Part 2
--¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues, porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas[63], ha aventurado su persona? Éste merece mucho con Dios y con el mundo. Mírale cual va roto y herido, llena de sangre la cara, por alcanzar aquel delincuente y quitar un tropezón a la paz del pueblo.
--Basta--dijo el viejo--. Que si no te van a la mano, dirás un día entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón ni procura alcanzarle por el particular y universal provecho de nadie; sino que, como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija por alcanzarle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió, siendo su amigo, si era delincuente. Que no hace mal el que come de su hacienda; antes hace bien y justamente. Y todo delincuente y malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito comer della. Éstos tienen sus censos sobre azotes y galeras, y sus juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes para éstos y para el infierno es estéril. Y no sé cómo, aborreciéndolos el mundo tanto, por venganza[64] dellos no da en ser bueno adrede por uno o por dos años, que de hambre y de pena se morirían. Y renegad de oficio que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Belcebú.
--Ya que en eso pongas también dolo, ¿como lo podrás poner en el escribano, que le hace la causa, calificada con testigos?
--Ríete deso--dijo--. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día? No, por cierto. Que, como ellos salen a buscar de comer, porque (aunque topen un inocente) no vaya a la cárcel sin causa, llevan escribano que se la haga. Y así, aunque ellos no den causa para que les prendan, hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en los testigos no repares, que para cualquier cosa tendrán tantos como tuviere gotas de tinta el tintero: que los más en los malos oficiales los presenta la pluma y los examina la cudicia. Y si dicen algunos lo que es verdad, escriben lo que han menester[65] y repiten lo que dijeron. Y para andar como había de andar el mundo, mejor fuera y más importara que el juramento, que ellos toman al testigo que jure a Dios y a la cruz decir verdad en lo que le fuere preguntado, que el testigo se lo tomara a ellos de que la escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos escribanos, y alguaciles muchos; pero de sí el oficio es con los buenos como la mar con los muertos, que no los consiente, y dentro de tres días los echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo y un alguacil con capa y gorra honrando unos azotes, como pudiera un bautismo detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento que, cuando el pregonero dice:
“A estos hombres por ladrones, que suene el eco en la vara del alguacil y en la pluma del escribano”.
Más dijera si no le tuviera la grandeza[66] con que un hombre rico iba en una carroza tan hinchado, que parecía porfiaba a sacarla de husillo[67], pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias aún se lo parecía, según el espacio con que andaban. Iba muy derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de miraduras, ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un cuello abierto hacia arriba, que parecía vela en papel, y tan olvidado de sus conjunturas, que no sabía por donde volverse a hacer una cortesía ni levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual parecía miembro, según estaba fijo y firme. Cercaban el coche cantidad de criados traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas. Otra parte iba de acompañamiento de acreedores, cuyo crédito sustentaba toda aquella máquina. Iba un bufón en el coche entreteniéndole.
--Para ti se hizo el mundo--dije yo luego que le vi--, que tan descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien empleada hacienda! ¡Qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es este caballero!
--Todo cuanto piensas--dijo el viejo--es disparate y mentira, y cuanto dices, y sólo aciertas en decir que el mundo sólo se hizo para éste. Y es verdad, porque el mundo es sólo trabajo y vanidad, y éste es todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van, a vueltas de la cebada y paja, al que la fía a éste y por cortesía de las ejecuciones trae ropilla[68]. Más trabajo le cuesta la fábrica de sus embustes para comer, que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel bufón? Pues has de advertir que tiene por bufón al que le sustenta y le da lo que tiene. ¿Qué más miseria quieres destos ricos, que todo el año andan comprando mentiras y adulaciones, y gastan sus haciendas en falsos testimonios? Va aquél tan contento, porque el truhán le ha dicho que no hay tal príncipe como él, y que todos los demás son unos escuderos, como si ello fuera así. Y diferencian muy poco[69], porque el uno es juglar del otro. Desta suerte el rico se ríe con el bufón, y el bufón se ríe del rico, porque hace caso de lo que lisonjea.
