Los Raros Obras Completas Vol. VI

Part 2

Chapter 23,975 wordsPublic domain

Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que le conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar un grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de Quantin, de los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup para la traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha llegado ya a la edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito sensitivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como el Dante de la «Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que conoce por sus propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de la vida. En el primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza simbólica. En los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión trágica del rostro, Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,» al visionario, al «unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay más realidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en donde se entronizó la palidez fatal del sufrimiento, pintan al desgraciado en sus días de mayor infortunio, quizá en los que precedieron a su muerte. Los otros retratos, como el de Halpin para la edición de Amstrong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inteligente de que habla Clark. Nada más cierto que la observación de Gautier:

«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las pasiones han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una magulladura o una arruga.»

Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»[1]

Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un muchacho bonito.»[2]

Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su «mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.» Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor realización de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso retrato es hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura mediana quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha, causaba la impresión de una estatura dominante. Esos claros y melancólicos ojos parecían mirar desde una eminencia...»[3] Otra dama recuerda la extraña impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad, eran el rasgo que más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía su atractivo peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le parecieran. Eran grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el iris acerogris, poseía una cristalina claridad y transparencia, a través de la cual la pupila negraazabache se veía expandirse y contraerse, con toda sombra de pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás se contraían, como es tan usual en la mayor parte de las personas, principalmente cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta y sin encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y triste: algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de soslayo, sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una mirada tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el calibre de la persona que estaba ajena de ello.--¡Qué ojos tan tremendos tiene el señor Poe!--me dijo una señora. Me hace helar la sangre el verle darse vuelta lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy hablando.»[4] La misma agrega: «Usaba un bigote negro esmeradamente cuidado, pero que no cubría completamente una expresión ligeramente contraída de la boca y una tensión ocasional del labio superior, que se asemejaba a una expresión de mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y se manifestaba por un movimiento del labio, apenas perceptible y, sin embargo, intensamente expresivo. No había en ella nada de malevolencia; pero sí mucho sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y extraña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y dotes físicas deberían ser nativas en todos los portadores de la lira. ¿Apolo, el crinado numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril? Mas no todos sus hijos nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados se llaman Goethe, Byron, Lamartine, Poe.

Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir esa terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad «la enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano, lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su calle de la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama de la poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio. Desde niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan--cuyo nombre pasará al porvenir al brillo del nombre del poeta--jamás pudo imaginarse que el pobre muchacho recitador de versos que alegraba las veladas de su «home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En Poe reina el «ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector le lleva a Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un lugar fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias; después, en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del viejo profesor han de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas. Por una parte, posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra, la fuerza matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela de Clarke, en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de clásicos y recita odas latinas, boxea y llega a ser algo como un «champion» estudiantil; en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y aspiraba a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella intelectual y físicamente entre sus compañeros, los hijos de familia de la fofa aristocracia del lugar miran por encima del hombro al hijo de la cómica. ¿Cuánta no ha de haber sido la hiel que tuvo que devorar este sér exquisito, humillado por un origen del cual en días posteriores habría orgullosamente de gloriarse? Son esos primeros golpes los que empezaron a cincelar el pliegue amargo y sarcástico de sus labios. Desde muy temprano conoció las acechanzas del lobo racional. Por eso buscaba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortalecedora. «Odio sobre todo y detesto este animal que se llama Hombre», escribía Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina amistad y de la fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero hombre.» Ya en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto más el hombre abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el lírico americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su alma estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide al poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades ideales. Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su fantasía, hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al borde de lo desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe, que debiera poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal no recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo.[5] Profesaba sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre, creía en una ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación dominaba a la creencia, y aun en lo referente a Dios y sus atributos, pensaba con Spinoza que las cosas invisibles y todo lo que es objeto propio del entendimiento no puede percibirse de otro modo que por los ojos de la demostración[6] olvidando la profunda afirmación filosófica: «intelectus noster sic ¿de habet? ad prima entium quœ sunt manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad solem.» No creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero afirmaba que Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una definición de Dios, tomada de Granwill, que parece ser sustentada por Poe: Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para sí, porque desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine el fin por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que previene todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos Dios...»[7] En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones filosóficas, Mr. Vankirk--que, como casi todos los personajes de Poe, es Poe mismo--afirma la existencia de un Dios material, al cual llama materia suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada, o sea Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra comprensión, lo que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre Oinos y Agathos pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; así como en los de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la desconocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, extraños vislumbres en su concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.

[imagen]

[imagen: LECONTE DE LISLE]

[imagen]

LECONTE DE LISLE

Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de la Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la sangre de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella testa coronada,--coronada de los más verdes laureles--llena de augusta hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la consagración olímpica del mármol.

Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal, en donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo al vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la Lira, recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de las musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para quien fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su lira, por la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la impasibilidad casi religiosa, por la magnificencia monumental estatuaria de su obra, en la cual, como en la del Padre de los poetas, pasan a nuestra vista portentosos desfiles de personajes, grupos esculturales, marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios, los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma y sangre latinas y por haber adorado siempre el lustre y el renombre de la Hélade inmortal! Griego fué, de los griegos tenía, como lo hizo notar muy bien Guyau, la concepción de una especie de mundo de las formas y de las ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose colocado por una ascensión de la voluntad, sobre el mundo del sentimiento, en la región serena de la idea, y revistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo cuyo más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento de las humanas emociones, ni aun el aire que el Amor mismo agitase con sus alas. «Vuestros contemporáneos,--díjole Alejandro Dumas (hijo),--eran los griegos y los hindus.» Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos focos de donde parten los rayos que iluminan la obra de Leconte de Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el índico Ganges cuyas aguas reflejaran los combates del Ramayana y el otro la idea griega desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste de la virgen Diana.

La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección: reconocía como las dos originales fuentes de la universal poesía, a Valmiki y a Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la teogonía védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y helenista insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras, la grandiosa infancia de las razas, en la cual empieza el Génesis de lo que él llamara con su verbo solemne «la historia sagrada del pensamiento humano en su florecimiento de harmonía y de luz;» la historia de la Poesía.

El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a los bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido todo anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para él ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la vida de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los hechos y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos tiranos; los sombríos cuadros monacales, los interiores de los claustros, los cismas, la supremacía de Roma, las musulmanas barbaries fastuosas, el ascetismo católico, y el temblor extranatural que pasó por el mundo en la edad que otro gran poeta ha llamado con razón, en una estrofa célebre, «enorme y delicada.»

Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo; y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del cuervo centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.

Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y pájaros, que siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse poeta el «joven salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su primera rima, el gran bosque primitivo le hizo sentir la influencia de su estremecimiento, y el mar solemne y el cielo le dejaron entrever el misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su corazón, deseoso de algo extraño, y sus labios estaban sedientos del vino divino. Copa de oro inagotable, llena del celeste licor, fué para él la poesía de Hugo. Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas, la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un resplandor nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las aves de las florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces despertadoras que le iniciaron en un culto arcano y supremo.

Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte de arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para levantar en la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más bello paros, en honor del Dios del arco de plata.

El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo», y Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué iniciado en el secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que debía escribir los «Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía sino contemplar con estupor la creación de ese orbe constelado, vario, profuso y estupendo que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera este corto mensaje imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él fué siempre el privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué conducido al Pantheón, fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más ferviente en honor de quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente, al ocupar su sillón en la Academia, colocó aún más triunfales palmas y coronas en la tumba del César literario. Recorrió con su pensamiento la historia de la poesía universal, para llegar a depositar sus trofeos en aras del daimon desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la creación toda de Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables «Las Orientales», cuya lengua y movimiento, según confesión propia, fueron para él una revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de guerra, tendido al viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del crepúsculo», las «Voces interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a propósito de los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al sentimentalismo; los «Castigos», llenos de rayos y relámpagos, bajo los cuales coloca los «Yambos» de Chenier y las «Trágicas» de Agrippa d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que permanecerá como la prueba brillante de una potencia verbal inaudita, puesta al servicio de una imaginación incomparable.» Y todos los poemas posteriores, «Canciones de calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser abuelo», el «Papa», la «Piedad suprema», «Religión y religiones», «El asno», «Torquemada» y los «Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas últimas obras nombradas, la que llama su atención principal es «Torquemada.» ¿Por qué? Porque Leconte de Lisle sentía el pasado con una fuerza de visión insuperable, a punto de que Guyau llama a la Trilogía «Nueva leyenda de los siglos.» «Bien que ningún siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costumbres, las teogonías de los pueblos antiguos nos sean reveladas de año en año por tantos sabios ilustres; que los hechos y las ideas, la vida íntima y la vida exterior; que todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de pensar de los hombres desaparecidos, llama la atención de las inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han raramente intentado volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos primitivos, Edad Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad contemporánea como en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate severo. La exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle motivo para lanzar otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho robusto de Zola, cuando habló de «la epidemia que se hace sentir directamente en una parte de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un siglo que se abriera con tanto brillo y proclamara tan ardientemente su amor a lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del ideal que se instala imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por teorías groseras y malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en arrojar con desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las epidemias de esta naturaleza pasan y el genio permanece.»

Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo, entre sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado de incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan sino un segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet, La Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese gran genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un poeta y le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en lo porvenir, a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de estar orgulloso. Ese poeta sois vos, señor.»

Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de un grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables de los pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla en la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia donde se halla el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el Eclesiastés, que declara cómo la irrevocable Muerte es también mentira; después el poeta va de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado; a Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; a Grecia donde surgirá la monstruosa Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la Polinesia, en donde aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los Nornos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda, tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas de países frígidos, figuras cinceladas en nieve; Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar que clama trágicamente, el oso que llora, los cantos de los cazadores y runoyas; el norte aun, el país de Sigurd; los elfos que coronados de tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire germánico de balada; cantos tradicionales; Kono de Kemper; el terrible poema de Mona; cuadros orientales como la preciosa y musical «Verandah»; las frases ásperas de la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; Córdoba morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes cristalinas, bosques salvajes; la historia religiosa, la leyenda, el Romancero; América, los Andes...; y sobre todo esto, el «Cuervo», el cuervo desolador, y la silenciosa, fatal, pálida y como deseada imagen de la Muerte, acompañada de su obscuro paje, el dolor.