Maximina

Part 20

Chapter 203,948 wordsPublic domain

--¡Hombre, qué desconfianza!

--Toda es poca, mi señor; toda es poca.

Tranquilizóse al saber que la carta era para su mujer, y acto continuo le convidó á beber una botellita de cerveza. Para el jefe de la Casiña el beber cerveza era una función augusta de la vida. Tenía espantado al pueblo porque se decía, quizá con verdad, que bebía cinco duros diarios de este licor. No poco ayudaba tal prodigalidad, verdaderamente horrible en aquel país, á mantener su prestigio. D. Servando era el único rico que gastaba todas sus rentas en Serín, y eso que estaba soltero.

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XXII

LO primero que los de la Casiña exigieron de Miguel para afianzar su elección fué que trabajase para destituir al alcaide de la cárcel, quitar la cartería á D. Matías y el estanquillo á un sujeto llamado Santiago, todos amigos de don Martín. Y efectivamente, Miguel escribió al gobernador y á sus amigos de Madrid. A los cinco ó seis días vino la separación del estanquero y de D. Matías, y poco después la del alcaide, nombrándose en su lugar á otras tres personas adictas á la cerveza de D. Servando. Este, al escuchar la noticia, se dignó sonreir y bebió tres vasos sin respirar. Los amigos vislumbraron en aquélla sonrisa y en la succión de los tres vasos tanto y tan hondo misterio, que se miraron henchidos de fe y entusiasmo por su jefe.

Pero los de la Casona estaban envalentonados á pesar de hallarse en la oposición, y proclamaban á los cuatro vientos la candidatura de Corrales, que por haber sido ministro varias veces gozaba de mucha notoriedad en el país, aunque no dispusiese de la fuerza oficial. Verdad que era dueño de los ayuntamientos de Agüeria y Villabona y que la votación de estos concejos compensaba muy bien la mayoría que en Serín pudieran llevarles sus contrarios. Aunque la elección fuese por sufragio universal, unos y otros tenían perfectamente calculadas sus fuerzas. Por eso la primera cuestión que se puso sobre el tapete aquella noche en casa de D. Servando, una vez conseguida la separación del alcaide, fué la suspensión de los ayuntamientos citados, la cual debía llevarse á cabo antes de comenzar el período electoral. Hallábanse discutiendo los medios más conducentes para conseguir tal propósito, cuando penetró en la estancia uno de los numerosos espías que D. Servando tenía en el pueblo, y les dijo que D. Martín había tomado asiento para el día siguiente en la _Ferrocarrilana_. Honda perturbación causó la noticia entre los circunstantes, y desde luego se supuso, aunque nadie osó preguntarlo, que D. Servando le acompañaría en el viaje, pues tal era la costumbre desde tiempo inmemorial. En cuanto D. Martín se movía del pueblo, su contrincante hacía la maleta y le seguía adonde quiera que fuese, suponiendo que cuando marchaba por algo sería, y este algo no podía ser otra cosa que algún daño para él ó para sus amigos. Cuando don Servando emprendía un viaje, su enemigo D. Martín hacía lo mismo. Todos en la villa conocían la costumbre y nadie se maravillaba.

En efecto, D. Servando, luego que todos se fueron, mandó á su criado á tomar un asiento de berlina en la _Competencia_. No se despidió de Miguel, pero lo dejó todo prevenido para que no le faltase nada durante su ausencia, la cual duró dos días. Al cabo de ellos regresó, ó por mejor decir, regresaron ambos jefes. Don Martín no había ido á la capital más que á orificarse una muela.

Todos los días recibía Miguel una cartita de sobre cuadrado y hermosa y grande letra inglesa (la del colegio de Vergara). Maximina no escribía largo, pero sí mucho más que cuando soltera. Su instinto le decía que Miguel no podía reirse ya de las nonadas que le contase, sobre todo si se referían al niño. En todas ellas se advertía un deseo irresistible de que volviese pronto á sus brazos, aunque procuraba ocultarlo para no turbarle en sus quehaceres.

