Los valores literarios

Part 4

Chapter 43,721 wordsPublic domain

Emilio Bobadilla, nuestro querido y admirado crítico, acaba de publicar un libro sobre ciudades y paisajes españoles. _Viajando por España_ se titula el libro flamante de Bobadilla. Tiene este escritor--lo saben los aficionados á las letras--una fina, extensa y variada cultura; conoce escrupulosamente el movimiento filosófico y literario de Europa; escribe en un estilo limpio, claro, preciso, nervioso. Bobadilla nos habla en su libro--después de algunas páginas dedicadas á paisajes de los Pirineos--de las viejas y gloriosas ciudades que se llaman Burgos, Valladolid, Salamanca, Toledo. Hermosas son las descripciones que el autor traza de panoramas urbanos y agrestes; no tienen menos interés las reflexiones--más bien breves estudios--que entre paisaje y paisaje intercala Bobadilla. Se habla aquí, por ejemplo, de nuestra poesía medioeval, la lírica y la heroica; del descubrimiento de América; de la vida estudiantil en el siglo XVI; de Miguel de Cervantes y de sus dolorosas andanzas.

El estudio más largo y substancioso de todos éstos es el dedicado á la conquista de América. El tema reviste un interés supremo para los españoles; fuera de España se escribe también abundantemente en estos últimos años. La conquista de América ha sido diversamente juzgada á lo largo de nuestra historia posterior á ella. Sucesos son ésos en que se han fundamentado y se siguen fundamentando los juicios que de España se hacen respecto á su actuación en el pasado: un pasado de cuatro siglos. Un hombre generoso y ardiente--Bartolomé de las Casas--es quien primero da argumentos copiosísimos á cuantos nos reprochan determinados procedimientos de colonización. Codicia, violencia, rapacidad, crueldad: en estas palabras sintetizan sus acusaciones los que se apoyan en Las Casas. Pero ¿qué es lo que hay de cierto en el libro famoso de aquel hombre caritativo? ¿En qué cantidad se halla en él la verdad y en qué la hipérbole?

Son numerosas las rectificaciones que se han hecho á Las Casas; reputamos por una de las principales la publicada en el siglo XVIII por el clérigo catalán don Juan Nuix. Tradujo esta obra, y la publicó en 1782, un ministro del rey: don Pedro Varela y Ulloa. Alegamos la alta calidad del traductor para que se conceda todo su valor á ciertas frases del prólogo que él pone á su traducción, y en que se dice que «aunque el fin del autor es defender á los conquistadores de la América en común, _no por eso pretende disculparlos del todo_». Bastan estas palabras para que la cuestión quede colocada en sus verdaderos términos. En este largo y tenaz pleito de nuestra conquista americana; en la luenga porfía entre apologistas y detractores, se va haciendo un resquicio por el que surge la verdad. Entre la muchedumbre de libros producidos á propósito de este tema, lo que, á nuestro entender, quedará como expresión de serenidad y equilibrio será el _Diálogo entre Guatimocin y Hernán Cortés_, trazado por don Francisco Pí y Margall.

Pero si existe en el problema de la conquista de América este aspecto universal, que interesa tanto en nuestro país como fuera de él, existe también otro aspecto puramente, exclusivamente nacional: el que atañe á lo que influyó en la marcha de España el descubrimiento del Nuevo Mundo. Ángel Ganivet ha indicado en el _Idearium español_ una teoría que merece ser meditada. Para Ganivet los Reyes Católicos emprendieron la formación de España, de la nacionalidad española, sobre tres bases: una, la _política_; otra, la _intelectual_; otra, la _material_. En la primera estaba comprendida el saneamiento de las costumbres, corrección de corruptelas administrativas, cauterización de abusos, escándalos, irregularidades, latrocinios, etc., etc. La segunda abarcaba el fomento de la instrucción pública, creación de centros de enseñanza, protección á los estudios, aliento á literatos y publicistas, etc., etc. Y la tercera, la material, iba encaminada á la creación de una industria y de un comercio prósperos, al robustecimiento de la agricultura, construcción de caminos, alumbramiento de aguas, trazado de canales, etc., etc. Prescindamos--dicho sea de pasada--de exagerar un tantico una fórmula determinada, un determinado propósito; al escribir trabajos de historia, fácilmente se incurre en este error de ampliar y sistematizar en siglos pasados, en hombres de otras épocas, planes y designios que acaso no fueron mas que ideas embrionarias é inconexas. Pero, en fin, hay mucho de exacto en lo que escribe Ganivet. Ahora prosigamos.

