Part 23
--Antes de comenzar una escena como ésta--siguió el andaluz, haciendo ademán de despreciar la interrupción,--escucha una palabra, Miguel. Te he dicho ya que estoy resuelto á no batirme, porque _no quiero_ exponerme á matarte, ni á morir. Desde aquí me marcho á París, y probablemente no volverás á verme en tu vida. Si intentas detenerme, rechazaré la fuerza con la fuerza. Si me injurias, como estoy en un país en que nadie me conoce, no tiene para mí gran importancia. Y si se te ocurre contarlo en Madrid, además de publicar tu deshonra, nadie te creerá; porque no es creíble que un hombre que se ha batido catorce veces, cinco de ellas á muerte, evite por miedo el desafío con otro que apenas sabe tener un arma en la mano. Entiende, pues, que mi decisión es irrevocable.
--¡Bien, entonces te mataré como á un perro!--dijo Miguel, sacando del bolsillo un revólver.
--Si me matas (que ya cuidaré de que no suceda)--repuso Saavedra, sacando otro revólver,--irás desde aquí á la cárcel, y tu hermana quedará desamparada.
Miguel permaneció unos instantes suspenso. Encogióse después de hombros con gesto de soberano desdén, y dijo, guardando el arma:
--Tienes razón. La verdad es que como pillo, ¡lo eres en toda regla! Vámonos, Julia, vámonos. Me abochorna cruzar más tiempo la palabra con ese canalla.
Y cogiendo á su hermana por la cintura, la sacó de la estancia.
D. Alfonso los miró alejarse. Escuchó un rato sus pasos hasta que se perdieron. Encogióse de hombros también. Guardó el revólver, y mientras se arreglaba la corbata frente el espejo para salir, murmuró con sonrisa diabólica:
--No he salido tan bien como pensaba... pero no he salido del todo mal de esta aventura.
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XXVII
LUEGO que regresaron á la corte los hermanos, tuvieron noticia de un suceso que les impresionó dolorosamente. Vamos á referirlo desde el principio.
Con la cariñosa preferencia que Julia le dispensó la noche del sarao, nuestro heroico amigo Utrilla cobró alientos para medio año lo menos. Su dulce enemiga le hizo beber de un solo trago la copa del triunfo. Ebrio de amor y de orgullo, se necesitó luego que le estuviese dando desaires durante dos meses consecutivos para que este glorioso joven advirtiese que había cambiado un poquito de humor. Claro está que tal cambio no logró afectarle gran cosa, pues estaba bien seguro, ahora más que nunca, de la irresistible fascinación que ejercía sobre la hermosa. Aquel cerrar el balcón cuando él pasaba por su calle; aquel volver los ojos del lado contrario y no contestar á sus cartas no eran para nuestro mancebo sino «cándidos ardides» con que la muchacha pretendía enamorarle y tenerle más sujeto. Como prueba de ello, diremos que, hallándose en el teatro y habiéndose colocado frente á ella en un entreacto, sin quitarla ojo, le dijo un amigo, tocándole al mismo tiempo en el hombro:
--Hola, compañero; parece que le gusta á usted aquella morenita.
--Es antiguo--respondió seca y dignamente el ex cadete.
--Y ella, ¿qué tal?
--¡Pobre niña!--exclamó, sacudiendo la cabeza, y sonriendo con lástima.
El amigo observó, sin embargo, que en toda la noche la chica no volvió los ojos hacia aquel sitio y sí muchas veces hacia un palco bajo de proscenio donde había algunos jóvenes aristócratas.
Muy lejos, pues, de desanimarse, Utrilla era un hombre casi feliz. Lo hubiera sido enteramente si en vez de llevar la cuenta de las bujías expendidas estuviese ocupado en otro asunto más conforme con sus inclinaciones, y si hubiera tenido la buena fortuna de haber dado muerte á alguno en desafío ó al menos haberle herido peligrosamente. Pero hasta entonces, por desgracia, no se le había presentado una coyuntura favorable. Sin embargo, la esperaba con ansia, porque, á la verdad, le remordía la conciencia de tener ya muy cerca de diez y ocho años y «no haber ido una sola vez al terreno». Últimamente había empezado á dar lecciones de florete en una sala de armas, y en presencia del profesor y de sus compañeros había hecho alusiones á cierto proyecto mortífero que abrigaba, el cual no debía de ser otro, á nuestro juicio, que el quitar del medio á su rival Saavedra.