«Ayer Julita me llevó al paseo. Estaba concurrido y ella muy animada. Yo cuando volví á casa sentí una tristeza tan grande que no te la puedo explicar. Recordaba que la última vez que paseé por la Castellana fué contigo, mi vida, mi todo.»

La niña de Pasajes, por la influencia de su marido, que no era nada parco de cariñosas palabras, se había hecho más expansiva en sus caricias. Á toda mujer amante le pasará lo mismo si tiene un marido como Miguel, un poco mimoso.

«Esta noche me desperté sobre las cuatro ó las cinco, y sin saber lo que hacía, fuí á dar un beso á Julia en el cuello figurándome que eras tú. Antes de hacerlo volví en mí: me acometió un dolor tan vivo que estuve llorando una hora. No sé cómo Julia no despertó. Perdóname que te diga estas cosas, mi vida, soy una tonta. Lo principal es que te vaya bien como dices y logres tu deseo. Tiempo nos queda, si Dios quiere, para estar juntos. No dejes, por Dios, de rezar las oraciones de costumbre al acostarte.»

Cada carta le ponía á nuestro candidato melancólico y pensativo para un rato.--«¡De qué buena gana mandaría á paseo á estos cafres y me iría á dar un abrazo á la hija de mi suegra (que Dios haya!)»--se decía algunas veces.

Pero como el negocio marchaba viento en popa, lo sufría con paciencia. Escribió á Madrid á varios amigos para que gestionasen la suspensión de los citados ayuntamientos enemigos. Mendoza, y lo mismo los otros, le contestaron que el presidente y el Ministro estaban conformes. Sin embargo, se pasaban los días y la orden no venía.

Otro asunto traían entre manos los de la Casiña que les preocupaba, aunque no tanto como el anterior. Era la carretera desde Serín á Agüeria, que el vecindario de ambos puntos ansiaba que saliese á subasta. Muchas veces se había gestionado por ambos bandos sin resultado: últimamente el General les había prometido trabajar hasta conseguirlo; pero su partida á Alemania frustró las esperanzas de los partidarios de D. Servando, los cuales esperaban que el distrito les debiese á ellos el beneficio y no á los de la Casona. Mas hete aquí que averiguan que éstos gestionan activamente en Madrid la subasta por medio de Corrales, quien como ex-ministro y persona muy conocida en la política, no dejaba de sostener buenas relaciones con los actuales ministros. Entonces los de la Casiña se alarman y obligan á Miguel á poner en juego otra vez sus influencias para que de ningún modo se conceda el favor á Corrales y sí al candidato oficial que ellos apoyan. De Madrid responden á Miguel que el negocio está en vías de arreglo: más tarde recibe otra carta en que le dicen que el ministro ha prometido sacarla inmediatamente: después otra en que le anuncian que la orden saldría muy pronto en la _Gaceta_. Pasaba, no obstante, lo mismo que con la de la suspensión. No acababa de llegar.

Y los genízaros de D. Servando, aunque muy confiados en el triunfo, se iban impacientando y apretaban á Miguel, quien á su vez se impacientaba mucho más por sus indirectas, y sentía atroces impulsos de decirles una insolencia.

Una tarde, hallándose como de costumbre bebiendo cerveza en el escritorio de D. Servando, oyeron la explosión de una bomba en los aires. Quedaron súbito, graves y silenciosos con el oído atento. Estalló al instante la segunda y uno de los presentes dijo:

--Son cohetes.

--¿Cohetes á estas horas?

Y las siete ú ocho personas que allí había se miraron sorprendidas y no poco alarmadas, porque los dos bandos vivían en perpetuo sobresalto.

--¿Hay alguna función de iglesia mañana?

--No, señor.

--Que salga uno á enterarse...

Salieron dos; los cuales volvieron á los pocos minutos, agitados y pálidos, diciendo con voz temblorosa:

--Los cohetes se están disparando desde los balcones de la Casona.

--¡Esos p... han recibido la noticia de la subasta!

La zozobra y el terror se apoderó de todos los corazones. Por un movimiento simultáneo volvieron los ojos hacia el jefe, ilustre por su prudencia.

