Maximina

Part 15

Chapter 153,944 wordsPublic domain

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies, muy resuelto á que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse con Eguiburu «el caballo blanco» de _La Independencia_. Las relaciones que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en el periódico, no había vuelto á verle sino otras dos veces, para tomar de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para socorrer á los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta los pies, no ayudaba á prestarle la gallardía de que tan necesitado estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole á qué debía el honor...

--Sr. de Rivera--dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, á causa tal vez de la sorpresa, no le había invitado á hacerlo.--Es el caso que hace ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser elegido diputado...

--¿Y quiere usted compararme á mí, insignificante pigmeo, con el Conde de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política española?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el café de Levante no hablaban muy bien del Sr. de Mendoza sus mismos amigos.

--¿Qué decían?

--Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía, que á pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr. Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo vengo gastando.

--¿Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta á cada uno. Mendoza no me ha contestado. El Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y usted puede ver, «que las gravísimas atenciones políticas que sobre él pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales hace tiempo que tiene encomendados á su antiguo secretario particular el Sr. Mendoza y Pimentel». Yo, á la verdad, como usted comprenderá muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido á su casa de usted.

--¿Por qué no ha ido usted antes á la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó á dar vueltas al sombrero. Al mismo tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado, Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de algunos momentos levantó la cabeza, y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted á reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder á esa delicadeza de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregará usted.

--¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza, y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

--Sí, señor--contestó.

--Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

--¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban á producir sus palabras,--que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz donde se traslucía una cólera reprimida á duras penas:

--¿Es decir, Sr. de Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme por una deuda que le consta á usted que yo no he contraído?

--Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

--Está bien--dijo sordamente.--Mañana escribiré al Conde de Ríos, y veré también á Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso. Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo á Miguel, que tenía la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tímidamente,--de que usted salga del compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho á una persona tan apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva; levantándose después repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad á Rivera, para despedirse. Éste se la estrechó, y mirándole con fijeza, mientras asomaba á sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--¿Tiene usted mucho cariño á esos treinta mil duros?

--¿Por qué me pregunta usted eso?

--Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en vísperas de separarse para siempre de ellos.

--Explíquese usted--dijo el banquero poniéndose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es á mí...

--¿Cómo? ¿Qué dice usted?

--Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

--Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La hipoteca es nula.

--Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió tartamudeando:

--Eso es... una picardía... Le llevaré á los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el hombro, le dijo:

--¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco indemnizado del que usted acaba de darme.

--¿Pero qué mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el gusto de arruinarme el día menos pensado--repuso el joven con amarga ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se borró súbitamente.

--¿Habla usted formalmente?

--Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y benévola en los labios del banquero.

--¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla de veras ó de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó á ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, ¿verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero además.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que en vano quería ocultar. Dió la mano tres ó cuatro veces más á Miguel, cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante, cuando ya estaba en la escalera y Miguel á punto de cerrar la puerta, preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva ansiedad:

--Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella risa se extinguió. Permaneció un momento con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al despacho, se sentó frente á la mesa y apoyó el rostro sobre una mano cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó á la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre para Plácida.

--¿Quién era esa visita?--le preguntó.

--Nada, un señor que viene á hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--¡Qué cansado estoy! ¡Tengo un sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento á su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió á besar á su esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban colocados. Se acordó también de su hijo.

--¡Pobre hijo mío!--exclamó.

Y estuvo á punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo diciéndose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un hijo, no tiene derecho á pedir más á Dios. Soy joven, tengo salud. En último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento á la luz y tuvo energía bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

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XVII

TAN pronto como se vistió al día siguiente, y después de pasar al lado de su esposa un rato mucho más corto de lo que las circunstancias exigían, salió de casa y se dirigió á paso largo á la de Mendoza.

Alojaba éste á la sazón en una de las mejores fondas y más céntricas de Madrid. Cuando Miguel llegó, aún estaba durmiendo. Entró, sin embargo, en la estancia, y se autorizó el abrir por sí mismo las puertas del balcón, como amigo cuya familiaridad era ilimitada.

--Hola; por lo que veo duermes lo mismo que cuando no eras un grande hombre.

Mendoza se restregó los ojos y le miró sorprendido.

--¿Qué es eso, Miguelito? ¿Cómo tan de mañana?