Trascurrieron, pues, los meses, y á horas fijas, con una constancia digna de mejor éxito, Utrilla gastaba los tacones de sus botas sobre las aceras de la calle Mayor, y aun los torcía. De vez en cuando, Julita solía saludarle con la mano, correspondiendo al enérgico sombrerazo que desde la calle le soltaba su enamorado. No obstante, la mayor parte de las veces acaecía que, viéndole asomar por una esquina, la hija del brigadier se apresuraba á cerrar el balcón, lo cual tomaba nuestro joven como signo de exquisito pudor, y miedo á sus penetrantes miradas. Lo más que se autorizaba murmurar era:
--¡Esta Julita, cuándo dejará de ser una chiquilla!
Á mantenerle en esta ilusión, era suficiente la fe inquebrantable que tenía en la virtud fascinadora de su mirada y gentil talante; pero, hay que confesarlo, algo contribuía también el que Julita, no muy piadosamente, se servía de él en ciertas ocasiones, cuando reñía con Saavedra, para dar á éste celos. Y algunas veces, en el teatro, aconteció, irse al viso con él en presencia del mismo caballero andaluz.
Así estaban las cosas cuando estalló la bomba, esto es, cuando Julita se escapó de la noche á la mañana con su primo. La primera noticia que Utrilla tuvo de este suceso se la comunicó la portera de la brigadiera, con quien mantenía cordiales relaciones, refrescadas de vez en cuando con alguna peseta volante. Como es natural, el ex cadete se negó resueltamente á creerla. Mas, cuando tuvo que rendirse á la evidencia quedó hecho una estatua, no griega por cierto. Los lentes se le cayeron de las narices, y sus ojos vidriosos de miope no expresaron nada, si no es la imbecilidad más absoluta. La nuez se le pronunció de un modo verdaderamente monstruoso.
Utrilla meditó, pasado el susto, qué era lo que le tocaba hacer en aquel caso extraordinario. Pensó en salir detrás de los prófugos, alcanzarlos y matar al raptor de una estocada; pero sobre ser dificilísimo alcanzarlos, ¿con qué carácter se presentaría á ellos no siendo ni hermano ni marido de la doncella robada? Desechado este proyecto, se le ofreció claro como la luz que lo único que venía bien en tal caso, era el suicidio. Después de martirizarse los sesos un día entero, no halló otra solución más adecuada.
Jacobo Utrilla, con la asombrosa perspicacia de que estaba dotado en estos asuntos delicados que atañen al honor, comprendió en seguida que el mundo no le perdonaría jamás el no haberse suicidado en aquella ocasión. Y como hombre que estimaba su dignidad por encima de todas las cosas, resolvió sacrificar en aras de ella la propia vida, tan dulce á todos los seres creados.
¡Noche aciaga la que precedió á aquel trágico desenlace! Utrilla estaba perfectamente enterado de lo que debía hacerse al llegar una situación como ésta. Hubiera podido escribir, sin inconveniente alguno, un _Manual del perfecto suicida_. Así que pasó hasta el amanecer escribiendo cartas y tomando café puro. Una de ellas era para su padre pidiéndole perdón, mas haciéndole ver, al mismo tiempo, con razones de peso, que si de otra manera obrase deshonraría el apellido que llevaba. Otra para Julia, muy digna, muy comedida, muy generosa; lo único que le rogaba era que fuese alguna que otra vez á depositar una flor sobre su tumba. La última, en fin, era para el juez de guardia, noticiándole «que á nadie se culpase de su muerte, etc.»
Cumplidos escrupulosamente estos altos deberes, se lavó y se vistió con toda pulcritud y demandó el chocolate. D.ª Adelaida, que se levantaba siempre al rayar el alba, se lo sirvió sorprendiéndose no poco de verle tan de mañana de aquel modo acicalado.
--Jacobito, ¿cómo te has puesto de negro? ¿Vas á algún funeral?
--Sí, señora... al de un amigo de usted--respondió con admirable sangre fría.
--¿Quién es?
--Ya lo sabrá usted.
