Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 39

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[238] Diodoro refiere que las ciudades y pueblos grandes del Egipto antiguamente subían a 18.000, en tiempo de Filadelfo a 20.000, siendo entonces de siete millones la población, que en su tiempo había bajado a tres millones. Y no es de admirar, si es verdad que un niño no costase a sus padres más que 20 dracmas hasta la edad varonil, pues la población crece con la abundancia de víveres.

[239] Equivalen a los que llamamos cónsules al presente, pues cada nación, y aun a veces una ciudad, tenían al parecer su compañía de comercio.

[240] Náucratis era, según se dice, colonia de Mileto, si bien no consta la época de su fundación. En cuanto a los emporios privilegiados, es difícil de resolver si son más ventajosos que perniciosos al bien público.

[241] Nos es extraño que los de Delfos fuesen tan cargados en el reparto, pues sin la fatiga de cultivar sus riscos, vivían a expensas del templo, y aun quizá se enriquecían, como sucede con los cuestantes, con lo que recogían para su reedificación.

[242] Ciudad de la isla de Rodas.

[243] Parece que Heródoto fue mal informado acerca de la prosperidad del reinado de Amasis, pues mal conviene su narración con las predicciones de los profetas, con el saqueo de Nabucodonosor, y con la de Jenofonte de que Ciro, contra quien Amasis se había coligado con Creso, se apoderó del Egipto.

[244] Es más verosímil que la expedición de este rey contra el Egipto fuese motivada por la sublevación de Amasis, antes feudatario de la Persia, o por haber conquistado Ciro el Egipto, o por ser este país desde Nabucodonosor dependencia del imperio babilonio.

[245] No obstante estas dos razones, de las cuales una estriba en la suposición arbitraria de que un monarca persa no pudiera contraer matrimonio legítimo con una princesa extranjera, y la otra nada prueba porque se responde por la cuestión, se ve en Ateneo que dos historiadores de mérito, Dinón y Linceas, hacen a Cambises hijo de Nitetis.

[246] Esta raza de gente, más astuta y fiel en palacio que intrépida y avisada en las expediciones de guerra, era reputada, según Jenofonte, en las cortes bárbaras, por la más apta y adicta al servicio de los soberanos, de cuyo favor únicamente dependía, viéndose despreciada y aborrecida de los demás hombres.

[247] Las dos ciudades de Caditis y Yeniso, de que no habla ninguno de los autores antiguos, oscurecen la descripción geográfica de un terreno exactamente conocido, cual es la Siria palestina o costa de los filisteos, que empieza desde la Fenicia y continuaba hasta Egipto siguiendo de norte a mediodía. Tal vez será Caditis no Jerusalén, sino la Gat de los filisteos, y Yeniso será Rafia, distante tres jornadas del monte Casio. Los emporios que cita eran los varios puertos de la Pentápolis de los filisteos.

[248] Da el nombre de Siria al desierto que cae entre el Egipto y la Idumea, confinante con la tribu de Judá, comprendiendo bajo aquel nombre el mencionado camino de tres jornadas.

[249] Era este árabe un príncipe idumeo, reinante en la Arabia Pétrea. Los idumeos descendientes de Esaú, vasallos antes del reino de Judá, gobernados por una especie de virrey y después de siglo y medio sublevados, se mantuvieron independientes, y en tiempo de la cautividad babilónica se hicieron tan poderosos, que si creemos a Heródoto, tenían bajo su dominio los puertos y emporios de los filisteos, sin reconocer por dueños a los persas, que lo eran ya de Babilonia. La fe en los tratados era ciertamente una de sus virtudes características.

[250] Por su Dioniso entendían el sol, por Urania la luna. El estado de ignorancia en que estaban sumidos los árabes no me permite detenerme en sus dioses planetarios y en los que colocaban en las estrellas fijas, en sus ángeles medianeros, y en su magia y sabianismo.

[251] En el bajo Egipto suele muchas veces llover en invierno y alguna vez nevar. En el alto Egipto, en especial cerca de las cataratas, es extraordinaria, aunque no cosa nunca vista, una lluvia seguida y continua, que es lo que significa el texto; pues en cuanto al rocío, es allí copioso cuando baja crecido el Nilo.

