Part 17
Loco ó cuerdo, quiero separarme de él, porque mi vida es un infierno. Pero una vez que solté la especie, se puso frenético, diciendo que yo deseaba el divorcio para unirme con mi querido, y que me daría seis tiros si llegaba á hacerlo...
--¡Pobre tía!--dijo Maximina llorando también.
--¡Qué os parece de mi vida!... Pues no es eso sólo. Tengo otra porción de disgustos encima. Una niña de Eulalia la tenemos casi ciega...
--¿De qué?--preguntó la joven madre.
--¿De qué ha de ser, muchacha? De la vista.
--Le preguntaba de qué enfermedad.
--¡Ah! No sé qué nombre le da el médico. Además, Encarnación, la doncella, que ya sabéis que era mis manos y mis pies, se ha casado el lunes de la semana pasada. No os podéis figurar cómo está la casa desde que ella salió. Aquello es una república, hijos. Yo no puedo multiplicarme: ¡como hacía doce años que descansaba en ella!... Ella tenía las llaves de la ropa blanca; ella tomaba la cuenta á la lavandera; ella sacaba el chocolate y los garbanzos; ella avisaba en el almacén de vinos, cuando hacía falta, y mandaba por aceite y por azúcar; ella planchaba las camisas á Carlos y Enrique (porque Vicente las manda á planchar fuera). En fin, yo apenas estaba enterada de lo que comían los criados, porque ella los traía bien sujetos...
--¿Y Enrique? ¿Qué es de él?--preguntó Miguel, temiendo que su tía, hablando de criados, no concluyese nunca, según su costumbre.
--Esa es otra. ¡Empeñado en casarse con la chula! No hay quien se lo saque de la cabeza. Su padre no quiere oir hablar de él siquiera, y ya ha dicho que, si continúa en relaciones con ella, lo echa de casa. Vicente y Eulalia tampoco le dirigen la palabra. Quien paga los vidrios rotos en casa soy yo, porque á mí me da lástima, ¿sabéis?
--Sí; Enrique siempre ha sido el preferido.
--Toda la familia se empeña en eso, y no es verdad; pero como veo que es el más desgraciado... Él, en cambio, me trata peor que á un zapato.
La entrada de Serafina con el chico, cortó de nuevo la conversación. Detrás de ella venían todas las criadas, dando muestras de viva agitación.
--¿Qué pasa?
--Que el niño se ha reído--dijo Serafina.
--Se ha reído como hay Dios en los cielos, señorita--confirmó una criada.
--Vaya, están ustedes locas--dijo D.ª Martina.--¡Si no tiene más que dos días!
--No puede ser--manifestó Maximina poniéndose, sin embargo, colorada de la impresión.
--Que sí, señorita, que sí--prorrumpieron todas.
--Verá usted cómo fué, señorita--dijo una de ellas muy sofocada.--Estaba la señorita Serafina así con el niño, ¿sabe? Y voy yo y le cogí así, por la espalda, ¿sabe? y lo levanté en alto, y lo empecé á menear y á decirle: «Chiquirritín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá?» El niño, nada. «¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío?» Tampoco hizo nada. «¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?» Entonces abrió los ojillos un poco, ¿sabe? ¡y nos hizo una muequecita tan salada!
Maximina sonreía como si estuviese escuchando un secreto celeste. Lo mismo ella que la tía Martina se dejaron convencer al instante; pero Miguel se resistió.
--Yo, en materia de sonrisas de niños, por más que cuenten cincuenta y siete horas de existencia, tengo un escepticismo inveterado. Soy como Santo Tomás: «Ver y creer».
--Que se ha reído, Miguel, no te quepa duda; te lo aseguro yo--dijo Serafina.
--No me ofreces garantías suficientes de imparcialidad.
--Bueno; pues va á hacerlo otra vez. Ya verás.
Serafina cogió el niño y lo levantó por encima de la cabeza con gran decisión, preguntándole al mismo tiempo si deseaba llamarse Serafín, á lo cual el niño no juzgó oportuno responder, tal vez por un exceso de diplomacia, porque no sería raro que el nombre le pareciese ridículo.
