Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 8
CXXXVI. Después del valor y esfuerzo militar, el mayor mérito de un persa consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía regalos al que prueba ser padre de la familia más numerosa, porque el mayor número es para ellos la mayor excelencia. En la educación de los hijos, que dura desde los cinco hasta los veinte años, solamente les enseñan tres cosas: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad. Ningún hijo se presenta a la vista de su padre hasta después de haber cumplido los cinco años, pues antes vive y se cría entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que si el niño muriese en los primeros años de su crianza, ningún disgusto reciba por ello su padre.
CXXXVII. Me parece bien esta costumbre, como también la siguiente: Nunca el rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con pena grave por un solo delito, sino que primero se examina con mucha escrupulosidad si los delitos o faltas son más y mayores que no los servicios y buenas obras, y solamente en el caso de que lo sean, se suelta la rienda al enojo y se procede al castigo. Dicen que nadie hubo hasta ahora que diese la muerte a sus padres, y que cuantas veces se ha dicho haberse cometido tan horrendo crimen, si se hiciesen las informaciones necesarias, resultaría que los tales habían sido supuestos o nacidos de adulterio; porque no creen verosímil que un padre verdadero muera nunca a manos de su propio hijo.
CXXXVIII. Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito decirlo. Tienen por la primera de todas las infamias el mentir, y por la segunda contraer deudas; diciendo, entre otras muchas razones, que necesariamente ha de ser mentiroso el que sea deudor. A cualquier ciudadano que tuviese lepra o albarazos, no le es permitido, ni acercarse a la ciudad, ni tener comunicación con los otros persas; porque están en la creencia de que aquella enfermedad es castigo de haber pecado contra el sol. A todo extranjero que la padece, los más de ellos le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el mismo motivo. Veneran en tanto grado a los ríos, que ni orinan, ni escupen, ni se lavan las manos en ellos, como tampoco permiten que ningún otro lo haga.
CXXXIX. Una cosa he notado en la lengua persa, en que parece no han reparado los naturales, y es que todos los nombres que dan a los cuerpos y a las cosas grandes y excelentes terminan con una misma letra, que es la que los dorios llaman _san_, y los jonios _sigma_.[65] El que quiera hacer esta observación, hallará que no algunos nombres de los persas, sino todos, acaban absolutamente de la misma manera.
CXL. Lo que he dicho hasta aquí sobre los usos de los persas es una cosa cierta y de que estoy bien informado. Pero es más oscuro y dudoso lo que suele decirse de que a ningún cadáver dan sepultura sin que antes haya sido arrastrado por una ave de rapiña o por un perro. Los magos acostumbran hacerlo así públicamente. Yo creo que los persas cubren primero de cera el cadáver, y después le encierran. Por lo que mira a los magos, no solamente se diferencian en sus prácticas del común de los hombres, sino también de los sacerdotes del Egipto. Estos ponen su perfección en no matar animal alguno, fuera de las víctimas que sacrifican: los magos con sus propias manos los matan todos, perdonando solamente al perro y al hombre, y se hacen un mérito de matar no menos a las hormigas que a las sierpes, como también a los demás vivientes, tanto los reptiles como los que vagan por el aire. Pero basta de tales usos; volvamos a tomar el hilo de la historia.
CXLI. Al punto que los lidios fueron conquistados por los persas con tanta velocidad, los jonios y los eolios enviaron a Sardes sus embajadores, solicitando de Ciro que los admitiese por vasallos con las mismas condiciones que lo eran antes de Creso. Oyó Ciro la pretensión, y respondió con este apólogo: «Un flautista, viendo muchos peces en el mar, se puso a tocar su instrumento, con el objeto de que atraídos por la melodía saltasen a tierra. No consiguiendo nada, tomó la red barredera, y echándola al mar, cogió con ella una muchedumbre de peces, los cuales, cuando estuvieron sobre la playa, empezaron a saltar según su costumbre. Entonces el flautista volviose a ellos, y les dijo: Basta ya de tanto baile, supuesto que no quisisteis bailar cuando yo tocaba la flauta».
