Maximina

Part 14

Chapter 143,953 wordsPublic domain

Y se alejó lentamente en dirección al despacho. Al sentir los pasos de su marido, Maximina levantó vivamente la cabeza, y gritó con suprema angustia, los ojos bañados de lágrimas:

--¡Miguel! ¡Miguel!

Pero éste, sin volver siquiera la cabeza, respondió con afectado desdén:

--¡Vete á paseo!

Y entró en el despacho.

¡Necio Miguel! ¡cobarde Miguel! Pasarán los años, y cuando acudan á tu memoria estas palabras, sentirás que se te desgarra el corazón y que las lágrimas abrasan tus mejillas. Pero en aquel instante, agitado por la cólera, no pensaba en su injusticia y crueldad, ni en el estrago que podían causar en el alma sensible y delicada de su esposa. Sentóse delante de la mesa, abrió un libro y se puso á leer; mas no logró recobrar la calma. Al cabo de algunos minutos, la conciencia comenzó á darle pinchazos; las letras se amontonaban delante de sus ojos sin poder descifrar su sentido. Cerró el libro, se levantó y entró de nuevo en la sala con un punzante deseo de reconciliación. Maximina ya no estaba allí. Dirigióse al gabinete y la alcoba, y no la halló. Fué al comedor y á las habitaciones interiores: tampoco. Preguntó á los criados, y éstos no pudieron darle cuenta de ella. Entonces, imaginando que enojada se había metido en cualquier escondite de la casa, se puso á registrarla toda escrupulosamente. Mas, al pasar cerca de la puerta de la escalera, quedó extático y mudo, con la consternación pintada en el semblante.

--¿Alguno de ustedes ha abierto la puerta?

--No, señorito; no nos hemos movido de aquí.

Pálido como un muerto, cogió el sombrero de copa que pendía de la percha y bajó á saltos la escalera, que aún estaba iluminada. Halló al portero disponiéndose á apagar.

--Remigio, ¿ha visto usted salir á mi mujer?

El portero, la portera y la madre de ésta le miraron con asombro. Comprendiendo lo imprudente de aquella pregunta, añadió:

--Yo no sé si habrá ido á acompañar á mi madre y hermana hasta su casa. Mamá se sentía mal y mi mujer no quería dejarla marcharse...

--Señorito, nosotros no podemos decirle á usted nada con seguridad. Han salido muchas señoras... No pudimos distinguir.

--Hace poco--dijo una niña como de seis años--he visto salir á una señora sola...

--Nosotros habíamos ido al patio á llevar algunos tiestos de la escalera--manifestó la portera.

Miguel, sin más explicación, se lanzó á la puerta.

--Señorito, ¿va usted así? Va usted á coger una pulmonía.

En efecto, iba de frac. Deteniéndose y haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer tranquilo, repuso:

--Es verdad; hágame el favor de subir por mi abrigo.

Cuando se lo trajeron dijo, poniéndoselo:

--Muchas gracias; les ruego no cierren hasta que yo venga. No tardaré.

--Pierda cuidado, señorito; aquí estamos.

Una vez en la calle, no supo adónde dirigirse. El corazón le daba saltos dentro del pecho; la ansiedad le turbaba por entero la inteligencia. Después de vacilar algunos momentos, emprendió su camino por la plaza del Ángel sin razón alguna para ello; pero tampoco la había para tomar otra dirección. Apretó el paso cuanto pudo sin ver á nadie más que al sereno allá en la esquina. Entró en la calle de Carretas y tampoco vió más que un grupo de jóvenes que se retiraban disputando sobre literatura. Al llegar á la Puerta del Sol, distinguió á lo lejos en la acera de la Carrera de San Jerónimo el bulto de una mujer. Experimentó una fuerte conmoción, y sin considerar que podían tomarle por un malhechor, echó á correr en pos de ella. Era una _desgraciada_, que al volverse para ver quién la seguía de aquel modo, encontró los ojos atónitos, espantados, del joven.

--Oye, querido--le gritó con voz ronca.

Pero Miguel ya había huído desalado por la calle del Príncipe. Y de repente se encontró otra vez en la plaza de Santa Ana. Entonces se detuvo, y apretándose las sienes con las manos, exclamó con angustia y en voz alta:

--¡Dios mío, qué me pasa!

Miró á todas partes con abatimiento, y no viendo á nadie, penetró en los jardines del centro para llegar primero á su casa y pedir auxilio al portero. Mas hete aquí que cuando ya estaba cerca de ella, ve sobre uno de los bancos que allí hay, blanquear el vestido de una mujer. No tuvo necesidad de dar muchos pasos para cerciorarse de que era la suya.

