Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 13
CXXXVII. He aquí cómo pasó lo que insinué de la toma de Lemnos de que se apoderó Milcíades el hijo de Cimón: Habían sido los pelasgos expelidos del Ática por los atenienses, no sabré decidir si con razón o sin ella; podré referir tan solo lo que sobre ello se dice, si bien noto que Hecateo, hijo de Hegesandro, afirma en su historia que sin razón fueron aquellos arrojados, contando así los hechos: «Viendo los atenienses, dice, que una campiña suya situada al pie del monte Himeto, que habían cedido a los pelasgos para que la habitasen en pago y recompensa del muro que estos les habían edificado alrededor de la fortaleza; viendo, pues, bien cultivada aquella campiña, que antes era muy estéril y de ninguna estima, tuvieron envidia a los pelasgos, y codiciosos de aquel territorio, sin otro motivo ni razón arrojaron de él a los agricultores». Pero si creemos lo que dicen los atenienses, razón les sobraba para echarlos de allí; porque situados los pelasgos bajo el Himeto, salían desde allí a cometer mil insolencias; pues como acostumbrasen las doncellas y los niños también de los atenienses ir por agua al _Ennea crunon_ (a las nueve fuentes) por no tener esclavos en aquel tiempo ni los atenienses ni los demás griegos, sucedía que al ir ellas por agua, con desvergüenza y desprecio las violentaban los pelasgos; y no contentos aún con proceder tan indigno, determinaron al cabo apoderarse de Atenas y fueron cogidos con el delito en las manos. Añaden aún los atenienses que ellos se portaron mucho mejor de lo que merecían los pelasgos, porque estando en su mano quitarles justamente la vida como a gente que maquinaba contra el estado, no quisieron hacerlo, contentos con intimarles la orden de que saliesen de sus dominios. En fuerza de esta orden, salidos de allí, una de las varias tierras que ocuparon fue la isla de Lemnos. En suma, lo primero es lo que dice Hecateo; lo segundo lo que cuentan los atenienses.
CXXXVIII. Después que habitaban ya en Lemnos los mismos pelasgos, llevados del deseo de venganza contra los de Atenas y bien prácticos e impuestos en qué días caían las fiestas de los atenienses, recogidas sus falucas pasaron al continente y armaron una emboscada en Braurón, donde solían las mujeres atenienses celebrar una fiesta a Artemisa. Habiendo aprovechado el lance, y robadas muchas de ellas, embarcáronlas consigo para Lemnos y las tuvieron allí por concubinas. Viéndose ya con muchos hijos estas mujeres, íbanles enseñando la lengua ática y les daban una educación propia de atenienses, de donde nacía que los niños se desdeñaban de juntarse con los hijos de los pelasgos, y si veían que uno de ellos era maltratado de alguno de los otros niños, acudían todos a su defensa y se socorrían mutuamente. Llegó la cosa a tal punto que los niños de las áticas pretendían dominar sobre los otros; y en efecto, su partido era el que más podía. Viendo los pelasgos lo que pasaba, entraron en cuenta consigo, y consultando entre sí, parecioles ser el caso de mucho peso y consideración. Si estos niños, decían, tienen ya la advertencia de ayudarse contra los hijos de las matronas de primer orden y aun pretenden ser ya los señores que manden, ¿qué no harán salidos de la menor edad? Parecioles con esto que convenía dar muerte a los hijos de las mujeres áticas; y no contentos con esta barbarie, añadieron después la de matar a sus madres. De este hecho inhumano, como también de aquel otro anterior cuando las mujeres quitaron la vida a sus maridos juntamente con Toante,[172] se originó el llamar por toda la Grecia maldades lemnias a cualquier maldad enorme.
CXXXIX. Después que los pelasgos dieron la muerte a sus hijos y mujeres, sucedió que ni la tierra les rendía los frutos de antes, ni sus mujeres ni sus rebaños eran fecundos, como solían primero. Fatigados, pues, del hambre y de aquella esterilidad, enviaron a Delfos para ver cómo librarse de las calamidades en que se hallaban. Mandoles la Pitia que se presentasen a los atenienses y les diesen la satisfacción que tuvieran estos por justa. En efecto, fueron a Atenas los pelasgos y se ofrecieron de su voluntad a pagar la pena correspondiente a su injuria. Los atenienses, preparando en su pritaneo unas camas las más ricas que pudieron para recibir a los convidados, y poniendo una mesa llena de todo género de comidas, mandaron a los pelasgos que les entregasen su país tan ricamente abastecido como lo estaba aquella mesa; a lo que respondieron los pelasgos: «Siempre que una nave de vuestro país con el viento Bóreas llegue al nuestro en un día, prontos estaremos para verificar la entrega que pretendéis».[173] Respuesta astuta y capciosa, sabiendo ser imposible la condición, por estar el Ática hacia el mediodía más acá de Lemnos.