El motivo que tuvo Ciro para responder de esta manera a los jonios y a los eolios fue porque cuando él les pidió por sus mensajeros que se rebelasen contra Creso, no le dieron oídos, y ahora, viendo el pleito tan mal parado, se mostraban prontos a obedecerle. Enojado, pues, contra ellos, los despachó con esta respuesta; y los jonios se volvieron a sus ciudades, fortificaron sus murallas y reunieron un congreso en Panionio, al que todos asistieron menos los milesios, porque con estos solos había Ciro concluido un tratado, admitiéndolos por vasallos con las mismas condiciones que a los lidios. Los demás jonios determinaron en el congreso enviar embajadores a Esparta, solicitando auxilios en nombre de todos.
CXLII. Estos jonios, a quien pertenece el templo de _Panionio_, han tenido la buena suerte de fundar sus ciudades bajo un cielo y en un clima que es el mejor de cuantos habitan los hombres, a lo menos los que nosotros conocemos. Porque ni la región superior, ni la inferior, ni la que está situada al occidente, ninguna logra iguales ventajas, sufriendo unas los rigores del frío y de la humedad, y experimentando otras el excesivo calor y la sequía. No hablan todos los jonios una misma lengua, y puede decirse que tienen cuatro dialectos diferentes. Mileto, la primera de sus ciudades, cae hacia el mediodía, y después siguen Miunte[66] y Priene. Las tres están situadas en la Caria y usan de la misma lengua. En la Lidia están Éfeso, Colofón, Lébedos, Teos, Clazómenas y Focea; todas las cuales hablan una lengua misma, diversa de la que usan las tres ciudades arriba mencionadas. Hay todavía, tres ciudades de Jonia más, dos de ellas en las islas de Samos y Quíos, y la otra, que es Eritras, fundada en el continente. Los de Quíos y los eritreos tienen el mismo dialecto; pero los samios usan otro particular suyo.
CXLIII. De estos pueblos jonios los milesios se hallaban a cubierto del peligro y del miedo por su trato con Ciro, y los isleños nada tenían que temer de los persas, porque todavía no eran súbditos suyos los fenicios, y ellos mismos no eran gente a propósito para la marina. La causa porque los milesios se habían separado de los demás griegos, no era otra sino la poca fuerza que tenía todo el cuerpo de los griegos, y en especial los jonios, sobremanera desvalidos y casi de ninguna consideración. Fuera de la ciudad de Atenas, ninguna otra había respetable. De aquí nacía que los otros jonios, y los mismos atenienses, se desdeñaban de su nombre, no queriendo llamarse jonios; y aun ahora me parece que muchos de ellos se avergüenzan de semejante dictado. Pero aquellas doce ciudades no solo se preciaban de llevarle, sino que habiendo levantado un templo, le quisieron llamar de su mismo nombre _Pan-Ionio_, o _común a los jonios_, y aun tomaron la resolución de no admitir en él a ningún otro que los pueblos jonios, si bien debe añadirse que nadie pretendió semejante unión a no ser los de Esmirna.
CXLIV. Una cosa igual hacen los dorios de _Pentápolis_, estado que ahora se compone de cinco ciudades, y antes se componía de seis, llamándose _Hexápolis_. Estos se guardan de admitir a ninguno de los otros dorios en su templo _Triópico_, y esto lo observan con tal rigor, que excluyeron de su comunión a algunos de sus ciudadanos que habían violado sus leyes y ceremonias. El caso fue este: en los juegos que celebraban en honor de Apolo Triopio, solían antiguamente adjudicar por premio a los vencedores unos trípodes de bronce, pero con la precisa condición de no habérselos de llevar, sino de ofrecerlos al dios en su mismo templo. Sucedió, pues, que un tal Agasicles de Halicarnaso, declarado vencedor, no quiso observar esta ley, y llevándose el trípode, le colgó en su misma casa. Por esta transgresión aquellas cinco ciudades, que eran Lindos, Yáliso, Cámiros, Cos y Cnido, privaron de su comunión a Halicarnaso, que era la sexta. Tal y tan severo fue el castigo con que la multaron.