Mientras tomó el chocolate estuvo oportuno y jaranero como nunca, haciendo reir á la buena señora con sus ocurrencias. Utrilla no era chistoso por naturaleza, ni solía levantarse casi nunca de buen humor; pero consideró de todo punto necesario en aquel caso excepcional variar sus costumbres. Porque era hombre práctico y conocedor como nadie de esta clase de asuntos.
--Vaya, vámonos de aquí al Campo santo--dijo poniéndose el sombrero y cogiendo el bastón.
--¿Pero son los funerales en el cementerio, Jacobito?
--No; es una misa que se dice en la capilla... Usted no querría que yo me quedase por allá, ¿verdad?
--¿Dónde?
--En el cementerio.
--¡Ave María, qué bromas tienes, Jacobito!
Este soltó una carcajada con carácter de histérica. Sacó los guantes del bolsillo, pero antes de metérselos despojóse de una sortija y se la entregó al ama de llaves diciéndole:
--Esta sortija la enviará usted á casa de D. Miguel Rivera para que se la entreguen cuando vuelva.
--¿Es un regalo?
--Sí; por los muchos que él me ha hecho.
Acto continuo este joven magnánimo y pundonoroso salió con firme paso de la estancia apercibido á cumplir con su deber. Ni la belleza del día, que estaba riente y esplendoroso como pocas veces, ni la perspectiva de los placeres con que la vida le brindaba, ni el recuerdo tierno de su padre le detuvieron en su marcha serena y majestuosa. Al pasar cerca de la fuente Cibeles un organillo tocaba un vals-polka que le recordó cierta aventura que había tenido en el salón de Capellanes. Sintióse un poco enternecido; pero su alma heroica se sobrepuso inmediatamente á este flaco movimiento.
Llegó al Retiro. Estaba solitario. Recorriólo con lento paso buscando con los ojos un paraje oculto y misterioso. Cuando lo hubo hallado se sentó en un banco de piedra, quitóse el sombrero y lo colocó cuidadosamente á su lado. Se desabrochó la levita y cruzó una pierna sobre otra, cuidando de estirar los pantalones para que no se viese el calcetín. Después, llevando la mano al bolsillo y cerciorándose de que las cartas estaban en su sitio, sacó un revólver pequeño y niquelado.
En aquel momento una poderosa tentación asaltó el alma constante del mancebo. Llegó á pensar que no había motivo para suicidarse; que valía más dejar las cosas correr; que el mundo daba muchas vueltas y él era demasiado joven para privarse de la existencia. Si Julia se había escapado, con su pan se lo comiera. Matarse era cosa grave, ¡muy grave!
No obstante, su fortaleza, nunca desmentida, logró vencer la horrible tentación.--«No--se dijo,--yo no puedo vivir ya dignamente. Todos los que están enterados de estas relaciones tendrían derecho á reirse de mí. ¡Y de Jacobo Utrilla no ha nacido todavía quien se ría!»
Se echó hacia atrás, apoyó el codo izquierdo en el respaldo del banco reclinando poéticamente la cabeza sobre la mano. Con la derecha acercó el revólver á la sien y disparó.
Ó porque le temblase un poco la mano (suposición que nada tendría de particular si no se tratase de este invencible joven de corazón indomable), ó porque el arma no fuese de las más seguras, lo cierto es que Utrilla cayó malherido, pero no muerto. Fué conducido á la casa de socorro, y desde allí á la suya. Su estado era muy grave. Cuando Miguel llegó de Lisboa á los tres días de este suceso trágico, fué inmediatamente á visitarle. Quedó profunda y penosamente impresionado. La bala había interesado el nervio óptico y el infeliz estaba ciego. La junta de médicos no había dado un veredicto favorable. Estando la bala dentro del cráneo, muy cerca de la masa encefálica, auguraban que no era posible que viviese mucho tiempo. Cualquier movimiento traería consigo la muerte repentina.
Mas lo extraño y terrible del caso es que el infeliz muchacho, ciego ya, yacente en la cama, asaeteado por tremendos y prolongados dolores, no quería morir. Con gritos lastimeros que partían el corazón y arrancaban lágrimas á todos los circunstantes, pedía á su padre y hermanos que le hiciesen vivir, vivir á todo trance, aunque quedase sin vista.