Las dos primeras acciones--la política y la intelectual--comenzaron á realizarlas Fernando é Isabel con gran brío y eficacia. Se pueden citar numerosos hechos que lo demuestran. En cuanto á la tercera acción--la atañadera al fomento de la riqueza--, se disponían á emprenderla cuando se interpuso el descubrimiento de América. Ese hecho magno torció el curso de nuestra historia. América refulgió espléndidamente á lo lejos con resplandores de oro. «Y dejando las prosaicas herramientas del trabajo--escribe Ganivet--, allá partieron cuantos pudieron en busca de la independencia personal, representada por el _Oro_; no por el oro ganado en la industria ó el comercio, sino por el oro puro, en pepitas.» Á partir de ese éxodo alucinante de millares y millares de españoles--lo mejor de la nación--, la decadencia de España se inicia. Nótese que el esplendor verdadero, robusto, no ha tenido ocasión de comenzar; los Reyes Católicos apenas han puesto las primeras piedras del nuevo y soñado edificio. Pero va á comenzar un período de esplendor, de apogeo, de vitalidad nacional, completamente ficticio, artificial, morboso.

Tan exacto es esto, tan cierta es en el fondo la teoría de Ganivet, que no podremos hallar otra más lógica y racional. En ella vienen á parar implícita ú ostensiblemente cuantos reflexionan sobre el desenvolvimiento de España desde el siglo XVI hasta la fecha. No de otro modo que Ganivet piensa Jovellanos en su _Informe sobre la ley agraria_. Para el gran pensador, el esplendor de España, ocasionado por las conquistas de América y por las guerras europeas, «pasó como un relámpago.» «Todo creció entonces--añade--si no la agricultura». «Las artes, la industria, el comercio, la navegación recibieron el mayor impulso; pero mientras la población y la opulencia de las ciudades subía como la espuma--dice también Jovellanos--, _la deserción de los campos y su débil cultivo descubrían el frágil y deleznable cimiento de tanta gloria_.»

Sí; el esplendor, la vitalidad, la solidez de un país no pueden ser resultado más que del trabajo y de la ciencia. _Ciencia y trabajo_: he ahí en dos palabras, para los nuevos españoles, todo un programa.

* * * * *

Fray Candil da en su libro una serie de visiones intensas y precisas de viejas ciudades españolas. Toledo, Salamanca, Burgos pasan ante la vista del lector evocadas en un estilo limpio, diáfano, nervioso, preciso. No es un sentimental Emilio Bobadilla, ni, por el contrario, tiene parentesco alguno con los secos eruditos catalogadores. Culto, erudito, la cultura y la erudición son en el ilustre crítico un medio. Lo importante para este artista--como para todos los artistas--es la esencia de las cosas. Á ella llega Fray Candil en esas páginas luminosas.

Á Bobadilla debe la moderna cultura literaria española muchas de las ideas que hoy, entre los jóvenes, andan en circulación. Su obra crítica es paralela á la de Leopoldo Alas. Se podría hacer (y habrá de hacerse) un catálogo de las ideas nuevas que la generación actual debe á Clarín y á Fray Candil. Los dos han contribuído poderosamente á renovar la sensibilidad artística española. Han enseñado á pensar... y á sentir. Todavía Alas se sentía coartado por el compañerismo que le unía á los escritores de la generación anterior; muchos de sus juicios--hiperbólicos--nos desplacen hoy (por ejemplo, hablando de Balart, de M. Pelayo, de Núñez de Arce, etc.); desearíamos un poco más de _crítica_, de _examen_.

