Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están indicadas _así_ y las palabras en negritas =así=.
La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se imprimió la presente edición, que difieren de las actuales. Esto se aplica a las notas producidas por el editor de la obra, Julio Cejador y Frauca. También se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.
Sin embargo, en instancias en que el editor o el autor citan textos de otras obras, el criterio seguido fue el de preservar la forma de escritura original. Por consiguiente se advierte al lector que es posible detectar alguna inconsistencia en la ortografía de una misma palabra en dos partes diferentes de la obra.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
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QUEVEDO
CLÁSICOS CASTELLANOS
QUEVEDO
III
LOS SUEÑOS II
EDICIÓN Y NOTAS DE JULIO CEJADOR Y FRAUCA
MADRID EDICIONES DE “LA LECTURA” 1917
ÍNDICE
PÁG.
EL MUNDO POR DE DENTRO 7
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO 57
EL MUNDO POR DE DENTRO
Sacan las primeras ediciones al margen los asuntos y personas de que se compone el discurso, y son los siguientes: “desengaño, hipocresía, todos son hipócritas en el mundo, hidalgo, caballero, discretos, viejos, niños, niños, en todos los nombres de las cosas hay hipocresía, los pecados todos son hipocresía, hipócritas, entierro y procesión de una difunta, el viudo, explicación del entierro y procesión, viudo, luto y llanto de una viuda, explicación de la tristeza y luto de la viuda, alguaciles tras un ladrón, escribano, corchetes, alguaciles, escribano, rico con carroza, criados y bufones, mujer hermosa con manto, desengaño de la hermosura de la mujer”. El título en el Ms. de Lastanosa aparece de este modo: _Discurso del mundo por de dentro y por de fuera_.
A DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA, MARQUÉS DE PEÑAFIEL, CONDE DE UREÑA[1]
Estas burlas, que llevan en la risa disimulado algún miedo provechoso, envío para que vuecelencia se divierta de grandes ocupaciones algún rato. Pequeña es la demostración; mas yo no puedo dar más, y sólo me consuela ver que la grandeza de vuecelencia a mucho menos hace honra y merced. En la Aldea, abril 26 de 1612[2].
DON FRANCISCO DE QUEVEDO VILLEGAS
AL LECTOR
COMO DIOS ME LO DEPARARE, CÁNDIDO O PURPÚREO, PÍO O CRUEL, BENIGNO O SIN SARNA[3]
Es cosa averiguada, así lo siente Metrodoro Chío y otros muchos, que no se sabe nada y que todos son ignorantes. Y aun esto no se sabe de cierto: que, a saberse, ya se supiera algo; sospéchase. Dícelo así el doctísimo Francisco Sánchez, médico y filósofo, en su libro cuyo título es _Nihil scitur_: No se sabe nada. En el mundo, fuera de los teólogos, filósofos y juristas, que atienden a la verdad y al verdadero estudio, hay algunos que no saben nada y estudian para saber, y éstos tienen buenos deseos y vano ejercicio: porque, al cabo, sólo les sirve el estudio de conocer cómo toda la verdad[4] la quedan ignorando. Otros hay que no saben nada y no estudian, porque piensan que lo saben todo. Son déstos muchos irremediables. A éstos se les ha de envidiar el ocio y la satisfacción y llorarles el seso. Otros hay que no saben nada, y dicen que no saben nada porque piensan que saben algo de verdad, pues lo es que no saben nada, y a éstos se les había de castigar la hipocresía con creerles la confesión. Otros hay, y en éstos, que son los peores, entro yo, que no saben nada ni quieren saber nada ni creen que se sepa nada, y dicen de todos que no saben nada y todos dicen dellos lo mismo y nadie miente. Y como gente que en cosas de letras y ciencia tiene que perder tan poco, se atreven a imprimir y sacar a luz todo cuanto sueñan. Éstos dan que hacer a las imprentas, sustentan a los libreros, gastan[5] a los curiosos y, al cabo, sirven a las especierías[6]. Yo, pues, como uno déstos, y no de los peores ignorantes, no contento con haber soñado el Juicio ni haber endemoniado un alguacil, y, últimamente, escrito el Infierno, ahora salgo (sin ton ni son; pero no importa, que esto no es bailar[7]) con el _Mundo por de dentro_. Si te agradare y pareciere bien, agradécelo a lo poco que sabes, pues de tan mala cosa[8] te contentas. Y si te pareciere malo, culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya en esperar otra cosa de mí. Dios te libre, lector, de prólogos largos y de malos epítetos.
