Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 12
CXI. Al tocarle empero su legitimo turno, formó para la batalla las tropas atenienses del siguiente modo: en el ala derecha mandaba Calímaco el polemarco, pues es costumbre entre los atenienses que su polemarco dirija esta ala; tras aquel jefe seguían las filas (o tribus), según el orden con que vienen numeradas; y los últimos de todos eran los plateos, colocados en el lado izquierdo. De esta batalla se originó que siempre que los atenienses ofrecen en sus _panegires_ (o juntas generales) los sacrificios que se celebran en cada _pentetérida_ (o quinquenio), el pregonero ateniense pida a los dioses la prosperidad para los atenienses y juntamente para los de Platea. Ordenados así en Maratón los escuadrones de Atenas, resultaba que constando de pocas líneas, el centro de estos, a fin de igualar la frente de los medos con la de los atenienses, quedaba débil, mientras las dos alas tenían muchos de fondo.
CXII. Dispuestos en orden de batalla y con los agüeros favorables en las víctimas sacrificadas, luego que se dio la señal, salieron corriendo los atenienses contra los bárbaros, habiendo entre los dos ejércitos un espacio no menor que de ocho estadios. Los persas, que les veían embestir corriendo, se dispusieron a recibirles a pie firme, interpretando a demencia de los atenienses y a su total ruina, que siendo tan pocos viniesen hacia ellos tan de prisa, sin tener caballería ni ballesteros. Tales ilusiones se formaban los bárbaros; pero luego que de cerca cerraron con ellos los bravos atenienses, hicieron prodigios de valor dignos de inmortal memoria, siendo entre todos los griegos los primeros de quienes se tenga noticia que usaron embestir de carrera para acometer al enemigo,[157] y los primeros que osaron fijar los ojos en los uniformes del medo y contemplar de cerca a los soldados que los vestían, pues hasta aquel tiempo solo oír el nombre de medos espantaba a los griegos.
CXIII. Duró el ataque con vigor por muchas horas en Maratón, y en el centro de las filas en que combatían los mismos persas, y con ellos los sacas, llevaban los bárbaros la mejor parte, pues rompiendo vencedores por medio de ellas, seguían tierra adentro al enemigo. Pero en las dos alas del ejército vencieron los atenienses y los de Platea, quienes viendo que volvía las espaldas el enemigo no le siguieron los alcances, sino que uniéndose los dos extremos acometieron a los bárbaros del centro, obligáronles a la fuga, y siguiéndoles hicieron en los persas un gran destrozo, tanto que llegados al mar, gritando por fuego, iban apoderándose de las naves enemigas.
CXIV. En lo más vivo de la acción, uno de los que perecieron fue Calímaco el polemarco, habiéndose portado en ella como bravo guerrero: otro de los que allí murieron fue Estesilao, uno de los generales, hijo de Trasilao. Allí fue cuando Cinegiro, hijo de Euforión, habiéndose asido de la proa de una galera, cayó en el agua, cortada la mano con un golpe de segur. A más de estos, quedaron allí muertos otros muchos atenienses de esclarecido nombre.
CXV. En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los atenienses. Corrió por válido entre los atenienses, que por artificio de los Alcmeónidas formaron los persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que estando ya los persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI. Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Heracles en Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Heracles tenían en Maratón. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de Falero, que era entonces el arsenal de los atenienses, y mantenidos sobre las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia.
CXVII. Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400; los atenienses no fueron sino 192;[158] y este es el número exacto de los que murieron de una y otra parte. En aquel combate sucedió un raro prodigio: en lo más fuerte de la acción, Epicelo, ateniense, hijo de Cufágoras, peleando como buen soldado cegó de repente sin haber recibido ni golpe de cerca, ni tiro de lejos en todo su cuerpo; y desde aquel punto quedó ciego por todo el tiempo de su vida. Oí contar lo que él mismo decía acerca de su desgracia, que le pareció que se le ponía delante un infante elevado, cuya barba le asombró y le cubrió todo el escudo, y que pasando de largo aquel fantasma mató al soldado que a su lado tenía: tal era, según me contaban, la narración de Epicelo.