[252] Polieno dice que los egipcios que estaban de guarnición en la fuerte plaza de Pelusio, dieron paso a los persas por no hacer daño a una gran tropa de perros y gatos y otros animales tenidos en Egipto por sagrados, que Cambises hacía marchar al frente de sus tropas.

[253] Estas tiaras, aunque hechas de fieltro o lana tupida, creo serían más semejantes en su forma a los turbantes asiáticos que a los sombreros con alas. En cuanto a la fragilidad de los cráneos persas, menos influiría en ella el turbante que el clima del Asia meridional; por lo cual se ve todavía en los cementerios resolverse pronto en ceniza blanca un cadáver asiático, al paso que un europeo se deshace más tarde y en ceniza negra, como se observa en las Filipinas.

[254] En el reinado de Artajerjes Longimano, Inaro, príncipe de la Libia, puesto al frente da los egipcios sublevados, y asistido por los atenienses, dio a los persas una batalla en que pereció Aquemenes, tío del rey, con 100.000 soldados. El resto de los persas se fortificó en Menfis, donde estuvieron tres años sitiados por Inaro, hasta que viniendo en su socorro Megabizo con un nuevo ejército, derrotó a este, obligándole a retirarse a Biblo y a rendirse poco después. El infeliz Inaro fue crucificado en Susa contra la fe de las capitulaciones: pero el egipcio Amirteo, después de haberse retirado con algunos de los suyos a los pantanos inaccesibles, y reinado en ellos pacíficamente con el auxilio de los atenienses, salió de sus lagunas, y no solo recobró todo el Egipto, sino que coligado con los árabes dio en Fenicia una batalla a los persas en la cual fue derrotado, y no se sabe si muerto también. Los persas dieron después a su hijo Pausiris el reino de Egipto.

[255] Antiguamente los persas veneraban el fuego, si como dios o como imagen de la divinidad se ignora; pero se sabe que entre varios pueblos orientales quedó pura por algún tiempo la religión después del diluvio. Por lo tocante al dios fuego de los egipcios, no se puede dar una idea más grosera de una divinidad que la descrita por Heródoto; y aunque el vulgo se explicase así, los sacerdotes no venerarían en el fuego material otro numen que su Hefesto o Vulcano.

[256] Los macrobios (_hombres de larga vida_) no podían habitar en las costas del mar del Sur, del todo incógnitas a los antiguos. La Etiopía era una dilatada región que por el norte confinaba con Elefantina de Egipto, por el poniente con la Libia interior, al presente Abisinia, por el levante con el mar Rojo, y por el mediodía con la parte del África, entonces desconocida, que comprende ahora los reinos de Gingiro, Álava y Zeila. Sus antiguos límites no pueden fijarse, así por falta de monumentos, como porque debieran variar según el poder del etíope.

[257] Los que se alimentan de pescado.

[258] La capital de este soberano, cercana al país de los ictiófagos situados en las orillas del golfo Arábigo, sería, según parece, la antigua Auxumis, ahora Ascum, 45 leguas distante del mar Rojo, a 14 grados de latitud boreal. Solo suponiendo esta parte de Etiopía, la más distante del Egipto, dividida e independiente de las demás, podrá conciliarse la sencillez de estos etíopes y su ignorancia del uso de púrpura, brazaletes, pan, etc., con las conquistas que habían hecho en Egipto los reyes etíopes sin duda de otras provincias, y con la comunicación tan estrecha que habían tenido con la nación más civilizada.

[259] Este vidrio sacado de las minas, muy diferente sin duda del nuestro, da lugar a muchas conjeturas. Ámbar no puede serlo, pues solo es depósito del mar Báltico; con más verosimilitud se le cree alcohol, de que abunda la Abisinia, o una especie de sal de piedra, tierna al excavarla y endurecida después al aire. Respecto a las costumbres que atribuye Heródoto a los etíopes, convienen en parte con las actuales: su amor a la bebida es el mismo; su vida, aunque no tan larga en la actualidad, es favorecida por el clima y por la sencillez de costumbres y alimentos; y su abundancia en oro es confirmada por muchos autores, si bien no es menor en Abisinia la del hierro que es quizá el bronce de Heródoto.

