Los Raros Obras Completas Vol. VI
Part 3
En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega, lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y Sófocles que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su unidad armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu humano. En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante, Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual; su lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra, admirable en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues, de los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas individualidades potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad. La poesía moderna, reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron, de la religiosidad ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de Ultra-Rhin y del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. Un arte de segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La paciencia pública se ha cansado de esta comedia sonoramente representada a beneficio de una autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o quieren callarse, fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en medio de sus obras infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez precoz de una estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar en las fuentes eternamente puras la expresión usada y debilitada de los sentimientos generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado repetidas, han agotado la atención; con justicia ha venido la indiferencia, pero si es posible abandonar a la mayor brevedad esa vía estrecha y banal, es preciso aun no entrar en un camino más difícil y peligroso, sino fortificado por el estudio y la iniciación.
«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada será abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado la savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si todavía la elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación más alta, tal vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e inmediato del alma humana...»
Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se refugiaba, como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.
Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos, reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de asuntos legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes de Meca y emires de Oriente.
Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La palabra más usada en ellos es _noir_. Libro rojo es éste, ciertamente, que comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y concluye en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las Erinnias o Furias.
Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto, clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el albatros, el «prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos como Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin duda alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray Martín»; monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del romancero español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la villanelle como su amigo Banville.
Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas egregios ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un sueño de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.
Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el desventurado parricida, armado por el destino y la venganza, castigador del materno crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles Furias. Sófocles en su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han llevado a la escena al trágico personaje.
Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra, en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro de ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará, apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las Furias le persiguen entre clamores de horror.
El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo, Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales. Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen a la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo menos que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por quien hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.
«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza, el horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la poesía francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes, desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la brega, y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que los niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte de Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y yo, tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,--M. Luis Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,--desde el día en que tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María de Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente, nuestra historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando nuestra adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra juventud de ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero dejamos todo eso a la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un vestido de carnaval, para llegar a la casa familiar. Teníamos alguna semejanza con esos jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de bellas muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, casi austero, para entrar al taller del Ticiano.
»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón, alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos, llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros camaradas y de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo mutuo, los que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia consigo mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que ninguno de nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a formular un elogio o una crítica sin llevar íntimamente la convicción de decir la verdad. Ni más exagerado el elogio, que acerba la desaprobación.
»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle nos daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones. Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de esos genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no aman en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El autor de «Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y de las obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que nadie sea lo que él es magníficamente. La sola disciplina que imponía--era la buena--consistía en la veneración del Arte, y el desdén de los triunfos fáciles. El era el buen consejero de las probidades literarias, sin impedir jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones diversas, él fué, él es aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a quien pedimos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El condena, o absuelve y estamos sometidos.
»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces, sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta época felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en que todo el triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de elegías y verseros de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños; en que era suficiente hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una opereta para ser una especie de grande hombre; en esta época era un bello espectáculo el de aquellos jóvenes prendados del arte verdadero, perseguidores del ideal, pobres la mayor parte, y desdeñosos de la riqueza, que confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe de poetas, y que se agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la libertad de pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como ellos!
»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que pretenden apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por tanto mi conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las sonrientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos, de las cordialidades de camarada que tenía con nosotros el gran poeta, ni de las charlas al amor del hogar--porque se era serio, pero alegre--ni todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, pero tan neto y siempre en orden, como una estrofa bien compuesta; mientras la presencia de una joven en medio de nuestro amistoso respeto, agregaba su gracia a la poesía esparcida.»
Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le rodeaban, como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual cenáculo ha consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues quien en «Las Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y amor absoluto a la belleza.
Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente Mendés--ese hermano menor de Leconte de Lisle--que hasta el árbol genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal artífice revolucionario en 1830?
La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los letrados, los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus seguidores, uno hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia, también como él nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas es conocido Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya traducido, exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy estimado, quien ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»--con motivo de lo cual el poeta francés le envió una real esquela--, «El sueño del cóndor», «El desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de Angantir», todo de los «Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya traducción es la siguiente:
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
Del bosque por arduo y angosto sendero en corcel obscuro marcha un caballero. Sus espuelas brillan en la noche bruna, y, cuando en su rayo le envuelve la luna fulgurando luce con vivos destellos, un casco de plata sobre sus cabellos.
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados. Cual ligero enjambre, todos le rodean, y en el aire mudo raudos voltegean. --Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa? La reina pregunta, con suave sonrisa. Fantasmas y endriagos hallarás doquiera; ven, y danzaremos en la azul pradera.
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
--¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos me espera y mañana seremos esposos. Dejadme prosiga, Elfos encantados, que holláis vaporosos el musgo en los prados. Lejos estoy, lejos de la amada mía, y ya los fulgores se anuncian del día.
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
--Queda, caballero, te daré a que elijas el ópalo mágico, las áureas sortijas y, lo que más vale que gloria y fortuna: mi saya tejida con rayos de luna. --¡No!--dice él.--¡Pues anda!--Y su blanco dedo su corazón toca e infúndele miedo.
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela, parte, corre, salta, sin retardo vuela, mas el caballero, temblando, se inclina: ve sobre la senda forma blanquecina que los brazos tiende, marchando sin ruido. --¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
--¡Déjame, fantasma siempre aborrecida! Voy a desposarme con mi prometida. --Oh, mi amado esposo, la tumba perenne será nuestro lecho de bodas solemne. ¡He muerto!--dice ella, y él, desesperado, de amor y de angustia cae muerto a su lado.
De tomillo y rústicas hierbas coronados los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó por fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes, Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle con palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas, impalpables vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico de un templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque cercano, un grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar al recién llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido, camino del país de las pagodas, de los lotos y de los elefantes.
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[imagen: PAUL VERLAINE]
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PAUL VERLAINE
Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida, complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.
Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y de las duras miserias parisienses.
Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu escuela, ¡oh, lírico Sócrates de un tiempo imposible!
Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a triunfar, y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores de arte, aun en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir que hoy, en el mundo entero, tu figura, entre los escogidos de diferentes lenguas y tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea delante del trono del enorme Wagner.
El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los fieles que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le compara con Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria; antes León Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso tríptico de su «Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño Terrible y del Loco: Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su vida así! Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un sér que haya llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano mío!»
Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros, después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de ver esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después de haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá castigado por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por habitáculo aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que junté a la grande admiración por el triste maestro.
A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital. Su rostro enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las figuras pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz pequeña se dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo del cigarro. Sus labios gruesos que se entreabren para recitar con amor las estrofas de Villón o para maldecir contra los poemas de Ronsard, conservan siempre su mueca original, en donde el vicio y la bondad se mezclan para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de cosaco, había crecido un poco y se había encanecido mucho.»
Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era éste en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse, antes bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas espantosas y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura y misteriosa de su vida, se complicaban con la tristeza y el terror alcohólicos. Pasaba sus horas de enfermedad, a veces en un penoso aislamiento, abandonado y olvidado, a pesar de las bondadosas iniciativas de los Mendés o de los León Deschamps.
¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine; tiorba alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde de «Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia; y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.
Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre--inseparable del poeta--y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después, hay tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera podido buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aún pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica de la culpa.