Marcela, o ¿a cuál de los tres?
Part 3
Si es tanta, mala angina en tu garganta, pon en las nubes el grito; desahoga el corazón; truena, y no con esa calma te estés repudriendo el alma con tanta lamentación. En el café mucho hablar. Vaya; ¿quién te pone tasa? Y en entrando en esta casa solo sabes suspirar. (_Le hace levantar_). Levanta; deja de hacer en ese rincón el búho, y reneguemos a dúo de esa funesta mujer. Toma parte en mi rabieta, y pues tanto me ultrajó, llámala tú, como yo, frívola, falsa, veleta. Por mucho que tú te asombres de su garbo sin segundo, di que Dios la ha echado al mundo para acabar con los hombres. Di conmigo, pues me mata: «Mujer inicua y sin fe, permita Dios que te dé veinte arañazos la gata».
AMADEO.
No la haré yo tal agravio; no tomaré tal venganza. Solo para su alabanza osaré mover el labio. Mientras con saña importuna te quejas de su desvío, yo la pondré, primo mío, en los cuernos de la luna. Diré que eclipsa la gloria de Cleopatra, de Lucrecia, y de aquella que en la Grecia dejó perpetua memoria. Diré que es, cual otro Edén, aquel rostro afable, hermoso. Diré que es grato y sabroso hasta su mismo desdén. Con tierna solicitud, si tanto puede mi acento, encomiaré su talento, ensalzaré su virtud. Diré que es dulce, sencilla, cuerda, apacible, donosa; y diré en verso y en prosa que es la octava maravilla.
MARTÍN.
¡Qué fuego! ¡Qué ponderar! Estoy de oírte pasmado. O la viuda te ha flechado, o yo no sé qué pensar.
AMADEO.
¡Ah! Sí; mi pecho la adora, y en él su imagen grabada...
MARTÍN.
¡Mire usted con qué embajada me sale el primito ahora! Yo bien decía entre mí: este pisó mala yerba; pero es tanta tu reserva... Nunca obsequiarla te vi... Yo atendía a otro negocio, y con mi afán no advertía... Pues escucha: juraría que tenemos otro socio.
AMADEO.
¡Otro! ¿Y quién?
MARTÍN.
Don Agapito.
AMADEO.
Sí, pero en vano porfía.
MARTÍN.
Querer a ese hombre sería imperdonable delito; bien lo conozco. No obstante, como amor todo es chiripas...
AMADEO.
¡Qué! ¡Si da dolor de tripas solo el mirar su semblante! Menospreciarle debemos, porque a un bicho tan cuitado le honraría demasiado...
MARTÍN.
Calla, que aquí lo tenemos.
ESCENA VIII.
DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO con un cucurucho de dulces.
AGAPITO.
Todo Madrid he corrido por traer de los mejores, hasta que al fin..., ¡oh, señores! ¿Y Marcela? ¿Dónde ha ido? (_Don Martín y don Amadeo rodean a don Agapito y le hablan con mucho misterio_).
MARTÍN.
A una solemne función.
AGAPITO.
¿A estas horas? No sospecho...
AMADEO.
Está postrada en su lecho... la viuda de Agamenón.
AGAPITO.
¡Eh, señores! Esa chanza...
MARTÍN.
No es ilusión.
AMADEO.
¡Oh maldad! ¡Oh perfidia!
MARTÍN.
¡Oh liviandad, que está clamando venganza!
AGAPITO.
Vaya, basta de tramoya, que es para aspar a cualquiera...
MARTÍN.
¡Oh Atrida! ¡Más te valiera haber fenecido en Troya!
AGAPITO.
Pues digo que es buen humor...
AMADEO.
¡Ay, señor don Agapito. tres de una vez! ¡Oh delito!
MARTÍN.
¡Y el uno es negro! ¡¡Qué horror!!
AGAPITO.
Véame yo confundido si entiendo un solo vocablo.
AMADEO.
¡Silencio!
AGAPITO.
Pero ¿qué diablo...?
MARTÍN.
¡Chist!... Clitemnestra ha parido.
AGAPITO.
¿Clitemnestra? Por mi abuela...
MARTÍN.
¿Quiere usted que lo repita?
AGAPITO.
(_Dando palmadas_). ¡Ah! ya entiendo. La gatita, la gatita de Marcela. Por vida... Me alegro mucho. Voy corriendo; Voy a ver... (_Despidiéndose_). Señores...
MARTÍN.
¿Puedo saber qué encierra ese cucurucho?
