Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 29
VII. Tal es el origen y descendencia que se dan a sí mismos; respecto de su cronología, dicen que desde sus principios y su primer rey Targitao hasta la venida de Darío a su país, pasaron nada más que mil años cabales. Los reyes guardan aquel oro sagrado que del cielo les vino con todo el cuidado posible, y todos los años en un día de fiesta celebrado con grandes sacrificios van a sacarlo y pasearlo por la comarca; y añaden que si alguno en aquel día, llevándolo consigo, quedase a dormir al raso, ese tal muriera antes de pasar aquel año, y para precaver este mal señálase por jornada a cada uno de los que pasean el oro divino el país que pueda en un día ir girando a caballo. «Viendo Colaxais, prosiguen, lo dilatado de la región,[330] repartiola en tres reinos, dando el suyo a cada uno de sus hijos, si bien quiso que aquel en que hubiera de conservarse el oro divino fuese mayor que los demás». Según ellos, las tierras de sus vecinos que se extienden hacia el viento Bóreas son tales, que a causa de unas plumas que van volando esparcidas por el aire, ni es posible descubrirlas con la vista, ni penetrar caminando por ellas, estando toda aquella tierra y aquel ambiente lleno de plumas, que impiden la vista a los ojos.
VIII. Después de oír a los escitas hablando de sí mismos, de su país y del que se extiende más allá, oigamos acerca de ellos a los griegos que moran en el Ponto Euxino.[331] Cuentan que Heracles al volver con los bueyes de Gerión llegó al país que habitan al presente los escitas, entonces despoblado: añaden que Gerión moraba fuera del Ponto o Mediterráneo en una isla vecina a Gadira, más allá de las columnas de Heracles, llamada por los griegos Eritía, y situada en el Océano, y que este Océano empezando al levante gira alrededor del continente; todo lo que dicen sobre su palabra sin confirmarlo realmente con prueba alguna. Desde allá vino, pues, Heracles a la región llamada ahora Escitia, en donde como le cogiese un recio y frío temporal, cubriose con su piel de león y se echó a dormir. Al tiempo que dormía dispuso la Providencia que desaparecieran las yeguas que sueltas del carro estaban allí paciendo.
IX. Levantado Heracles de su sueño, púsose a buscar a sus perdidas yeguas, y habiendo girado por toda aquella tierra, llegó por fin a la que llaman Hilea,[332] donde halló en una cueva a una doncella de dos naturalezas, _semivíbora_ a un tiempo y _semivirgen_, mujer desde las nalgas arriba, y sierpe de las nalgas abajo. Causole admiración el verla, pero no dejó de preguntarla por sus yeguas si acaso las había visto por allí descarriadas. Respondiole ella que las tenía en su poder; pero que no se las devolvería a menos que no quisiese conocerla, con cuya condición y promesa la conoció Heracles sin hacerse más de rogar. Y aunque ella con la mira y deseo de gozar por más largo tiempo de su buena compañía íbale dilatando la entrega de las yeguas, queriendo él al cabo partirse con ellas, restituyóselas y dijo: «He aquí esas yeguas que por estos páramos hallé perdidas; pero buenas albricias me dejas por el hallazgo, pues quiero que sepas como me hallo encinta de tres hijos tuyos. Dime lo que quieres que haga de ellos cuando fueren ya mayores, si escoges que les dé habitación en este país, del que soy ama y señora, o bien que te los remita». Esto dijo, a lo que él respondió: «Cuando los veas ya de mayor edad, si quieres acertar, haz entonces lo que voy a decirte. ¿Ves ese arco y esa banda que ahí tengo? Aquel de los tres a quien entonces vieres apretar el arco así como yo ahora, y ceñirse la banda como ves que me la ciño, a ese harás que se quede por morador del país; pero al que no fuere capaz de hacer otro tanto de lo que mando, envíale fuera de él. Mira que lo hagas como lo digo; que así tú quedarás muy satisfecha, y yo obedecido».
X. Habiéndole hablado así, dicen que de dos arcos que Heracles allí tenía aprestó el uno, y sacando después una banda que tenía unida en la parte superior una copa de oro, púsole en las manos el arco y la banda, y con esto se despidió. Después que ella vio crecidos a sus hijos, primero puso nombre a cada uno, llamando al mayor Agatirso, Gelono al que seguía, y al menor Escita, teniendo después bien presentes las órdenes de Heracles, que puntualmente ejecutó. Y como en efecto no hubiesen sido capaces dos de sus hijos, Agatirso y Gelono, de hacer aquella prueba de valor en la contienda, arrojados por su misma madre partieron de su tierra; pero habiendo salido con la empresa propuesta Escita, el más mozo de todos, quedó dueño de la región, y de él descienden por línea recta cuantos reyes hasta aquí han tenido los escitas.[333] Para memoria de aquella copa usan los escitas hasta hoy día traer sus copas pendientes de sus bandas, y esto último fue lo único que de suyo inventó y mandó la madre a su hijo escita.