CXVIII. Volviéndose Datis al Asia con toda su armada, cuando estaba ya en Miconos[159] tuvo entre sueños una visión, la que no se dice cuál fuese, si bien el efecto de ella fue que apenas amaneció hiciese registrar todas sus naves, y habiendo hallado en una de los fenicios una estatua dorada de Apolo, preguntó de dónde había sido robada, y noticioso del templo de donde procedía, fuese a Delos en persona con su capitana. Ya entonces los delios se habían restituido a su isla. Depositó Datis dicha estatua en aquel templo, y encargó a los delios que volviesen aquel ídolo a Delio,[160] lugar de los tebanos que cae en la playa enfrente de Calcis. Dada la orden, volviose Datis en su nave; pero los delios no restituyeron la estatua, la cual 20 años después fueron a recobrar los tebanos, avisados por un oráculo, y la volvieron a Delio.
CXIX. Después que aportaron al Asia Datis y Artafrenes vueltos de su expedición, hicieron pasar a Susa los esclavos hechos en Eretria. El rey Darío, aunque gravemente enojado contra los eretrieos antes de tenerlos prisioneros, por haber sido los primeros en cometer las hostilidades, con todo, después que los tuvo en su presencia y los vio hechos sus esclavos, no tomó contra ellos resolución alguna violenta; antes bien les dio habitación en un albergue suyo, situado en la región de Cisia, que tiene por nombre Arderica,[161] distante de Susa 210 estadios y 40 solamente de aquel pozo que produce tres especies de cosas bien diferentes, pues de él se saca betún, sal y también aceite, del modo que expresaré. Sírvense para sacar el agua de una pértiga, en cuya punta en vez de cubo atan la mitad de un odre partido por medio. Métenlo de golpe, y luego derraman lo que viene dentro en una pila, de la cual lo pasan a otra, en donde derramado, se convierte en las tres especies dichas: el betún y la sal al punto quedan allí cuajados, el aceite lo van recogiendo en unas vasijas, y le dan los persas el nombre de radinace, siendo un licor negro que despide un olor ingrato. Allí fueron colocados los eretrieos por orden del rey Darío, cuya habitación, juntamente con su idioma antiguo, conservan hasta el presente, y a esto se reduce la historia de sus sucesos.
CXX. Los lacedemonios en número de 2000 llegaron al Ática después del plenilunio, y tan grande era el deseo de hallarse con el enemigo, que al tercer día después de salidos de Esparta se pusieron en el Ática. Habiendo llegado después de la batalla,[162] y no queriendo dejar de ver de cerca a los medos, fuéronse a Maratón para contemplarlos allí muertos. Colmaron de alabanzas a los atenienses por aquellas hazañas, y se despidieron para volverse a su patria.
CXXI. Volviendo a los Alcmeónidas, mucha admiración me causa, y no tengo por verdadero lo que de ellos se cuenta, que de concierto con los persas les mostrasen el escudo en señal de querer que Atenas fuese presa de los bárbaros y entregada al dominio de Hipias; pues ellos se mostraron más enemigos de los tiranos, o tanto por lo menos, como Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, quien fue el único entre todos los atenienses que después de echado Pisístrato de Atenas se atrevió a comprar sus bienes confiscados y vendidos a voz de pregonero, fuera de que en otras mil cosas más dio un público testimonio del odio que le tenía.
CXXII. De este Calias[163] es mucha razón que todos a menudo se acuerden no sin elogio, ya por haber sido, como llevo dicho, un hombre señalado particularmente en libertar a su patria; ya por la gloria que adquirió en Olimpia, donde logró como vencedor el primer premio en la corrida de un caballo singular, y el segundo en la de la cuadriga, ya porque en los juegos pitios, habiendo sido declarado vencedor, se mostró muy magnífico en el banquete que dio a los griegos; ya por lo bien que se portó con sus hijas, que fueron tres, con las cuales, luego que tuvieron edad proporcionada al matrimonio, usó la bizarría y generosidad de que cada cual escogiese entre los ciudadanos el marido que mejor le pareciese, y las casó, en efecto, con quien quiso cada cual.
CXXIII. Ahora pues, habiendo sido los Alcmeónidas igualmente o nada menos enemigos de los tiranos que Calias, paréceme un error monstruoso y una calumnia indigna de fe el que para llamar a los persas levantasen sus escudos unos hombres que vivieron desterrados por todo el tiempo del gobierno de los tiranos, y que no cesaron con sus intrigas hasta obligar a los hijos de Pisístrato a desamparar su dominio, con lo cual, a mi entender, lograron tener más parte en la libertad de Atenas que Harmodio y Aristogitón, pues estos con dar la muerte a Hiparco nada adelantaron contra los otros que tiranizaban a la patria, antes bien irritaron más contra ella a los demás hijos de Pisístrato. Pero los Alcmeónidas sin la menor disputa fueron los libertadores de Atenas, si fueron ellos realmente los que ganaron a la Pitia para que diese a los lacedemonios el oráculo que les decidió a libertarla, según tengo antes declarado.
CXXIV. Podrá decirse que quizá por algún disgusto y ofensa recibida del gobierno popular de Atenas quisieron entregar la patria; pero esto no lleva camino, porque no hubo en Atenas hombres más aplaudidos ni más honrados por el pueblo. Así que contra toda buena crítica es el decir que levantasen el escudo con esta mira. Es cierto que hubo quien lo levantó, ni otra cosa puede decirse, porque así es la verdad; pero quién fuese el que lo verificó lo ignoro, ni tengo más que añadir sobre ello de lo que llevo dicho.
CXXV. La familia de los Alcmeónidas, si bien desde mucho tiempo atrás era ya distinguida en Atenas, se hizo notablemente más ilustre en la persona de Alcmeón, no menos que en la de Megacles. El caso fue que cuando los lidios de parte de Creso fueron enviados de Sardes a Delfos para consultar aquel oráculo, no solo les sirvió en cuanto pudo Alcmeón, hijo de Megacles, sino que se esmeró particularmente en agasajarles. Informado Creso por los lidios que habían hecho aquella romería de cuán bien por su respeto había obrado con ellos Alcmeón, convidole a que viniera a Sardes, y llegado, le ofreció de regalo tanto oro cuanto de una vez pudiese cargar y llevar encima. Para poderse aprovechar mejor de lo grandioso de la oferta, fue Alcmeón a disfrutarla en este traje: púsose una gran túnica, cuyo seno hizo que prestase mucho dejándolo bien ancho, calzose unos coturnos los más holgados y capaces que hallar pudo, y así vestido fuese al tesoro real adonde se le conducía. Lo primero que hizo allí fue dejarse caer encima de un montón de oro en polvo, y henchir hasta las pantorrillas aquellos sus borceguíes de cuanto oro en ellos cupo. Llenó después de oro todo el seno; empolvose con oro a maravilla todo el cabello de su cabeza; llenose de oro asimismo toda la boca: cargado así de oro iba saliendo del erario, pudiendo apenas arrastrar los coturnos, pareciéndose a cualquier otra cosa menos a un hombre, hinchados extremadamente los mofletes y hecho todo él un cubo. Al verle así Creso no pudo contener la risa, y no solo le dio todo el oro que consigo llevaba, sino que le hizo otros presentes de no menor cuantía, con lo cual quedó muy rica aquella casa, y el mismo Alcmeón, pudiendo criar sus tiros para las cuadrigas, fue vencedor con ellos en los juegos olímpicos.[164]
CXXVI. En la edad inmediata a esta, Clístenes, señor de Sición, subió hasta tal punto el nombre de la misma familia, que la hizo mucho más célebre todavía. Este Clístenes, hijo de Aristónimo, nieto de Mirón, y biznieto de Andreas, tuvo una hija llamada Agarista a quien quiso casar con el griego que hallase más sobresaliente de todos; y así, en el tiempo en que se celebraban las fiestas olímpicas, en las cuales alcanzó la palma con su cuadriga el mismo Clístenes, hizo pregonar que cualquiera de los griegos que se tuviese por digno de ser yerno de Clístenes, pasados sesenta días o bien antes, se presentase al concurso en Sición; pues que él había determinado celebrar las bodas de su hija dentro del término de un año, que se empezaría a contar desde allí a sesenta días. Entonces todos los griegos que se picaban de notables, ya por sus prendas y linaje, ya por la nobleza de su patria, concurrieron allá como pretendientes, a quienes estuvo Clístenes entreteniendo para ver quién era el más digno pretendiente en la carrera y en la palestra.
CXXVII. De la Italia concurrió el sibarita Esmindírides,[165] hijo de Hipócrates, que había llegado a ser el hombre más sobresaliente de todos en las delicias del lujo, en un tiempo en que Síbaris florecía sobremanera; concurrió asimismo Dámaso de Siris, hijo de Amiris, el que llamaban el sabio: ambos vinieron de la Italia. Del golfo Adriático, es decir, del seno Jonio, se presentó Anfimnesto, hijo de Epístrofo, natural de Epidamno.[166] Vino también un etolio, por nombre Males, hermano del famoso Titormo, que superó en valentía a todos los griegos, y vivió retirado en un rincón de la Etolia,[167] huyendo del comercio de los hombres. Del Peloponeso llegó Leocedes, hijo de Fidón, tirano de los argivos, quien descendía de aquel Fidón[168] ordenador de los pesos y medidas de los peloponesios, hombre el más violento e inicuo de todos los griegos, que habiendo quitado a los eleos la presidencia en los juegos olímpicos, se alzó con el empleo de _Agonoteta_ (o prefecto de aquel certamen). Vino de Trapezunte[169] el arcadio Amianto, hijo de Licurgo; vino asimismo Láfanes el azanio, natural de la ciudad de Peos, hijo de aquel Euforión de quien es fama en la Arcadia que recibió en su casa a los Dioscuros Cástor y Pólux, y desde aquel tiempo solía hospedar a todo hombre que se le presentase: vino por fin el eleo Onomasto, hijo de Ageo; todos los cuales vinieron del mismo Peloponeso. De Atenas fueron a la pretensión Megacles, hijo de aquel Alcmeón que había hecho la visita a Creso, y otro llamado Hipoclides, hijo de Tisandro, el sujeto más rico y gallardo de todos los atenienses. De Eretria, ciudad entonces floreciente, concurrió Lisanias, el único que se presentó venido de Eubea. De Tesalia acudió Diactóridas el Craconio, de la familia de los Escópadas; y de los molosos, vino Alcón: estos fueron los aspirantes a la boda.
CXXVIII. Habiéndose, pues, presentado los amantes al día señalado, desde luego se iba Clístenes informando de qué patria y de qué familia era cada uno. Después, por espacio de un año, los fue entreteniendo a su lado, haciendo pruebas de la bizarría, del valor, de la educación y de las costumbres de todos, ya tratando con cada uno en particular, ya con todos ellos en común; y aun a los más jóvenes los conducía a los gimnasios, donde ejercitasen desnudos sus fuerzas y habilidades. Pero con especialidad procuraba observarles en la mesa, pues todo el tiempo que los tuvo cerca de su persona, era quien llevaba el coste y el que les daba un magnífico hospedaje. Hecha la prueba, los que más le satisfacían eran los pretendientes venidos de Atenas, y entre estos nadie le placía tanto como Hipoclides, el hijo de Tisandro, gobernándose en este aprecio tanto por el valor que en él veía, como por ser de una familia emparentada con la de los Cipsélidas que antiguamente hubo en Corinto.
CXXIX. Cuando llegó el día aplazado así para el festín de la boda, como para la publicación del yerno que Clístenes hubiese escogido entre todos, mató este cien bueyes y dio un magnífico convite, no solo a los pretendientes, sino también a los moradores de Sición. Allí sobre mesa apostábanselas los pretendientes en la música, y a quién descifraría algún acertijo o enigma propuesto. Iban adelante los brindis después de la comida, cuando Hipoclides, que era el héroe y bufón de la fiesta, mandó al flautero que le tocase la _emmelia_,[170] y empezada esta, la bailó con mucha gracia y mayor satisfacción propia; si bien Clístenes, observando todas aquellas fruslerías, le miraba ya de mal ojo. No paró aquí Hipoclides: descansó un poco, e hizo que le trajesen una mesa, la cual puesta allí, bailó primero sobre ella a la lacónica, después danzó a la ática con gestos muy ajustados; finalmente dio sus tumbos encima de la mesa, la cabeza abajo y los pies en alto, haciendo manos de las piernas para los gestos. Clístenes, si bien viéndole bailar la primera y segunda danza se desdeñaba ya en su interior de tomar por yerno a Hipoclides, a un bailarín tal y sin vergüenza, reprimíase con todo no queriendo desconcertarse contra él; pero al cabo cuando le vio dar tumbos y vueltas y zapatetas en el aire, no pudiendo ya más consigo, lanzole estas palabras: «Ahora sí, hijo de Tisandro, que como saltimbanquis acabas de escamotearte la novia». Y replicole el mozo: «¿Qué se le da a Hipoclides de la novia?», cuyo dicho quedó desde entonces en proverbio.
CXXX. Clístenes, haciendo que todos en silencio le oyesen, habloles así: «Pretendientes de mi hija, muy pagado estoy de las prendas de todos vosotros, y si posible me fuera, a cada uno de vosotros daría con gusto la novia sin elegir en particular a ninguno y sin desechar a los demás. Pero bien veis que tratándose de una doncella sola, no cabe contentaros a todos: mi ánimo es regalar a cada uno de los que no alcancéis la novia un talento de plata en prueba de lo mucho que me honro con haberla todos pretendido, como también en atención a la ausencia que habéis hecho de vuestras casas. Por lo demás, doy por mujer mi hija Agarista a Megacles, hijo de Alcmeón, al uso de los atenienses». Aceptola por tal Megacles, y quedó contraído solemnemente el matrimonio.
CXXXI. Así se terminó la competencia de los pretendientes, y de ella dimanó la gran fama y celebridad de los Alcmeónidas por toda la Grecia. De este matrimonio nació aquel Clístenes que ordenó las filas y la democracia en Atenas, llamado así en memoria de su abuelo materno Clístenes el sicionio. Nacioles también Hipócrates, quien tuvo por hijos otro Megacles y otra Agarista, llevando esta el nombre de la Agarista hija de Clístenes. La segunda Agarista habiendo casado con Jantipo, hijo de Arifrón, tuvo un sueño estando encinta, en que le pareció que había parido un león; y poco después parió a Pericles, hijo de Jantipo.
CXXXII. Volviendo a Milcíades, después de la derrota de los persas en Maratón creció mucho su crédito entre los atenienses, de quienes era antes ya muy estimado. Entonces, pues, pidió Milcíades a sus conciudadanos que le confiasen 70 naves con la tropa y estipendios correspondientes, sin declararles contra quiénes meditaba aquella expedición, asegurándoles solamente que si querían seguirle, iba a enriquecerles, pues pensaba conducirles a cierta provincia, de donde sin el menor daño ni peligro podrían volver cargados de oro. En estos términos pidió la armada, y los atenienses, confiados en lo que les prometía, se la cedieron.
CXXXIII. Teniendo aquella tropa embarcada ya a su mando, partió Milcíades contra Paros, dando por razón que iba a castigar a los parios por haber antes hecho la guerra con sus galeras asistiendo al persa en Maratón. Pero este era un mero pretexto, y lo que en realidad le movía era el encono contra los parios, nacido de que Liságoras, hijo de Tisias y natural de Paros, le había acusado y puesto mal con el persa Hidarnes. Llegado allá Milcíades con su armada, puso sitio a la ciudad en que se habían encerrado los parios, a quienes envió un pregonero pidiéndoles le diesen 100 talentos, con la amenaza de que en caso de negarlos no levantaría el sitio antes de rendir la plaza. Los parios, lejos de discurrir cómo darían a Milcíades aquella suma, solo pensaban en el modo de defender bien su ciudad, fortificándola más y más y alzando de noche otro tanto aquella parte de los muros por donde la plaza estaba más expuesta a ser combatida.
CXXXIV. Hasta aquí concuerdan en la narración del hecho todos los griegos: lo que después sucedió lo cuentan los parios del siguiente modo: Dicen que Milcíades, falto de consejo, consultó con una prisionera natural de la misma Paros, que se llamaba Timo y era la sacerdotisa de las diosas infernales Deméter y Perséfone. Habiéndose esta presentado a Milcíades, aconsejole que si tanto empeño tenía en tomar a Paros, hiciera lo que ella misma dijese; y en efecto, habiéndole confiado el expediente, subió Milcíades a un cerro que está enfrente de la ciudad, y no pudiendo abrir las puertas del templo de Deméter Legisladora, quiso saltar la pared de aquel cercado; y saltada ya, íbase, ignoro con qué mira, dentro del santuario de la diosa, ya fuese con ánimo de quitar algo de las cosas que no es lícito quitar, ya con algún otro designio. Al ir a pasar aquel umbral, sobrevínole un terror religioso que le obligó a volver atrás por el mismo camino; y al pasar otra vez la cerca, se dislocó un muslo, o, como quieren otros, hirió malamente en tierra con una rodilla.
CXXXV. Mal parado, pues, Milcíades por la caída, determinó volverse de allí sin haber conquistado a Paros, a la cual había tenido sitiada 26 días, talando durante ellos toda la isla. Llegó a noticia de los parios que Timo, la sacerdotisa de la diosa, había dado a Milcíades los medios para la toma de la plaza, y queriendo tomar venganza de ella por la traición, apenas se vieron libres del asedio enviaron a Delfos consultores encargados de preguntar si harían bien en castigar a la sacerdotisa de las diosas, así por haber ella declarado cómo podría ser tomada su patria, como también por haber mostrado a Milcíades aquellos sagrados misterios que a ningún varón era lícito ver ni saber. No se lo permitió la Pitia, diciendo que la culpa no era de Timo, sino que siendo el destino fatal de Milcíades que tuviese un mal éxito, ella le había servido de guía para la ruina: tal fue el oráculo que la Pitia dio en respuesta a los de Paros.
CXXXVI. Vuelto ya Milcíades de aquella isla, no hablaban de otra cosa los atenienses que de su infeliz expedición; pero quien sobre todos le acriminaba era Jantipo, el hijo de Arifrón, quien intentándole ante el pueblo causa capital, le acusaba por haber engañado a los atenienses.[171] Milcíades no respondió en persona a la acusación, hallándole imposibilitado por causa de su muslo enconado con la herida; pero estando él en cama allí mismo, defendiéronle sus amigos con el mayor esfuerzo, haciendo valer mucho sus servicios en el combate de Maratón, como también en la toma de Lemnos, la cual rindió y cedió a los atenienses, habiéndose vengado de los pelasgos. Absolviole el pueblo de la pena capital; mas por aquel perjuicio del estado le multó en 50 talentos. Después de este juicio, como se le encancerase y pudriese el muslo, falleció Milcíades, y su hijo Cimón pagó la multa de su padre.