AGAPITO.
Son bombones, capuchinas, almendras garapiñadas, yemas acarameladas y pastillas superfinas. ¿Gusta usted, don Amadeo? ¿Y usted...?
MARTÍN.
La ventura alabo de don Agapito. ¡Bravo! Ya hay dulces para el bateo. Corra usted...
AMADEO.
Corra usted; sí. Mi enhorabuena le doy.
MARTÍN.
Cuidarla mucho.
AGAPITO.
Voy, voy.— El negrito para mí.
ESCENA IX.
DON MARTÍN y DON AMADEO.
MARTÍN.
¿Has visto, primo, en tu vida más ridículo animal?
AMADEO.
Ya se iba amoscando un poco.
MARTÍN.
¡Oh! Y si él se enoja, es capaz... de caerse muerto.—Pero dejémosle acariciar a su Clitemnestra, y vamos a otra cosa más formal. ¿Conque amas a la viudita?
AMADEO.
¿Y quién, oh primo, verá tantas gracias en su rostro y en su cuerpo celestial sin sentir dentro del pecho un amoroso volcán?
MARTÍN.
A mí también me ha gustado más de lo que es regular; y, por cierto, no esperaba que fueses tú mi rival. Yo creí que satisfecho con merecer su amistad, no aspirabas a la dulce coyunda matrimonial.
AMADEO.
Tampoco yo esperaba que fueses tú su galán.
MARTÍN.
¡Poeta y amar de veras, es cosa particular!
AMADEO.
¿Y qué diremos de ti, andaluz y capitán?
MARTÍN.
Como que iba yo a pedirte me hicieses un madrigal para pintar a Marcela mi dulce cautividad.
AMADEO.
Yo me iba a valer de ti para decirla mi afán.
MARTÍN.
Pues querernos a los dos no es posible.
AMADEO.
Claro está.
MARTÍN.
Dejarla es duro; matarnos sería una necedad. ¿Qué haremos?
AMADEO.
Querido primo, ya sabes tú cuán fatal soy en amores. La adoro. Solo la tumba podrá de mi triste corazón la activa llama apagar; mas sea que no merezco tan peregrina beldad, sea que con tantos ayes la he llegado a fastidiar, bien conozco que Marcela no será mía jamás. Tú sabes mejor que yo la ciencia de enamorar. Yo soy tímido en extremo; tú eres en extremo audaz; a mí no me da esperanzas; acaso a ti te las da.— Yo te cedo su conquista: sí, Martín; y de este umbral apartado para siempre, triste, desvalido, ¡ay!, lloraré mi desventura en amarga soledad.
MARTÍN.
¡Ah, ah!... Déjame reír.
AMADEO.
¿Conque estoy para expirar, y te ríes?
MARTÍN.
No hay cuidado: pronto te consolarás, que amores inconsolables no son fruta de esta edad.
AMADEO.
¡Cómo! ¿Tú dudas, Martín, de mi amor?...
MARTÍN.
No dudo tal; pero hablemos con franqueza, pues nos conocemos ya. Hoy por Marcela suspiras; mañana suspirarás por otra.
AMADEO.
Yo soy sensible; yo no vivo sin amar.
MARTÍN.
Pues por eso mismo es fácil que rinda tu voluntad otra Filis u otra Laura, amartelado zagal. Tres damas te he conocido desde el día de San Juan. La cuarta es Marcela.—Vamos, dime ahora la verdad: ¿no te atreves con la quinta? ¿No hay en tu pecho lugar para hospedarla? ¡Qué diablos! Aunque sea en el zaguán.
AMADEO.
Aún me harás reír, Martín, y eso es una iniquidad.
MARTÍN.
Yo también amo a Marcela; pero amo a lo militar; reservándome algún tanto de juicio y de libertad, por si hay que volver las grupas hacia el cuartel general. Cuando la veo, me inflamo, pierdo la chaveta, y más si esgrime aquellos ojos que tanta guerra me dan. Confieso que si lograra su mano, fuera el mortal más dichoso, pero, amigo, no me dejará enterrar como amante de novela si calabazas me da.
AMADEO.
Pero en suma, ¿qué partido tomaremos?
MARTÍN.
Declarar formalmente nuestro amor a la viuda, y cada cual ver cómo puede rendirla. No es mucha temeridad, que ella nos anima a todos con su carácter jovial. Manos a la obra, Amadeo. ¡Al grano!, que lo demás es perder tiempo. Al que venza, su fortuna le valdrá, y el que quedare vencido ceda el campo a su rival.