CXL. Por entonces quedó así el negocio; pero muchísimos años después, cuando el Quersoneso del Helesponto vino a ser de los atenienses, Milcíades, hijo de Cimón, salido de Elayunte, ciudad del Quersoneso, con los vientos etesios, púsose en Lemnos e intimó a los pelasgos que dejasen la isla, haciéndoles memoria del oráculo, que ellos estaban lejos de creer que pudiese jamás cumplírseles. Obedecieron entonces los de Hefestia; pero los de Mirina,[174] que no conocían en que el Quersoneso fuese lo mismo que el Ática, hicieron resistencia, hasta tanto que, viéndose sitiados, se entregaron. Este fue el artificio con que los atenienses por medio de Milcíades se apoderaron de Lemnos.
LIBRO SÉPTIMO.
POLIMNIA.
Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares que continúa su hijo Jerjes: con este objeto hace abrir un canal en el Atos y echar un puente sobre el Helesponto. — Orden de marcha del ejército persa de mar y tierra; su número y aumento; naciones que lo componían, y generales encargados del mando. — Disputa de Jerjes con el lacedemonio Demarato acerca del valor y resistencia de los griegos. — Para revista Jerjes a su ejército en Dorisco y se pone en marcha. — Envían los lacedemonios a Jerjes dos heraldos en compensación de los que ellos habían muerto. — Prepáranse los atenienses a resistir, a pesar de los infaustos oráculos de Delfos. — Los argivos se niegan a entrar en la confederación de los griegos, y Gelón, tirano de Sicilia, lo rehúsa igualmente si no se le da el mando. — Los isleños de Corfú tratan de alucinar con promesas a los embajadores, y los de Creta rehúsan también entrar en la confederación. — Abandonan los griegos la defensa del paso del Olimpo, y se deciden a defender las Termópilas. — Número prodigioso de hombres que componían el ejército persa de mar y tierra. — Tempestad que sufre su escuadra. — Ataque de las Termópilas y muerte de Leónidas con los espartanos. — Decide Jerjes continuar su marcha, y avanza contra la Grecia despreciando los consejos de Demarato.
I. Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra los atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes, acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras, caballos, provisiones y barcas de trasporte. En la prevención de estos preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra había de ser contra los griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos, los egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra los persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a entrambas naciones.
II. Estando ya Darío para partir a las expediciones de Egipto y Atenas, originose entre sus hijos una gran contienda sobre quién había de ser nombrado sucesor o príncipe jurado del imperio, fundándose en una ley de los persas que ordena que antes de salir el rey a campaña nombre al príncipe que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de subir al trono tres hijos en la hija de Gobrias, su primera esposa, y después de coronado tuvo cuatro más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El mayor de los tres primeros era Artobazanes, y el mayor de los cuatro últimos era Jerjes: no siendo hijos de la misma madre, tenían los dos pretensiones a la corona. Fundaba las suyas Artobazanes en el derecho de primogenitura recibido entre todas las naciones, que daba el imperio al que primero había nacido: Jerjes, por su parte, alegaba ser hijo de Atosa y nieto de Ciro, que había sido el autor de la libertad e imperio de los persas.
III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por aquel tiempo Demarato, hijo de Aristón, quien depuesto del trono de Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse con Jerjes, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya este soberano y teniendo el mando sobre los persas, mientras que al nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular; que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valiose Jerjes de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío de la justicia de lo que decía, declarole por sucesor al imperio; bien es verdad, en mi concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera recaído la corona en las sienes de Jerjes, siendo Atosa la que todo lo podía en el estado.