No fué posible. A los doce días de haberse herido falleció aquel intrépido y desdichado joven. Miguel le asistió hasta sus últimos momentos.
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XXVIII
POR acuerdo de todos quedó resuelto que la brigadiera y su hija se alejasen de Madrid y fuesen á vivir al Astillero de Santander.
Era el único sitio que, por tener ya casa alquilada, les ofrecía de pronto un retiro secreto para ocultar su vergüenza. Después que las hubo despedido, Miguel quedó algo más tranquilo. No obstante, una profunda tristeza se había apoderado de su corazón. Ni el amor de su esposa ni las gracias infantiles del niño eran bastante á disiparla. Y era que, á más del dolor que le causaba la desgracia de su hermana, vivía atormentado con la idea de su próxima ruina. No se le ocultaba que Eguiburu se apercibía como un tigre para dar el salto y caer sobre él y descuartizarle. Á Mendoza le veía muy de raro en raro. Observó que evitaba su encuentro, y cuando no podía menos, la plática era breve y embarazosa para ambos.
Un día entró en casa al oscurecer, bastante pálido. Maximina que, como siempre, salió á recibirle con el niño entre los brazos, no pudo observarlo por la falta de luz. Besó á su hijo con efusión varias veces y entró en el despacho. Su mujer se quedó á la puerta, inmóvil, mirándole con tristeza.
--Una luz--dijo en tono imperioso.
Maximina corrió al comedor, dejó al niño en poder de Juana, y ella misma le trajo el quinqué encendido. Miguel no reparó en ella y se puso á escribir. Cuando al cabo de unos instantes levantó la cabeza, viola apoyada en la chimenea, mirándole tristemente con los ojos arrasados de lágrimas.
--¿Por qué estás así? ¿Qué tienes?
La niña se acercó á él lentamente y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo, esforzándose por sonreir:
--¿He cometido alguna falta, Miguel?
--¿Pues?
--¡Como siempre al entrar me das un beso y hoy no has hecho ningún caso de mí!... Has besado al niño nada más...
Miguel se levantó y la abrazó estrechamente.
--No, mi Maximina, si he besado al niño solamente es porque venía pensando en él, preocupado con su suerte.
Después, sin poder articular otra palabra, se dejó caer súbito en el sillón sollozando.
Maximina quedó como si en aquel mismo momento viese hundirse la casa. Pasado el primer instante de estupor, se precipitó sobre él para abrazarle.
--¡Miguel, Miguel de mi vida! ¿Qué tienes?
--La desgracia pesa sobre nosotros, Maximina--respondió con el rostro entre las manos.--¡Os he arruinado estúpidamente, á ti y á mi hijo!
--¡No llores, no llores, Miguel!--exclamó la niña, acercando sus labios al rostro de su esposo.--Yo nada tenía, ¿cómo me habías de arruinar?
Cuando se hubo calmado un poco, le explicó lo que pasaba. Eguiburu le citaba al día siguiente, de conciliación, para reconocer las firmas y contaba presentar en seguida demanda ejecutiva.
--¿Te acuerdas de aquel día en que después de haber afianzado los treinta mil duros del periódico, para que pudiese continuar, te pregunté tu opinión? No te atreviste á decirme que había obrado mal, y contestaste con una evasiva. ¡Qué razón tenías!
--No, Miguel, no; estás equivocado--respondió ella, deseando evitar á su esposo la vergüenza de haber obrado con menos seso que una mujer.--¿Qué sabía yo de esas cosas? Si tú lo has hecho mal, yo lo hubiera hecho mucho peor... Pero, después de todo, lo que nos ha sucedido no es para que te apures tanto. Nos hemos quedado sin dinero. Bien ¿y qué? Trabajaremos para comer, como tantos otros. Yo estoy acostumbrada á ello: no soy una señorita: puedo vivir con mucha estrechez, sin padecer nada. ¡Ya verás qué poco te gasto! Y nuestro chiquitín, cuando sea grande, trabajará también, y será un hombre de provecho. ¡Vaya si lo será! Acaso, si supiera que no necesitaba trabajar, se entregaría á los vicios como otros jóvenes ricos. Y sobre todo, él, lo mismo que yo, lo que quiere es tener á su papá tranquilo, y contento, con dinero ó sin dinero.