--¡Maximina, Maximina!

La niña, que sollozaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, la levantó con viveza. Miguel la tomó por la mano, la levantó suavemente, la obligó con la misma suavidad á apoyarse en su brazo, y salvó en silencio la distancia que le separaba de su casa. Al entrar en el portal, dijo con naturalidad, en alta voz:

--¿Por qué no me has avisado, mujer? ¡Buen susto me has dado!

Los porteros les saludaron.

--¿Podemos cerrar ya, señorito?

--Cuando ustedes quieran.

Subieron la escalera con el mismo silencio: entraron en casa, y después de haber dado las órdenes oportunas para que todas las luces se apagasen, Miguel condujo á su mujer hasta la alcoba; echó el cerrojo á la puerta, y dirigiéndose á la niña, que le miraba llena de espanto y zozobra, la obligó á sentarse en una silla. Después, arrodillándose á sus pies y besando sus manos con efusión, le dijo:

--Perdóname.

--¡Oh, no, Miguel!--gritó ella en el colmo de la confusión y la vergüenza, haciendo esfuerzos desesperados por arrodillarse y levantar á su esposo.--¡No me avergüences, por Dios! Yo soy, yo soy la que debe pedirte perdón por la atrocidad que acabo de hacer, por el disgusto que te he dado... ¡Suéltame! ¡Suéltame!... ¿Me perdonas?... Estaba loca, loca rematada... Pensé que no me querías ya, y se me amontonó el juicio... Quería morir á todo trance.

--¡Quieta, quieta!--repuso él sujetándola con fuerza.--Mañana haz lo que quieras. Hoy me toca á mí pedirte perdón y jurarte por Dios que ni con la chica de arriba, ni con otra alguna, te daré más celos en lo que me resta de vida.

Y es fama que cumplió su juramento.

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XVI

ACAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes de Febrero, Maximina dijo á su esposo:

--Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos á casa?

--¿Es fatiga solamente?--preguntó él mirándola con interés.--¿No te sientes mal?

--Un poquito--respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

--Voy á llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

Apesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

--¡Estás pálida!

--Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

--Ya sé lo que tienes. Voy á llamar un coche.

La niña bajó la cabeza, avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron á casa. En cuanto estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas de una gran batalla. Comenzó á dictar á las criadas, en voz baja, órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente á la puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete. Miguel presidió en silencio y con gravedad el arreglo del gran lecho nupcial, mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete, los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

--¿Qué sábanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--¿Las mejores dónde están?

--En el estante de arriba.

--Pondremos una colcha de damasco.

--¡Se va á estropear!

--No importa; es la mejor ocasión para echarla á perder.

--¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

--¿Por tu causa?--exclamó él entre sorprendido y enfadado.--¡Pues estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

--¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche... ¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido á recados.

--¿Qué, no han venido todavía?

--¡Pero, señorito, si acaban de salir!

--Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de genio: estaba como loco: iba y venía por la casa á grandes trancos: mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba con todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba á su esposa, la acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido á la puerta y había pegado á ella el oído, pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados. Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos le lleven! Otra vez á esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar á Juana, que al fin no tiene novio.

--¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo mismo á hacerlo... ¡Valor!

--Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo--dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

--¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía á ofrecerse «para todo». Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

--Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

--Señora, la cosa no es para menos--respondió él, mohino.

--¿Por qué, hijo mío?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y sencillo.

Miguel, á su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La Condesa empezó á maniobrar en la casa, como consumada estratégica, ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y se vió necesitado á vagar como alma en pena por los corredores. Una vez que atajó á Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso, sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los hocicos. Pronto volvió á abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió que el asunto no iba mal.

--Señorito, viene derecho--dijo la comadre.

--¿De modo que no hace falta llamar al médico?

--Para nada, gracias á Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero á los diez minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle ó engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

--Á mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución nada más--añadió tímidamente.

--Como usted quiera, señorito--respondió secamente y con gesto desabrido la comadre.

--¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella respondía?--manifestó la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contestó avergonzado. Y luego preguntó afectando sangre fría:

--¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en tono condescendiente:

--Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó á vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido é inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin embargo, no acababa de persuadirse á que debía fiar su felicidad y su vida entera á una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado á cónclave á todos los médicos eminentes de la corte. «Á la menor complicación que haya, la ahogo entre mis manos», se dijo con rabia. Y con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó á dar disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando con un enorme cuadro que representaba á San Ramón Nonnato, el cual se colocó en el gabinete con dos cirios encendidos á los lados. También esta señora se puso á dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí todo el mundo tenía derecho á dar órdenes menos el amo de la casa, al cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. «Porque al fin y al cabo--como él decía muy bien, paseándose con las manos en los bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy además el... ó lo seré, que es lo mismo.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo á su mujer en pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo á cenizas. La brigadiera, procurando reprimirse y suavizar la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya te avisaremos á su tiempo.

Obedeció á su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una expresión tan afectuosa y triste, que estuvo á dos dedos de abrir de nuevo la puerta y decir: «Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y ustedes se van por donde han venido». Pero reflexionó que el altercado ocasionaría un disgusto á Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió por ellos buen rato, prestando oído á los rumores del gabinete. Ansiaba oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían las de todas menos la de ella.

--¿Cómo va?--preguntó á la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido á tanto paseo, fué al salón y se dejó caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado, con los ojos muy abiertos, tratando de vencer el sueño que á despecho suyo se le iba apoderando. Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza cómodamente, dió un bostezo de á cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres ó cuatro mujeres invadieron precipitadamente la sala dando gritos.

--¡D. Miguel!...--¡Rivera!--¡Señorito!

--¿Qué pasa?--exclamó despertándose sobresaltado.

--¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron á la alcoba, donde vió á su esposa sentada aún en un una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También vió allá en un rincón á Juana con una _cosa_ entre las manos que chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse á su esposa, á quien besó con efusión.

--¿Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpió la Condesa:--ha pasado bastante la pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió á llorar como un niño.

--¡Pobrecilla!--murmuró.--¡Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres--añadió con exaltación,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó su remordimiento para dar lugar á las mil gratas emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres ¡siempre las mujeres! se opusieron á ello en tanto que el niño no estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando todo esto se hubo efectuado, pasó á la alcoba. Su esposa estaba más linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse á la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:

--Ahí tienes á tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó á la altura de los ojos. Y vió una carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada melódicos.

--¡Qué feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su esposa.

--¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?--¿De dónde saca usted que es feo, señorito?--¡Si precisamente es uno de los niños más hermosos que he visto, Rivera!--¿Quiere usted que ahora tenga las facciones perfectas?

--¡Quita, quita!--dijo la brigadiera arrebatándoselo de las manos.--¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cómo era usted á las dos horas de haber nacido, señorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

--Hermosísimo.

--¡Hombre, cómo se ha echado usted á perder!--exclamó la de Losilla riendo.

--No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra gratuita esa afirmación.

--Nada de eso--dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

--¡Maximina!

--¿Por qué le has llamado feo?

--Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de aquellas buenas mujeres: se morían de risa contemplando aquella boca abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo preñado de amenazas.

--¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!--Así me gusta, ensánchate, hombre, ensánchate.--¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda!--gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

--¿Cómo? ¿Dónde se queda?--preguntó Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas á pique de matarlo. Al fin dejó escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con satisfacción.

--Vaya, hay que darle de mamar á este tunante; si no, se nos va á enfadar.

--¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?--pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero se negó á tomarlo, no sabemos bajo qué pretexto. Las mujeres encontraron aquella conducta muy inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder á los deseos de las señoras y comenzó á chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al fin en el oficio.

--¿Han visto ustedes qué picarón?

--¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto continuo á cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes. Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó á dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su dignidad, le verían protestar en iguales ó parecidos términos.

Vuelto de nuevo á la cama, se durmió al instante como un obispo (el símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su esposa pensó al parecer que iba á lastimar al chico.

--¡Quita, quita!--gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto, pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla. En vez de enfadarse, se echó á reir como un loco. Maximina, avergonzada, sonrió, y su faz inocente volvió á adquirir el amable sosiego que la caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato. Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto continuo agua caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante. Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por la bajo, á las criadas «que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida», manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan prieta como la Condesa la ponía.

--Déjeme usted, Ángela, déjeme usted, que bien sé lo que hago--dijo ésta con cierto dejo de suficiencia, continuando en su tarea.

--¡Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me enseñe nadie á enrollar niños. He tenido seis hijos y, gracias á Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puesto muy serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel, irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con firmeza:

--Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño á una criada y salió de la estancia sin despedirse. Á pesar de sus ruegos, Miguel, que la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo á medida que se acercaba á la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco, subiendo á su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!--exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran á propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín del día, se disponía á retirarse dejando á Plácida que velase á su esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

--¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

--Sí, señorito.