una repugnancia invencible pedir algo de lo que había dado. No quedaba persona de la familia á quien pedir, más que el tío Manolo. A él se dirigió.
El tío Manolo, varón grave y de excelente doctrina, aunque sabía la ruina de su sobrino no pensaba que fuese tan completa. Quedó con la boca abierta al escuchar la demanda. Sacó del cajón los cuarenta duros que le pedía y se los entregó. Miguel, por ciertas palabras que se le escaparon, comprendió que se imponía mayor sacrificio de lo que cualquiera podía figurarse. Sospechó, ó por mejor decir, tuvo casi la certeza de que su tío yacía en una vergonzosa servidumbre. La intendenta no había querido, al parecer, abandonar la administración de su hacienda y le daba todos los meses una cantidad para sus gastos particulares, que continuaban siendo, como siempre, muy crecidos y «completamente indispensables». Salió, pues, mal impresionado de aquella entrevista y convencido de que arrancarle dinero en aquella situación al tío Manolo era darle un disgusto muy gordo.
Después de este suceso, penetrado de que no debía esperar socorro de sus parientes, afanóse doblemente en buscar trabajo, cualquiera que él fuese. Pero todas sus tentativas se estrellaban contra la mala suerte que sin piedad le perseguía. En unos sitios no había colocación, en otros, sabiendo que era un señorito, y no había estado en oficina alguna, desconfiaban de él. En las redacciones de los periódicos fué donde mejor le recibieron; pero como en aquella época y aun en ésta los asuntos económicos de la prensa suelen estar bastante embrollados, por buena voluntad que tuvieran los directores no era fácil asignarle un sueldo. Los más le daban palabra de colocarle en cuanto hubiera una vacante. Mas á él lo que le hacía falta, pronto, muy pronto, era algún dinero para comer, y los días se pasaban y éste no llegaba. Sin que lo supiese Maximina, empeñó una botonadura de oro y una sortija, recuerdos de su padre.
Por fin, el propietario de un diario de la tarde le dió palabra rotunda de asignarle cuarenta duros al mes, desde el próximo. En el que estaban, por ciertas dificultades de la administración, no podía pagarle. Nuestro héroe trabajó un mes entero gratis. Al comenzar el segundo, como necesitaba con urgencia algunos recursos, le pidió que le adelantase algún dinero. Entonces, el director propietario, adoptando ese continente entre dolorido y diplomático que toman todos los que van á negarse á una pretensión justa, pero incómoda, le pintó con negros colores la situación administrativa del periódico, la dificultad de hacer efectivos algunos créditos á su favor, la necesidad que tenían todos los redactores de «arrimar el hombro para sostener aquella empresa naciente», etc.
--Amigo Huerta--le contestó Miguel bastante desabrido,--el hambre me tiene demasiado flaco para poder arrimar el hombro á ninguna empresa; antes bien, necesito yo que me apuntalen para no caerme.
No fué posible sacarle un cuarto. Nuestro héroe se despidió indignado, tanto más cuanto que sabía que todo el dinero recaudado pasaba íntegro á la caja particular del director, quien se daba con él una vida de príncipe.
Comenzó entonces para los jóvenes esposos una existencia triste y acongojada. Miguel no pudo ocultar por más tiempo sus apuros. Uno á uno, los pocos objetos de valor que en casa tenían fueron pasando á las de préstamo, donde apenas les daban por ellos la quinta parte de su valor. Á menudo, el joven se desesperaba y maldecía de su suerte, y hasta hablaba de ir á pegar un tiro al Conde de Ríos y otro á Mendoza. Maximina, en estas crisis dolorosas, le consolaba, le animaba infundiéndole esperanzas, y cuando ya no podía más, con sus lágrimas conseguía enternecerle y alejar de su mente las malas ideas. Serena siempre y risueña, hacía esfuerzos heroicos por distraerle apelando al recurso supremo del niño. Ocultaba cuidadosamente los trabajos que en su ausencia ejecutaba, para que al llegar no notase ninguna falta.
La miseria, no obstante, les iba estrechando de día en día. Llegó, por fin, aquel en que materialmente no tuvieron una peseta en casa ni de dónde les viniese. En la tienda de ultramarinos no querían fiarles el alimento. Miguel, ocultándose de su esposa, tomó una levita, la envolvió en un papel y la llevó á empeñar. No le dieron más que dos duros. Á la vuelta, como viniese meditando en el modo de salir de aquella angustiosa situación, no viendo manera de encontrar empleo, tomó de pronto una resolución violenta, la de trabajar materialmente. Con el rostro contraído por una expresión dolorosa, se dijo mientras caminaba: «Antes que mi mujer padezca hambre, soy capaz de todo... ¡de todo!... de robar inclusive. Voy á intentar el último recurso».