Venía una mujer hermosa trayéndose de paso los ojos que la miraban y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso descuido escondiendo el rostro a los que ya la habían visto y descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba por velo, tal vez por tejadillo[70]. Ya daba un relámpago de cara con un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, y, tapada de medio lado, descubría un tarazón[71] de mejilla. Los cabellos martirizados hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y grana y rosas que se conservaban en amistad, esparcidas por labios, cuello y mejillas. Los dientes transparentes y las manos, que de rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y paso, ocasionando pensamientos lascivos. Tan rica y galana como cargada de joyas recebidas y no compradas. Vila, y, arrebatado de la naturaleza, quise seguirla entre los demás, y, a no tropezar en las canas del viejo, lo hiciera. Volvíme atrás diciendo[72]:
--Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el que halla tal ocasión, y sabio el que la goza. ¡Qué sentido no descansa en la belleza de una mujer, que nació para amada del hombre! De todas las cosas del mundo aparta y olvida su amor correspondido, teniéndole todo en poco y tratándole con desprecio. ¡Qué ojos tan honestamente hermosos! ¡Qué mirar tan cauteloso y prevenido en los descuidos de un alma libre! ¡Qué cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando perlas, que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos! ¡Qué talle! Todos son causa de perdición, y juntamente disculpa del que se pierde por ella.
--¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que desear?--dijo el viejo--. Trabajo tienes, si con cada cosa que ves haces esto[73]. Triste fué tu vida; no naciste sino para admirado. Hasta ahora te juzgaba por ciego, y ahora veo que también eres loco, y echo de ver que hasta ahora no sabes para lo que Dios te dió los ojos ni cuál es su oficio: ellos han de ver, y la razón[74] ha de juzgar y elegir; al revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas a creerlos, padecerás mil confusiones, tendrás las sierras por azules, y lo grande por pequeño, que la longitud y la proximidad engañan la vista. ¡Qué río caudaloso no se burla della, pues para saber hacia dónde corre es menester una paja o ramo que se lo muestre! ¿Viste esa visión[75], que acostándose fea se hizo esta mañana hermosa ella misma[76] y hace extremos grandes? Pues sábete que las mujeres lo primero que se visten, en despertando, es una cara, una garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ellas es tienda[77] y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras; y si como se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los dientes que ves y la boca era, de puro negra, un tintero, y a puros polvos se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado[78] a los labios, y cada uno es una candelilla. ¿Las manos? Pues lo que parece blanco es untado. ¿Qué cosa es ver una mujer, que ha de salir otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo, y verlas acostar las caras hechas cofines de pasas, y a la mañana irse pintando sobre lo vivo como quieren? ¿Qué es ver una fea o una vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico[79], salir de nuevo de una redoma? ¿Estásla mirando? Pues no es cosa suya. Si se lavasen las caras, no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se enjugan y secan y derriten más jalbegues[80] que sus faldas desconfiadas de sus personas. Cuando quieren halagar algunas narices, luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas de olor, y a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas de ámbar[81]. Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas, te embarras los labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la acuestas contigo, la mitad dejas debajo de la cama en los chapines; si la pretendes, te cansas; si la alcanzas, te embarazas; si la sustentas, te empobreces; si la dejas, te persigue; si la quieres, te deja. Dame a entender de qué modo es buena, y considera ahora este animal soberbio con nuestra flaqueza, a quien hacen poderoso nuestras necesidades, más provechosas sufridas o castigadas, que satisfechas, y verás tus disparates claros. Considérala padeciendo los meses, y te dará asco, y, cuando está sin ellos, acuérdate que los ha tenido y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te enamora, y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento[82].