Maximina estaba pendiente de sus labios como si se hallase en el ejercicio de preguntas de una oposición á cátedra.
--Á ver con usted, Plácida--dijo, procurando ocultar su aflicción.
Plácida se destacó del grupo como una artista del circo de Price que sale á ejecutar su trabajo. Levantó el niño con sorprendente maestría, lo movió de Norte á Sur, después de Oriente á Occidente y le hizo con voz recia las preguntas consagradas: «Chiquirritín, monín, botón de rosa, clavel, ¿quieres llamarte Miguelito como tu papá? ¿Quieres llamarte Enriquito como tu tío? ¿Quieres llamarte Serafín como tu tía?»
Un silencio lúgubre siguió á estas palabras. Todos los ojos estaban clavados en el joven opositor, quien lejos de mostrar predilección por ninguno de los nombres que le indicaban, manifestó bien claramente, aunque en forma inarticulada, que no hallaba motivo para que por mera cuestión de nombres le batiesen tanto los hipocondrios.
--¿Lo veis?--dijo Miguel.
--Es que ahora no está de humor de reirse--contestó Maximina muy desabrida.--Tampoco tú te ríes cuando te lo mandan. Además, ahora debe de tener hambre. ¡Traédmelo, traédmelo! ¡Pobrecillo de mi vida! ¡Corazón mío!
Y la niña-madre ocultó á su hijo dentro de las sábanas y le puso el pecho en la boca.
A los tres días se efectuó el bautizo. Con la resignación melancólica que las madres manifiestan en este caso, Maximina dejó que le llevasen á su hijo.
--Ya es cristiano, señorita--le dijo la muchacha entregándoselo.
La niña lo besó con ternura y lo apretó contra su seno diciendo por lo bajo:
--Ya no te separarán más de mí, hijo de mis entrañas.
A los cinco días ya se levantaba de la cama. Era una naturaleza provinciana, rica de sangre, en la cual, esta función augusta de la vida, lejos de dejar huella dolorosa, provocaba un aumento de salud y de fuerzas. A los ocho ya desempeñaba todos los menesteres de la casa. A los quince salía de paseo. Fueron padrinos del niño Enrique y Julita, y se llamó como el primero.
Los placeres que todo esto proporcionaba á Miguel, estaban amargados con el grave peligro que su fortuna corría. A todas horas le mortificaba tal pensamiento, en términos que le costaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para aparecer alegre delante de su esposa. Se había escrito al General; pero éste había contestado en forma tan ambigua y maliciosa, que ya no le quedó duda de que por ese lado el negocio estaba perdido. Desde entonces consideró cuerdamente que su salvación estaba en salir diputado, ganar influencia en la mayoría y con los ministros y aprovecharla en un momento dado para sacar de los fondos reservados el dinero que había comprometido.
Pero Eguiburu ya le había hecho otras tres ó cuatro visitas, y le apuraba para que garantizase el dinero restante. En la última, con muchos rodeos y perífrasis, llegó á amenazarle con una demanda ejecutiva. Comprendió entonces que era preciso jugar el todo por el todo. Si no se avenía á garantizar, la ruina era segura. Eguiburu le sacaría á subasta las casas, y por más que le quedase algún dinero, porque valían más que el importe de la deuda, no sería mucho. Por otra parte, esto traería consigo el escándalo. Le considerarían todos como un hombre arruinado, cuando no como tramposo, y no le harían caso: tenía suficiente conocimiento del mundo para verlo claramente. De la diputación sería preciso asimismo despedirse: la pobreza huele mal en todas partes.
Decidióse, pues, á firmar el pagaré de los doce mil duros, y para ello convino con su acreedor el día y la hora. Con la emoción natural en quien va á quemar las naves, se presentó una tarde en casa de Eguiburu. Estaba en su despacho hablando con dos personas. Quiso aguardar Miguel á que éstas saliesen para tratar su asunto; pero el banquero comenzó desde luego á hablar en voz alta, y como observase que el joven dirigía frecuentes miradas á los intrusos y se mostraba reservado para contestar, le dijo:
--Puede usted hablar con toda confianza, Rivera. Estos señores son amigos y no les importa nuestros negocios.