CXLV. Yo pienso que los jonios se repartieron en doce ciudades, sin querer admitir otras más en su confederación, porque cuando moraban en el Peloponeso, estaban distribuidos en doce partidos; así como los aqueos que fueron los que los echaron del país, forman también ahora doce distritos. El primero es Pelena, inmediata a Sición; después siguen Egira y Egas, donde se halla el Cratis, río que siempre lleva agua, y del cual tomó su nombre el otro río Cratis de la Italia; en seguida vienen Bura, Hélice, a donde los jonios se retiraron vencidos en batalla por los aqueos, Egio y Ripes; después Patras, Faras y Óleno, donde está el gran río Piro; y por último, Dime y Tritea, que es entre todas estas ciudades el único pueblo de tierra adentro.
CXLVI. Estas son ahora las doce comunidades de los aqueos, y lo eran antes de los jonios, motivo por el cual estos se distribuyeron en doce ciudades. Porque suponer que los unos son más jonios que los otros, o que tuvieron más noble origen, es ciertamente un desvarío; pues no solo los abantes originarios de la Eubea, los cuales nada tienen, ni aun el nombre de la Jonia, hacen una parte, y no la menor, de los tales jonios, sino que además se hallan mezclados con ellos los focidios, separados de los otros sus paisanos, los molosos, los arcades pelasgos, los dorios epidaurios y otras muchas naciones, que con los jonios se confundieron.
En cuanto a los jonios que, por haber partido del Pritaneo de los atenienses, quieren ser tenidos por los más puros y acendrados de todos, se sabe de ellos que, no habiendo conducido mujeres para su colonia, se casaron con las carianas a cuyos padres habían quitado la vida; por cuya razón estas mujeres, juramentadas entre sí, se impusieron una ley, que trasmitieron a sus hijas, de no comer jamás con sus maridos ni llamarles con este nombre, en atención a que, habiendo muerto a sus padres, maridos e hijos, después de tales insultos se habían juntado con ellas, todo lo cual sucedió en Mileto.
CXLVII. Estos colonos atenienses nombraron por reyes, unos a los licios, familia oriunda de Glauco, el hijo de Hipóloco; otros a los caucones pilios, descendientes de Codro, hijo de Melanto; y algunos los tomaban ya de una, ya de otra de aquellas dos casas. Todos ellos ambicionan con preferencia a los demás el nombre de jonios, y ciertamente lo son de origen verdadero; bien que de este nombre participan cuantos, procediendo de Atenas, celebran la fiesta llamada _Apaturia_, la cual es común a todos los jonios asiáticos, fuera de los efesios y colofonios, los únicos que en pena de cierto homicidio no la celebran.
CLXVIII. El Panionio es un templo que hay en Mícala, hacia el norte, dedicado en nombre común de los jonios a Poseidón el Heliconio. Mícala es un promontorio de tierra firme, que mira hacia el viento céfiro,[67] y pertenece a Samos. En este promontorio, los jonios de todas las ciudades solían celebrar una fiesta, a que dieron el nombre de _Pan-Ionia_. Y es de notar que todas las fiestas, no solo de los jonios, sino de todos los griegos, tienen la misma propiedad que dijimos de los nombres persas, la de acabar en una misma letra.[68]
CXLIX. He dicho cuáles son las ciudades jonias; ahora referiré las eolias. Cime, por sobrenombre Fricónide, Lerisas, Neontico, Temno, Cila, Notio, Egiroesa, Pitana, Egeas, Mirina, Grinia. Estas son las once ciudades antiguas de los eolios, pues aunque también eran doce, todas en el continente, Esmirna, una de aquel número, fue separada de las otras por los jonios. Los eolios establecieron sus colonias en un terreno mejor que el de los jonios, pero el clima no es tan bueno.