[260] No será impropio de este lugar reducir a un punto de vista la historia de la antigua Etiopía esparcida por varios escritores. El nombre de etíopes se extendía a los escitas del Araxes, a los árabes de una y otra orilla del Mar Rojo, a los africanos de la Libia interior, y a los abisinios o etíopes propios de quienes nos ocupamos. Descendientes de Habaschi, hijo de Chus, que pasando el estrecho de Bab-el-Mandeb dio el nombre a su nación y a su país, estuvieron al principio divididos en varios reinos, que Plinio hace subir a 45, entre los cuales eran los más poderosos los de Méroe y Auxumis, dilatándose el primero hasta la Tebaida; contra el cual dicen se dirigió la famosa expedición de Moisés como general de Faraón. No es improbable que la reina de Saba que visitó a Salomón fuese soberana a un tiempo de los egipcios y etíopes, y que tuviera de Salomón un hijo de quien descendían los antiguos reyes de Etiopía. Según pretenden los abisinios, hubo también en Méroe diversas reinas con el nombre de Candace, de una de las cuales era ministro el eunuco bautizado por San Felipe. Reunidos los etíopes en un mismo imperio por Sesostris, que será acaso el Sesac de la Escritura, tuvieron sus conquistadores, como Zara, derrotado por Asá, rey de Judá, al frente de un millón de soldados, y como el ya conocido Sabacón, llamado Sua o Taraca en la Biblia, hasta que el asirio Asaraddon, para vengar la derrota de su padre Senaquerib, se apoderó del Egipto y de la Etiopía, donde reinó tres años con mucha crueldad. No se sabe más de los etíopes hasta Ciro, cuyos sucesores solo dominaron algunos etíopes confinantes con Egipto. Ptolomeo Evergetes penetró más tarde hasta Auxumis, y los romanos entraron alguna vez en Etiopía; pero fueron efímeras y nada estables sus conquistas.

[261] No sé por qué los griegos dieron este nombre al lugar donde se deportaba a los desterrados. La citada Oasis era la mayor de las tres así llamadas.

[262] Antes había ya Cambises con una conducta poco considerada abrasado los templos en Menfis, y quitado de la tumba del rey Osimandias un círculo de oro de 365 codos, en cuya superficie se representaban todos los movimientos de las constelaciones del cielo. Los restos escapados de las llamas subían a más de 300 talentos de oro.

[263] Jenofonte llama a este príncipe Tanasxares, y Justino, Mergis, variación muy usada en los nombres de los príncipes bárbaros, nacida entre los griegos y latinos de la diversidad de su lengua con la de los orientales. Estos fratricidios de príncipes reales, fundados en la máxima de Séneca, _non capit regnum duos_, eran entre los bárbaros muy frecuentes, hasta que el cristianismo y su civilización vinieren a destruirlos.

[264] Esta hermana a quien mató Cambises en Egipto, se llamaba Méroe, y su hermana mayor, y mujer también suya, era Atosa. El ejemplo de Cambises abrió la puerta a todo género de incesto entre los persas, que cerrando los ojos al horror de la naturaleza y al grito de la razón, no reconocían parentesco alguno, aun en primer grado, que les impidiera el matrimonio.

[265] Estos consejeros de Estado, en número de siete, parece que seguían siempre a la corte y al soberano, si bien algunos más residirían quizá ya en una, ya en otra provincia del imperio, según la urgencia de los negocios. El despotismo de los monarcas y la arbitrariedad de los sátrapas no debía permitir en los jueces tribunales que Jenofonte nos pinta en su _Ciropedia_, menos según la realidad que según lo que debía ser.

[266] No es posible sacar a estos dioses del caos de la mitología, ni dar razón de su nombre, procedencia y número, a menos que se les tome por compañeros de Hefesto, padre de los herreros, venidos de Fenicia a varios lugares de la Grecia.