Cerca de su casa había una imprenta, en la cual, durante los días de desaliento, cuando acababa de recibir algún desengaño, solía pasar largas horas mirando trabajar á los cajistas ó entreteniéndose en desempeñar él mismo alguna tarea fácil. El dueño era un buen hombre y mantenía con él muy cordiales relaciones. Entró en ella, y llamándole aparte le dijo:
--D. Manuel, me encuentro sin recursos para vivir. Por más que he trabajado en estos últimos meses no he podido obtener una colocación. ¿Quiere usted recibirme de aprendiz en su imprenta dándome algo á cuenta de los jornales futuros?
El impresor le miró con tristeza.
--¿Tan mal se encuentra usted, D. Miguel?
--En la última miseria.
Meditó unos instantes el dueño de la imprenta, y le dijo:
--Antes que usted se pusiera en condiciones de componer con alguna velocidad, se pasaría mucho tiempo... Además, no está bien que un caballero se ensucie las manos con la tinta. Lo único que usted puede hacer aquí es ayudar al corrector. ¿Tiene usted inconveniente?
--Estoy dispuesto á hacer cuanto usted me mande.
Pasó aquel día, en efecto, leyendo pruebas. Á la noche, el dueño le dijo que le señalaba de sueldo tres pesetas diarias hasta que despidiese al corrector, que era un gran borracho. Al tiempo de despedirse le metió en la mano un billete de diez duros como anticipo.
--Gracias, D. Manuel--le dijo conmovido.--En usted, que es un hijo del trabajo, he hallado más generosidad que en todos los caballeros que he visitado hasta ahora.
Durante algunos días trabajó cuanto pudo, cumpliendo á conciencia su tarea. Esta era pesada y molesta en grado sumo. Le tenía ocupado desde por la mañana temprano hasta la noche. Por otra parte, el sueldo reducidísimo no le bastaba ni aun para comer patatas; y aunque el impresor tenía deseos de echar al corrector y nombrarle en su lugar, Miguel se oponía por ser éste un padre de familia y no tener otro recurso para vivir.
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XXIX
EN esta apurada y tristísima situación se encontraba cuando cierta tarde, acabando de subir de la imprenta, llamaron á la puerta. Juana le anunció que un caballero anciano deseaba hablarle. Mandó que le dejase pasar, y al instante penetró en su despacho el boticario Hojeda.
--¡D. Facundo!--exclamó con sincera alegría.
--Yo soy, Miguelito, yo soy. Vengo furioso. ¿No me lo conoces en la cara? Tengo que reñir muchísimo contigo. ¿A quién se le ocurre más que á ti, descastado, andar por esos mundos de Dios solicitando una colocación y no haberte acordado de un amigo tan antiguo como yo? Bien se conoce que soy un pobre viejo que no sirve para nada.
--No es eso, D. Facundo, no es eso... Es que como nuestras profesiones son tan distintas... Además, temía que lo llegase á saber mamá...
No hallaba disculpa. La verdad es que se había olvidado de aquel santo varón.
--Nada, hombre, nada, que eres un ingrato. Te olvidas de los que te quieren, y vas á pedir favores á hombres que no han conocido á tu padre siquiera.
--Tiene usted razón.
--Vaya, ya te he reñido bastante. Vamos ahora á lo que nos interesa. Te vengo á ofrecer una colocación en el Banco de Andalucía. Hace más de un mes que la vengo solicitando. Por fin hoy la han puesto á mi disposición. Son sesenta duros al mes. ¿Te conviene?
Miguel por toda contestación le apretó con fuerza la mano. Después de un momento exclamó, con los ojos arrasados de lágrimas:
--¡Si supiera usted, D. Facundo, á qué tiempo llega!
--No tienes recursos, ¿verdad?
--Ni una peseta.
--¿No has hallado ningún empleo?
--Sí, uno de ayudante de corrector de pruebas en la imprenta de ahí abajo.
--¿Cuánto ganas?
--Tres pesetas al día.
--¡Jesús! ¡Jesús!--exclamó el boticario llevándose las manos á la cabeza y quedando pensativo.
Tuvo la delicadeza de no preguntarle nada acerca de su ruina. Sin embargo, Miguel se espontaneó á contarle todos los pormenores. Cuando estuvo bien enterado, le dijo:
--Mira, Miguel, voy á suplicarte un favor.