Bobadilla, venido de fuera, más libre de toda solidaridad sentimental, ha podido ser más sincero. Otro factor: su culto por la ciencia, su entusiasmo por la experimentación ha hecho que en su espíritu chocaran, más que en el de Alas, la enorme incoherencia, la formidable falta de lógica, la terrible superficialidad--hablamos en general--de la literatura producida por sus contemporáneos. Verbalismo, hipérboles, falso lirismo, prejuicios sentimentales, efectismos ilícitos, ausencia de cultura, mal gusto, chocarrería tradicional... todo esto ha sido combatido, ridiculizado, escarnecido por Bobadilla. Viajero incansable por Europa, curioso de todas las literaturas, Fray Candil ha sido uno de los obradores primeros del actual contacto con el pensamiento de fuera...

No son estas líneas mas que sumarias indicaciones. El autor de ellas, que tanto ha modelado su espíritu en la obra crítica de Bobadilla, se complace en enviarle, desde estas páginas, la expresión de su sincero reconocimiento.

CEJADOR Y EL ARCIPRESTE

Anunciamos en uno de los artículos anteriores que dedicaríamos unas líneas á comentar ciertas afirmaciones de Julio Cejador. Ha hecho tales aseveraciones Cejador en el prólogo á la edición flamante de Juan Ruiz, por el dicho filólogo aliñada y por _La Lectura_ dada á luz. Américo Castro estudiará detenidamente--con su reconocida competencia--la obra exegética de Cejador en el próximo y segundo número de la _Revista de Libros_. Aquí no se trata de ningún examen serio--ni no serio--, sino de un simple devaneo impresionista. Julio Cejador ha publicado también en estos días una novela--_Mirando á Loyola_--; en el prólogo se lamenta de que hubiera quien, hace meses, no dijese nada respecto de otro libro suyo. «Hubo quien no se arrestó--escribe Cejador--á saludar su venida á esta común luz de la vida que todos gozamos.» Tiene razón nuestro querido amigo en lamentarse del silencio; no hay nada peor que el silencio para un literato, como para un actor, un orador, ó, en general, un hombre que viva de la opinión y para la opinión. No somos nosotros de los que hacen á los libros la guerra sorda del silencio. Mejor que callar, preferimos ofrecer nuestro juicio duro--cuando es duro--con toda su sinceridad. Esta sinceridad--más, mucho más que la loanza convencional--preferimos que se tenga con nuestros libros. ¿Le ocurre lo mismo á Cejador? Pues con todos los respetos á su persona y con toda la admiración que nos inspira su vasta, varia y cultísima labor, allá van las siguientes observaciones sobre su introducción á Juan Ruiz.

Lo primero que hemos de anotar es que Cejador es aficionado en demasía á la generalización. Criticar es diferenciar, establecer las discordancias, expresar los rasgos característicos, _únicos_, de un autor ó de una obra. Recordemos siempre--aplicándolo á la crítica--la lección de Flaubert respecto de la novela. «En la calle--decía Flaubert--hay media docena de coches de punto estacionados en su parada. La cuestión es salir, observarlos, y, aunque todos parecen lo mismo, hacer de modo que, al describirlos, cada uno sea diferente de los otros, cada uno tenga su vida propia.» Con superlativos, con hipérboles, con loanzas épicas no se pinta á un artista, no se nos dice cómo es. No; lo que hay que hacer no es generalizar, sino particularizar. El juicio que Menéndez y Pelayo formula, por ejemplo, de Gracián y _El criticón_ (en la cubierta de la nueva edición de esta obra ha sido reproducido), lo mismo conviene á Gracián, que á Quevedo, á Carlyle ó á Swift. Cuando Cejador nos habla del Arcipreste de Hita, sus palabras ardorosas lo mismo pueden convenir á este poeta ó á otro escritor (verbigracia, Rabelais) por el que sintamos el lírico entusiasmo que Cejador siente por Juan Ruiz. «Este hombre--escribe nuestro filólogo--es el gigantesco aquel llamado Polifemo que nos pintó Homero, metido á escritor.» «Los sillares con que levanta su obra--añade--son vivos peñascos arrancados de las cumbres de las montañas y hacinados sin argamasa ni trabazones convencionales, de las que no pueden prescindir los _más_ celebrados artistas.» (Note el lector de pasada ese _más_ que hemos subrayado. ¿Por qué esas trabazones--no nos explicamos bien lo que quiere decir Cejador--no las ha de tener Juan Ruiz y sí los demás artistas? Y ¿por qué no ha de haber ni uno solo entre los _más_ celebrados artistas que no posea esa condición? Los más celebrados: es decir, todos. Homero, Shakespeare, Cervantes, Dante, Lope, Leopardi, Virgilio, etc., etc., etc.)