Miguel se hizo cargo en seguida de lo que aquello significaba:--«Este miserable tiene miedo de que yo niegue la firma y ha traído dos testigos». Pensando esto, la bilis se le revolvió. Hubiera deseado no tener familia para tirar los treinta mil duros por la ventana y abofetear en tal momento á aquel puerco. Se reprimió con trabajo y comenzó á ventilar su asunto con el feroz banquero, el cual hablaba cada vez más alto, sacando á luz todos los antecedentes. Miguel contestaba secamente á sus preguntas. Al fin, cuando las hubo satisfecho á su gusto y se disponía á firmar el pagaré, le dijo:
--Ahora surge una dificultad, amigo Rivera. Para mí es doloroso decírselo á usted porque no le ha de agradar; pero no puedo pasar por otro camino. Además de los doscientos cuarenta y seis mil reales que para los gastos del periódico he facilitado, entregué también en diversas fechas algunas cantidades, ya al General, ya al Sr. Mendoza, ya al administrador del periódico, las cuales suman ciento once mil reales... Aquí están los recibos. En ellos se expresa que estas cantidades estaban destinadas para el socorro de los emigrados, aunque en realidad eran para los manejos revolucionarios... Yo, como usted comprenderá, no he de perder este dinero.
--Y quiere usted que lo pierda yo, ¿verdad?
--Podría exigírselo al General y al Sr. Mendoza, firmantes de los recibos; pero me costaría trámites judiciales, molestias...
--Sí, sí, más vale que yo garantice también esos cinco mil duros--dijo Miguel con acento sarcástico. Así se libran ellos y usted de molestias.
--Yo, Sr. de Rivera, siento muchísimo perjudicar á usted...
--Nada, no lo sienta usted; cuando se tiene á un hombre cogido por el cuello se debe apretar... Á ver ¿dónde está ese pagaré?... Extienda usted el otro.
Eguiburu, ruborizado, le alargó un papel, y Rivera lo firmó con mano nerviosa. Tenía el semblante demudado y la voz alterada; pero conservaba una actitud grave y fría.
--¿No ha extendido usted aún el pagaré de los ciento once mil reales?--preguntó con sequedad.
--Voy allá, Sr. de Rivera--respondió el banquero, sin poder ocultar cierta confusión, que probaba que aún no había perdido del todo la vergüenza.
Cuando hubo terminado, Miguel lo firmó, dejó caer la pluma con orgulloso ademán, y se despidió, inclinando la cabeza.
--Buenas tardes, señores.
Salió sin dar la mano á ninguno.
Las mejillas le echaban fuego cuando se encontró en la calle. Lo primero que hizo fué ir á la redacción de _La Independencia_, y anunciar á los redactores y empleados que el periódico cesaba en su publicación. Escribió un artículo de despedida, y dejó medio arreglados los asuntos. En los días siguientes quedaron zanjados por completo.
Muerta _La Independencia_, quedó más desahogado y pudo consagrarse enteramente á «trabajar la elección». En ella tenía cifrada su esperanza. Si salía diputado, confiaba hacerse notar pronto entre la mayoría: su palabra no era torpe: estaba avezado además á la polémica: finalmente, se juzgaba con más ilustración que la mayor parte de los que á la sazón representaban al país. Se aplicó, pues, con ahinco á buscar recomendaciones, no sólo de primera, sino de segunda, tercera y hasta de cuarta mano, escribió numerosas cartas é hizo varias visitas. Guardóse, no obstante, de hacérselas por de pronto al Presidente: tenía suficiente malicia ó tacto para comprender que no debía mostrar un afán demasiado vivo, á fin de que no se le desdeñase. Lo mejor era trabajar por su cuenta primero, y después recordar al ministro su palabra.
Mendoza no aprobó la muerte de _La Independencia_.
--Ha sido un mal golpe, Miguel, que te puede costar caro--dijo, torciendo el gesto.
--¿Qué querías--respondió impetuosamente aquél,--que estuviese soportando de mi bolsillo todos los gastos, además de la fianza que tengo encima?
--Aun haciendo un sacrificio, te hubiera convenido sostener el periódico al menos hasta después de la elección.
