Marcela, o ¿a cuál de los tres?

Part 4

Chapter 42,451 wordsPublic domain

La consonancia de trombones y violines, comparada a nuestro amor. El pensamiento es sublime. ¿Lo celebró? (_Va oscureciendo_).

JULIANA.

Sí, señor; soltando el trapo a reírse, como yo.

AGAPITO.

Pues; de alegría. Y dime: ¿tú no advertiste palpitación en su pecho, y así..., un rubor...?

JULIANA.

(¡Oh, qué chinche!) Excuse usted las preguntas, porque yo no he de decirle ni una palabra.

AGAPITO.

Está visto. Sin duda se me apercibe alguna dulce sorpresa. ¡Oh! Pero yo soy muy lince.

JULIANA.

Al más lince se la pegan.

AGAPITO.

¡Oh! Lo que es a mí, es difícil.— Hablemos claro: yo sé que Marcela se desvive por mí, y esos mentecatos, en vano, en vano compiten conmigo.

JULIANA.

Tengo que hacer, y si usted me lo permite...

AGAPITO.

Anda con Dios.—Ah, te ofrezco, luego que se realice mi casamiento...

JULIANA.

¿Un vestido?

AGAPITO.

Una libra de confites.

JULIANA.

Mil gracias por la fineza. (Mala víbora te pique.)

ESCENA VIII.

DON AGAPITO.

AGAPITO.

¡Bravo! La victoria es mía. Esta noche se despiden mis rivales, y no bien me dejen el campo libre, trataremos de la boda. A mediodía, convite gastronómico: a la noche, gran concierto, baile... Envidien mi fortuna los que tanto con sus bromas me persiguen; los que me llaman enclenque, y fatuo, y... Yo sé el _busilis_ mejor que nadie; y mujer que a mis gracias no se rinde, bien puede decir... ¡Qué veo! Allí vienen el belitre de don Martín y su primo don Amadeo. ¡Infelices!

ESCENA IX.

DON AGAPITO, DON MARTÍN y DON AMADEO.

MARTÍN.

No puede tardar. Aquí la aguardaremos.

AMADEO.

¡Terrible momento!

MARTÍN.

Don Agapito. Hagamos lo que te dije. ¡Duro en él! Yo por un lado; tú por otro.—Don Melindre (_Dándole una palmada en el hombro_), buenas noches.

AGAPITO.

Poco a poco. No quiero que me acaricien de ese modo.

AMADEO.

(_Por el lado opuesto haciendo lo mismo_). Buenas noches.— ¿A cómo van los anises?

AGAPITO.

¡Eh, que mis hombros no son de piedra!

MARTÍN.

No: son de mimbre; ya lo sé; pero mi afecto...

AGAPITO.

Bueno está que usted me estime, pero...

AMADEO.

¡Cuidado, que soplan unos vientos muy sutiles, y usted no está para fiestas! Le aconsejo que se cuide.

AGAPITO.

Pero, señores, ¿qué diablos?... Quiero que ustedes descifren...

MARTÍN.

Guárdese usted del sereno.

AGAPITO.

Pero aunque yo me constipe, ¿qué le importa a nadie?

MARTÍN.

Vamos; el que de esto no se ríe, no tiene gusto.

AGAPITO.

Señores...

MARTÍN.

Oye para que te admires. Ese apéndice...

AGAPITO.

¡Qué frases! No; pues como yo me irrite...

MARTÍN.

Quiere casarse.

AMADEO.

¿De veras?— No haga usted caso. Son chistes de mi primo. ¡Usted casarse!

AGAPITO.

Sí, señor. ¿Y quién lo impide?

MARTÍN.

Y con Marcela. ¡Ahí es nada!

AGAPITO.

¡Bueno es que ustedes me priven!...

MARTÍN.

Hombre, no sea usted fatuo.

AMADEO.

Hombre, no sea usted simple.

MARTÍN.

¿Dónde se ha metido usted?

AMADEO.

Mejor es que se retire con sus honores...

AGAPITO.

¡Por vida!... Desde que tengo narices, no me he visto...

MARTÍN.

¿Quiere usted, con esa traza de tiple, enamorar a Marcela? Si fuera entonar un _Kirie_...

AGAPITO.

¡Oiga usted!...

AMADEO.

¡Marido un _quidam_ que padece de raquitis!

MARTÍN.

Si usted se casa... perdone que su fin le pronostique; no vive usted veinte días.

AMADEO.

¿Qué veinte días? Ni quince.

AGAPITO.

¿Quieren ustedes dejarme?

MARTÍN.

¡Vaya una figura triste!

AGAPITO.

Pero ¿hay valor para esto?

AMADEO.

¡Vaya una cara de tisis, que da gozo!

AGAPITO.

¡Voto a bríos!