DISCURSO
Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así, con vana solicitud, anda de unas en otras, sin saber hallar patria ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito y éste nace de la ignorancia de las cosas. Pues, si las conociera, cuando cudicioso y desalentado las busca, así las aborreciera, como cuando, arrepentido, las desprecia. Y es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión dellos; porque, en llegando cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento[9]. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición para lisonjearla, pónese delante mudable y vario, porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos atrae. Con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera, que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos, y adonde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos. Y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira, descompuesto, seguía las pendencias pisando sangre y heridas; ya por la de la gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de una calle en otra andaba, siendo infinitas, de tal manera confuso, que la admiración aún no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo[10], volví la cabeza.
Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el vestido y pisado. No por eso ridículo: antes severo y digno de respeto.
--¿Quién eres--dije--, que así te confiesas envidioso de mis gustos? Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los placeres y deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que, por fuerza, os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo. Déjame gozar y ver el mundo.
Desmintiendo[11] sus sentimientos, riéndose, dijo:
--Ni te estorbo ni te envidio lo que deseas; antes te tengo lástima. ¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así alegre le dejas pasar hurtado de la hora, que, fugitiva y secreta, te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fué volverá, cuando lo hayas menester, si lo llamares? Dime: ¿has visto algunas pisadas de los días? No, por cierto, que ellos sólo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en una cadena, y que, cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas y es ya llegada, y, según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la hubiese.[12] Que éste la viene a temer cuando la padece, y, embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir.
--Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué haces por aquí?
--Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades, en lo roto y poco medrado, y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño. Estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya. Que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y, en teniéndole, unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dió, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos, sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo como es: que tú no alcanzas a ver sino lo que parece.
--Y ¿cómo se llama--dije yo--la calle mayor del mundo donde hemos de ir?
--Llámase--respondió--Hipocresía. Calle que empieza con el mundo y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes: que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo son.
Y, ¿ves aquél que gana de comer como sastre y se viste como hidalgo? Es hipócrita, y el día de fiesta, con el raso y el terciopelo y el cintillo y la cadena de oro, se desfigura de suerte que no le conocerán las tijeras y agujas y jabón y parecerá tan poco oficial, que aun parece que dice verdad.
¿Ves aquel hidalgo con aquél que es como caballero? Pues, debiendo medirse con su hacienda, ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que no es, se va metiendo a caballero, y, por sustentar un lacayo, ni sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga. Y la hidalguía y la ejecutoria le sirve sólo de pontífice en dispensarle los casamientos que hace con sus deudas: que está más casado con ellas que con su mujer.
Aquel caballero, por ser señoría, no hay diligencia que no haga y ha procurado hacerse Venecia por su señoría, sino que, como se fundó en el viento para serlo, se había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer señor, caza de halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre con la costa y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando mucho, una graja o un milano.
Y ninguno es lo que parece. El señor, por tener acciones de grande, se empeña y el grande remeda ceremonia de Rey.
Pues ¿qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara[13]? Pues, siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías, vive descontento y préciase de malregido, y es hipócrita, que parece entendido y es mentecato.
¿No ves los viejos, hipócritas de barbas, con las canas envainadas en tinta, querer en todo parecer muchachos? ¿No ves a los niños preciarse de dar consejos y presumir de cuerdos? Pues todo es hipocresía.
Pues en los nombres de las cosas, ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre de camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se llama miembro de la justicia, y el corchete, criado[14]. El fullero, diestro; el ventero, huésped[15]; la taberna, ermita[16]; la putería, casa[17]; las putas, damas[18]; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados[19]. Amistad llaman el amancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno[20], señor maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que, ni son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho.
¡Pues unos nombres que hay generales! A toda pícara, señora hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero[21], señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo capigorrón[22], o lo que fuere, canónigo o arcediano; a todo escribano[23], secretario.
De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le examines, si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias[24]. ¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía[25], y en ella empiezan y acaban y della nacen y se alimentan la ira, la gula, la soberbia, la avaricia, la lujuria, la pereza, el homicidio y otros mil.