Miguel todavía se empeñó en sostener lo contrario; pero en el fondo, al instante vió claramente que su amigo tenía razón y que había obrado con ligereza.
Trascurrido un mes ó más desde la primera visita que hizo al Presidente, determinó hacerle la segunda. Se fué allá á la hora en que solía estar en su despacho. El portero le dijo que su excelencia estaba ocupadísimo hablando con una comisión de diputados catalanes y que había dado orden de no dejar pasar absolutamente á nadie.
--Necesito hablarle: él ha sido quien me ha invitado á venir por aquí.
El portero le miró con esa expresión de indiferencia y fatiga, preñada en el fondo de desprecio, del que está escuchando constantemente las mismas cosas y sabe que son mentira.
--Si usted quiere aguardar, puede sentarse.
Aquello quería decir:
--¡Qué retonto es usted, amigo! ¿Cree usted que tengo ganas de oir simplezas?
Miguel se ruborizó y fué á sentarse en un diván de la antesala donde había otras seis ú ocho personas aguardando.
Al poco rato entró un caballero de paletó, muy finchado, y el portero se inclinó reverente y le abrió la mampara del tabernáculo presidencial. De modo que la orden de no dejar pasar «absolutamente á nadie» era una farsa del portero. Miguel se levantó vivamente, y le dijo abriendo su cartera:
--Tenga usted la bondad de entregar esta tarjeta al Presidente.
--No puedo, caballero; tengo orden...
--Le digo á usted que entregue esa tarjeta al Presidente--repitió más alto y con acento enérgico que impuso al ujier, quien la tomó por fin, aunque murmurando, y entró en el despacho.
--Aguarde usted un instante, caballero--dijo saliendo otra vez.
Hora y media esperó; pero estaba resuelto á hablar con el jefe del Gobierno, y no bastaron á hacerle desistir de su propósito ni las miradas burlonas del portero, ni su propia impaciencia, que era grande. Al fin se abrió la mampara y salió un grupo de diputados, y entre ellos el Presidente con el sombrero puesto y con todas las trazas de irse á la calle.
--¡Ah! Sr. Rivera--dijo viéndole.--Dispénseme usted... Tantas cosas tengo en la cabeza... ¿Quiere usted que entremos en el despacho?
--No merece la pena--replicó Miguel, entendiendo que aquello molestaría al prócer.
Este le cogió familiarmente por la solapa de la levita, y lo llevó al hueco de un balcón.
--Viene usted á hablarme del distrito, ¿eh? ¿Cómo lo tiene usted?
--Creo que bastante bien. Hasta ahora, me parece que no hay oposición.
--Tenía que hablarle de esto. Pensaba escribirle para que viniese por aquí. Me alegro que usted se haya adelantado. Ayer me han dicho que por ese distrito trataba de presentarse Corrales.
--¿Quién, el ex ministro moderado?
--El mismo. No creo que tenga allí ningún arraigo, ni que el Gobierno necesite ejercer gran presión para derrotarle; pero conviene no vivir descuidados. Por nada en el mundo quisiera que el representante más genuino, y uno de los más temibles del moderantismo, se nos colase de rondón en nuestra casa. Porque el distrito de Serín es nuestra casa, puesto que ha elegido á Ríos, que es factor importante de la revolución. ¿Ha trabajado usted mucho?
--Bastante.
--Bien; pues uno de estos días tráigame usted los datos que tenga reunidos, los nombres de los alcaldes que nos sean contrarios, y los de las personas sobre las cuales el Gobierno pueda influir. En tanto, no ceje usted un momento. Comprometa usted á los amigos que han dado la elección al General; pero no se fíe usted mucho de las palabras. Procure usted tenerlos cogidos de algún modo, bien con promesas ó con amenazas. Quedamos en que usted me traerá los datos, ¿verdad? Adiós, Rivera. No olvide usted el camino de esta casa.
Se despidió con un cordial apretón de manos. Miguel quedó, como la vez pasada, plenamente satisfecho. El jefe del Gobierno tenía un tacto especial para hacerse perdonar sus descortesías, un carácter abierto y cariñoso, que cautivaba inmediatamente á cuantos se le acercaban.