AMADEO.

¡Lindo mueble!

MARTÍN.

¡Lindo dije!

AGAPITO.

¡Me ahorcara!

AMADEO.

¡Vaya un apunte!

MARTÍN.

¡Vaya un ente inverosímil!

AGAPITO.

Señores, basta de broma.

MARTÍN.

¡Eh! ¿Quiere usted que me explique de otro modo?

AMADEO.

Mejor es. Dejémonos de perfiles. Renuncie usted a la mano de Marcela.

AGAPITO.

Es imposible.

MARTÍN.

Deje usted de visitarla. No es justo que nos fastidie...

AMADEO.

Que nos estorbe...

AGAPITO.

Esas cosas de ningún hombre se exigen; y primero...

MARTÍN.

¿Conque usted gallea?

AMADEO.

¿Usted se resiste?

MARTÍN.

(_Tirándole de un brazo_). Pues véngase usted conmigo.

AMADEO.

(_Tirándole del otro_). Pues veremos si usted riñe como habla. Sígame usted.

AGAPITO.

Señores, no me desquicien.

MARTÍN.

Déjale. Vamos al campo.

AMADEO.

Es inútil que porfíes. Antes lidiará conmigo.

AGAPITO.

Pero entre Escila y Caribdis, ¿qué hago yo?

MARTÍN.

Suéltale.

AMADEO.

Aparta.

AGAPITO.

¡Por piedad, no me asesinen ustedes!

MARTÍN.

¡Al campo!

AMADEO.

¡Al campo!

AGAPITO.

¿Quién me socorre? ¡Ah, caribes!

ESCENA X.

DON AMADEO, DON AGAPITO, DON MARTÍN, DON TIMOTEO y JULIANA.

Don Martín y don Amadeo sueltan a don Agapito. Juliana trae luces.

TIMOTEO.

¿Qué es esto?

JULIANA.

¿Qué es esto?

AMADEO.

Nada.

TIMOTEO.

Esos gritos...

MARTÍN.

Una broma.

AGAPITO.

Pero broma muy pesada.

MARTÍN.

¿Se pica usted, camarada? Pues con su pan se lo coma.

TIMOTEO.

¿Picarse? ¡Qué disparate!— Pero al oír tal debate, yo pensaba, por mi abuelo, que se trataba de un duelo, o desafío, o combate.

MARTÍN.

¡Qué! No, señor. Le hemos dicho que deje de pretender a Marcela.

TIMOTEO.

¡Buen capricho!

MARTÍN.

Porque ella es mucha mujer para semejante bicho.

AGAPITO.

¿No ve usted cómo me insultan? Yo lo sufro.

AMADEO.

Por desidia.

AGAPITO.

Mas si antes no me sepultan, Marcela... En vano lo ocultan: se están muriendo de envidia.

TIMOTEO.

¡Silencio!—Amigos, ahora, luego, más tarde, después...

JULIANA.

Fuego de amor los devora; mas ya vendrá mi señora, y escogerá entre los tres.— Oiga usted, don Amadeo (_Se lo lleva a un lado, y hablan aparte. Lo mismo hace don Timoteo con don Martín._), hablé por usted a mi ama. De usted será. Así lo creo.

AMADEO.

¡Fausto amor! ¡Dichosa llama!— Mas ¡ay!, te engaña el deseo.

TIMOTEO.

Usted va a rendir el muro.

MARTÍN.

¿Será mía?

TIMOTEO.

Lo aseguro.

MARTÍN.

¡Si vale usted un tesoro!

TIMOTEO.

Lo afirmo, y lo corroboro, y lo sostengo, y lo juro.

AGAPITO.

¡Cuánto tarda! Me impaciento.— ¡Oh! Con tisis y sin tisis, ya se verá... Pasos siento.

JULIANA.

Ya está aquí.

TIMOTEO.

Llegó el momento decisivo; esto es, la crisis.

ESCENA XI.

DON TIMOTEO, DON MARTÍN, JULIANA, MARCELA, DON AGAPITO y DON AMADEO.

TIMOTEO.

Bien venida.

AMADEO.

(¡Oh dulce vista!)

MARCELA.

Caballeros, buenas noches.

TIMOTEO.

Aquí tienes tres amantes, o bien tres adoradores, que solicitan, pretenden, anhelan ser tus consortes. Todos tienen buenas prendas, o cualidades, o dotes; y es fuerza que alguno de ellos tu preciosa mano logre. ¿A cuál de los tres eliges? ¿A cuál de los tres escoges?

MARCELA.

Declarados ya los tres, el triste deber me imponen, mi amistad, mi honor, mi estado, de decir a estos señores libremente mi sentir: y pues el poder del hombre, como ha dicho alguno de ellos, no manda en los corazones, yo espero que sin rencor a mi fallo se conformen.