IV. Nombrado ya Jerjes sucesor del imperio persa, solo pensaba Darío en la guerra; pero quiso la fortuna que un año después de la sublevación del Egipto, haciendo sus preparativos, le cogiese la muerte, habiendo reinado 36 años, sin que tuviese la satisfacción de vengarse ni de los egipcios rebeldes, ni de los atenienses enemigos.
V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerjes, quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía con él entre todos los persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del mismo Jerjes por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos términos: «Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente venganza a los atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros dominios». Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa era una bellísima región poblada de todo género de árboles frutales, sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro conquistador ni dueño que el rey.
VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de nuevas empresas, ya por la ambición que tenía de llegar a ser virrey de la Grecia. Y en efecto, con el tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerjes a entrar en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes que sirvieron mucho para aquella resolución del persa. Uno de ellos fue el que algunos embajadores de Tesalia, venidos de parte de los Alévadas,[175] convidaban al rey a que viniera contra la Grecia, ofreciéndose de su parte a ayudarle y servirle con todo celo y prontitud, lo que podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los Pisistrátidas venidos a Susa no solo confirmaban con mucho empeño las razones de los Alévadas, sino que aún añadían algo más de suyo, por tener consigo al célebre ateniense Onomácrito, que era adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa habían ellos hecho las paces. Había sido antes Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, a causa de que Laso de Hermíone le había sorprendido en el acto de interpolar entre los oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que se presentaba a la vista del monarca, delante de quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba varios oráculos, y si en alguno veía algo que pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba este en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, diciendo ser preciso que el Helesponto llevase un puente hecho por un varón persa, y de un modo semejante iba declarando la expedición.
VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisístrato aconsejando, se ganaban al monarca. Persuadido ya Jerjes a la guerra contra Grecia, al segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio por virrey a Aquemenes, hijo de aquel y hermano suyo; y este es aquel Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún tiempo después por Ínaro, hijo de Psamético, natural de la Libia.
VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando Jerjes estaba ya para mover el ejército contra Atenas, juntó una asamblea extraordinaria de los grandes de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de hablar él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya todos ellos, díjoles así Jerjes: «Magnates de la Persia, no penséis que intente ahora introducir nuevos usos entre vosotros; sigo únicamente los ya introducidos; pues según oigo a los avanzados en edad, jamás, desde que el imperio de los medos vino a nuestras manos, habiendo Ciro despojado de él a Astiages, hemos tenido hasta aquí un día de sosiego. No parece sino que Dios así lo ordena echando la bendición a las empresas a que nos aplicamos con empeño y desvelo. No juzgo del caso referiros ahora ni las hazañas de Ciro, ni las de Cambises, ni las que hizo mi propio padre Darío, ni el fruto de ellas en las naciones que conquistaron. De mí puedo decir que, desde que subí al trono, todo mi desvelo ha sido no quedarme atrás a los que en él me precedieran con tanto honor del imperio; antes bien, adquirir a los persas un poder nada inferior al que ellos le alcanzaron. Y fijando la atención en lo presente, hallo que por una parte hemos añadido lustre a la corona conquistando una provincia ni menor ni inferior a las demás, sino mucho más fértil y rica, y por otra hemos vengado las injurias con una entera satisfacción de la majestad violada. En atención, pues, a esto, he tenido a bien convocaros para daros parte de mis designios actuales. Mi ánimo es, después de construir un puente sobre el Helesponto, conducir mis ejércitos por la Europa contra la Grecia, resuelto a vengar en los atenienses las injurias que tienen hechas a los persas y a nuestro padre. Testigos de vista sois vosotros, cómo Darío iba en derechura al frente de sus tropas contra esos hombres insolentes, si bien tuvo el dolor de morir antes de poder vengarse de sus agravios. Mas yo no dejaré las armas de la mano, si primero no veo tomada y entregada al fuego la ciudad de Atenas, que tuvo la osadía de anticipar sus hostilidades, las más inicuas, contra mi padre