D. Servando bebió pausadamente dos vasos de cerveza, y después de limpiarse repetidas veces los labios con el pañuelo, rompió el afanoso silencio diciendo:

--Alcalde, vaya usted al Ayuntamiento y mande los dos alguaciles á la Casona á prevenirles que no arrojen más cohetes. El artículo 62 de las Ordenanzas municipales prohibe que se arrojen sin permiso de la autoridad.

Los genízaros dejaron escapar un suspiro de satisfacción. No en vano habían depositado su confianza en el astuto caudillo.

Salió el alcalde y quedaron comentando el suceso, esforzándose por explicar cómo la noticia había llegado primero á los _otros_ que á ellos. La opinión general era que les habían hecho una trampa en correos.

Los amigos de D. Martín, irritados por la prohibición del alcalde, reunieron la orquesta del pueblo, compuesta de diez ó doce instrumentos, casi todos de metal, y ofreciendo á los músicos una buena propina, á más de un pellejo de vino que se les mostró para animarles, les hicieron recorrer el pueblo tocando, y luego los situaron en medio de la plaza, donde comenzó á acudir la gente al reclamo: los mozos improvisaron un baile y hubo vivas á D. Martín y á la carretera.

Nuevo y doloroso conflicto para los de D. Servando, reunidos en cónclave.

--Alcalde--tornó á decir aquél,--mande usted cesar á la música. Las Ordenanzas municipales, arts. 59 y 60, previenen que se solicite el permiso de la autoridad para esta clase de manifestaciones.

Pero los de D. Martín no se acobardaron. En cuanto se les intimó la orden, sintiéndose fuertes, porque el público, ganoso de jolgorio, les apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ría y que divide el término municipal de Serín del de Agüeria por extraño caso. Una vez fuera de la jurisdicción del alcalde enemigo, la música bramó y chilló de un modo horrísono, y los de D. Martín, animando á la muchedumbre á seguirles, volvieron á organizar los bailes y á prorrumpir en vivas. Así pasó la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la Casiña, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, _El Occidente_, periódico de D. Martín, que le tocaba salir al día siguiente, los insultaba más que nunca y se burlaba de ellos de un modo cruel. En Serín había dos periódicos semanales: uno _El Occidente_, de los de la Casona, que aparecía los jueves, y otro _La Crónica_, de D. Servando, que se publicaba los domingos. Estas eran las dos serpientes á que aludíamos al describir el paraíso de Serín. _La Crónica_ estaba escrita casi entera por un ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas había términos marítimos. Á D. Martín solía llamarle «el pailebot Martín Pescador», y á su mujer «la fragata de alto bordo doña Manuela», lo cual hacía morir de risa á sus partidarios. _El Occidente_ estaba encomendado á un maestro de escuela, quien para insultarles rebuscaba los términos más estrambóticos del diccionario. Aquel día llamaba á D. Servando «tozudo y zorrocloco», y para Miguel también tenía algunas alusiones desvergonzadas. El primero tomó su «zorrocloco» con mucha filosofía; pero el segundo, poco avezado á las polémicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y declaró «que estaba resuelto á abofetear y escupir en la cara al director de aquel papelucho».

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

--Despacio, despacio, mi señor--dijo aquél con la flema de siempre.--No le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

--¿Y qué tenemos que ver aquí con el juez? Se trata de un asunto de honra que se resolverá pegándonos ese individuo y yo una estocada ó un tiro.

Los circunstantes se miraron aún con mayor susto. En Serín eran desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente, no había que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que había anunciado, Miguel corría gravísimo riesgo de ir á la cárcel y aun de ser incapacitado. Convencido á la postre, renunció á su proyecto, aunque de mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres días llegó la orden de suspensión de los Ayuntamientos de Villabona y Agüeria. ¡Entonces sí que hubo jarana y cerveza en la Casiña! D. Servando, para dar matraca á sus enemigos, hizo salir á la música y la tuvo doce horas cencerreando por las calles. Aquel día no quedó ni un solo cohete por disparar en Serín.