AGAPITO.

Lo prometo.

MARTÍN.

Y yo también.

AMADEO.

Y yo.

MARCELA.

Tres declaraciones he recibido esta tarde que me colman de favores. Ahora bien: responderé a todos tres por su orden.— Don Agapito...

AGAPITO.

¡Ay, Marcela! (Solo a mí me corresponde. Sus ojos lo están diciendo.)

MARCELA.

Aunque me sobran razones para quejarme de usted, pues no sé cuándo, ni dónde le he dado yo fundamento para que tanto blasone de mi soñado cariño...

AGAPITO.

Señora..., yo...

MARTÍN.

Aquí se oye y se calla...

MARCELA.

La indulgencia ha sido siempre mi norte; y mal puedo yo evitar que usted viva de ilusiones. Le perdono su osadía.— Por lo que hace a sus amores, los agradezco en el alma, siquiera por los bombones que me regaló esta tarde; mas le ruego no se enoje si digo que para usted mi corazón es de bronce.

AGAPITO.

¡Qué escucho!

MARCELA.

No hay que afligirse. Siendo tantos los primores de esos pies y de esas manos, mujeres hay, más de doce, a las cuales un marido como usted vendrá de molde, ya que no haga justicia a un mérito tan enorme. Pero le daré un consejo, siempre que a mal no lo tome. Si usted pretende, hijo mío, ser venturoso en amores, déjese de caramelos; robustezca sus pulmones; emancipe su cintura del corsé que se la come; déjese de figurines, déjese de rigodones; que el hombre, ante todas cosas, está obligado a ser hombre.

AGAPITO.

¡Usted también! Vive Dios, que ya no hay paciencia...

TIMOTEO.

¡Pobre don Agapito! Si usted consiente en que yo le adobe, le cure, le restablezca, desencanije y entone...

AGAPITO.

Déjeme usted, que estoy hecho un tigre, un rinoceronte. ¡A mí tal desaire! A mí... Estoy echando los bofes de cólera y de... ¿Qué digo? Eso quieren: que me amosque, y me desespere, y... No; que hay hermosuras mayores muertas por mí.—Sí, señora; y porque usted me abochorne, no dejaré yo de ser la delicia de la corte.

ESCENA XII.

MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON TIMOTEO y JULIANA.

JULIANA.

(Ese ya va despachado.)

TIMOTEO.

¡Qué estúpido es ese joven, qué necio, qué mentecato, y qué estólido, y qué torpe! No; pues como no se enmiende, o se corrija, o reforme, le anuncio, le pronostico, le presagio mil sofiones; ¡oh!, y exequias prematuras, anticipadas, precoces.

MARTÍN.

¿Conque a quién le toca ahora?

AMADEO.

(Yo tiemblo como el azogue.)

MARCELA.

Al señor don Amadeo.— Sentiré que le incomode mi franqueza. Yo le estimo como a un hermano. Son nobles sus sentimientos; su trato el más ameno; es muy dócil, muy fino, muy consecuente, y me faltan expresiones para ensalzar su talento; mas, por mucho que me honre con su mano, nuestros gustos, nuestros genios son discordes. Él es serio, reflexivo, taciturno; y yo, señores, viva, alegre, bulliciosa. Además, aunque él me adore, jamás podré conseguir que a las musas abandone; y tendré celos de Erato, de Talía y de Caliope.— Mas ya que el hado no quiere que esposo mío le nombre, más tierna amiga que yo no ha de hallar en todo el orbe.

AMADEO.

(_Muy exaltado_). ¿Amiga? ¡Qué profieres! ¿Merece mi cariño tanto agravio? ¡Ah! Rompa ya mi labio, rompa el silencio, pues mi muerte quieres. ¡Oh tú, la más cruel de las mujeres! ¡Oh tú, cuyos hechizos por mi destino aciago adoro a mi despecho! ¿Solo me ofreces de mi amor en pago yerta amistad?—Arráncame del pecho en donde está grabada, arráncame primero, ingrata, impía, tu imagen adorada. La amistad apacible tal vez se cambia en amorosa hoguera; mas ¿dónde el insensible, dónde está el corazón, cobarde, helado, que a la amistad desciende cuando en llama voraz Amor le enciende? No, no. Sé mi enemiga, pues no merece el mísero Amadeo a par de ti ceñirse en los altares la plácida corona de Himeneo. En tanto mis pesares, lejos de ti llorando, en la ribera del lento Manzanares, yo, con voz lastimera, a los vientos daré tristes cantares. ¡Adiós!

MARCELA.

Pero oiga usted...

AMADEO.

No. Ya es en vano.

MARTÍN.

Primo...

TIMOTEO.