¡Oh, qué suaves sonaron aquellas palabras en los oídos del atribulado Miguel!
--¡Eres mi ángel bueno, Maximina!--dijo besándole las manos.--No sé qué tienen tus palabras que endulzan instantáneamente mis amarguras, me sosiegan y me calman como si entrase en un baño aromático... ¿Dónde has aprendido esa elocuencia tan hermosa, vida mía?--añadió sentándola sobre sus rodillas.--No me lo digas; ¡de aquí sale todo!
Y la besó sobre el pecho, en el sitio del corazón.
Los esposos departieron todavía largo rato, tranquilos, risueños bebiendo con los labios y con los ojos el néctar divino del amor conyugal. ¡Caso extraño! A pesar de hallarse en vísperas de una gran calamidad, Miguel no recordaba haber pasado un rato más feliz en su vida. Y aunque los sucesos que á los pocos días se efectuaron le hubiesen entristecido, gracias á este bálsamo reparador, no lograron abatir su ánimo.
Eguiburu, al fin, cayó sobre su presa. La demanda ejecutiva prosperó. Las dos casas de Miguel de la calle del Arenal y Cuesta de Santo Domingo se subastaron en 48.000 duros. Si la enajenación hubiera sido voluntaria, no hay duda que se habría sacado bastante más por ellas. Los compradores se valieron de la ocasión, como era lógico.
El importe total de la deuda de nuestro héroe, sumando intereses y gastos, ascendía á 50.000 duros. Quedaba, pues, un pico por pagar. Miguel vendió una parte de su mobiliario y algunas joyas para hallarse enteramente libre. Hecho esto, buscó un cuarto barato en los barrios extremos de Madrid. Hallólo en Chamberí bastante bonito en el piso tercero de una casa recién construida, por el módico precio de doce duros mensuales. Se trasladó inmediatamente á él, y lo arregló bastante bien con el resto de sus muebles. La casa era chica; pero gracias á los esfuerzos de Maximina, quedó pronto convertida en una mansión bastante agradable. La mejor habitación se destinó para despacho de Miguel, pues renunciando á las visitas de cumplido, no necesitaban sala. De las criadas no conservaron más que á Juana, la cual se prestó á ser cocinera. Las demás, al saber que se las despedía, empezaron á llorar perdidamente: sobre todo Plácida estaba inconsolable.
--Señorita, por Dios me lleve consigo. Con usted voy sin salario á comer patatas en cualquier parte.
Maximina conmovida la consoló diciendo que no se iban de Madrid y que fácilmente podrían verse. El portentoso niño, cuyos rápidos progresos en los últimos tiempos habían llegado hasta el grado, verdaderamente increíble, de levantar las manos al cielo en cuanto oía cantar «¡Santa María, qué mala está mi tía!», fué objeto de feroces y encarnizados achuchones por parte de las domésticas, al despedirse.
Una vez instalados, pensó Miguel, como era justo, en procurarse algún sueldo para vivir, aunque fuese de aquel modo modestísimo. La política le horrorizaba: así, que desechó el periodismo, á pesar de ser la única profesión en que se había ejercitado. Supo que iban á salir unas plazas á oposición en el Consejo de Estado y se determinó á concurrir á ella. En el amor de su esposa y de su hijo y en la idea del deber, que jamás le había abandonado enteramente, y que ahora con la desgracia se levantaba vigorosa en su espíritu, halló estímulo y fuerza, no sólo para dedicarse con ahinco á estudios contrarios á sus inclinaciones, sino para vencer su orgullo. Un joven que había brillado en la sociedad madrileña, que estuvo al frente de un periódico y á dos dedos de ser diputado, era imposible que dejase de sentir cierta vergüenza disputando una plaza de doce ó catorce mil reales en contienda pública. Entregóse al estudio del derecho administrativo con tal furor, que apenas salía de casa, si no es por la noche un rato, para refrescar la cabeza.