Con este golpe quedó asegurada por completo la elección de Miguel. Los de la Casona así lo comprendieron, y con las orejas caídas empezaron como siempre á gestionar el indulto. Faltaban solo nueve días para abrirse el período electoral.

Mas aquí conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

¡Oh instabilidad, mudanza cierta! ¿Quién habrá que en sus males no te espere? ¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?

Dos días antes de empezar dicho período, cuando los partidarios de la Casiña andaban alegres y descuidados, y mustios y emberrenchinados los de la Casona; cuando se susurraba y aun se daba por segura la retirada de Corrales, y Miguel se disponía á regresar á la corte, pues su presencia ya no era necesaria en el distrito, he aquí que cae en Serín, como una bomba, la noticia de haber sido repuestos los Ayuntamientos suspensos. Por desgracia la noticia era exacta. Los amigos de D. Servando, después que se hubieron repuesto un poco de la sorpresa (pues en un principio ni acertaban á hablar siquiera), convinieron en que era una equivocación ó había pasado «algo gordo» en Madrid. Como no había telégrafo para entenderse con el Gobernador, Miguel decidió, acto continuo, alquilar un coche y plantarse á escape en la capital.

Á pesar de la cordialidad con que le recibió, de los abrazos efusivos y la sonrisa campechana, nuestro candidato vió claramente en los ojos del Gobernador que algo tenía en la trastienda y desde luego se propuso sacarlo á luz cuanto antes. Comenzó, pues, á estrecharle con preguntas, á las cuales el jefe civil de la provincia contestaba en términos vagos. Nada sabía de las causas de aquella reposición. Acaso surgirían dificultades en el Consejo de Estado... Acaso el ministro consideraría innecesaria la suspensión para ganar las elecciones...

--Si el ministro lo ha hecho por sí solo, sin el acuerdo del Presidente, no ha obrado bien. ¿Tú crees que el Presidente tiene noticia de lo que ocurre?--preguntó Miguel.

--Hombre, yo no sé...

--Es que tengo su palabra terminante de que el Gobierno me apoyará con todas las fuerzas de que dispone. Sin esta palabra nunca me hubiera presentado candidato por un distrito que no conocía...

--Chico, no sé... no sé...

--Castro--dijo Miguel apretándole fuertemente una mano y mirándole con severa fijeza.--Eres mi amigo, y vas á decirme la verdad... ¿Qué ocurre?

--Ya comprenderás que mi posición no me permite hablarte con franqueza. Si pudiera lo haría.

--Ó eres ó no mi amigo. Díme lo que ocurre--insistió Miguel con energía.

--Pues bien, si me das tu palabra de caballero de que no harás uso ninguno de ello, te lo diré.

--Te la doy.

--¡Mira que te obligas á mucho!

--Te la doy. Habla.

--Quedamos en que no harás nada que signifique que sabes lo que voy á revelarte... Observando desde hace algún tiempo, y sobre todo en estos últimos días, que respecto á tu elección el ministro cerdeaba bastante, y sabiendo la amistad que te une al Presidente y las conferencias que con él has tenido, quise consultar con éste para saber de una vez á qué atenerme. Ayer telegrafié á su secretario. Mira la contestación que he recibido.

El Gobernador mostró un telegrama descifrado ya que decía:

«Candidato oficial.--D. Miguel Rivera.

Diputado.--D. Manuel Corrales.»

Miguel lo retuvo algún tiempo entre las manos. Dibujóse en sus labios una sonrisa triste é irónica.

--Está bien--dijo, arrojándolo sobre la mesa.--Una pedrada más de las muchas que el mundo me ha tirado.

--Lo siento en el alma, chico. El Presidente se habrá visto apretado; porque ya ves, Corrales es una persona muy importante de la situación pasada... Mañana puede ser ministro... y la política es así, chico... Hoy por tí y mañana por mí.