--Usted dirá.
--Que aceptes estas mil quinientas pesetas--dijo poniendo los billetes sobre la mesa.--Soy soltero: el dinero que tengo me sobra.
--D. Facundo, no puedo...
--Te lo exijo en nombre de la amistad que me unía á tu padre.
No hubo más remedio que tomarlas.
--Tienes que darme palabra, además, de que si no te bastasen los sesenta duros para vivir y te encuentras en algún apuro, acudirás á mí primero que á nadie... No me marcho sin esa palabra.
Así se lo prometió el hijo del brigadier. Llamó después á Maximina y estuvieron largo rato charlando los tres de cosas indiferentes. D. Facundo quiso volverse loco con el niño. Al tiempo de despedirse, Miguel le retuvo por la mano, y muy conmovido le dijo:
--D. Facundo, renuncio á decirle á usted lo que en este momento pasa por mi corazón. Le repito únicamente lo que en otro tiempo le dije: ¡Es usted una gran persona!
--Miguelito, si vuelves á decirme esas tonterías, no vengo más á tu casa.
--Entonces, ¿cómo quiere usted que llamemos á los que sólo se presentan donde hay una desgracia que aliviar?
Con aquella oportuna visita terminó, á Dios gracias, la congoja de nuestros esposos. Los sesenta duros, bien manejados, bastaron para que viviesen satisfechos. Sin embargo, Miguel no quiso perder la conyuntura de la plaza del Consejo de Estado, y cuando se efectuaron las oposiciones, llevó una dotada con cuatro mil pesetas. Renunció en seguida al empleo del Banco que le daba demasiado trabajo. Con este sueldo y tres ó cuatro mil reales más que sacaba escribiendo, de vez en cuando, artículos en periódicos y revistas, se consideró enteramente dichoso.
Y lo era en efecto. La pobreza fortificó todavía más el lazo de su matrimonio. Los crueles desengaños que la sociedad le había hecho experimentar, le hicieron ver en su hogar el único sitio donde residía la verdadera dicha, un rincón del cielo donde Maximina hacía el papel de ángel. El amor que la tenía no creció, porque esto era imposible; pero sí su admiración. El alma sublime de esta niña no se le había mostrado tan admirable, tan digna de ser adorada de rodillas, como en los críticos y angustiosos días que acababan de pasar. Tan grande llegó á ser el amor y la admiración en nuestro héroe, que cuando hallaba en su despacho algún objeto olvidado de Maximina, lo besaba con ternura y respeto como si fuese una reliquia.
En las horas que le dejaba libre la oficina, entregóse con pasión al estudio. Salía poco de casa. Cuando lo hacía, generalmente era para leer en el Ateneo los libros que no podía comprar.
--¡Mucho lee usted, amigo Rivera!--le decía algún socio, poniéndole la mano en el hombro.
--Es que no tengo dinero--contestaba riendo.
Cuando volvía de allá á las diez y media ó las once de la noche, su esposa acababa de meterse en la cama. Era aquél el momento más feliz para Maximina. Desde el nacimiento del niño dormían separados: ella en un cuarto de dos camas, con Juana; él, solo, en otra alcoba. Al volver de noche se complacía Miguel en llevarle á la cama algún manjar, bien que lo trajese de la calle, bien de lo que había en casa, pues, á causa de hallarse lactando y tener el niño ya quince meses, sentía á esas horas mucha debilidad. ¡Qué placer tan grande para la pobre niña ver llegar puntualmente á su marido presentándole una raja de jamón ó alguna golosina de dulce! Si se extralimitaba trayéndole alguna cosa cara, le decía:
--Esto tiene que durar tres días.
Y quieras ó no, había que dividirlo en tres partes.
Miguel la veía comer con cierto arrobamiento sensual. Servíale el vino, partíale el pan y después retiraba todos los enseres. Y en voz baja, para no despertar al niño, que dormía en su cuna, charlaban á veces una hora y más. Juana, mientras tanto, dormía, vestida, sobre la cama, allá en un cuarto cerca de la cocina. Miguel, al retirarse al suyo, la despertaba (empresa no muy fácil), y ella, tambaleándose de sueño, venía á continuarlo cerca de su señorita.