--¿Cómo me puedes tú decir ni probarlo, si vemos que son diferentes y distintos?
No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y entenderás con facilidad eso, que así te parece contrario, que bien[26] se conviene. Todos los pecados son malos: eso bien lo confiesas. Y también confiesas con los filósofos y teólogos que la voluntad apetece lo malo debajo de razón de bien, y que para pecar no basta la representación de la ira ni el conocimiento de la lujuria sin el consentimiento de la voluntad, y que eso, para que sea pecado, no aguarda la ejecución, que sólo le agrava más, aunque en esto hay muchas diferencias. Esto así visto y entendido, claro está que cada vez que un pecado déstos se hace, que la voluntad lo consiente y lo quiere, y, según su natural, no pudo apetecelle sino debajo de razón de algún bien. Pues ¿hay más clara y más confirmada hipocresía que vestirse del bien en lo aparente para matar con el engaño? ¿Qué esperanza es la del hipócrita?, dice Job[27]. Ninguna, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece, pues lo parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos atrevimiento que el hipócrita, pues ellos pecan contra Dios; pero no con Dios ni en Dios. Mas el hipócrita peca contra Dios y con Dios, pues le toma por instrumento para pecar[28].
En esto llegamos a la calle mayor. Vi todo el concurso, que el viejo me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo que pasaba. Fué un entierro en esta forma. Venían envainados en unos sayos grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una taracea[29] de mullidores[30]. Pasó esta recua incensando[31] con las campanillas. Seguían los muchachos de la dotrina, meninos[32] de la muerte y lacayuelos del ataúd, chirriando[33] la calavera. Seguíanse luego doce galloferos, hipócritas de la pobreza, con doce hachas acompañando el cuerpo y abrigando a los de la capacha[34], que hombreando[35], testificaban el peso de la difunta. Detrás seguía larga procesión de amigos, que acompañaban en la tristeza y luto al viudo, que anegado[36] en capuz de bayeta y devanado[37] en una chía, perdido el rostro en la falda de un sombrero, de suerte, que no se le podían hallar los ojos, corvos e impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo.
--¡Dichosa mujer--dije--, si lo puede ser alguna en la muerte, pues hallaste marido, que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y sepultura! ¡Y dichoso viudo, que ha hallado tales amigos, que no sólo acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él! ¿No ves qué tristes van y suspensos?
El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:
--¡Desventurado! Eso todo es por de fuera y parece así; pero ahora lo verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a las apariencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores[38], y todo este acompañamiento piadoso, que es sufragio cristiano y limosnero? Esto es saludable; mas las bravatas que en los túmulos sobrescriben podrición y gusanos, se podrían excusar. Empero también los muertos tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia[39]. Allí no va sino tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí no merecedora de alguna honra ni aun de ser cultivada con arado ni azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues algunos no las atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a menudo se derritan más y ellos hurten más cera para vender. Éstos son los que a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta, pues, antes que ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un bocado, arrancándole un real o dos; mas con todo esto tiene el valor de la limosna. ¿Ves la tristeza de los amigos? Pues todo es de ir en el entierro y los convidados van dados al diablo con los que convidaron; que quisieran más pasearse o asistir a sus negocios. Aquél que habla de mano[40] con el otro le va diciendo que convidar a entierro y a misacantanos[41], donde se ofrece, que no se puede hacer con un amigo y que el entierro sólo es convite para la tierra pues a ella solamente llevan que coma. El viudo no va triste del caso y viudez; sino de ver que, pudiendo él haber enterrado a su mujer en un muladar y sin costa y fiesta ninguna, le hayan metido en semejante baraúnda y gasto de cofradías y cera, y entre sí dice que le debe poco, que, ya que se había de morir, pudiera haberse muerto de repente, sin gastarle en médicos, barberos ni boticas y no dejarle empeñado en jarabes y pócimas. Dos ha enterrado con ésta, y es tanto el gusto, que recibe de enviudar, que ya va trazando el casamiento con una amiga que ha tenido, y, fiado con su mala condición y endemoniada vida, piensa doblar el capuz[42] por poco tiempo.
Quedé espantado de ver todo esto ser así, diciendo:
--¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde hoy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere.