«El Greco se queda corto en pintura para lo que en literatura es Juan Ruiz»--escribe más adelante nuestro buen amigo. Acaba de decir Cejador, líneas arriba, que el arcipreste es «tan grande», «tan colosal», que se le ha ido de vuelo á los críticos más agudos. No entendemos tampoco bien lo que aquí se ha querido decir. Pero lo importante es la cita del Greco después de lo que se acaba de decir. Ningún pintor estaba menos indicado que Theotocópulos para este acercamiento á Juan Ruiz. Aparte de que el Greco, aunque pintó mucho en cantidad, no se hace notar por su abundancia excepcional, existe la diferencia hondísima de orientación espiritual, de tendencia y procedimientos, entre el poeta y el pintor. Si era preciso citar un pintor al hablar de Juan Ruiz, más que al Greco, pudo citarse á Rubens, á Jordaens y aun al mismo Tiziano, pintores todos del color, de la vida exuberante, de la jocundidad, del goce pletórico de vivir. «Su obra, repito--sigue diciendo Cejador--, es el libro más valiente que se halla en esta literatura castellana de escritores valientes y desmesurados sobre toda otra literatura.» Repetimos nosotros también nuestra observación: ¿para qué estos extremos del más y del menos? En la literatura castellana hay libros que nos parece son tan _valientes_ como el de Juan Ruiz. (Ignoramos el verdadero alcance de este adjetivo.) Ahí está, por ejemplo, el _Quijote_, ó _La Celestina_, ó _La vida es sueño_, ó el _Don Álvaro_, ó _La Dorotea_... Y ¿por qué la literatura castellana ha de ganar á las demás en libros _valientes_? Cuando Rabelais y Montaigne escribían las cosas que escribían, ¿había alguien en Castilla que dijera esas mismas cosas? Más tarde, compárese, por ejemplo, lo que dice Quevedo (ingenio castellano de primer orden) con lo que dice en sus _Trágicas_, y especialmente en la parte _Los príncipes_, Agripa de Aubigné (ingenio francés, no de primera magnitud, sino secundario).

Sigamos comentando. Hablando de los poetas que han llevado una vida de libertinaje y disipación, escribe Cejador: «Yo concederé que entre tales hombres pueda darse un poeta; jamás un extraordinario poeta». «Los más encumbrados pensamientos y los sentimientos más delicados no andan por las tabernas y lupanares.» Llegamos á la discordancia á que hacíamos referencia en uno de los anteriores artículos: la discordancia entre la vida del poeta y su obra. Sería difícil discutir sobre este punto con Cejador, porque á su arbitrio habría de quedar el alcance que diera al vocablo _extraordinario_ que acabamos de citar. ¿Qué es y quién es un poeta extraordinario? ¿Dónde acaba en un poeta lo ordinario y dónde comienza lo extraordinario? Aquí tenemos, por ejemplo, á un poeta libertino, relajado. Vivió la vida más disipada que puede vivir ser humano. Figuró en una cuadrilla de bandidos; cometió robos; mató á un clérigo en riña; estuvo en prisión; estuvo á punto de morir en la horca. Se llamó este poeta Francisco Villon. ¿Es ó no extraordinario? ¿Hay ó no emoción honda y delicadísima en sus baladas de _Los ahorcados_, de _Las damas de antaño_, de _Los caballeros de antaño_? ¿Son ó no son esos poemas poesía, y poesía de la más alta, de la que hace sentir? (¡Oh, las nieves de antaño! _Mais où sont les neiges d’antan?_)