[267] La isla de Samos, separada del Asia menor por un estrecho de mil pasos de ancho, situada entre el grado 38 y 39 de latitud, y de unas 87 millas de circuito, poblada desde el principio por Macareo, hijo de Eolo, ocupada después por los carios, y conquistada por los jonios en tiempo de Roboam, fue una de las más célebres de Grecia. Su gobierno sería antiguamente monárquico, pues se hace memoria no solo de Macareo, Tembrio y Procles, antiguos posesores de la isla, sino también del rey Anfícrates, anterior a la edad de Cambises. Prevaleció después la democracia en tiempo de Creso y de Ciro, de quienes nunca fueron vasallos los samios, muy poderosos por mar y opulentos comerciantes; pero a la democracia sucedió la oligarquía de los _geómoros_, o de algunos nobles que repartiéndose los campos gobernaron la isla con una especie de Senado, hasta que fueron todos degollados por el pueblo; el cual no recobró su libertad sino para recaer en manos del general Silosonte, y poco después de la muerte de este, en las de Eaces, quien dejó el mando a su hijo Polícrates, 531 años antes de Jesucristo.

[268] Si no es este realmente el ejemplar de la carta de Amasis, o un extracto del discurso de Solón con Creso, está en ella perfectamente imitada la simplicidad majestuosa de los antiguos soberanos. Sus máximas, aunque fundadas en los errores del fatalismo y de la envidia que se atribuye a los dioses, podrán ser ciertas aplicándolas a la infalibilidad con que se cumplen los divinos decretos, una vez previstos, pero no violentados los actos de nuestro libre albedrío, y a la insolencia injuriosa, compañera de una larga prosperidad, con que suele obcecar a los príncipes la justicia divina.

[269] Polícrates conservaba al parecer, contra lo que sucede generalmente, aquella afectación de familiaridad con el pueblo, aquella afabilidad y bizarría en convites y en servicios que le habían conducido al mando, ganándole el aura popular.

[270] Véase lib I, pár. LXX.

[271] Concuerda Plinio con Heródoto en la descripción de este peto y de la lana de que era formado, producto del arbusto del algodón que se cría en los confines del Egipto con la Arabia; pero no acierta en atribuir a Alejandría el primer uso de las telas de hilos de varios colores, conocidas ya desde José, hijo de Jacob, y a Átalo la invención del brocado o tela entretejida con hilos de oro, que vemos usados ya en el peto de Amasis.

[272] Los asirios y babilonios fueron verosímilmente los primeros autores del eunuquismo, pues antes de los persas lo vemos ya usado en los palacios lidios y medos: barbarie cruel y afeminación indigna que se imita escandalosamente en Italia para dar buenas voces a los conciertos y teatros.

[273] Es incierta la época en que los corintios enviaron sus colonias a Corfú, aunque debió ser posterior a Homero, quien la llama en su _Odisea_, Esqueria, la tierra de los feacios, sin hacer mención de Egnecrates, conductor de la colonia.

[274] Ciudad de la Argólida, quizá Pigiada hoy día, célebre por el templo de Esculapio.

[275] No asiento a que el primogénito, como quieren algunos, se llamase Gorgias, pues este era el nombre de un hermano de Periandro, cuyo hijo Psamético sucedió en el gobierno a su tío.

[276] La muerte de Licofrón ocasionó al parecer entre los corintios y corcíreos una batalla naval, de las más antiguas y célebres que vio la Grecia.

[277] En Sifanto, que tal es el nombre de la antigua Sifnos, isla de 40 millas de circunferencia, no se trabajaba en el día mina alguna, aunque se asegura que las hay de plomo. Tiene la isla cinco muy buenos puertos, Faros, Vati, Quitriani, Jerrónisos y Calanca.

[278] _Wesselingio_ corrige por dos códices insignes el texto, que en vez de _Hidrea_ decía _Tirea_, ciudad dentro de tierra en la Argólida, lo que a muchos hizo incurrir en error.