Mirando estaba yo confusión de gente tan grande, cuando dos figurones, entre fantasmas y colosos, con caras abominables y facciones traídas, tiraron una cuerda. Delgada me pareció y de mil diferentes colores, y dando gritos por unas simas que abrieron por bocas, dijeron:
--Ea, gente cuerda, alto a la obra.
No lo hubieron dicho cuando de todo el mundo, que estaba al otro lado, se vinieron a la sombra de la cuerda muchos, y, en entrando, eran todos tan diferentes, que parecía trasmutación o encanto. Yo no conocí a ninguno.
--¡Válgate Dios por cuerda--decía yo--, que tales tropelías haces!
El viejo se limpiaba las lagañas, y daba unas carcajadas sin dientes, con tantos dobleces de mejillas, que se arremetían a sollozos mirando mi confusión.
--Aquella mujer allí fuera estaba más compuesta que copla, más serena[83] que la de la mar, con una honestidad en los huesos, anublada de manto, y, en entrando aquí, ha desatado las coyunturas, mira de par en par[84], y por los ojos está disparando las entrañas a aquellos mancebos, y no deja descansar la lengua en ceceos, los ojos en guiñaduras, las manos en tecleados de moño[85].
--¿Qué te ha dado, mujer? ¿Eres tú la que yo vi allí?
--Sí es--decía el vejete con una voz trompicada[86] en toses y con juanetes de gargajos--, ella es; mas por debajo de la cuerda[87] hace estas habilidades.
--Y aquél que estaba allí tan ajustado de ferreruelo, tan atusado[88] de traje, tan recoleto de rostro, tan angustiado de ojos, tan mortificado de habla, que daba respeto y veneración--dije yo--, ¿cómo no hubo pasado, cuando se descerrajó de mohatras y de usuras? Montero de necesidades, que las arma trampas, y perpetuo vocinglero del tanto más cuanto[89], anda acechando logros.
--Ya te he dicho que eso es por debajo de la cuerda.
--¡Válate el diablo por cuerda, que tales cosas urdes! Aquél que anda escribiendo billetes, sonsacando virginidades, solicitando deshonras, y facilitando maldades, yo lo conocí a la orilla de la cuerda, dignidad gravísima.
--Pues por debajo de la cuerda tiene esas ocupaciones--respondió mi ayo.
--Aquél que anda allí juntando bregas, azuzando[90] pendencias, revolviendo caldos, aumentando cizañas, y calificando porfías y dando pistos a temas[91] desmayadas, yo lo vi fuera de la cuerda revolviendo libros, ajustando leyes, examinando la justicia, ordenando peticiones, dando pareceres: ¿cómo he de entender estas cosas?
--Ya te lo he dicho--dijo el buen caduco--. Ese propio[92] por debajo de la cuerda hace lo que ves, tan al contrario de lo que profesa. Mira aquél que fuera de la cuerda viste a la brida en mula tartamuda de paso, con ropilla y ferreruelo y guantes y receta, dando jarabes, cual anda aquí a la brida en un basilisco[93], con peto y espaldar y con manoplas, repartiendo puñaladas de tabardillos, y conquistando las vidas, que allí parecía que curaba. Aquí por debajo de la cuerda está estirando las enfermedades para que den de sí y se alarguen, y allí parecía que rehusaba las pagas de las visitas. Mira, mira aquel maldito cortesano, acompañante perdurable de los dichosos, cual andaba allí fuera a la vista de aquel ministro, mirando las zalemas de los otros para excederlas, rematando las reverencias en desaparecimientos; tan bajas las hacía por pujar[94] a otros la ceremonia, que tocaban en de buces[95]. ¿No le viste siempre inclinada la cabeza como si recibiera bendiciones y negociar de puro humilde a lo Guadiana por debajo de tierra, y aquel amén sonoro y anticipado a todos los otros bergantes a cuanto el patrón dice y contradice? Pues mírale allí por debajo de la cuerda royéndole los zancajos[96], que ya[97] se le ve el hueso, abrasándole en chismes, maldiciéndole y engañándole, y volviendo en gestos