--Amado Perico; lo primero que vas á hacer, es suprimir ese acento protector. Cuando haya gente delante no tengo inconveniente en que me protejas y en llamarte usía ilustrísima, si quieres; pero estando solos, hazte cuenta que no soy tu vasallo.

--¡Siempre has de ser el mismo, Miguel!--repuso Mendoza algo amostazado.

--Esa es la ventaja que me llevas. Yo siempre el mismo. Tú en cambio, haciendo cada día un nuevo y lucido papel en la sociedad. Estoy contento, sin embargo, con el mío; tan contento, que el temor de hacer otro distinto es el que me trae tan de mañana á turbar tus sueños de gloria.

--¿Qué quieres decir?...

--Que habiendo pasado plaza hasta ahora de persona bien acomodada ó, como decimos los letrados, hidalgo «de solar conocido» y «de devengar quinientos sueldos».--¿Tú no sabes lo que es eso?

--No--respondió con gesto de impaciencia Mendoza.

--Pues es muy sencillo. Si tú me pegas una bofetada (que no me la pegarás), pagas quinientos sueldos de multa. En cambio, si yo te la pego á ti (que todo podría suceder), no necesito desembolsar un cuarto... Pues bien; habiendo hecho hasta ahora ese papel en sociedad, me dolería en el alma empezar el de pobrete ó perdulario que no tengo estudiado.

--No te entiendo.

--Voy allá. Ayer noche se presentó en mi casa Eguiburu, y sin preámbulos me ha reclamado los treinta mil duros que se han gastado en _La Independencia_ y que yo garanticé cediendo á tus ruegos... ¿Entiendes ahora?

Brutandór guardó silencio unos momentos, quedando en actitud reflexiva. Después dijo con la grave lentitud que caracterizaba todos sus discursos.

--Yo creo que esa cantidad no eres tú quien debe pagarla, sino el Conde de Ríos.

--Ah, ¿crees eso?... Pues entonces estoy salvado. En cuanto sepa Eguiburu esa opinión, seguro estoy de que no se atreverá á reclamarme un cuarto.

--Si te los reclama, es una felonía.

--Veo con gusto que no se han borrado de tu mente los principios inmutables del derecho natural. Pero ya sabrás que el derecho positivo está de su parte, y por si le ocurre hacer uso de éste en vez de aquél, quiero saber si tendréis estómago para dejar que me arruine.

Miguel se había puesto muy serio y miraba á su amigo con la expresión fría y dura que era en él signo de cólera reprimida. Mendoza bajó los ojos mostrando confusión.

--Mucho sentiré que te pase una desgracia, Miguel.

--No se trata ahora de tu sensibilidad. Lo que yo quiero saber al instante, es si el General está dispuesto á pagar esa cantidad.

--Yo creo que el General no tendrá otro deseo...

--Tampoco se trata de los deseos del General. Quiero saber, ¿lo oyes? quiero saber si paga los treinta mil duros ó no los paga.

--Habrá que escribirle. Ya sabes que está en Alemania.

--Es que si no los paga le llevaré á los tribunales. Tengo cartas suyas en que declara la deuda--dijo paseándose agitadamente por el cuarto.

Mendoza dejó trascurrir unos instantes, y replicó:

--Se me figura, Miguel, que no debes precipitarte, ni tomar la cosa por las malas. Adelantarás con ello menos.

--¿Por que me dices eso?--repuso el hijo del brigadier parándose.

--Llevándole á los tribunales no sacarás nada en limpio.

--¿Pues?

--Porque el General no tiene fortuna. La que disfruta toda está á nombre de su mujer.

Los ojos de Miguel brillaron de ira.

--¡Miserable!--murmuró sordamente. Y luego añadió:--Me voy convenciendo, además, de que tú eres tan puerco como él.

--¡Miguel, por Dios!

--Lo dicho. Tómalo por donde quieras... Me alegraré que sea por el peor sitio.

Mendoza no quiso ó no se atrevió á replicar. Le dejó seguir paseando en espera de que su cólera se calmase, como hombre que de antiguo le tenía bien conocido. En efecto, á los pocos minutos se encogió de hombros, detúvose junto á la cama, y echándole las manos al cuello con cariñoso ademán, le dijo riendo:

--He cometido una injusticia. Me olvidaba de que eres demasiado tonto para ser un pillo.

Mendoza no se enojó por esta singular rectificación.

--Tienes el genio tan vivo, Miguel, que cuando menos se piensa le dejas á uno sin sangre en las venas.