[279] Aún quedan ruinas de este célebre templo dedicado a Hera, del muelle que atestigua que los samios fueron los primeros negociantes por mar entre los griegos, y de la mina descrita por el autor, que se encuentra entre los restos de la ciudad y el monte Metelino, con dos bocas, de las que una corresponde al camino cubierto, y otra al acueducto excavado al lado con mayor profundidad, al cual se podía bajar desde la mina para conservarle en buen estado.

[280] Sin duda el mago contaba más con el odio de los vasallos contra los excesos de Cambises, que con la legitimidad de las pretensiones del personaje cuyo nombre había tomado, pues ¿cómo hubieran los persas reconocido por rey a Esmerdis mientras vivía su hermano mayor, y sin saber si tenía este sucesión?

[281] Siguiendo a Plinio, Ecbatana de Siria estaba situada junto al monte Carmelo.

[282] Estos oráculos, cuando no eran profecías de lo pasado, llevaban en sí tantas anfibologías e incertidumbre que no se comprende cómo podían ser oídos seriamente.

[283] En Oriente era muy antigua en boca de alguna persona pública la costumbre de estas bendiciones y maldiciones sobre todo un pueblo, que se practicaba siempre con ceremonias y visos de religión, de las cuales se ven tan frecuentes ejemplos en la Biblia.

[284] Este rey mago, llamado diversamente por los antiguos Esmerdis, Mardis, Espendadates, Oropastes, y por Esdras Artajerjes, prohibió a los judíos llevar adelante su templo, cuya reedificación, mandada por Ciro, fue entorpecida en el reinado de Cambises, conocido en el mismo libro de Esdras por Asuero.

[285] Reconozco en estos discursos lo que varias veces observé en los políticos modernos, que nada de bueno nos dan en sus escritos que no se deba a la Grecia. Los fundamentos de la sociedad política, sus géneros, sus progresos, sus atrasos, su decadencia, su variación, su vuelta periódica, todo lo indica Heródoto, lo amplifica Platón y lo descifra y analiza Aristóteles.

[286] Los confederados compusieron un orden principal en el imperio, como grandes de primera clase, y de sus familias se formó después una especie de Consejo de Estado.

[287] Seis esposas de primera clase tuvo Darío: de la hija de Gobrias, con quien casó antes de ser rey, tuvo tres hijos, Artobazanes, Aariabignes y Arsamenes; de Atosa, su esposa favorita, tuvo a Jerjes, Masistes, Aquemenes e Histaspes; de Aristona, a dos, Arsames y Gobrias; de Parmis le nació Ariomardo; de Fratagina, hija de Artanes, le nacieron Abrocones e Hiperantes; de Fedima no se sabe que tuviese hijo alguno.

[288] Aunque no presumo de monetario, creo que el talento babilónico valía 314 cequines o 628 escudos, y el talento euboico 714 escudos. No puedo inclinarme a creer que la economía pública fuese una ciencia desconocida a los antiguos, pues los indicios que nos quedan del reino de Salomón, del de Darío, de la república de Atenas y del imperio romano, persuaden la buena dirección de los negocios respecto a las rentas del estado, aunque se haya adelantado en el día el comercio de los ciudadanos entre sí o con los extranjeros.

[289] Los tracios asiáticos se llaman más comúnmente bitinios, y los sirios, capadocios. En el catálogo de estas satrapías no sigue Heródoto el orden de excelencia ni de tiempo, pues provincias tenues se anteponen a muchas más ricas, y las más lejanas a otras más próximas por las cuales empezó Darío a arreglarlas.

[290] El año de los persas no constaba sino de 360 días.

[291] Ciudad marítima de la Siria, llamada también Posidonio, cerca de Heraclea.

[292] Esta satrapía era la más remota del imperio, según se infiere de la posición de los gandarios o gargaridas situados junto al Ganges.

[293] El nono gobierno se llama al presente Kurdistán; el décimo Schiván; el undécimo, contenido entre el Tauro y el mar Caspio, se llamó después Media Atropatene; el duodécimo es hoy el Korasán.