--Sí, sí, ya veo cómo es la política. El Presidente me ha dado su palabra de caballero de apoyar mi candidatura frente á la de Corrales: me ha hecho escribir una porción de cartas y mover numerosas relaciones; me ha obligado, últimamente, á separarme de mi mujer y mi hijo. El Presidente hacía todo esto, por lo visto, con la intención de venderme. Yo no sé qué nombre tiene esto en política; pero en castellano, sé que se llama _una bajeza_, _una vileza_ (recalcando las palabras)... Queda con Dios, chico--añadió alargándole la mano.--Te agradeceré siempre, de todos modos, lo que por mí has hecho y la buena acogida que me has dispensado.

--Oyes--le dijo el Gobernador cuando ya salía.--Se me olvidaba decirte que aquí se ha recibido un telegrama para tí que debe de ser de tu familia.

Miguel se sobresaltó.

--¿Qué dice?

--Aquí debe estar; toma.

El parte era de su madrastra, y decía:--«Vente inmediatamente. Te necesito para un negocio urgentísimo».

Hasta cierto punto, le tranquilizó su contenido, porque, si estuviera enfermo alguno, lo diría. Pero como de todas suertes daba lugar á dudas, agitado y triste se metió aquella misma tarde en la diligencia con dirección á Madrid.

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XXIII

LA cortesía exquisita, abrumadora, de D. Alfonso Saavedra, sus atenciones delicadas con todo el mundo, sus modales respetuosos con las damas, ocultaban una soberbia satánica y una impudencia ilimitada. Desde muy temprano se había hecho eje del mundo, según la expresión vulgar, y profesaba el desprecio absoluto de la humanidad. Entre los jóvenes ricos, hijos de familias aristocráticas, no es rara esta conducta. El desprecio de todo es la única moda que no varía nunca entre ellos. Pero la mayoría no saben pasar de aquí, y llenos de celo, no ambicionan otra cosa que poder manifestar á sus semejantes, en cuantas ocasiones se presentan, este nobilísimo desdén, que forma parte integrante de su soberanía. Mas tal adorable ingenuidad les suele acarrear disgustillos á veces. Y aun se da el caso de que su desprecio no sea bien apreciado y comprendido; porque entre las muchas y ridículas manías que padece la humanidad, una de ellas es la de que no se la desprecie. Y no vale razonar este desprecio diciendo: «Yo debo noventa mil duros; soy vizconde y tengo mucha nuez; juego portentosamente al bacarrat; un antepasado mío calzaba las botas á Felipe II; guío un carruaje como el mejor mayoral y hace pocos días, entre otro vizconde y yo «tomamos el pelo» á un sabio en casa de Vallehermoso; llevo unos pantalones tan notables que obligan á volver la vista á los transeuntes y estoy enredado con una bailarina del Real, á quien pagan otros.» Nada; la humanidad se empeña en no reconocer la gravedad é importancia de los motivos que estos preclaros jóvenes alegan para despreciarla.

D. Alfonso, más cauto por naturaleza y más experimentado también por su estancia en países extranjeros, comprendía que era conveniente transigir con tal manía; pero en el fondo profesaba las mismas ideas. Aquel precepto de la filosofía kantiana, muy á la moda entonces: «No tomes á la humanidad como medio, sino como fin» era para él letra muerta.

Después del fracaso del Retiro, aunque herido en lo más hondo y lo más vivo de su orgullo, supo disimular perfectamente, y si no se presentó más en casa de Miguel no fué porque su resentimiento se lo estorbase, sino por el temor de que Maximina, prevenida ya, tomase una violenta resolución que le comprometiese. No conocía bien su carácter. Cuando halló al matrimonio, por casualidad, en la calle, estuvo tan fino y atento como siempre, disculpando su ausencia prolongada muy donosamente con un tío que le había salido de repente y cuya descripción viva y acabada les hizo. Saavedra, sin tener ingenio ni instrucción, poseía cierta entonación burlona y algo cómica que provocaba la risa, y también un poco de repulsión hacia su persona. Cuando acababa de «disecar á algún amigo,» la impresión que quedaba en los oyentes era penosa. Maximina, al tropezar con él se había puesto como una cereza y le costó grandísimo trabajo serenarse. Por fortuna, Miguel no lo advirtió.