y en muecas las esclavitudes de la lisonja, lo cariacontecido del semblante, y las adulaciones menudas del coleo[98] de la barba y de los entretenimientos de la jeta[99]. ¿Viste allá fuera aquel maridillo[100] dar voces que hundía el barrio: “Cierren esa puerta, qué cosa es ventanas, no quiero coche, en mi casa me como, calle y pase, que así hago yo”, y todo el séquito de la negra honra? Pues mírale por debajo de la cuerda encarecer con sus desabrimientos los encierros de su mujer. Mírale amodorrido[101] con una promesa, y los negocios, que se le ofrecen cuando le ofrecen: cómo vuelve a su casa con un esquilón por tos tan sonora, que se oye a seis calles. ¡Qué calidad tan inmensa y qué honra halla en lo que come y en lo que le sobra, y qué nota en lo que pide y le falta, qué sospechoso es de los pobres, y qué buen concepto tiene de los dadivosos y ricos, qué a raíz tiene el ceño de los que no pueden más, y qué a propósito las jornadas para los precipitados de dádiva! ¿Ves aquel bellaconazo que allí está vendiéndose por amigo de aquel hombre casado y arremetiéndose a hermano, que acude a sus enfermedades y a sus pleitos y que le prestaba y le acompañaba? Pues mírale por debajo de la cuerda añadiéndole hijos y embarazos en la cabeza y trompicones[102] en el pelo. Oye cómo reprendiéndoselo aquel vecino, que parece mal que entre a cosas semejantes en casa de su amigo, donde le admiten y se fían dél y le abren la puerta a todas horas, él responde: “Pues qué: ¿Queréis que vaya donde me aguarden con una escopeta, no se fían de mí y me niegan la entrada? Eso sería ser necio, si estotro es ser bellaco”.
Quedé muy admirado de oír al buen viejo y de ver lo que pasaba por debajo de la cuerda en el mundo, y entonces dije entre mí.
--Si a tan delgada sombra, fiando su cubierta del bulto de una cuerda, son tales los hombres, ¿qué serán debajo de tinieblas de mayor bulto y latitud?
Extraña cosa era de ver cómo casi todos se venían de la otra parte del mundo a declararse de costumbres en estando debajo de la cuerda. Y luego a la postre vi otra maravilla, que siendo esta cuerda de una línea invisible, casi debajo della cabían infinitas multitudes, y que hay debajo de cuerda en todos los sentidos y potencias, y en todas partes y en todos oficios. Y yo lo veo por mí, que ahora escribo este discurso, diciendo que es para entretener, y por debajo de la cuerda doy un jabón[103] muy bueno a los que prometí halagos muy sazonados. Con esto el viejo me dijo:
--Forzoso es que descanses. Que el choque de tantas admiraciones y de tantos desengaños fatigan el seso, y temo se te desconcierte la imaginación. Reposa un poco para que lo que resta te enseñe y no te atormente.
Yo tal estaba, que di conmigo en el sueño y en el suelo obediente y cansado.
NOTAS:
[1] La dedicatoria es enteramente diferente en la edición de Pamplona de 1631 y en el Ms. de Lastanosa. Hela aquí: “_A don Pedro Girón, Duque de Osuna_ (a). Éstas son mis obras: claro está que juzgará vuecelencia que siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como (b) yo no pretendía dellas más de que en este mundo me den nombre y el que más estimo es (c) de criado de vuecelencia, se las envío para que, como a tan gran príncipe las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios á vuecelencia su gracia y salud; que lo demás merecido lo tiene al mundo su virtud y grandeza. En la Aldea (d), abril 26 de 1612.--Don Francisco Quevedo Villegas”.
a) “y conde de Ureña”. (Ms. de Lastanosa).
b) “ya no pretenda de ellas más que en este mundo”. (Ídem).
c) “el de criado de vuecelencia, se las invío para que como tan gran príncipe”. (Ídem).
d) “abril 1623.--Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas”. (Ídem).