CL. Los eolios perdieron a Esmirna de este modo: ciertos colofonios, vencidos en una sedición doméstica y arrojados de su patria, hallaron en Esmirna un asilo. Estos fugitivos, un día en que los de Esmirna celebraban fuera de la ciudad una fiesta solemne a Dioniso, les cerraron las puertas y se apoderaron de la plaza. Concurrieron todos los eolios al socorro de los suyos, pero se terminó la contienda por medio de una transacción, en la que se convino que los jonios, quedándose con la ciudad, restituyesen los bienes muebles a los de Esmirna. Estos, conformándose con lo pactado, fueron repartidos en las otras once ciudades eolias, que los admitieron por ciudadanos suyos.
CLI. En el número de las ciudades eolias de la tierra firme, no se incluyen los que habitan en el monte Ida, porque no forman un cuerpo con ellas. Otras hay también situadas en las islas. En la de Lesbos existen cinco, porque la sexta, que era Arisba, la redujeron bajo su dominación los de Metimna, siendo de la misma sangre. En Ténedos hay una, y otra en las que llaman las cien islas. Todas estas ciudades insulares, lo mismo que los jonios de las islas, nada tenían que temer de Ciro; pero a los demás eolios les pareció conveniente confederarse con los otros jonios y seguirlos a donde quiera que los condujesen.
CLII. Luego que llegaron a Esparta los enviados de los jonios y eolios, habiendo hecho el viaje con toda velocidad, escogieron para que en nombre de todos llevase la voz a un cierto foceo, llamado Pitermo; el cual, vestido de púrpura, con la mira de que muchos espartanos concurriesen atraídos de la novedad, se presentó en su congreso, y con una larga arenga les pidió socorros. Los lacedemonios, bien lejos de dejarse persuadir del orador, resolvieron no salir a la defensa de los jonios; con lo cual se volvieron los enviados. Sin embargo, despacharon algunos hombres en una galera de cincuenta remos, con el objeto, a mi parecer, de explorar el estado de las cosas de Ciro y de la Jonia. Luego que estos llegaron a Focea, enviaron a Sardes al que entre todos era tenido por hombre de mayor suposición, llamado Lacrines, con orden de intimar a Ciro que se abstuviese de inquietar a ninguna ciudad de los griegos, cuyas injurias no podrían mirar con indiferencia.
CLIII. Dícese que Ciro, después que el enviado acabó su propuesta, preguntó a los griegos que cerca de sí tenía, qué especie de hombres eran los lacedemonios, y cuántos en número, para atreverse a hacerle semejante declaración, y que informado de lo que preguntaba, respondió al orador: «Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus ciudades un lugar espacioso, donde se reúnen para engañar a otros con sus juramentos; y desde ahora les aseguro que si los dioses me conservaren la vida, yo haré que se lamenten, no de las desgracias de los jonios, sino de las suyas propias». Este discurso iba dirigido contra todos los griegos, que tienen en sus ciudades una plaza destinada para la compra y venta de sus cosas, costumbre desconocida entre los persas, que no tienen plazas en las suyas. Después de esto, dejando al persa Tabalo por gobernador de Sardes, y dando al lidio Pactias la comisión de recaudar los tesoros de Creso y de los otros lidios, partiose con sus tropas para Ecbatana, llevando consigo a Creso, y teniendo por negocio de poca importancia el acometer sobre la marcha a los jonios. Bien es verdad que para esto le servían de embarazo Babilonia y la nación bactriana, los sacas y los egipcios, contra los cuales él mismo en persona quería conducir su ejército, enviando contra los jonios a cualquier otro general.