El joven de los quince meses les proporcionaba, sin saberlo, más recreo que todos los tenores de ópera y zarzuela juntos. Ya caminaba (si es que puede aceptarse como tal el ir haciendo eses como un borracho) desde los brazos del papá á los de la mamá y viceversa. La tiranía que en la casa ejercía era verdaderamente escandalosa. Sobre todo, con Maximina se portaba de un modo bastante grosero, sin que esto sea tratar de ofenderle. Porque constándole muy bien que ella era la que con su propia sangre le suministraba el sustento, no sólo no le guardaba las altas consideraciones á que era acreedora, sino que la posponía, evidentemente, á Juana. Y esto no motivado en otra cosa sino en que la moza guipuzcoana le hacía reir más con sus carocas y bailoteos. La pobre Maximina no acababa de creer en esta cruel preferencia. Un día, después de almorzar, jugando los tres con el niño en el pasillo, Juana quiso demostrárselo.
--Anda, vé con tu mamá--le dijo al chiquillo.
Pero éste se agarraba con fuerza á ella.
--Está visto que á ti sólo te quiere cuando tiene hambre--le dijo Miguel para embromarla.
Maximina se puso triste y enfadada y trató de arrancar á Juana el niño; pero éste se defendía chillando.
--Vaya, ¿á que viene para mí?--dijo Miguel.
--¿Á que no?
En cuanto el papá abrió los brazos, el caprichoso infante se echó en ellos.
--¿Lo ves?--exclamó levantándole triunfante.
Entonces Maximina, dolorida y avergonzada, tanto más cuanto que su marido y Juana se reían á carcajadas de su derrota, quiso arrancárselo á viva fuerza. Miguel huía. Ella, cada vez más nerviosa y afligida, pugnando por no llorar, corría detrás de él. Por fin, no pudiendo alcanzarle, se retiró al despacho. Allí la encontró poco después Miguel, en pie, arrimada á la chimenea, tapándose los ojos con una mano en actitud de llorar. Avanzó suavemente, puso el niño en el suelo y le dijo:
--Anda, pide perdón á tu mamá y díle lo que me acabas de decir en secreto: que la quieres más que á nadie.
Al mismo tiempo acercó la boca del infante á la mano que tenía pendiente su esposa.
Al sentir el contacto de los labios frescos y húmedos de su hijo, la niña volvió la cabeza para mirarle. Al través de las lágrimas brilló en sus ojos una sonrisa de amor y perdón que es lástima que aquel ingrato arrapiezo no hubiese podido apreciar.
Una noche, después de comer, Miguel se emperezó como muchas veces y no quiso salir. Fueron al despacho y Maximina se puso á leerle el periódico. Después, sentada la esposa sobre las rodillas del esposo, comenzaron á departir, según costumbre, contándose las menudencias del día.
--¿Sabes que he tenido esta tarde una visita?--le dijo ella.
--¿Quién ha estado?
--Un joven--dijo la niña sonriendo maliciosamente.
Miguel no pudo reprimir un leve fruncimiento de cejas. Era muy celoso, como todo el que ama realmente, por más que procuraba ocultarlo cuidadosamente.
--¿Quién era el joven?
El tono un poquito áspero de la pregunta no se le escapó á Maximina.
--El cura de Chamberí.
--¿El viejecito que dice la misa de nueve?
--El mismo... Conque no te gustaba que fuese un joven, ¿eh, pícaro?--añadió abrazándole cariñosamente.
--¿Y á qué vino el cura?--preguntó Miguel rehuyendo, á su vez, la pregunta de su esposa.
--A empadronarnos... Me he reído un poco. Le abrí yo la puerta y me dice:--«Hola, niña, anda vé á decir á tu mamá que está aquí el párroco de Chamberí.»--«No tengo mamá»--le respondí.--«Entonces á la señora de la casa.»--«Soy yo»--le dije muerta de vergüenza.--Comenzó á hacerse cruces diciendo:--«¡Ave María, Ave María, qué jovencita!...»--Todavía se admiró más al saber que hace ya dos años y tres meses que estamos casados.
--Es claro, con esa carita redonda de niño llorón das un chasco á cualquiera.
--Eso debe de ser, porque no soy una niña ya; el mes que entra cumplo diez y ocho años.
Antes de irse á la cama abrieron el balcón para disfrutar un poco del espectáculo del cielo estrellado, apagando la luz previamente.
Era una noche tibia y serena de las postrimerías de Abril. Como se hallaban en un piso tercero, y aquel barrio estaba aún poco urbanizado, descubrían más de la mitad de la bóveda estrellada. En pie los dos, apoyada Maximina en el hombro de su esposo, contemplaron largo rato en silencio aquel espectáculo que eternamente será el más sublime de todos.
--¡Qué grande y qué hermosa es aquella estrella, Miguel! ¡Qué luz tan pura y tan blanca despide!--dijo Maximina apuntando al cielo.