Pero no es sólo Villon. Los ejemplos abundan. ¿Es ó no gran poeta Baudelaire? ¿Lo es ó no Edgardo Poe, aparte de sus libros en prosa? ¿Lo es ó no Verlaine, el _pobre Lelian_? Terminemos. Tendríamos que examinar ahora la interpretación que Cejador da de _El libro de buen amor_. Tarea larga sería esa. Cejador cree (lo repite á cada momento) que el Arcipreste de Hita escribió su obra para edificación espiritual de los lectores. Tanto valdría decir que Rubens pintó sus exuberantes desnudos para que abomináramos de la carne. Más sencillo--y más lógico y racional--es creer que Juan Ruiz escribió espontáneamente, sin designio ético ni ascético, del mismo modo que ni Jordaens, ni Rubens, ni Tiziano llevaban tal mira cuando pintaban sus cuadros.

UN LIBRO DE RAMÓN Y CAJAL

El doctor Ramón y Cajal ha publicado la tercera edición de su libro _Reglas y consejos sobre investigación biológica_; aparece esta reimpresión considerablemente aumentada. Hay libros que tienen un clamoroso, pero fugacísimo éxito. Hay otros cuyo éxito parece como clandestino, como _subterráneo_; ni la prensa ni el gran público hablan apasionadamente de ellos; mas poco á poco se van vendiendo; un círculo reducido de estudiosos los comenta; en trabajos de revista y en conferencias y en _explicaciones_ de cátedras se va viendo lentamente un reflejo, una influencia de esos libros; otros libros, en fin, nacen engendrados por ellos; y en definitiva, tal volumen que no obtuvo éxito ruidoso, que no entusiasmó á la gente que se halla en los aledaños de la intelectualidad, ni llegó á noticia de los parlamentarios; tal volumen, repetimos, ha sido fundamental en la ideología de un país--en determinado momento--y ha constituído uno de los factores de su evolución social ó literaria. De esta clase de libros es el citado del doctor Cajal. Prueba de ello nos la ofrece la extensión que por España y singularmente por los pueblos americanos van teniendo sus repetidas ediciones, y las exhortaciones que, agotados los ejemplares, se hacen de todas partes para que se le reimprima.

El libro de nuestro gran sabio no es, como pudiera creerse, un libro de técnica, de técnica relacionada con las investigaciones que á Cajal le han dado renombre universal. Se trata, sí, de un conjunto de observaciones y consejos dictados por la experiencia que pueden ser útiles, no sólo al investigador biólogo, sino á toda clase de estudiosos y científicos. Nada más lejos--aparentemente, al menos--de la biología que la crítica literaria; sin embargo, pocos laboradores podrán sacar tanto provecho de estas reglas y normas que dicta--sin dogmatismo alguno--nuestro sabio, como los críticos literarios y los historiadores de las letras. Imaginad, para formar idea de este libro, algo así como _El criterio_, de Balmes, hecho por un verdadero hombre de ciencia y en el cual se hayan aprovechado todas las aportaciones del saber--y del _sentir_--moderno, á más de la rica experiencia de uno de los cerebros contemporáneos más poderosos. En igual sentido que Cajal, pero con un designio menos científico, menos limitado á un solo objetivo, ha escrito el agudo é independiente pedagogo uruguayo Carlos Vaz Ferreira, y su libro _Lógica viva_ puede ser recomendado, sin reservas, efusivamente, al igual que el de nuestro sabio, á cuantos deseen un _directorio espiritual_ á la moderna.