AMADEO.
Pues lo quieres, me conformo.
MARTÍN.
Entre tanto, dame acá esos cinco. Siempre amigos.
AMADEO.
Siempre amigos.—Y del tal don Agapito, ¿qué hacemos?
MARTÍN.
Declararle sin piedad la guerra; mortificarle, perseguirle y no parar hasta echarle de esta casa; que aunque él es moro de paz, y no puede desbancarnos, semejante orangután, sin embargo, será útil...
AMADEO.
¿Para qué?
MARTÍN.
Para estorbar. Sígueme; vamos a casa, y dispondremos el plan de ataque. (Mucho me engaño, o la hago capitular).
FIN DEL ACTO SEGUNDO.
ACTO TERCERO.
ESCENA PRIMERA.
DON TIMOTEO y MARCELA.
TIMOTEO.
Pues hemos quedado solos, ven; sentémonos aquí, sobrinita.
MARCELA.
Está muy bien. (_Se sientan_). ¿Qué me quiere usted decir?
TIMOTEO.
Muerto, o difunto, tres años hará el día de San Luis, tu marido, tu consorte, tu esposo don Valentín; eres viuda, pero viuda todavía en el abril; quiero decir, en la flor de tus años. ¿No es así?
MARCELA.
Cierto. (¿A dónde irá a parar?)
TIMOTEO.
Aunque en edad juvenil, por tu estado, tu talento, tu independencia, y en fin, porque te dan tus haciendas una renta de dos mil y quinientos pesos fuertes, que hoy día es un Potosí, eres hábil, apta, idónea, según el fuero civil; digamos, según las leyes y costumbres del país, para hacer lo que te agrade de tu persona gentil.
MARCELA.
Pero...
TIMOTEO.
Sentado y supuesto que tienes maravedís, esto es, dinero, caudal para poder subsistir... Digamos...
MARCELA.
Al grano, tío.
TIMOTEO.
Aunque no es tampoco ruin, o, si se quiere, mezquina, cicatera, baladí mi fortuna, pues poseo, gozo y disfruto en Madrid seis mil ducados anuales, que no es un grano de anís, no te hago ninguna falta; no necesitas de mí. Pero apenas cinco lustros acabas tú de cumplir, o sean veinte y cinco años; y supuesto que en monjil no se han de trocar tus galas; y, si no quieres mentir, una voz dentro del pecho a nueva amorosa lid te está brindando; Marcela, sobrina, por San Dionís, al yugo del himeneo vuelve a humillar tu cerviz. Cásate, y antes que muera, antes que llegue al confín, al término de mi vida, que ya la tengo en un tris, véame yo en tus hijuelos renacer, reproducir, ya que no pueda en los míos, por culpa de mi Beatriz, que en gloria descanse, aunque ella me echaba la culpa a mí.
MARCELA.
Aún no soy tan vieja, tío, que me tenga sin dormir el ansia de pronunciar en los altares un sí. Doy por sentado que el hombre, lo mismo aquí que en París, es de la mujer apoyo, como el olmo de la vid; pero aunque tanta viudez ya me empezase a aburrir, porque insensible no soy cual figura de tapiz, eso de casarse, tío, no se hace así como así. ¿He de pregonar mi mano a son de caja y clarín?
TIMOTEO.
No digo tal; Dios me libre de pensamiento tan vil, ¡porque vale más tu mano que el imperio marroquí! Quédese para las feas el descaro y el ardid, o sea... ¡Cuántos habrá que suspiren entre sí, quiero decir, en silencio, por enlazar, por unir su destino con el tuyo! Ahí tienes a don Martín, al capitán, que delira, bebe los vientos por ti.
MARCELA.
¿De veras?
TIMOTEO.
Sí, me lo dijo sobre mesa, y no en latín, porque, como al fin, criado en la orilla del Genil, tiene un desparpajo... Y vaya; que no es cosa de escupir, de menospreciar... Treinta años; hombre fuerte, varonil; capitán de artillería, con haciendas en Coín, y en Loja, y en Antequera; noble como el mismo Cid; franco, alegre... Para esposo, vamos, no hay más que pedir.— ¡Ah, picaruela! ¿Te ríes? Él se ha valido de mí...
MARCELA.
Pero...
TIMOTEO.