y contra mí. Bien sabéis que ellos, conducidos antes por Aristágoras el milesio, aquel esclavo nuestro, llegaron hasta Sardes y pegaron fuego a los bosques sagrados y a los templos; y nadie ignora cómo nos recibieron al desembarcar en sus costas, cuando Datis y Artafrenes iban al frente del ejército. Este es el motivo que me precisa a ir contra ellos con mis tropas: y además de esto, cuando me detengo en pensarlo, hallo sumas ventajas en su conquista, tales en realidad que si logramos sujetarles a ellos y a sus vecinos que habitan el país de Pélope el frigio, no serán ya otros los confines del imperio persa que los que dividen en la región del aire el firmamento del suelo. Desde aquel punto no verá el mismo sol otro imperio confinante con el nuestro, porque yo, al frente de mis persas y en compañía vuestra, corriendo vencedor por toda la Europa, de todos los estados de ella haré uno solo, y este mío; pues a lo que tengo entendido, una vez rotas y allanadas las provincias que llevo dichas, no queda ya estado, ni ciudad, ni gente alguna capaz de venir a las manos en campo abierto con nuestras tropas. Así lograremos, en fin, poner bajo nuestro dominio, tanto a los que nos tienen ofendidos, como a los que ningún agravio nos han ocasionado. Yo me prometo de vosotros que en la ejecución de estos mis designios haréis que me dé por bien servido, y que en el tiempo que aplazaré para la concurrencia y reseña del ejército, os esmeraréis todos en la puntualidad cumpliendo con vuestro deber. Lo que añado es que honraré con dones y premios, los más preciosos y honoríficos del estado, al que se presente de vosotros con la gente mejor ordenada y apercibida. Esto es lo que tengo resuelto que se haga; mas para que nadie diga que me gobierno por mis dictámenes particulares, os doy licencia de deliberar sobre la empresa, diciendo su parecer cualquiera de vosotros que quisiere decirlo». Con esto dio fin a su discurso.
IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra: «Señor, dice, vos sois el mejor persa, no digo de cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos habrá jamás en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese vuestro discurso en que campean por una parte la elocuencia y la verdad, y por otra triunfan el honor y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos con indiferencia que esos jonios europeos, gente vil y baja, se burlen de nosotros. Insufrible cosa fuera en verdad que los que hicimos con las armas vasallos nuestros a los sacas, a los indios, a los etíopes, a los asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no porque nos hubiesen ofendido en cosa alguna, sino por querer nosotros extender el imperio, dejásemos sin venganza a los griegos que han sido los primeros en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué número de tropas pueden juntar? ¿Qué abundancia de dinero recoger? Bien sabemos su modo de combatir; bien sabemos cuán poco o ninguno es su valor. Hijos suyos son esos que llevamos vencidos; esos que viven en nuestros dominios; esos, digo, que se llaman jonios, eolios y dorios. Yo mismo hice ya la prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre conduje contra esos hombres un ejército; lo cierto es que internándome hasta la Macedonia y faltándome ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie se me presentó en campo de batalla. Oigo decir de los griegos, que son en la guerra la gente del mundo más falta de consejo, así por la impericia, como por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros, salen a campaña, y para darse la batalla escogen la llanura más hermosa y despejada que pueden encontrar, de donde no salen sin gran pérdida los mismos vencedores, pues de los vencidos no es menester que hable yo palabra, siendo sabido que quedan aniquilados. ¿Cuánto mejor les fuera, hablando todos la misma lengua, componer sus diferencias por medio de heraldos y mensajeros y venir antes a cualquier convención, que no dar la batalla? Y en caso de llegar a declararse la guerra por precisión, les convendría ver por dónde unos y otros estarían más a cubierto de los tiros del enemigo y acometer por aquel lado. Repito que por este pésimo modo de guerrear, no hubo pueblo alguno griego, cuando penetré hasta la Macedonia, que se atreviese a entrar conmigo en batalla. Y contra vos, señor, ¿quién habrá de ellos que armado os salga al encuentro, cuando os vean venir con todas las fuerzas del Asia por tierra y con todas las naves por agua? No, señor; no ha de llegar a tanto, si no me engaño, el atrevimiento de los griegos. Pero demos que me engañe en mi opinión, y que faltos ellos de juicio y llenos de su loca presunción no rehúsen la batalla: peleen en mal hora, y aprendan en su ruina que no hay sobre la tierra tropa mejor que la persa. Menester es hacer prueba de todo, si todo queremos conseguirlo. Las conveniencias no entran por sí mismas en casa de los mortales: premio suelen ser de los que todo lo experimentan». Calló Mardonio, habiendo adulado y hablado así al paladar de Jerjes.