Sobre las _Reglas y consejos_, de Cajal, habría mucho que hablar; nos limitaremos á hacer algunas indicaciones; señalaremos, acá y allá, algunos pasajes del libro, que son á manera de jalones en el espíritu del autor. Ante todo, hemos de hacer constar el placer que causa el ver á un hombre que por sus trabajos parecería ajeno al arte de la prosa, escribiendo en un estilo verdaderamente literario, un estilo claro, preciso, limpio, ameno, insinuante. Cajal hace honor, con la pluma en la mano, á esa gran estirpe de prosistas aragoneses de donde han salido los Argensola, Palafox, Gracián, Mor de Fuentes, Costa, etc. Abriendo al azar el libro, y sin propósito de hacer una crítica sistemática, nos encontramos con observaciones, atisbos, intuiciones de una profunda clarividencia y de una grande y noble libertad de espíritu. Por ejemplo, en las páginas 69 y 70 vemos el paralelo rápido que el autor hace entre el héroe y el sabio. Después de hablarnos de este último, Cajal escribe: «Por el contrario, el héroe sacrifica á su prestigio una parte más ó menos considerable de la humanidad; su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y de cadáveres; su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por un partido ó por una nación, y deja tras sí en el pueblo vencido, y á menudo en la historia, reguero de odios y de sangrientas reivindicaciones.» Al hablar así, Ramón y Cajal se coloca plenamente dentro de la tradición española; de una tradición creada por un núcleo--renovado á través del tiempo--de pensadores y artistas literarios. En 1859 Campoamor decía en su poema _Colón_, parte V, estrofa XXIV: «Toda fama es un crimen si es sangrienta--ó la gloria no es gloria ó es incruenta». En el siglo XVIII Feijóo compara á los héroes con los malhechores en su discurso _La ambición en el solio_, y escribe: «No es paridad, sino identidad la que propongo; porque verdaderamente esos grandes héroes que celebra con sus clarines la fama, nada más fueron que unos malhechores de alta guía. Si yo me pusiese á escribir un catálogo de los ladrones famosos que hubo en el mundo, en primer lugar pondría á Alejandro Magno y á Julio César». Cien años antes, en el siglo XVII, Quevedo escribía en su _Marco Bruto_: «En el mundo los delitos pequeños se castigan y los grandes se coronan, y sólo es delincuente el que puede ser castigado; y el facineroso que no puede ser castigado es señor».

En la página 30 y en la 54 Cajal se rebela contra la superstición de lo sancionado y consagrado. Regla fundamental es ésta. Ni un biólogo, ni un historiador, ni un crítico literario podrán aportar nada nuevo á la ciencia y al arte si no están dotados de un espíritu independiente. Y la base de esa independencia será la revisión minuciosa de lo ya sancionado. No es que se trate de destruirlo todo absurda y estúpidamente. No; se trata de ir á ver _personalmente_, con escrupulosidad, si lo que se dice de tal ó cual valor científico, ó literario es exacto; se trata de ir á verificar un juicio formulado por las generaciones pasadas ó por grandes autoridades, con el fin de comprobar si ese juicio, si esa sanción se ajusta ó no á la realidad. Cajal cita diversos casos á él ocurridos en los comienzos de sus investigaciones. No podría caminar la humanidad, ni evolucionarían la ciencia y el arte, sin ese espíritu de rebeldía, de insumisión, de no conformidad, que es el más hondo propulsor del progreso.

Páginas de fina intuición también las dedicadas al _por qué de los fenómenos_. ¿Llegaremos alguna vez á desentrañar el secreto de la vida y del pensamiento? Hoy nuestros sentidos--dice el autor--son de «una gran penuria analítica»; algún día acaso alcancemos una agudización de los registros óptico y acústico que nos permita escudriñar ese misterio; acaso el cerebro humano llegue á una sensibilización de que no podemos formarnos hoy idea. Relacione el lector estas páginas en que nuestro Cajal habla de los sentidos y de la realidad objetiva con otras páginas análogas de Montaigne. Al cabo de cuatro siglos, es curioso observar cómo un gran sabio se nos muestra embargado con la misma preocupación que embargara á un espíritu fino y libre del siglo XVI. ¿Cuál es la verdadera realidad?--se preguntaba Montaigne--. ¿No hay más que lo que nos _dicen_ los sentidos? ¿Y si tuviéramos un sentido más, ó dos, ó tres más? «Hemos formado una verdad por la consultación y concurrencia de nuestros cinco sentidos; pero acaso era necesario el acuerdo y cooperación de ocho ó de diez sentidos para percibir la realidad exactamente y en su esencia.» _Certainement et en son essence_--así escribe Montaigne en el célebre capítulo XII, del libro II, de los _Ensayos_. ¿Alcanzaremos algún día esa exactitud y esa esencia?--pregunta ahora nuestro Cajal. Si para ello se necesitaran más sentidos y no los tenemos, ¿llegará á hiperestesiarse el cerebro humano--á través de los siglos--en grado tal que supla esa falta?