Entiendo. Tu modestia, tu rubor... ¡Oh, qué sutil, qué sagaz soy yo, qué fino para esto de descubrir, adivinar, sorprender un secreto femenil! Esto es hecho. Ahora a tus solas... Adiós, me voy al jardín. Echaré pan a los peces y subiré perejil para mañana. ¡Qué boda! ¡Qué brillante porvenir! Serás muy afortunada, muy dichosa, muy feliz.
ESCENA II.
MARCELA.
MARCELA.
¡Pues! Porque ve que me río, ya se va tan satisfecho; ya presume que mi pecho... ¡Qué original es mi tío! Sensible soy como todas; no me pienso emparedar, pero me pongo a temblar con solo hablarme de bodas. Me hallo bien con mi reposo, con mi dulce libertad, y temo hallar en verdad un tirano en un esposo. Mas si al fin, como mujer, me es forzoso sucumbir, ya que yo lo he de sufrir, yo me lo quiero escoger.
ESCENA III.
MARCELA y JULIANA.
JULIANA.
¡Buenas nuevas! El criado de don Agapito ahora me acaba de dar, señora, este billete cerrado.
MARCELA.
¿Y a quién dirige esa esquela el señor don Agapito?
JULIANA.
Lea usted el sobrescrito.
MARCELA.
(_Toma el billete, y lee el sobre_). «Para la hermosa Marcela».— Extraño, por vida mía, que un papel quiera enviarme un hombre que pueda hablarme a cualquier hora del día.
JULIANA.
Faltándole atrevimiento para hablar, la cosa es clara, en ese papel declara su amoroso pensamiento; pues, por mucho que presuma de la victoria, es constante que maneja todo amante mejor que el labio la pluma. Sí; carta es de amor.
MARCELA.
Lo creo, porque me dijo no ha mucho...
JULIANA.
Ya con impaciencia escucho. Abra usted, pues.
MARCELA.
Abro y leo.
«Adorable y adorada Marcelina: Unidos nuestros corazones por los ocultos resortes de mágica armonía, como los sones del trombón se acuerdan con los ecos del violín cuando marcan los compases de una contradanza con melodiosa cadencia...»
¡Buen principio! Esto promete. Me pasma tanta elocuencia.
JULIANA.
Con melodiosa cadencia... Vale un mundo ese billete.
MARCELA.
«Días ha que nuestros ojos son los únicos intérpretes de nuestra recíproca ternura; pero ha tomado tal incremento la mía, que ya no la puedo contener en los límites de mi silencio, aunque expresivo y elocuente. Un poeta misántropo y calenturiento; un militar atolondrado y hablador, la bloquean a usted, y, envidiosos de mi ventura, parece que se empeñan en secuestrar mis amores. Declaro, pues, por escrito, desesperado de poderlo hacer de palabra, que mi gusto por la danza, mi pasión por la moda, mi fanatismo por las sedentarias e inocentes labores del bello sexo, a que usted pertenece, y con el cual aspiro a identificarme, y últimamente, mi afición a las pastillas de coco y a los merengues, no embelesan tanto mis sentidos como una sola mirada de la interesante Marcela. Arda, pues, para nosotros la antorcha de Himeneo, y envidien todos los elegantes de Madrid al derretido y amartelado
_Agapito Cabriola y Bizcochea_».
JULIANA.
¡Oh, qué melifluo papel!
MARCELA.
Su lectura causa tedio. ¡Qué novio para un remedio!
JULIANA.
Pues calabazas en él.
MARCELA.
Me enfada su presunción y su descaro inaudito. ¿Cuándo el tal don Agapito conquistó mi corazón? Si a mi despecho tal vez sus visitas he sufrido, porque mi paciencia ha sido mayor que su estupidez; si su necia petulancia me ha dictado con razón algún elogio burlón que ha convertido en sustancia; si, como hago con cualquiera por no poderlo evitar, mi mano le suelo dar al subir una escalera; si sufro, por no hacer dengues sobre lo que nada vale, que alguna vez me regale caramelos y merengues, no le autorizo por esto a tan extraña osadía, ni mi amor jamás pondría en hombre tan indigesto.
JULIANA.
¡Uf! Me da dolor de muelas; de mirarle me empalago. Dele usted carta de pago, y vaya a las Covachuelas.
MARCELA.
No pasará de esta noche, puesto que a tanto se atreve. Ya que el demonio me lleve, quiero que me lleve en coche.
JULIANA.
¿Y qué le digo al criado que espera contestación?
MARCELA.
Le dirás que a la oración... (_Suena una campanilla_). Anda a ver quien ha llamado.