[294] El decimotercio gobierno además de la Armenia comprendería la Mingrelia, la Georgia y la Albania: el decimocuarto, según se infiere de los Sarangas colocados entre los ríos Indo y Arbis, era formado por la antigua Gedrosia, al presente Macran; el decimoquinto se llamaba Hircania, y comprende los provincias de Mazandau y de Hilan; el decimosexto es en el día Erak-Agamí.

[295] Los etíopes de la satrapía decimoséptima estarían probablemente situados cerca del Indo; la decimoctava correspondería a la Armenia menor; la decimonona al Ponto, célebre reino de Mitrídates; la vigésima no comprendería regularmente todo el Indostán situado entre el Indo y el Ganges, sino una parte de él únicamente.

[296] Esta región se llama hoy Pars o Fars, en la que se halla Schiras, la antigua Persépolis.

[297] Los citados etíopes son los árabes confinantes con el mar Rojo, donde estaba la sagrada Niso. Los colcos ocupaban el país actualmente llamado Gurgistán, que comprende las comarcas de Mingrelia, Imereta, Guriel, Laket y Carduel.

[298] Hasta muchos siglos después de Heródoto no se tuvo en Grecia conocimiento de las provincias situadas más allá del Ganges, lo que hace creer que la China no fue un imperio tan antiguo como la pintan sus anales, pues su grandeza, mayor que la de los persas, no hubiera podido esconderse a los escritores de la antigüedad. Los indios de que habla el autor son los del Indostán, de los cuales, aunque diga verdad Heródoto en algo, especialmente en su vestido de enea y corteza de árbol de que sacan en el día vastas telas en muchas partes del Asia, no es creíble la brutal disolución que les atribuye, la inhumanidad de degollar a sus padres y abandonar a los enfermos, mayormente cuando los banianos, descendientes de los antiguos moradores, son tan compasivos hasta con los animales, que mantienen en Surate dos hospitales para ellos. Plinio previene que los antiguos, y Heródoto en especial, no hicieron más que verter mil fábulas sobre la historia natural, ciencia felizmente perfeccionada por los modernos.

[299] La situación de estos indios corresponde a las provincias septentrionales del Indostán, comarcanas del Cáucaso, llamadas ahora Kacmira y Hacares; pero en lo que refiere de ellos se equivoca el historiador, pues no hay allí arenales sino valles comparables a la Tesalia, ni hormigas en toda el Asia semejantes a las que pinta, ni minas de oro y plata en el Indostán, a no ser arenas de oro en los ríos o las minas ya agotadas de Siam, que será quizá la Quersoneso Aurea de los antiguos.

[300] Ni al anochecer se siente el frío referido, ni al medio día se templa el calor, como supone Heródoto, pues en pocos países es tan intenso, aunque pudo dar fundamento a esta noticia la marea y el viento de tierra que reina regularmente en las costas del mar Índico.

[301] Diodoro Sículo atribuye a la eficacia del sol la grandeza de los vivientes y la variedad de los colores en las aves, flores y minerales de aquella extremidad oriental de la tierra, como llama nuestro autor a la India, siguiendo la opinión vulgar de los griegos que, sin pararse en la redondez del globo, colocaban a Delfos en el centro de la tierra.

[302] Este es el arbusto del algodón, diferente de la planta que también lo produce, y si la China fuera entonces conocida, se sospechara que hablaba el autor de la seda blanca que en Chantong ciertos gusanos crían sobre los árboles.

[303] El principio de reconocer un espíritu próvido que dirija el universo es exactísimo y universalmente reconocido, salvo por los epicúreos, aunque sean apócrifos todos estos fenómenos naturales y maravillosos partos de la víbora y la leona, que cita en su apoyo.

[304] De estas ovejas de disforme cola que existen en África todavía, según he leído, habla Plinio, como también de la droga del ládano, que no es la única en adquirir aprecio y estimación a pesar de su vil origen, pues otro tanto sucede con la piedra bezar que se cría en los intestinos del pasán, especie de cabrón de Golcenda.

[305] Ciertamente el África occidental, llamada aquí Etiopía, es abundante en oro y grandes bestias; pero sus negros no son por lo común tan altos y gallardos como supone.