CLIV. Apenas Ciro había salido de Sardes, cuando Pactias insurreccionó a los lidios, y habiendo bajado a la costa del mar, como tenía a su disposición todo el oro de Sardes, le fue fácil reclutar tropas mercenarias, y persuadir a la gente de la marina que le siguiese en su expedición. Dirigiose, pues, hacia Sardes, puso a la ciudad sitio y obligó al gobernador Tabalo a encerrarse en la ciudadela.
CLV. Ciro en el camino tuvo noticia de lo que pasaba, y hablando de ello con Creso, le dijo: «¿Cuándo tendrán fin, oh Creso, estas cosas que me suceden? Ya está visto que esos lidios nunca vivirán en paz, ni me dejarán a mí tranquilo. Pienso que lo mejor fuera reducirlos a la condición de esclavos. Ahora veo que lo que acabo de hacer con ellos es parecido a lo que hace un hombre que, habiendo dado muerte al padre, perdona a los hijos. Así yo, habiéndome apoderado de tu persona, que eras más que padre de los lidios, tuve la inadvertencia de dejar en sus manos la ciudad; y ahora me maravillo de que se me rebelen». De este modo hablaba Ciro lo que sentía, y Creso, temeroso de la total ruina de Sardes, «Tienes mucha razón, le responde; pero me atrevo, señor, a suplicarte que no te dejes dominar del enojo, ni destruyas una ciudad antigua que está inocente de lo pasado y de lo que ahora sucede. Antes fui yo el autor de la injuria, y pago la pena merecida; ahora Pactias, a quien confiaste la ciudad de Sardes, es el amotinador que debe satisfacer a tu justa venganza. Pero a los lidios perdónales, y a fin de que no se levanten otra vez, ni vuelvan a darte más cuidados, envíales orden para que no tengan armas de las que sirven en la guerra, y mándales también que lleven una túnica talar debajo de su vestido, que calcen coturnos, que aprendan a tocar la cítara y a cantar, y que enseñen a sus hijos el ejercicio de la mercancía. Con estas providencias los verás en breve convertidos de hombres en mujeres, y cesará todo peligro de que se rebelen otra vez».
CLVI. Tal fue el expediente que sugirió Creso, teniéndole por más ventajoso para los lidios que no el ser vendidos por esclavos; porque bien sabía que a no proponer al rey un medio tan eficaz, no le haría mudar de resolución, y por otra parte recelaba en extremo que si los lidios escapaban del peligro actual volverían a sublevarse en otra ocasión, y perecerían por rebeldes a manos de los persas. Ciro, muy satisfecho con el consejo, y desistiendo de su primer enojo, dijo a Creso que se conformaba con él; y llamando al efecto al medo Mazares, le mandó que intimase a los lidios cuanto le había sugerido Creso; que fuesen tratados como esclavos todos los demás que habían servido en la expedición contra Sardes, y que de todos modos le presentasen vivo delante de sí al mismo Pactias.
CLVII. Dadas estas providencias, continuó Ciro su viaje a lo interior de la Persia. Entretanto, Pactias, informado de que estaba ya cerca el ejército que venía contra él, se llenó de pavor, y se fue huyendo a Cime. Mazares, que al frente de una pequeña división del ejército de Ciro marchaba contra Sardes, cuando vio que no encontraba allí las tropas de Pactias, lo primero que hizo fue obligar a los lidios a ejecutar las órdenes de Ciro, que mudaron enteramente sus costumbres y método de vida. Después envió unos mensajeros a Cime, pidiendo le entregasen a Pactias. Los cimenos acordaron antes de todo consultar el caso con el dios que se veneraba en Bránquidas, donde había un oráculo antiquísimo, que acostumbraban consultar todos los pueblos de la Eolia y de la Jonia. Este oráculo estaba situado en el territorio de Mileto sobre el puerto Panormo.