ESCENA IV.
MARCELA.
MARCELA.
¡Pues estará poco ufano con mi pretendido amor! ¿Yo esposa suya? ¡Qué horror! Antes cortarme la mano. Yo le haré con mis desprecios... ¡Señor, _que no ha de poder_ _ser amable una mujer_ _sin que la persigan necios_!
ESCENA V.
MARCELA y JULIANA.
JULIANA.
Señorita, ¡gran correo! Dos cartas más. ¡Qué fortuna! Don Martín manda la una, la otra don Amadeo. También esperan respuesta los criados de los dos.
MARCELA.
Dame, dame.—Santo Dios, ¿qué conspiración es esta?
JULIANA.
¡Bueno! ¿Qué hace usted con tres declaraciones ahora?
MARCELA.
Leamos.—«A mi señora doña Marcela Cortés».
JULIANA.
(La veo en terrible aprieto.— ¿Quién se llevará la torta?)
MARCELA.
Esta a lo menos es corta.
«_A Marcelita_: soneto.—
Si digno fuera de tu ansiada mano quien más rendido tu belleza adora, pronto luciera la benigna aurora, término a tu desdén, que lloro en vano. Mas ¡ay!, jamás logró poder humano dar leyes al amor; jamás, señora, que, a poderlas dictar, mi pecho ahora se holgara de romper su yugo insano. No con dulce esperar me lisonjeo: solo te pido en premio a mi ternura, el fatal desengaño que preveo: Bien como en cárcel hórrida y oscura solía un tiempo el inocente reo la muerte preferir a la tortura.
_Amadeo Tristán del Valle_».
JULIANA.
A ese no habrá quien le tilde de vano y de presumido. ¡Qué modesto, qué rendido, qué respetuoso, qué humilde!
MARCELA.
Si es cierto amor tan extraño, yo estoy muy comprometida, porque va a perder la vida si le doy un desengaño.
JULIANA.
Pero es tan bello sujeto, tan amable... Bien merece... (Buena señal, que enmudece.)
MARCELA.
Mucho me agrada el soneto.
JULIANA.
Por fuerza ha de ser muy fiel quien tales sonetos fragua. ¡Eh, señora! Pecho al agua. Decídase usted por él.
MARCELA.
No es imposible que sienta lo que me dice.
JULIANA.
Pues ya.
MARCELA.
Pero el soneto quizá se ha escrito para cuarenta.
JULIANA.
Con tal marido, yo espero...
MARCELA.
Después de la bendición, suele volverse león el más tímido cordero.
JULIANA.
Mi corazón se conmueve, y a ser la cosa conmigo...
MARCELA.
Confieso que es el amigo que más aprecio me debe; mas casarme...
JULIANA.
Voto a San... Si no nos aventuramos, señora mía...
MARCELA.
(_Después de un momento de reflexión_). Leamos la carta del capitán.—
«Amable Marcelita: Esta tarde me hubiera declarado verbalmente, a no habérmelo impedido el parto de _Clitemnestra_. Me dejó usted plantado por una gata...».
Aunque nada hay malo en esto, nunca tan frívola fui. Para escaparme de aquí me valí de aquel pretexto; porque estaba ya en un potro, y no podía sufrir al uno por su gemir, y por su charlar al otro.—
«Pero yo no lo atribuyo a desprecio, sino a un capricho, a una chanza, o tal vez al designio de hacerme ver que ciertas materias se deben tratar sin testigos.—Ya es tiempo de explicarme.
»Treinta años hace que soy soltero, y no es para hombres de mi temple el ser toda la vida de Dios una misma cosa. Unos me pintan el matrimonio como el más espantoso cautiverio; otros dicen que es un manantial de dichas y de placeres. Cada uno cuenta de la feria como le va en ella. Yo quiero salir de dudas, porque siempre he sido curioso, y porque empiezo a cansarme de andar, como suelen decir, a salto de mata. Los mandamientos de la ley de Dios me prohíben hostilizar a la mujer del prójimo. Dicen que todo lo puede el dinero: mentira. Yo tengo tres mil duros de renta, y nunca he podido comprar los verdaderos placeres, que otros más afortunados disfrutan _gratis_. Me canso de lidiar con patronas y lavanderas. Por otra parte, cuando yo nací, mi padre fue lo que yo no he sido todavía, y un hombre como yo no ha de ser menos que su padre. Por estas y otras razones he resuelto casarme; y habiendo de elegir una esposa, ¿quién mejor que usted, viudita mía? Talento, gracia, hermosura... ¡Cuántos presagios de ventura matrimorial!—Aunque creo que no me mira usted con repugnancia, ignoro todavía el lugar que ocupo en ese corazón; pero me parece que no haría usted ningún disparate en casarse conmigo, porque, sin vanidad, me atrevo a ser tan buen consorte como el primero.