[2] 1610 es el año que fijaron los _Juguetes de la niñez_ en 1629 y desde entonces hasta hoy viene reproduciéndose.
[3] _Deparare_; en _A_: _depare_. Adviértase que con _cándido_, _pío_ y _benigno_ quiere decir lo mismo, no menos, que con _purpúreo_, _cruel_ y _sin sarna_, que le moleste criticándole.
[4] _Toda la verdad._ En el _Libro de vidas y dichos graciosos, agudos y sentenciosos de muchos notables varones griegos y romanos_, traducción por Juan Jarava, de los _Apotegmas_ de Erasmo, se lee (Anvers, 1549, fol. 87): “Esto se loa y se tiene en más que todas las otras cosas que dijo (Sócrates), porque decía que no sabía otra cosa sino esto sólo, que no sabía nada. Porque se inquiría e informaba de cada una cosa como dudando. No porque de verdad no tuviese algo de cierto sabido; mas con esta ironía y contrario sentido declaraba su modestia y reprendía la soberbia de los otros, que se decían saberlo todo, como de hecho no supiesen nada. Unos sofistas decían públicamente que responderían de presto y sin pensar a toda materia y cuestión propuesta. La ignorancia destos soberbios destruía muchas veces Sócrates con argumentos, y por esto fué juzgado por Apollo sabio, porque, aunque no supiese todas las cosas, como ni los otros las sabían, pero en esto los excellía, que conocía su ignorancia, como ellos no supiesen tampoco esto, que no sabían nada”.
[5] _Gastan_, hacen gastar dinero en comprar los libros: notable uso de gastar como factitivo, esto es, _hacer gastar_.
[6] En _A P_: _emprentas_; en _A_: _especerías_.
[7] _Sin ton ni son... no es bailar_, alude al origen del dicho, según lo declaramos en el primer sueño, del bailar sin música, a destiempo.
[8] _De tan mala cosa_, retruécano, el mundo es mala cosa, no mi discurso.
[9] _Descontento._ Como que el deseo es tendencia a una cosa; lograda, el deseo desaparece, quedando uno descontento, porque todo el contento se cifraba, no en la cosa, sino en desearla.
[10] “unas grandes y descompuestas voces y tirado muy porfiadamente del manteo”. (Edic. de Barcelona, 1635).
[11] _Desmentir_ es lo que hoy dicen _despistar_ o _hacer perder la pista_, bonito verbo moderno, bien formado y que no tiene que ver con el _dépister_ francés, que vale lo contrario, dar con la pista de alguno, descubrir, indagar. Pero no se olvide el clásico _desmentir_. _Diablo coj._, 7: “Don Cleofás y su camarada no salían de su posada por desmentir las espías”. SAAVEDRA, _Empr._, 45: “Borrar con la cola las huellas para desmentir al cazador”. En el texto vale disfrazar para desmentir o despistar, como factitivo, al modo que en ZAMORA, _Monarquía mist._, 3, 86, 2: “Cuando se desdeña el rey de entrar en una casa, entra disfrazado, desmintiendo el nombre”.
[12] Acuérdase Quevedo del Petrarca, _De Remediis utriusque fortunae_.
[13] _Aciago de cara_; en _P_: _ciego de cara_. Aciago, encapotado y nublado, de mal agüero, metáfora aquí del tiempo que amaga tormenta, triste, melancólico.
[14] “del alguacil”. (Ms. de Lastanosa).
[15] _Huésped._ _Quij._, 1, 2: “Pensó el huésped”. Ídem, 1, 32: “A lo cual respondió la huéspeda”.
[16] _Ermita_, y añaden _de Baco_. _Ilustre fregona_: “Visitaba pocas veces las ermitas de Baco”.