Quince días tardó en verle de nuevo, porque dos veces que había ido, se le dijo que su excelencia no podía recibirle por estar despachando con el subsecretario.
--Hola, Rivera; ya sé que ha estado usted otra vez aquí. He sentido en el alma no poder verle. De todos modos, hasta ahora no corría prisa el asunto. Vamos á ver; siéntese usted. ¿Cómo lleva usted ese distrito? ¿Le da á usted mucho que hacer Corrales?
--Hasta ahora no es gran cosa.
--¿De veras?--dijo el Presidente sorprendido.--Pues muy distintas son mis noticias entonces. Me han dicho que se está moviendo de un modo prodigioso; que el clero trabaja por él con decisión, y que algunos de nuestros amigos, á quienes, al parecer, Ríos no ha podido ó no ha querido servir, se le han pasado con armas y bagajes... Pero es posible que usted esté mejor informado.
--Sr. Presidente, las cartas que de allá recibo no dicen nada de eso; antes me aseguran todos los amigos del General que estando éste conforme con mi candidatura, y apoyado por el Gobierno, no es posible dudar por un momento del triunfo.
--Con todo, es conveniente que usted vaya en persona á allá, hable con ellos y vigile la elección. Los que llevamos algunos años en la vida pública, sabemos que no hay ninguna segura.
--Está bien. ¿Cuándo cree usted que debo marcharme?
--Cuanto antes mejor; pero antes pásese usted por aquí á fin de que yo le dé algunas cartas. Para el gobernador no la necesita usted, puesto que ya sabe hace tiempo que es usted el candidato oficial... Además, creo que ustedes se tratan...
--Sí, señor; le he conocido cuando era redactor de _La Iberia_.
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XIX
PUES estando Miguel con este afán y congoja por el temor de una ruina inminente en su fortuna, otro peligro mil veces mayor le amenazaba sin saberlo. Ya hemos visto qué extraña inclinación se despertó en D. Alfonso Saavedra hacia Maximina. No puede compararse más que á la del lobo de que nos habla el apólogo, quien teniendo á su disposición el rebaño entero de un rico fué á devorar la única oveja que un pobre poseía.
Como el caballero andaluz no era hombre avezado á los desdenes, ó porque tropezase casi siempre con mujeres fáciles, ó porque su figura arrogante, su fortuna y su astucia le hiciesen temeroso aun para las firmes, quedó altamente desabrido de la escena del baile en que tan ridículo papel había hecho á sus propios ojos. La carencia absoluta de coquetería, que notaba en la esposa de Rivera, era lo que más le mortificaba precisamente, pues no podía siquiera forjarse la ilusión de que la indiferencia con que había acogido sus galanteos fuese en poco ó en mucho fingida. Decir que después del baile su afición subió de punto grandemente, sería hacer poco honor á la penetración de los lectores. Nadie ignora que para el amor el desdén no suele ser el mejor calmante y que en la mayoría de las pasiones locas que en el mundo vemos, entra con un contingente respetable el amor propio.
No enloqueció Saavedra, ni aun quiso aparentarlo haciendo sandeces como D. Quijote en Sierra Morena; pero como hombre sagaz y corrido en aventuras de esta clase, determinó no perder otra vez su sangre fría y establecer el bloqueo de la plaza según las reglas que de su experiencia había sacado. Penetrando pronto en el carácter de Maximina, comprendió que con ella no servía de nada la amabilidad henchida de arrogancia, el acatamiento empapado de desdén con que había enamorado á su prima Julia. Aquella naturaleza serena, grave y humilde, no podía ser atacada por la vanidad. Era preciso dirigirse al corazón. Propúsose, pues, ganarla poco á poco, no en calidad de amante desdeñado, que esto bien se le alcanzaba que era perder para siempre su estimación, sino como amigo sincero, cariñoso y servicial. Procuró con todas sus fuerzas ahuyentar las sospechas que la conversación del baile pudiera haber dejado en el ánimo de la joven esposa. Pronto se cercioró de que la agitación en que entonces se hallaba no le había permitido fijarse en que la estaba galanteando: y pudo á su sabor desplegar el plan de campaña que había meditado.