--Peor es dejarle sin dinero.

--Hombre, tú todavía no lo has perdido. Me parece que el asunto se ha de arreglar.

--¿Sabes el arreglo que me propone Eguiburu?

--¿Cuál?

--Que garantice también los doce mil duros restantes que ha entregado, y me esperará.

Mendoza no respondió. Ambos quedaron meditabundos.

--A mí no me parece tan mal--dijo al fin aquél.--Al General desde luego te digo que no se le podrán sacar los treinta mil duros: conozco bien sus asuntos, y sé que no está en situación de abonar esa cantidad. Pero si de su bolsillo particular no salen, pueden salir del Tesoro público. Me consta que el Gobierno ha abonado ya algún dinero (aunque no cantidades tan crecidas como ésta) de lo que se ha gastado en periódicos, extrayéndolo de los fondos secretos del Ministerio de la Gobernación. El asunto aquí es tener suficiente influencia para que el ministro se avenga á ello.

--Supongo que el General interpondrá toda la suya.

--Desde luego; y yo haré también cuanto pueda. Pero el General no está en Madrid, y ya sabes que estos negocios difíciles ni se pueden tratar por cartas ni se arreglan de ese modo casi nunca. Es menester andar siempre á la pista, sofocar al ministro con visitas, hablar á todos sus amigos para que no le dejen de la mano, y si posible fuera, amenazarle con alguna interpelación en las Cortes sobre un asunto delicado que no le agrade menear.

--¡Caramba, Perico, has hecho en poco tiempo grandes adelantos: conoces el teje maneje de la política al menudeo!

--¿Cómo al menudeo?

--Hombre, sí, porque esa no es la que definen y explican los tratadistas.

Mendoza se encogió de hombros, haciendo al mismo tiempo con los labios un gesto de desprecio.

--Bien; ¿entonces quieres que traigamos al General á Madrid?--añadió Miguel.

--Eso no es posible.

--Entonces, ¿qué hacemos?

Mendoza meditó.

--Si tú hubieras sido elegido diputado, la cosa sería más fácil. Al fin y al cabo seríamos dos á pedir, y teniendo al interesado delante, el ministro se miraría más para negarse...

--¡Pero como no soy diputado!

Mendoza meditó otro rato, y dijo:

--Aún pudiera arreglarse todo. El General, aceptando la embajada, dejó vacante un distrito, el de Serín, en Galicia. Pronto se procederá á segundas elecciones. Si el Gobierno te acepta por candidato adicto, tienes seguro el triunfo.

Rivera guardó silencio, y pareció también reflexionar.

--Hasta ahora, Perico, no había pensado en ser padre de la patria. Ya sabes que no sirvo para vagar por los despachos de los ministros, que no tengo carácter para sufrir impertinencias y desdenes, ni talento para urdir una trama, ni osadía para meterme en intrigas tenebrosas. Estoy de tal modo conformado, que un continente frío me hiere, una palabra descortés me saca de mis casillas, una deslealtad me abruma y desconsuela. Soy incapaz de dar una palabra y no cumplirla: no tengo serenidad suficiente para mantener mi independencia frente á la simpatía y el cariño, ó la aversión que los hombres me inspiran: me apasiono y me exalto con excesiva facilidad, y bajo el imperio de la pasión digo la palabra que me viene á la boca, por peligrosa que sea. Además, tengo la desgracia de ver siempre el aspecto cómico de las cosas, y no poseo virtud bastante para contenerme y dejar de expresar mis observaciones. Los personajes de la política, cuando no son merodeadores dignos de la cárcel, me parecen, salvo honrosas excepciones, rebaño de hombres adocenados, ignorantes, que han tomado ese oficio por ser el más descansado y lucrativo, los unos intrigantes de aldea que vienen á repetir en el Congreso los mismos _chanchullos_ que han fraguado en el Ayuntamiento ó la Diputación, los otros despechados de la literatura, las ciencias y las artes, que, no habiendo conseguido en ellas notoriedad, la buscan en el campo más accesible de la política. Un joven, á quien le han silbado un drama; otro, que ha hecho seis oposiciones á cátedras, sin resultado; otro, que ha escrito varios libros que permanecen vírgenes y mártires en las librerías. Éstos son los que, penetrando en el salón de conferencias, donde los porteros no le preguntan á nadie por sus méritos, y poniéndose bajo la égida de un personaje que ha empezado como ellos, escalan los altos destinos, y rigen andando el tiempo los del país... Pero me he puesto demasiado serio--añadió, bajando de tono y sonriendo.--El principal argumento que tengo para no dedicarme á la política, te lo diré en secreto... es que me aburre, ¿sabes? me aburre soberanamente. Sin embargo, como me encuentro amagado á una ruina, estoy resuelto á entrar en ella para rescatar mi fortuna, que estúpidamente he comprometido.