El poquísimo dinero que le había quedado, gastábalo con moderación á fin de que alcanzase hasta la época de las oposiciones, que habían de efectuarse pasado el verano, hacia el mes de Octubre ó Noviembre. Maximina era para eso un modelo. No sólo no gastaba nada con su persona, pues tenía bastante ropa, sino que en el gasto de la casa hacía prodigios de habilidad para reducirlo á la mínima expresión. Miguel se apenaba y hasta vertía lágrimas en secreto cuando la veía hacer ella misma el jabón, porque salía unos céntimos, más barato que en la tienda, y estar muchas veces al cuidado de la cocina, cuando Juana había ido á un mercado lejano donde la arroba de patata era un real más barata, y a planchar la ropa más fina, etc., etc. Pero ella parecía feliz, más feliz acaso que cuando estaba en la opulencia. El lujo de la casa de la plaza de Santa Ana la imponía cierto respeto. Como ella no hacía la limpieza ni manejaba los muebles, apenas los tenía por suyos. Ahora, todo lo contrario. Ella los había colocado donde estaban después de graves perplejidades; les quitaba el polvo todos los días, barría y cepillaba la alfombra, limpiaba con polvos de asta de ciervo los tiradores de metal, lavaba con cuidado los cristales de la librería de su esposo, hacía, en fin, todos los menesteres de la casa. Era un placer para Miguel, no exento de melancolía, verla por las mañanas con un pañolito de seda atado á la cabeza al uso vizcaíno, y otro de estambre á la cintura, empuñando con garbo el plumero y la escoba y tarareando muy bajito algún zorcico sentimental de su tierra.
Pero Maximina entendía con exageración la economía en lo referente á su persona. Esto causaba hondos disgustos á Miguel de vez en cuando. Sin que él lo supiese, había suprimido el chocolate por la tarde. Cuando lo averiguó se puso furioso.
--¡Á quién se le ocurre! ¡Reducir el alimento cuando estás criando! Es una insensatez y hasta un pecado. Te lo prohibo, ¿lo entiendes? Antes que á ti te falte que comer, iré yo á partir piedras en una carretera ó á pedir limosna. Ya lo sabes.
--No me riñas, por Dios, Miguel. Es que no tenía ganas de chocolate estos días.
--Pues haber tomado otra cosa.
--No tenía gana de nada.
--Vaya, vaya, Maximina, dejémonos de tonterías... y que no vuelva á suceder.
Aunque la niña procuraba ocultar los pies en su presencia, otra vez advirtió que tenía las zapatillas rotas.
--¿Qué es eso?--le dijo.--¿Por qué no compras otras zapatillas?
--Ya las compraré.
--Es necesario comprarlas hoy mismo; están muy rotas.
--Bien, sí; hoy mismo mandaré por ellas.
Y procuró distraerle hablándole de otra cosa.
Pasados cinco ó seis días, volvió á observar que traía las mismas.
--¡Qué chiquilla eres, Maximina!--exclamó enfadado.
--¡No me riñas, no me riñas!--se apresuró á decir la niña, abrazándole y sonriendo avergonzada. Una palabra dura de Miguel era para ella el mayor de los disgustos.
--¡Cómo no he de reñirte si ya no me obedeces!
--Perdóname.
--Voy á tomarte la medida y hoy mismo te traigo unas zapatillas.
--¡Ah, no!--dijo con precipitación.--No tengas cuidado. Mandaré en seguida por ellas.
La razón de este sobresalto era que temía que su esposo las trajese más caras de lo que á ella le convenía.
Miguel, por su parte, también hacía economías en su persona, aunque no tan extremas. Pero esto no lo podía sufrir Maximina. Cuando le veía ponerse el hongo y un pañuelo de seda al cuello para ahorrar el sombrero de copa y los trajes buenos que tenía, hacíase la enfadada.
--¡Qué fachota traes! No me gustas así, Miguel.
--Es que no tengo ganas de arreglarme. No voy más que á un recado y vuelvo en seguida.
Si al cabo de unos cuantos días encontraba el mismo dinero en su chaleco, le decía con tristeza:
--No gastas nada, Miguel, ¿En el café, no tomas ninguna cosa? ¿Por qué no vas alguna noche al teatro?
--Porque ahora estoy muy ocupado. Ya iré en cuanto pasen las oposiciones. Además, hay que ahorrar un poquito.
--¡Cuánto me duele que no gastes como antes!--exclamaba abrazándole.--Por mí te impones esos sacrificios. Si fueses sólo vivirías mucho mejor.
--Vamos, no digas absurdos, Maximina. Sin ti no viviría mal ni bien... me moriría--contestábale riendo.