CLVIII. Los cimenos, pues, enviaron sus diputados a Bránquidas, con el objeto de consultar lo que deberían hacer de Pactias, para dar gusto a los dioses. El oráculo respondió que fuese entregado a los persas. Ya se disponían a ejecutarlo, por hallarse una parte del pueblo inclinada a ello, cuando Aristódico, hijo de Heráclides, sujeto que gozaba entre sus conciudadanos de la mayor consideración, desconfiando de la realidad del oráculo y de la verdad de los consultantes, detuvo a los cimenos para que no lo ejecutasen hasta tanto que fuesen al templo otros diputados, en cuyo número se comprendió al mismo Aristódico.
CLIX. Luego que llegaron a Bránquidas, hizo Aristódico la consulta en nombre de todos: «¡Oh numen sagrado! Refugiose a nuestra ciudad el lidio Pactias, huyendo de una muerte violenta. Los persas le reclaman ahora, y mandan a los cimenos que se le entreguen. Nosotros, por más que tememos el poder de los persas, no nos hemos atrevido a poner en sus manos a un hombre que se acogió a nuestro amparo, hasta que sepamos de vos claramente cuál es el partido que debemos seguir». El oráculo, del mismo modo que la primera vez, respondió que Pactias fuese entregado a los persas. Entonces Aristódico imaginó este ardid: Se puso a dar vueltas por el templo, y a echar de sus nidos a todos los gorriones y demás pájaros que encontraba. Dícese que fue interrumpido en esta operación por una voz que, saliendo del santuario mismo, le dijo: «¿Cómo te atreves, hombre malvado y sacrílego, a sacar de mi templo a los que han buscado en él un asilo?». «¿Y será justo, respondió Aristódico sin turbarse, que vos, sagrado numen, miréis con tal esmero por vuestros refugiados, y mandéis que los cimenos abandonemos al nuestro y le entreguemos a los persas?». «Sí, lo mando, replicó la voz, para que por esa impiedad perezcáis cuanto antes, y no volváis otra vez a solicitar mis oráculos sobre la entrega de los que se han acogido a vuestra protección».
CLX. Los cimenos, oída la respuesta que llevaron sus diputados, no queriendo exponerse a perecer si le entregaban, ni a verse sitiados si le retenían en la ciudad, le enviaron a Mitilene, a donde no tardó Mazares en despachar nuevos mensajeros, pidiendo la entrega de Pactias. Los mitileneos estaban ya a punto de entregárselo por cierta suma de dinero, pero la cosa no llegó a efectuarse, porque los cimenos, llegando a saber lo que se trataba, en una nave que destinaron a Lesbos embarcaron a Pactias y le trasladaron a Quíos. Allí fue sacado violentamente del templo de Atenea, patrona de la ciudad, y entregado al fin por los naturales de Quíos, los cuales le vendieron a cuenta de Atarneo, que es un territorio de la Misia, situado enfrente de Lesbos. Los persas, apoderados así de Pactias, le tuvieron en prisión para presentárselo vivo a Ciro. Durante mucho tiempo ninguno de Quíos enharinaba las víctimas ofrecidas a los dioses con la cebada cogida en Atarneo, ni del grano nacido allí se hacían tortas para los sacrificios; y, en una palabra, nada de cuanto se criaba en aquella comarca era recibido por legítima ofrenda en ninguno de los templos.
CLXI. Mazares, después que le fue entregado Pactias por los de Quíos, emprendió la guerra contra las ciudades que habían concurrido a sitiar a Tabalo. Vencidos en ella los de Priene, los vendió por esclavos, y haciendo sus correrías por las llanuras del Meandro, lo saqueó todo, y dio el botín a sus tropas. Lo mismo hizo en Magnesia; pero luego después enfermó y murió.
CLXII. En su lugar vino a tomar el mando del ejército Harpago, también medo de nación, el mismo a quien Astiages dio aquel impío convite, y que tanto sirvió después a Ciro en la conquista del imperio. Luego que llegó a la Jonia, fue tomando las plazas, valiéndose de trincheras y terraplenes; porque obligados los enemigos a retirarse dentro de las murallas, le fue preciso levantar obras de esta clase para apoderarse de ellas. La primera ciudad que combatió fue la de Focea en la Jonia.