»Ya ve usted que esto es hablar al alma. He dicho. Responda usted ahora con la misma franqueza a su resuelto pretendiente,
Q. S. P. B.
_Martín Campana y Centellas_».
¡Epístola singular! ¿Has visto un novio más brusco?
JULIANA.
Por cierto que el hombre es chusco. ¡Qué modo de enamorar!
MARCELA.
Alabo su buen humor, y su carta me da gozo, que al fin es soberbio mozo...
JULIANA.
Y muy soberbio hablador.
MARCELA.
Mas con gracia.
JULIANA.
No ha de ser Por mi voto el preferido. ¡Dios me libre de un marido que hable más que su mujer!
MARCELA.
¿Conque no te agrada?
JULIANA.
No. Yo le haría mil desdenes.
MARCELA.
Juliana, mal gusto tienes.— ¿Y si le escogiera yo?
JULIANA.
Preciso es que la chaveta perdiera usted, ama mía. A quien yo preferiría es al poeta.
MARCELA.
El poeta... Sí...
JULIANA.
Yo hablo sin interés. Ello, usted se ha de casar.
MARCELA.
¡No me dejan respirar!
JULIANA.
Vamos; ¿a cuál de los tres...?
MARCELA.
Poco a poco. ¿Es puñalada de pícaro? Loca estoy. ¡Tres a un tiempo! Se lo doy, Juliana, a la más pintada.
JULIANA.
¿Pero qué contestación a los criados daré?
MARCELA.
Que aquí vuelvan, les diré, sus amos a la oración.
JULIANA.
Pues qué, ¿va usted a salir?
MARCELA.
Voy a hacer una visita ahí arriba, a doña Rita.
JULIANA.
No me quiere usted decir...
MARCELA.
Muy pronto, te lo prometo, todos mi elección sabrán.— (¡Qué franco es el capitán!— ¡Qué letrilla, y que soneto!) (_Se retira pensativa_).
ESCENA VI.
JULIANA.
JULIANA.
¡Mal haya tanto misterio! Ahora iría con el chisme a Gertrudis si supiera... ¡Desgraciadas las que sirven a estos señores que quieren que todo se lo adivinen!— Vamos, no dirá el poeta que Juliana es insensible a su regalo.—Y presumo que la viuda le distingue.— Por otra parte, yo temo que la balanza se incline a don Martín.—Esta duda tanto me aburre y me aflige, como si fuera yo alguno de los tres novios insignes.— Con esto, y con que después se la lleve el alfeñique de don Agapito... ¡Oh! No. ¡Qué locura! No es posible.— ¿Quién se acerca?—Él es.
ESCENA VII.
JULIANA y DON AGAPITO.
AGAPITO.
Juliana, muy buenas tardes.
JULIANA.
Felices.
AGAPITO.
Ya sé que tu ama ha leído mi billete. Dime, dime...
JULIANA.
Le cita a usted...
AGAPITO.
Ya lo sé. ¡Si me lo ha dicho Felipe!... Pero yo estoy impaciente, y es preciso que averigüe...
JULIANA.
También ha citado...
AGAPITO.
¿A quién?
JULIANA.
Al poeta.
AGAPITO.
¿Qué me dices? ¿Se ha declarado por fin?
JULIANA.
Sí, señor.
AGAPITO.
¡Mire usted!
JULIANA.
_Item_. Comparecerá también a su tribunal temible el capitán don Martín, a fin de que se administre recta justicia a los tres.
AGAPITO.
¡Bien! Comparecencia triple. ¿Es concurso de acreedores? Con tal que a mí me adjudiquen la hipoteca... ¡Oh! ¿Quién lo duda?— Me alegro de que nos cite a un tiempo a los tres. Mi triunfo así será más plausible, más solemne, y mis rivales... ¡Cuánto voy a divertirme! Di: ¿cómo, cómo leyó mi carta? Con apacible sonrisa, con cierta... Aguarda: ¿te gustan los diabolines? Aún tengo...
JULIANA.
No soy golosa.
AGAPITO.
¿Qué le ha parecido el símil?...
JULIANA.
No entiendo.
AGAPITO.