El día mismo que éste se marchaba á Galicia, volvió á ver á Saavedra en el Ateneo, adonde solía acudir algunas veces el lechuguino á leer los periódicos franceses. Dióle cuenta de su viaje y se despidió. D. Alfonso quedó largo rato sentado en un diván. Una arruga cada vez más profunda se le fué señalando en la frente. Después, repentinamente, se deshizo la arruga, adquirió el rostro la expresión indiferente y desdeñosa de siempre y se levantó. Algo quedó resuelto debajo de aquella frente; algo que tenía poco que ver con el mandamiento de Kant y menos con los de la ley de Dios.

En casa de la tía se enteró de que Julita iría á dormir con su cuñada y la acompañaría todo el tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones. Estas se reducían casi á las lecciones de piano y canto. Por nada en el mundo permitiría la brigadiera que dejase un sólo día de teclear las cuatro horas de reglamento y de hacer los gorgoritos señalados. D. Alfonso pasó cuatro ó cinco días meditando, espiando entradas y salidas, combinando planes. En este tiempo se mostró más amable que nunca y más rendido con su prima; pero rehusó acompañarla á casa de Miguel alegando diferentes pretextos.

Los sábados almorzaba siempre en casa de la brigadiera. El primero que le tocó, después de la marcha de Miguel, Julita, aunque almorzaba siempre con su cuñada, vino á casa por honrar al primo y porque ya no le era posible disimular el arrebatado amor que le profesaba. Durante el almuerzo estuvo jovial y divertido como siempre. Sin embargo, los ojos amantes de Julita creyeron advertir en sus ademanes cierta inquietud, como si estuviese preocupado con alguna idea. Naturalmente, la achacó á lo que más le convenía; al amor, cada vez más receloso y más ardiente, que su primo la demostraba. Cuando hubieron terminado, éste la preguntó en tono indiferente:

--¿Viene hoy el profesor de piano?

--Sí, á las cuatro.

--Entonces no volverás á casa de Maximina hasta que hayas dado la lección--volvió á decir con más indiferencia si cabe.

--Desde luego: no es cosa de andar yendo y viniendo--contestó la brigadiera.

Pasaron al gabinete, y Julita se sentó al piano y don Alfonso al lado de ella. Las ternezas que el primo la susurraba apagábalas la gentil chiquilla con un _forte_ oportuno.

--Hoy te brillan los ojos de un modo, Julia, que si algo te faltase por quemar en mi corazón, habría que tocar á fuego ahora mismo.

--¡Pedal, pedal!--gritaba la niña riendo, y sofocaba las últimas palabras del lechuguino con un horrísono tecleo.

Levantaba de nuevo su piececito del pedal y comenzaba á tocar nuevamente. D. Alfonso aprovechaba algún _morrendo_ para decir:

--Julita, te adoro; te quiero más que á mi vida...

--¡Pedal! Pedal!--tornaba á exclamar la niña; y no le dejaba concluir.

Mas al poco rato de hallarse de aquella suerte embebidos, D. Alfonso exclamó, llevándose una mano á la frente:

--¡Oh, qué desgracia!

--¿Qué hay?

--Que mi tío se marcha hoy para Sevilla y aún no he estado en casa del notario á arreglar los papeles de mamá.

--¡Qué cabeza de chorlito! Anda, ve á recogerlos; tienes tiempo.

--¡Oh, si se tratase de recoger solamente!... Tengo que examinar buena porción de ellos y echar algunas firmas.

--¡Corre entonces, haragán... corre!... De seguro que tu mamá me va á echar á mí la culpa de tus distracciones.

Julita dijo esto fingiendo enfado; mas sin poder ocultar el placer que el supuesto le causaba.

--¡Yo que iba á pasar una tarde tan deliciosa! ¡Meterme ahora en el archivo de un notario á comer polvo y á calentarme la cabeza!

--Anda, anda; lo primero es lo primero... De todos modos, llevabas camino de decir muchas mentiras esta tarde.

--Verdades como puños, prima divina.

--¡Vete, vete, embustero!

La berlina, según había ordenado al cochero, le esperaba en la esquina de la calle. Encendió un cigarro habano y dijo cerrando la portezuela: