Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 9

Chapter 94,097 wordsPublic domain

CLXIII. Para decir algo de Focea, conviene saber que los primeros griegos que hicieron largos viajes por mar fueron estos foceos, los cuales descubrieron el mar Adriático, la Tirrenia, la Iberia y Tarteso, no valiéndose de naves redondas, sino solo de sus _pentecónteros_ o naves de cincuenta remos. Habiendo aportado a Tarteso, supieron ganarse toda la confianza y amistad del rey de los tartesios, Argantonio,[69] el cual ochenta años había que era señor de Tarteso, y vivió hasta la edad de ciento veinte; y era tanto lo que este príncipe los amaba, que cuando la primera vez desampararon la Jonia, les convidó con sus dominios, instándoles para que escogiesen en ellos la morada que más les acomodase. Pero viendo que no les podía persuadir, y sabiendo de su boca el aumento que cada día tomaba el poder de los medos, tuvo la generosidad de darles dinero para la fortificación de su ciudad, y lo hizo con tal abundancia, que siendo el circuito de las murallas de no pocos estadios, bastó para fabricarlas todas de grandes y bien labradas piedras.

CLXIV. Así tenían los de Focea fortificada su ciudad, cuando Harpago, haciendo avanzar su ejército, les puso sitio; si bien antes les hizo la propuesta de que se daría por satisfecho con tal de que los foceos, demoliendo una sola de las obras de defensa que tenía la muralla, reservasen para el rey una habitación. Los sitiados, que no podían llevar con paciencia la dominación extranjera, pidieron un solo día para deliberar, con la condición de que entretanto se retirasen las tropas. Harpago les respondió que, sin embargo de que conocía sus intenciones, consentía en darles tiempo para que deliberasen. Mientras las tropas se mantuvieron separadas de las murallas, los foceos, sin perder momento, aprontaron sus naves y embarcaron en ellas a sus hijos y mujeres con todos sus muebles y alhajas, como también las estatuas y demás adornos que tenían en sus templos, menos los que eran de bronce o de mármol, o consistían en pinturas.[70] Puesto a bordo todo lo que podían llevarse consigo, se hicieron a la vela, y se trasladaron a Quíos. Los persas ocuparon después la ciudad desierta de habitantes.

CLXV. No quisieron los naturales de Quíos vender a los foceos las islas llamadas Enusas, recelosos de que en manos de sus huéspedes viniesen a ser un grande emporio, y quedasen ellos excluidos de las ventajas del comercio. Viendo esto los foceos, determinaron navegar a Córcega, por dos motivos: el uno porque veinte años antes, en virtud de un oráculo, habían fundado allí una colonia, en una ciudad llamada Alalia; y el otro por haber ya muerto su bienhechor Argantonio. Embarcados para Córcega, lo primero que hicieron fue dirigirse a Focea, donde pasaron a cuchillo la guarnición de los persas, a la cual Harpago había confiado la defensa de la ciudad. Dado este golpe de mano, se ligaron mutuamente con el solemne voto de no abandonarse en el viaje, pronunciando mil imprecaciones contra el que faltase a él, y echando después al mar una gran masa de hierro, hicieron un juramento de no volver otra vez a Focea si primero aquella misma masa no aparecía nadando sobre el agua.[71] Sin embargo, al emprender la navegación, más de la mitad de ellos no pudieron resistir al deseo de su ciudad y a la ternura y compasión que les inspiraba la memoria de los sitios y costumbres de la patria, y faltando a lo prometido y jurado, volvieron las proas hacia Focea. Pero los otros, fieles a su juramento, salieron de las islas Enusas y navegaron para Córcega.

CLXVI. Después de su llegada vivieron cinco años en compañía de los antiguos colonos, y edificaron allí sus templos. Pero como no dejasen en paz a sus vecinos, a quienes despojaban de lo que tenían, unidos de común acuerdo los tirrenos y los cartagineses, les hicieron la guerra, armando cada una de las dos naciones sesenta naves. Los foceos, habiendo tripulado y armado también sus bajeles hasta el número de sesenta, les salieron al encuentro en el mar de Cerdeña. Diose un combate naval, y se declaró la victoria a favor de los foceos; pero fue una victoria, como dicen, _cadmea_,[72] por haber perdido cuarenta naves, y quedado inútiles las otras veinte, cuyos espolones se torcieron con el choque. Después del combate volvieron a Alalia, y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los muebles que las naves podían llevar, dejaron la Córcega, y navegaron hacia Regio.

CLXVII. Los prisioneros foceos que los cartagineses, y más todavía los tirrenos, hicieron en las naves destruidas, fueron sacados a tierra y muertos a pedradas. De resultas, los agileos[73] sufrieron una gran calamidad; pues todos los ganados de cualquiera clase, y hasta los hombres mismos que pasaban por el campo donde los foceos fueron apedreados, quedaban mancos, tullidos o apopléticos. Para expiar aquella culpa, enviaron a consultar a Delfos, y la Pitia les mandó que celebrasen, como todavía lo practican, unas magníficas exequias en honor de los muertos, con juegos gímnicos y carreras de caballos. Los otros foceos que se refugiaron en Regio, saliendo después de esta ciudad, fundaron en el territorio de Enotria[74] una colonia que ahora llaman Hiele;[75] y esto lo hicieron por haber oído a un hombre, natural de Posidonia, que la Pitia les había dicho en su oráculo que fundasen a _Cirno_, que es el nombre de un héroe, y no debía equivocarse con el de la isla.[76]

CLXVIII. Una suerte muy parecida a la de los foceos tuvieron los de Teos, pues estrechando Harpago su plaza con las obras que levantaba, se embarcaron en sus naves y se fueron a Tracia, donde habitaron en Abdera, ciudad que antes había edificado Timesio el clazomenio, puesto que no la había podido disfrutar por haberle arrojado de ella los tracios; pero al presente los teyos de Abdera le honran como a un héroe.

CLXIX. De todos los jonios estos fueron los únicos que, no pudiendo tolerar el yugo de los persas, abandonaron su patria; pero los otros (dejando aparte a los de Mileto) hicieron frente al enemigo; y mostrándose hombres de valor, combatieron en defensa de sus hogares, hasta que vencidos al cabo y hechos prisioneros, se quedaron cada uno en su país bajo la obediencia del vencedor. Los milesios, según ya dije antes, como habían hecho alianza con Ciro, se estuvieron quietos y sosegados. En conclusión, este fue el modo cómo la Jonia fue avasallada por segunda vez. Los jonios que moraban en las islas, cuando vieron que Harpago había sujetado ya a los del continente, temerosos de que no les acaeciese otro tanto, se entregaron voluntariamente a Ciro.

CLXX. Oigo decir que a los jonios, celebrando en medio de sus apuros un congreso en Panionio, les dio el sabio Biante, natural de Priene, un consejo provechoso que si le hubiesen seguido hubieran podido ser los más felices de la Grecia. Los exhortó a que, formando todos una sola escuadra, se fuesen a Cerdeña y fundaran allí un solo estado, compuesto de todas las ciudades jonias; con lo cual, libres de la servidumbre, vivirían dichosos, poseyendo la mayor isla de todas, y teniendo el mando en otras; porque si querían permanecer en la Jonia, no les quedaba, en su opinión, esperanza alguna de mantenerse libres o independientes.

También era muy acertado el consejo que antes de llegar a su ruina les había dado el célebre Tales, natural de Mileto, pero de una familia venida antiguamente de Fenicia. Este les proponía que se estableciese para todos los jonios una junta suprema en Teos, por hallarse esta ciudad situada en medio de la Jonia, sin perjuicio de que las otras tuviesen lo mismo que antes sus leyes particulares, como si fuese cada una un pueblo o distrito separado.

CLXXI. Harpago, después que hubo conquistado la Jonia, volvió sus fuerzas contra los carios, los caunios y los licios, llevando ya consigo las tropas jonias y eolias. Estos carios son una nación que dejando las islas se pasó al continente; y según yo he podido conjeturar, informándome de lo que se dice acerca de las edades más remotas, siendo ellos antiguamente súbditos de Minos, con el nombre de _léleges_, moraban en las islas del Asia, y no pagaban ningún tributo sino cuando lo pedía Minos, le tripulaban y armaban sus navíos; y como este monarca, siempre feliz en sus expediciones,[77] hiciese muchas conquistas, se distinguió en ellas la nación caria, mostrándose la más valerosa y apreciable de todas. A la misma nación se debe el descubrimiento de tres cosas de que usan los griegos; pues ella fue la que enseñó a poner crestas o penachos en los morriones, a pintar armas y empresas en los escudos, y a pegar en los mismos unas correas a manera de asas, siendo así que hasta entonces todos los que usaban de escudo le llevaban sin aquellas asas, y solo se servían para manejarle de unas bandas de cuero que colgadas del cuello y del hombro izquierdo se unían al mismo escudo. Los carios, después de haber habitado mucho tiempo en las islas, fueron arrojados de ellas por los jonios y dorios, y se pasaron al continente.

Esto es lo que dicen los cretenses; pero los carios pretenden ser originarios de la tierra firme, y haber tenido siempre el mismo nombre que ahora; y en prueba de ello muestran en Milasa un antiguo templo de Zeus Cario, el cual es común a los misios, como hermanos que son de los carios, puesto que Lido y Miso, como ellos dicen, fueron hermanos de Car. Los pueblos que tienen otro origen, aunque hablen la lengua de los carios, no participan de la comunión de aquel templo.

CLXXII. Los caunios, a mi entender, son originarios del país, por más que digan ellos mismos que proceden de Creta. Es difícil determinar si fueron ellos los que adoptaron la lengua caria o los carios la suya; lo cierto es que tienen unas costumbres muy diferentes de los demás hombres y de los carios mismos. En sus convites parece muy bien que se reúnan confusamente los hombres, las mujeres y los niños, según la edad y grados de amistad que median entre ellos. Al principio adoptaron el culto extranjero; pero arrepintiéndose después, y no queriendo tener más dioses que los suyos propios, tomaron todos ellos las armas, y golpeando con sus lanzas el aire, caminaron de este modo hasta llegar a los confines calíndicos, diciendo entretanto que con aquella operación echaban de su país a los dioses extraños.

CLXXIII. Los licios traen su origen de la isla de Creta, que antiguamente estuvo toda habitada de bárbaros. Cuando los hijos de Europa, Sarpedón y Minos, disputaron en ella el imperio, quedó Minos vencedor en la contienda y echó fuera de Creta a Sarpedón con todos sus partidarios. Estos se refugiaron en Milíade, comarca del Asia menor, y la misma que al presente ocupan los licios. Sus habitadores se llamaban entonces los solimos. Sarpedón tenía el mando de los licios, que a la sazón se llamaban los _termilas_, nombre que habían traído consigo y con el que todavía son llamados de sus vecinos. Pero después que Lico, el hijo de Pandión, fue arrojado de Atenas por su hermano Egeo, y refugiándose a la protección de Sarpedón, se pasó a los termilas,[78] estos vinieron con el tiempo a mudar de nombre, y tomando el de Lico, se llamaron licios. Sus leyes en parte son cretenses, y en parte carias; pero tienen cierto uso muy particular en el que no se parecen al resto de los hombres, y es el de tomar el apellido de las madres y no de los padres; de suerte que si a uno se le pregunta quién es y de qué familia procede, responde repitiendo el nombre de su madre y el sus abuelas maternas. Por la misma razón, si una mujer libre se casa con un esclavo, los hijos son tenidos por libres e ingenuos; y si al contrario un hombre libre, aunque sea de los primeros ciudadanos, toma una mujer extranjera o vive con una concubina, los hijos que nacen de semejante unión son mirados como bastardos e infames.

CLXXIV. Los carios en aquella época, sin dar prueba alguna de valor, se dejaron conquistar por Harpago; y lo mismo sucedió a los griegos que habitaban en aquella región. En ella moran los cnidios, colonos de los lacedemonios, cuyo país está en la costa del mar y se llama Triopio. La Cnidia, empezando en la península Bibasia, es un terreno rodeado casi todo por el mar, pues solo está unido con el continente por un paso de cinco estadios de ancho. Le baña por el norte el golfo Cerámico, y por el sur el mar de Sima y de Rodas. Los cnidios, queriendo hacer que toda la tierra fuese una isla perfecta, mientras Harpago se ocupaba en sujetar a la Jonia, trataron de cortar el istmo que los une con la tierra firme. Empleando mucha gente en la excavación, notaron que los trabajadores padecían muchísimo en sus cuerpos, y particularmente en los ojos de resultas de las piedras que rompían, y atribuyéndolo a prodigio o castigo divino, enviaron sus mensajeros a Delfos para consultar cuál fuese la causa de la dificultad y resistencia que encontraban. La Pitia, según cuentan los cnidios, les respondió así:

Al istmo no toquéis de ningún modo. Isla fuera, si Jove lo quisiese.

Recibida esta respuesta, suspendieron los cnidios las excavaciones, y sin hacer la menor resistencia, se entregaron a Harpago, que con su ejército venía marchando contra ellos.

CLXXV. Más arriba de Halicarnaso moraban tierra adentro los pedáseos. Siempre que a estos o a sus vecinos les amenaza algún desastre, sucede que a la sacerdotisa de Atenea le crece una gran barba, cosa que entonces le aconteció por tres veces. Los pedáseos fueron los únicos en toda la Caria que por algún tiempo hicieron frente a Harpago, y le dieron mucho en que entender, fortificando el monte que llaman Lida; mas por último quedaron vencidos y arruinados.

CLXXVI. Cuando Harpago conducía sus tropas al territorio de Janto, los licios de aquella ciudad le salieron al encuentro, y peleando pocos contra muchos, hicieron prodigios de valor; pero vencidos al cabo y obligados a encerrarse dentro de la ciudad, reunieron en la fortaleza a sus mujeres, hijos, dinero y esclavos, y pegándola fuego, la redujeron a cenizas; después de lo cual, conjurados entre sí con las más horribles imprecaciones, salieron con disimulo de la plaza, y pelearon de modo que todos ellos murieron con las armas en la mano. Por este motivo muchos que dicen ahora ser licios de Janto son advenedizos, menos ochenta familias que, hallándose a la sazón fuera de su patria, sobrevivieron a la ruina común. De este modo se apoderó Harpago de la ciudad de Janto, y de un modo semejante de la de Cauno, habiendo los caunios imitado casi en todo a los licios.

CLXXVII. Mientras Harpago destruía el Asia baja, Ciro en persona sujetaba las naciones del Asia superior, sin perdonar a ninguna. Nosotros pasaremos en silencio la mayor parte, tratando únicamente de aquellas que con su resistencia le dieron más que hacer y que son más dignas de memoria. Ciro, pues, cuando tuvo bajo su obediencia todo aquel continente, pensó en hacer la guerra a los asirios.

CLXXVIII. La Asiria tiene muchas y grandes ciudades, pero de todas ellas la más famosa y fuerte era Babilonia, donde existía la corte y los palacios reales después que Nínive fue destruida. Situada en una gran llanura, viene a formar un cuadro cuyos lados tienen cada uno de frente ciento veinte estadios, de suerte que el ámbito de toda ella es de cuatrocientos ochenta. Sus obras de fortificación y ornato son las más perfectas de cuantas ciudades conocemos. Primeramente la rodea un foso profundo, ancho y lleno de agua. Después la ciñen unas murallas que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos, siendo el codo real tres dedos mayor del codo común y ordinario.[79]

CLXXIX. Conviene decir en qué se empleó la tierra sacada del foso, y cómo se hizo la muralla. La tierra que sacaban del foso la empleaban en formar ladrillos, y luego que estos tenían la consistencia necesaria los llevaban a cocer a los hornos. Después, valiéndose en vez de argamasa de cierto betún caliente, iban ligando la pared de treinta en treinta filas de ladrillos con unos cestones hechos de caña, edificando primero de este modo los labios o bordes del foso, y luego la muralla misma. En lo alto de esta fabricaron por una y otra parte unas casillas de un solo piso, las unas enfrente de las otras, dejando en medio el espacio suficiente para que pudiese dar vueltas una carroza. En el recinto de los muros hay cien puertas de bronce, con sus quicios y umbrales del mismo metal. A ocho jornadas de Babilonia se halla una ciudad que se llama Is, en la cual hay un río no muy grande que tiene el mismo nombre y va a desembocar al Éufrates. El río Is lleva mezclados con su corriente algunos grumos de asfalto o betún, de donde fue conducido a Babilonia el que sirvió para sus murallas.

CLXXX. La ciudad esta dividida en dos partes por el río Éufrates, que pasa por medio de ella. Este río, grande, profundo y rápido, baja de las Armenias y va a desembocar en el mar Eritreo.[80] La muralla, por entrambas partes, haciendo un recodo llega a dar con el río, y desde allí empieza una pared hecha de ladrillos cocidos, la cual va siguiendo por la ciudad adentro las orillas del río. La ciudad, llena de casas de tres y cuatro pisos, está cortada con unas calles rectas, así las que corren a lo largo, como las trasversales que cruzan por ellas y van a parar al río. Cada una de estas últimas tiene una puerta de bronce en la cerca que se extiende por las márgenes del Éufrates; de manera que son tantas las puertas que van a dar al río, cuantos son los barrios entre calle y calle.

CLXXXI. El muro por la parte exterior es como la loriga de la ciudad, y en la parte interior hay otro muro que también la ciñe, el cual es más estrecho que el otro, pero no mucho más débil. En medio de cada uno de los dos grandes cuarteles en que la ciudad se divide, hay levantados dos alcázares. En el uno está el palacio real, rodeado con un muro grande y de resistencia, y en el otro un templo de Zeus Belo con sus puertas de bronce. Este templo, que todavía duraba en mis días, es cuadrado y cada uno de sus lados tiene dos estadios, En medio de él se va fabricada una torre maciza que tiene un estadio de altura y otro de espesor. Sobre esta se levanta otra segunda, después otra tercera, y así sucesivamente hasta llegar al número de ocho torres. Alrededor de todas ellas hay una escalera por la parte exterior, y en la mitad de las escaleras un rellano con asientos, donde pueden descansar los que suben. En la última torre se encuentra una capilla, y dentro de ella una gran cama magníficamente dispuesta, y a su lado una mesa de oro. No se ve allí estatua ninguna, y nadie puede quedarse de noche, fuera de una sola mujer, hija del país, a quien entre todas escoge el dios, según refieren los caldeos, que son sus sacerdotes.

CLXXXII. Dicen también los caldeos (aunque yo no les doy crédito) que viene por la noche el Dios y la pasa durmiendo en aquella cama, del mismo modo que sucede en Tebas del Egipto, como nos cuentan los egipcios, en donde duerme una mujer en el templo de Zeus Tebano. En ambas partes aseguran que aquellas mujeres no tienen allí comunicación con hombre alguno. También sucede lo mismo en Patara de la Licia, donde la sacerdotisa, todo el tiempo que reside allí el oráculo, queda por la noche encerrada en el templo.

CLXXXIII. En el mismo templo de Babilonia hay en el piso interior otra capilla, en la cual se halla una grande estatua de Zeus sentado, que es de oro: junto a ella una grande mesa también de oro, siendo del mismo metal la silla y la tarima. Estas piezas, según dicen los caldeos, no se hicieron con menos de ochocientos talentos de oro. Fuera de la capilla hay un altar de oro, y además otro grande para las reses ya crecidas, pues en el de oro solo es permitido sacrificar víctimas tiernas y de leche. Todos los años, el día en que los caldeos celebran la fiesta de su dios, queman en la mayor de estas dos aras mil talentos de incienso. En el mismo templo había anteriormente una estatua de doce codos, toda ella de oro macizo, la que yo no he visto, y solamente refiero lo que dicen los caldeos. Darío, el hijo de Histaspes, formó el proyecto de apropiársela cautelosamente, pero no se atrevió a quitarla. Su hijo Jerjes la quitó por fuerza, dando muerte al sacerdote que se oponía a que se la removiese de su sitio. Tal es el adorno y la riqueza de este templo, sin contar otros muchos donativos que los particulares le habían hecho.

CLXXXIV. Entre los muchos reyes de la gran Babilonia que se esmeraron en la fábrica y adorno de las murallas y templos, de quienes haré mención tratando de los asirios, hubo dos mujeres. La primera, llamada Semíramis,[81] que reinó cinco generaciones o edades antes de la segunda, fue la que levantó en aquellas llanuras unos diques y terraplenes dignos de admiración, con el objeto de que el río no inundase, como anteriormente, los campos.

CLXXXV. La segunda, que se llamó Nitocris,[82] siendo más política y sagaz que la otra, además de haber dejado muchos monumentos que mencionaré después, procuró tomar cuantas medidas pudo contra el imperio de los medos, el cual, ya grande y poderoso, lejos de contenerse pacífico dentro de sus límites, había ido conquistando muchas ciudades, y entre ellas la célebre Nínive.

Primeramente, viendo que el Éufrates que corre por medio de la ciudad llevaba hasta ella un curso recto, abrió muchas acequias en la parte superior del país, y llevando el agua por ellas, hizo dar tantas vueltas al río, que por tres veces viniese a tocar en una misma aldea de la Asiria llamada Arderica; de suerte que los que ahora, saliendo de las costas del mar,[83] quieren pasar a Babilonia, navegando por el Éufrates por tres veces y en tres días diferentes pasan por aquella aldea. En las dos orillas del río amontonó tanta tierra e hizo con ella tales márgenes, que asombra la grandeza y elevación de estos diques. Además de esto, en un lugar que cae en la parte superior, y está muy lejos de Babilonia, mandó hacer una grande excavación con el objeto de formar una laguna artificial, poco distante del mismo río. Se cavó la tierra hasta encontrar con el agua viva, y el circuito de la grande hoya que se formó tenía cuatrocientos y veinte estadios. La tierra que salió de aquella concavidad, sirvió para construir los parapetos en las orillas del río; y alrededor de la misma laguna se fabricó un margen con las piedras que al efecto se habían allí conducido. Entrambas cosas, la tortuosidad del río y la excavación para la laguna, se hicieron con la mira de que la corriente del río, cortada con varias vueltas, fuese menos rápida, y la navegación para Babilonia más larga; y de que además obligase la laguna a dar un rodeo a los que caminasen por tierra. Por esta razón mandó Nitocris hacer aquellas obras en la parte del país donde estaba el paso desde la Media y el atajo para su reino, queriendo que los medos no pudiesen comunicar fácilmente con sus vasallos ni enterarse de sus cosas.

CLXXXVI. Estos resguardos procuró al estado con sus excavaciones, y de ellas sacó todavía otra ventaja. Estando Babilonia dividida por el río en dos grandes cuarteles, cuando uno en tiempo de los reyes anteriores quería pasar de un cuartel al otro, le era forzoso hacerlo en barca; cosa que según yo me imagino, debería de ser molesta y enredosa. A fin de remediar este inconveniente, después de haber abierto el grande estanque, se sirvió de él para la fábrica de otro monumento utilísimo.