¡Raras manías!— Mire usted, considere, reflexione, que como no abandone...

AMADEO.

¿Ya va usted a ensartar sus profecías? Cállese usted, y el diablo se lo lleve.— ¡Adiós, mujer aleve! ¡Adiós por siempre! ¡Adiós! Nuevo Macías, víctima moriré de tus rigores. En tiernas elegías cantad, hijos de Apolo, mis amores, y mi tumba llorad, llorad, pastores.

ESCENA ÚLTIMA.

MARCELA, DON TIMOTEO, DON MARTÍN y JULIANA.

MARCELA.

¿Don Martín, lloro o me río? porque a la verdad, yo dudo lo que debo hacer.

MARTÍN.

Reír es lo mejor.

TIMOTEO.

¡Qué _ex abrupto_, qué descarga, qué andanada, qué tempestad, qué diluvio de quejas y de clamores, de lágrimas y de insultos!

MARCELA.

¿Pero habrá perdido el juicio?

MARTÍN.

¿Cómo, si nunca lo tuvo? Ya ve usted, poeta... Pero no hay cuidado: ese es un flujo de palabras. El morirse de amores ya no está en uso.

TIMOTEO.

Ea, vamos; ya está visto que es tu novio o tu futuro don Martín.

JULIANA.

¡Pobre poeta!

TIMOTEO.

Aplaudo, celebro mucho tu buena elección, tu acierto; quiero decir, tu buen gusto.

MARTÍN.

Si merezco tanta gloria, no habrá, señora, en el mundo quien no envidie...

MARCELA.

Usted perdone, don Martín, si le interrumpo.— Confiese usted que no tiene todavía muy maduros los cascos para marido. Aún no está usted muy seguro de quererme solo a mí. Aún están muy en tumulto esas pasiones; y yo, que no fui con mi difunto muy dichosa, antes que humille otra vez mi frente al yugo, lo miraré muy despacio. Palabras que como el humo se disipan, nada prueban, y a quien cumplió cinco lustros, don Martín, no se deslumbra con amorosos arrullos. Aunque un poco atolondrado, usted, no lo dificulto, sería muy buen marido; mas dice un refrán del vulgo que lo mejor de los dados es no jugarlos.

MARTÍN.

¡Me luzco como hay Dios!

TIMOTEO.

Pero sobrina...

MARTÍN.

¿Conque tampoco hay indulto para mí?

MARCELA.

Perdone usted. No es vanidad, no, lo juro, la causa de este desvío con que a tres novios renuncio; pero amo mi libertad y en ella mi dicha fundo. No aborrezco yo a los hombres aunque severa los juzgo. Confieso que para amigos son excelentes algunos; para amantes, casi todos, para esposos... ¡_abrenuncio_! Mi sexo me inclina a ellos; mi razón toma otro rumbo.— No sé al fin quién vencerá, porque yo no soy de estuco. Entre tanto ni desprecio a los hombres ni los busco. Buenas palabras a todos, mi corazón... a ninguno.

MARTÍN.

Esta franqueza me encanta, y sería un necio, un bruto si, ya que aspirar no puedo, aunque de amor me consumo, a una mano tan preciosa, no cifrase yo mi orgullo en elogiar a Marcela y en llamarme esclavo suyo.

JULIANA.

¿Conque no se casa usted?

TIMOTEO.

He de bajar yo al sepulcro sin el consuelo, el alivio, el gusto, el placer...

MARCELA.

Presumo que así será.

TIMOTEO.

Mas ¿por qué? ¿Por qué, mujer? Yo me aburro.

MARCELA.

Boda quiere la soltera por gozar de libertad, y mayor cautividad con un marido la espera. En todo estado y esfera la mujer es desgraciada; solo es menos desdichada cuando es viuda independiente, sin marido ni pariente a quien viva sojuzgada. Quiero, pues, mi juventud libre y tranquila gozar, pues me quiso el cielo dar plata, alegría y salud. Si peligra mi virtud, venceré mi antipatía, mas mientras llega este día ¿yo marido? Ni pintado, porque el gato escarmentado huye hasta del agua fría. Los humanos corazones yo a mi costa conocí. Pocos me querrán por mí; cualquiera por mis doblones.— Celibatos camastrones, buscad muchachas solteras, que muchas hay casaderas. Dejadme a mí con mi luto. Paguen ellas su tributo: yo ya lo pagué, y de veras. No perturbéis mi reposo. Hombres, yo os amo en extremo, pero a la verdad, os temo como la oveja al raposo. Este es necio; aquel celoso; avaro y altivo el uno; otro infiel; otro importuno; otro...

MARTÍN.

¿Está usted dada al diablo?

MARCELA.

No hay que ofenderse. Yo hablo con todos y con ninguno.

FIN DE LA COMEDIA.