Brutandór le miraba con los ojos muy abiertos. Cualquiera podría imaginar, viendo su actitud, que Miguel hablaba un lenguaje enteramente incomprensible. Cuando terminó, el nuevo diputado se encogió imperceptiblemente de hombros, é hizo con los labios un gesto, que mucho le caracterizaba, el cual nadie podría saber á punto fijo si era de indiferencia, ó de desdén, ó sorpresa ó resignación. Miguel sostenía que su amigo Mendoza sólo era capaz de entender once cosas en el mundo. Cuando le decían una distinta de las once, en vez de contestar hacía la mueca indicada, y podía darse por terminado el asunto.

--Bien--dijo, observando aquel gesto.--Según eso, necesito que me presentes al ministro de la Gobernación.

--Te presentaré al Presidente del Consejo; tengo más confianza con él que con Escalante.

--Me alegro, porque Escalante no me es simpático, y al Presidente, al menos, no le conozco. ¿Quieres que vayamos esta tarde á la Presidencia?

Mendoza le miró estupefacto.

--¿Pero no sabes que hablo hoy en el Congreso?

--Perdona, chico, no sabía una palabra. ¿Y sobre qué hablas?

--Sobre la reforma de aranceles. Es el primer discurso que pronuncio. Hasta ahora no he hecho más que preguntas.

--No seas tan modesto, Perico. Ya sé que has presentado también una exposición de los vecinos de Valdeorras sin cortarte, ni cosa que lo valga.

--No te rías: el trance de hoy es muy serio.

--¡Terrible!... sobre todo para los aranceles. ¿Y cuándo te casas?

Mendoza bajó la vista y se puso un poco colorado.

--El día quince.

--Me alegro que entres por el buen camino--dijo alegremente Rivera, á quien no se le ocultaba la vergüenza de su amigo, y quería generosamente evitársela.--Vamos, vístete, hombre, que ya son cerca de las once.

--Almorzarás conmigo, ¿verdad?

--Hombre, ya sabes que hoy es un día para mí excepcional.

--Pues lo siento, porque después iríamos juntos al Congreso y tal vez, si la sesión terminase temprano, pudiéramos ir á la Presidencia.

A Miguel le sedujo esto último, porque veía claramente que sus treinta mil duros pendían de la influencia que supiese conquistarse. Después de meditar un momento, dijo:

--Está bien, pasaré un recado á mi mujer para que no esté intranquila.

Se sentó á la mesa de Mendoza mientras éste se vestía, y puso cuatro letras á Maximina. Al escribirlas, no pudo menos de decirse con dolor: «¡Extrañas circunstancias las que me obligan á dejar á mi esposa sola al día siguiente de haberme dado un hijo! Por ella y por él, sin embargo, lo hago. Si fuese solo, poco me importaría arruinarme».

Después de vestirse, y antes de bajar al comedor, Mendoza mostró á su amigo las joyas que iba á regalar á su futura. Eran magníficas y de última novedad. Miguel las alabó como merecían, pensando, no obstante, de dónde sacaría Perico el dinero para comprarlas. Y aunque buenas ganas se le pasaron de preguntárselo, tuvo la delicadeza de no hacerlo. Pasaron después á un gabinete particular del piso entresuelo, donde Brutandór tenía costumbre de almorzar solo. El camarero les sirvió un almuerzo excepcional, con ostras, vino de Borgoña y champagne helado á los postres.

--Esto es un exceso, Perico--le dijo.--Otra vez te prohibo que me trates con tal cumplimiento.

--El señorito almuerza siempre así--dijo sonriendo con visible satisfacción el camarero.

--¡Hola!--exclamó Miguel sorprendido.--¡Quién había de decir, Perico, que aquellos artículos de fondo tan pesados que escribías en _La Independencia_ se habían de convertir pronto en ostras, filetes de ternera y borgoña! ¡Esto sí que en realidad es «el verbo hecho carne... y vino!»