Pasó por nosotros el entierro, como si no hubiera de pasar por nosotros tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera enseñando el camino y muda no nos dijera a todos:
“Delante voy, donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, que yo vi pasar con ese propio descuido”.
Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a nuestras espaldas. Entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo que sintieron gente comenzó un plañido, a seis voces, de mujeres que acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado; pero poco provechoso al difunto. Sonaban palmadas de rato en rato, que parecía palmeado de diciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados, embutidos de suspiros, pujados[43] por falta de gana. La casa estaba despojada, las paredes desnudas. La cuitada estaba en un aposento escuro sin luz ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento. Unas decían:
--Amiga, nada se remedia con llorar.
Otras:
--Sin duda goza de Dios.
Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo[44], y llorando a cántaros[45] decía:
--¿Para qué quiero yo vivir sin Fulano? ¡Desdichada nací, pues no me queda a quien volver los ojos! ¡Quién ha de amparar a una pobre mujer sola!
Y aquí plañían todas con ella y andaba una sonadera de narices, que se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan en un pésame déstos, pues por los ojos y las narices echan cuanto mal tienen. Enternecíme y dije:
--¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda!, pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más. Y así su nombre es de _mudas sin lengua_[46]. Que eso significa la voz que dice _viuda_ en hebreo[47], pues ni tiene quien hable por ella ni atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como no la oyen, lo mismo es que ser mudas y peor[48].
Esto remedian[49] con meterse a dueñas. Pues en siéndolo, hablan de manera, que de lo que las sobra pueden hablar todos los mudos y sobrar palabras para los tartajosos y pausados. Al marido muerto llaman _el que pudre_[50]. Mirad cuáles son éstas, y si muerto, que ni las asiste, ni las guarda, ni las acecha, dicen que pudre, ¿qué dirían cuando vivo hacía todo esto?
--Eso--respondí--es malicia que se verifica en algunas; mas todas son un género femenino desamparado, y tal como aquí se representa en esta desventurada mujer. Dejadme, dije al viejo, llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las destas mujeres.
El viejo, algo enojado, dijo:
--¿Ahora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? Mas ¿quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda, te quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca[51]. Ni aun ése lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél. ¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares, si no tienes prudencia para acomodarlos? Oye, verás esta viuda, que por de fuera tiene un cuerpo de responsos[52], cómo por de dentro tiene una ánima de aleluyas[53], las tocas negras y los pensamientos verdes[54]. ¿Ves la escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un poco gangoso, escupir[55] y remedar sollozos, hace un llanto casero y hechizo[56], teniendo los ojos hechos una yesca[57]. ¿Quiéreslas consolar? Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir, y luego las amigas harán su oficio:
--¡Quedáis moza y es malograros! Hombres habrá que os estimen. Ya sabéis quién es Fulano, que cuando no supla la falta del que está en la gloria, etc.
Otra:
--Mucho debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo. No sé qué me sospeche. Y, en verdad, que si hubiera de ser algo..., que por quedar tan niña os será forzoso...
Y entonces la viuda, muy recoleta de ojos y muy estreñida de boca, dice:
--No es ahora tiempo deso. A cargo de Dios está: él lo hará, si viere que conviene.
Y advertid que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas, porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago. Y le hace comer[58] un bocado, y ella lo come, diciendo:
--Todo se vuelve ponzoña.
Y medio mascándolo dice:
--¡Qué provecho puede hacer esto a la amarga viuda que estaba hecha a comer a medias todas las cosas y con compañía, y ahora se las habrá de comer todas enteras sin dar parte[59] a nadie de puro desdichada?
Mira, pues, siendo esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.
Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos, ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese. Y era un alguacil, el cual con sólo un pedazo de vara[60] en la mano y las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba pidiendo favor al Rey, favor a la justicia, tras un ladrón, que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo.
Atrás, cercado de gente, quedaba el escribano lleno de lodo, con las cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en poder de escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.
Pregunté la causa del alboroto. Dijeron que aquel hombre que huía era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en delito, y, por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle. Huyósele, después de haberse dado muchas puñadas[61], y viendo que venía gente, encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a un retablo.
El escribano hacía la causa, mientras el alguacil con los corchetes, que son podencos del verdugo que siguen ladrando, iban tras él y no le podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy ligero, pues no le podían alcanzar soplones[62], que por fuerza corrían como el viento.