--Es Vega. Pertenece á la constelación de la Lira y es la mas bella de nuestro hemisferio. Por lo demás, no es más grande y más hermosa que las demás, sino porque está á menor distancia: es una de las tres más próximas á nosotros.
--Aunque la hermana San Onofre nos lo estaba repitiendo siempre, yo no puedo figurarme que la tierra sea una estrella como esas, y más pequeña todavía.
--¡Y tan pequeña, Maximina! Cada una de las estrellas que ves, es millares y aun millones de veces más grande que la tierra. Nuestro sistema planetario, en el cual somos de lo más pobre é insignificante, forma parte de esa gran nebulosa que cruza el cielo como una faja blanca. Cada partícula de ese polvo es un sol como el nuestro en torno del cual giran otras tierras que, como la nuestra, no tienen luz propia. Para que te figures su tamaño, te diré que esta nebulosa está aislada en los cielos como una isla y tiene la figura de una lente; pues bien, para llegar un rayo de luz desde un extremo del eje mayor de esa lente al otro tarda diez y siete mil años. ¡Y la luz recorre setenta mil leguas por segundo!
--¡Madre mía, qué espanto!
--Pues esto no es nada. Nuestra nebulosa es una de tantas como pueblan el espacio. Hay otras muchísimo mayores. Con el telescopio constantemente se están descubriendo nuevas. Se inventa un telescopio de mayor fuerza que los anteriores, y entonces las nebulosidades se reducen á estrellas; pero más allá se encuentran nebulosidades que antes no se veían. Viene un telescopio de mayor potencia aún, y aquellas nebulosidades á su vez se reducen á estrellas; pero más allá aparecen nuevas nebulosidades... y así sucesivamente.
--¿De modo que el cielo no tiene fin?
--Es de presumir.
Maximina quedó unos instantes pensativa.
--¿Y en esos mundos habrá habitantes, Miguel?
--No existe razón alguna para que no los haya. Las observaciones que podemos hacer en nuestro sistema planetario acusan en los demás astros condiciones de vida muy semejantes á las nuestras... ¿Ves esa estrella grande y hermosa también como Vega? Es Júpiter, un hermano nuestro; pero un hermano mayor... mil cuatrocientas veces mayor que nosotros. Es un hermano privilegiado, el mayorazgo, como si dijéramos, del sistema. El día dura allí cinco horas y la noche otras cinco; mas como tiene cuatro satélites que le iluminan constantemente, y largos crepúsculos, puede decirse que las noches no existen. Las estaciones casi tampoco. Reina en toda su superficie una primavera eterna. Para nosotros es el símbolo ó ideal de una existencia feliz. ¿Por qué no han de existir habitantes en este mundo afortunado?
Volvió á quedar pensativa la niña, y dijo al cabo de un momento:
--¿Cómo se sostendrán esos mundos en el espacio y caminarán eternamente sin chocar?
--Se sostienen y viven por el amor... Sí, por el amor--repitió viendo la curiosidad pintada en los ojos de su esposa.--El amor es la ley que rige todo el universo. La ley sublime que une tu corazón al mío, es la misma que une á todos los seres de la creación, manteniéndolos, sin embargo, distintos. Unos somos en Dios, en el Creador de todas las cosas, pero gozando al mismo tiempo del hermoso privilegio de la individualidad... Sin embargo, este gran privilegio es al mismo tiempo nuestra gran imperfección, Maximina. Por él, estamos separados de Dios. Vivir eternamente unidos á El, dormir en su seno como el niño en el regazo de su madre, esa es la aspiración constante de la humanidad. El hombre que siente más viva y más imperiosamente esa necesidad, es el más bueno y el más justo. ¿Qué significa la abnegación ó el sacrificio? ¿Es por ventura otra cosa que la expresión de esa voz secreta que reside en nuestra alma, y que nos dice que amarse á sí mismo es amar lo finito, lo imperfecto, lo efímero, y amar á los demás es unirse con anticipación á lo Eterno? ¡Ay del hombre que no acude al llamamiento de esta voz! ¡Ay del que cierra los oídos á los suspiros de su alma y corre desalado en pos de los fenómenos fugitivos! Ese hombre será siempre un esclavo miserable del tiempo y la necesidad.
Miguel se iba exaltando á medida que hablaba. Maximina escuchábale con los ojos extáticos. No comprendía enteramente sus palabras, pero veía bien claro que todo lo que salía de los labios de su esposo era noble y elevado y religioso, y esto le bastaba para estar de acuerdo con él.