[17] _Casa_, propiamente _casa llana_, por estar allanada o abierta para todos. _Rufián dichoso_, 1: “De los de la casa llana”.
[18] _Damas._ _Coloquio de las damas_, del Aretino, traducido por Fernán Xuárez, Sevilla, 1607.
[19] _Honrados._ _Guzmán de Alfarache_, 2, 3, 5: “Pero los más honrados basta que dejen la casa franca y se vayan a la comedia o al juego de los trucos, cuando acaso les faltan las comisiones”.
[20] _Moreno._ _Celoso extremeño_: “Enseñó a tañer a algunos morenos”.
[21] _Gallofero_, mendigo, que pide la gallofa. _Lazarillo_, 2: “Tú, vellaco y gallofero eres”.
[22] _Capigorrón_, o _capigorrista_, que anda de capa y gorra para más fácilmente vivir libre y ocioso, sobre todo los estudiantes. _Píc. Just._, f. 91: “Llegaron otros ocho capigorrones tan grandes bellacos como los primeros”. COLMENARES, _Hist. Segov._, pl. 774: “Acercándose un capigorrón, mozo insolente”. _Laber. amor_, 2: “Capigorrón, brodista, pordiosero”. Ídem, 1: “Estudiantes capigorristas”.
[23] “fraile motilón, o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo escribano”. (Edic. de Pamplona, 1631, y el Ms.).
[24] _a las apariencias._ (Ms. de Lastanosa), _las experiencias_ en la edición definitiva y en la de don Aureliano.
[25] “que son hipocresía”. (Ms.).
[26] _Qué bien_; en _A_: _cuán bien_.
[27] JOB, 27, 8: “Quae est enim spes hypocritae?” Y en el 8, 13: “Et spes hypocritae peribit”.
[28] Y por eso, como quien sabía lo que era y lo aborrecía tanto sobre todas las cosas, Cristo, habiendo dado muchos preceptos afirmativos a sus discípulos, sólo uno les dió negativo, diciendo: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes'”. (_Mat., VI._) De manera que con muchos preceptos y comparaciones los enseñó cómo habían de ser: ya como luz, ya como sal, ya como el convidado, ya como el de los talentos. Y lo que no habían de ser todo lo cerró en decir solamente: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes', advirtiendo que en no ser hipócritas está el no ser en ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas maneras”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[29] _Taracea_, o ataracea, adorno o disposición de una cosa de dos colores echados como a manchas con proporción y hermosura. SAAVEDRA, _Repúbl._, pl. 89: “Se daban a hacer escritorios de taracea y mesas de diversas piedras engastadas en mármol”.
[30] _Mullidor_, el que mulle, y mullir aquí por _muñir_ o llamar y convocar, de _monere_, como en FONSECA, _Vid. Cristo_, 3. 27: “Sácanse lutos, cómpranse hachas, múllense cofradías, convídanse gentes, vístense pobres, alquílanse endecheras”. _Muñidor_ o _mullidor_, el criado de las cofradías, que sirve para avisar a los hermanos las fiestas, entierros y otros ejercicios a que deben concurrir. Dice Quevedo que los pícaros muñidores ofrecían a los ojos con sus sayos de diferentes colores como una vistosa taracea.
[31] _Incensando_; en _A_: _incitando_.
[32] _Meninos_, caballericos que entraban en palacio a servir a la Reina o a los Príncipes niños. NIEREMBERG, _S. Luis Gonz._, 4: “En España hizo el Rey a nuestro Luis y a sus dos hermanos meninos del príncipe don Diego”.
[33] “gritando su letanía, luego las Órdenes, y tras ellas los clérigos, que, galopeando los responsos, cantaban de portante, abreviando, porque no se derritiesen las velas y tener tiempo para sumir otro”. (Edición de Pamplona y el Ms. referidos). _Chirriando la calavera_ quiere decir cantando la letanía detrás del difunto con sus vocecillas chirrionas.