Poco á poco empezó á frecuentar más la casa, venciendo con maña la antipatía que Miguel no era poderoso á ocultar. Para ello dejóle entrever cierto cambio en su conducta favorable á las ideas de orden y á la paz y bienestar que consigo trae la vida de familia. Mostrósele en algunas confidencias como hombre hastiado de la vida corrompida y desengañado de los placeres mundanos. Para lisonjear sus aficiones literarias y científicas, pidióle algunos libros, y después de leerlos le habló de ellos con prolijidad y entusiasmo, que hacían reir á nuestro joven interiormente. Entonces, mejor que nunca, comprendió, y no dejó de admirarse, de la supina ignorancia de los hombres llamados de mundo. D. Alfonso no había leído en su vida más que unas cuantas novelas francesas; y hacía algunas veces tales preguntas, que pasmarían á cualquier niño de la segunda enseñanza.
--Es uno de nuestros salvajes más distinguidos--decía á su esposa hablando de aquella nueva afición á los libros.
Con Maximina sostenía el caballero andaluz largas conversaciones acerca de sus viajes, fijándose en las costumbres domésticas de otros países.
--Mire usted (Saavedra no tuteaba á Maximina; á Miguel sí), en Inglaterra se come cinco veces al día. Por la mañana se desayuna uno con cualquier cosa: á las nueve ó las diez se hace un almuerzo relativamente fuerte: á la una, otro más flojo: á las cinco ó las seis, se come, y al tiempo de retirarse también se toma algo.
Maximina, como ama de casa, se interesaba por estos pormenores, preguntaba el precio de las viandas y el de las habitaciones. Admirábase muchísimo de la libertad que en aquellos países tenían las mujeres para salir solas por la calle y aun para viajar.
--Vamos, el gran país para Maximina--decía Miguel.--Le da vergüenza ir sola á misa, y está la iglesia á cuatro pasos.
La niña sonreía avergonzada.
--Pues ayer he ido con Juana á la calle de Postas á comprarte calzoncillos.
--Hé ahí una palabra que no podía usted pronunciar en Inglaterra delante de gente.
--¡Madre! ¿Y cuando los compran, cómo los llaman?
--Lo dicen al dependiente bajo secreto de confesión--respondió Miguel.
--No haga usted caso--dijo Saavedra riendo.--Para aquellas damas los dependientes de comercio no son gente.
También procuraba ponerla en algunas confidencias íntimas de su casa y familia, pidiéndole consejo y siguiéndolo á menudo.
--La verdad es que en punto á buenos consejos no echo de menos á mi madre. Usted, Maximina, hace sus veces divinamente. Me declaro hijo adoptivo de usted, aunque bien puedo ser su padre.
--Pero no es usted todo lo obediente que yo quisiera.
--Sólo en un punto, ya lo sabe usted... En los demás la obedezco ciegamente.
El punto era el del matrimonio. Maximina no cesaba de aconsejarle que se casase.
--Hasta ahora no he hallado una mujer que me satisfaga para esposa--contestaba él.
--¿Por qué no se casa usted con Julia?--le dijo un día á boca de jarro, con la ingenuidad que la caracterizaba.
D. Alfonso quedó un poco confuso.
--Julia es una buena chica... muy bien educada... tiene talento... es bonita... Pero aquí, en confianza, Maximina, ¿cree usted que yo sería feliz con Julia?
--¿Por qué no?--replicó la niña.
Saavedra guardó silencio unos instantes, quedando en actitud reflexiva. Después, dijo:
--Ya comprenderá usted que siendo usted su cuñada y yo su primo, ni uno ni otro podemos delicadamente hablar de ella, sino para elogiarla, cuanto más que lo merece por muchísimos conceptos. Pero con usted tengo confianza para decirle una cosa, y es que no congeniamos. Somos los dos...
Y D. Alfonso puso los dedos índices uno frente á otro.
--Pues yo creía que se querían ustedes.
--Sí, nos queremos, pero... de eso á casarse hay alguna distancia... Le recuerdo que acabo de hablarle como si fuese usted mi madre. No diga nada de esto á Miguel. Es su hermano y la cosa más insignificante podría molestarle.