XI. Así cuentan esta historia los griegos colonos del Ponto; pero corre otra a la que mejor me atengo, y es la siguiente.[334] Apurados y agobiados en la guerra por los maságetas, los escitas nómadas o pastores que moraban primero de asiento en el Asia, dejaron sus tierras y pasando el río Araxes se fueron hacia la región de los cimerios, de quienes era antiguamente el país que al presente poseen los escitas. Viéndolos aquellos cimerios venir contra sí, entraron a deliberar lo que sería bien hacer siendo tan grande el ejército que se les acercaba. Dividiéronse allí los votos en dos partidos, entrambos realmente fuertes y empeñados, si bien era mejor el que seguían sus reyes; porque el parecer del vulgo era que no convenía entrar en contienda ni exponerse al peligro siendo tantos los enemigos, y que era menester abandonar el país: el de sus reyes era que se había de pelear a favor de la patria contra los que venían. Grande era el empeño; ni el vulgo quería obedecer a sus reyes, ni estos ceder a aquel: el vulgo estaba obstinado en que sin disparar un dardo era preciso marchar cediendo la tierra a los que venían a invadirla: los reyes continuaban en su resolución de que mejor era morir en su patria con las armas en la mano, que acompañar en la huida a la muchedumbre, confirmándose en su opinión al comparar los muchos bienes que en la patria lograban con los muchos males que huyendo de ella conocían habían de salirles al encuentro. El éxito de la discordia fue que, obstinándose los dos partidos en su parecer y viéndose iguales en número, vinieron a las manos entre sí. El cuerpo de la nación de los cimerios enterró a los que de ambos partidos murieron en la refriega cerca del río Tiras, donde al presente se deja ver todavía su sepultura, y una vez enterrados saliose de su tierra.
XII. Con esto los escitas se apoderaron al llegar de la región desierta y desamparada. Existen en efecto aun ahora en Escitia los que llaman _fuertes cimerios_ (_Cimmeria Teichea_); un lugar denominado _Porthimeia Cimmeria_, pasajes cimerios; una comarca asimismo con el nombre de Cimeria,[335] y finalmente, el celebrado Bósforo cimerio. Parece también que los cimerios, huyendo hacia el Asia, poblaron aquella península donde ahora está Sínope, ciudad griega, y que los escitas, yendo tras ellos, dieron por otro rumbo y vinieron a parar en la Media; porque los cimerios fueron en su retirada siguiendo siempre la costa del mar, y los escitas, dejando el Cáucaso a su derecha, los iban buscando, hasta que internándose en su viaje tierra adentro se metieron en el referido país.
XIII. Otra historia corre sobre este punto entre griegos y bárbaros igualmente. Aristeas, natural de Proconeso, hijo de cierto Caistrobio y poeta de profesión, decía que por inspiración de Febo había ido hasta los isedones, más allá de los cuales añadía que habitaban los arimaspos, hombres de un solo ojo en la cara, y más allá de estos están los grifos que guardan el oro del país, y más lejos que todos habitan hasta las costas del mar los hiperbóreos. Todas estas naciones, según él, exceptuados solamente los hiperbóreos, estaban siempre en guerra con sus vecinos, habiendo sido los primeros en moverla los arimaspos, de cuyas resultas estos habían echado a los isedones de su tierra, los isedones a los escitas de la suya, y los cimerios que habitaban vecinos al mar del Sur, oprimidos por los escitas, habían desamparado su patria.[336]
XIV. He aquí que Aristeas tampoco conviene con los escitas en la historia de estos pueblos. Y ya que llevo dicho de dónde era natural el autor de la mencionada relación, referiré aquí un cuento que de él oí en Proconeso y en Cícico. Dicen, pues, que Aristeas, ciudadano en nobleza de sangre a nadie inferior, habiendo entrado en Proconeso en la oficina de un lavandero, quedó allí muerto, y que el lavandero, dejándole allí encerrado, fue luego a dar parte de ello a los parientes más cercanos del difunto. Habiéndose extendido por la ciudad cómo acababa de morir Aristeas, un hombre natural de Cícico, que acababa de llegar de la ciudad de Artace,[337] empezó a contradecir a los que esparcían aquella nueva, diciendo que él al venir de Cícico se había encontrado con Aristeas y le había hablado en el camino. Manteníase el hombre en negar que hubiera muerto. Los parientes del difunto fueron a la oficina del lavandero, llevando consigo lo que hacía al caso para llevar el cadáver; pero al abrir las puertas de la casa, ni muerto ni vivo compareció Aristeas. Pasados ya siete años, dejó verse el mismo en Proconeso, y entonces hizo aquellos versos que los griegos llaman _arimaspos_, y después de hechos desapareció segunda vez.
XV. Esto nos cuentan aquellas dos ciudades; yo sé aún de Aristeas otra anécdota que sucedió con los metapontinos de Italia, 340 años después de su segunda desaparición, según yo conjeturaba cuando estuve en Proconeso y en Metaponto. Decían, pues, aquellos habitantes que habiéndoseles aparecido Aristeas en su tierra, les había mandado erigir un ara a Apolo y levantar al lado de ella una estatua con el nombre de Aristeas el de Proconeso, dándoles por razón que entre todos los italianos ellos eran los únicos a cuyo territorio hubiese venido Apolo, a quien él en su venida había seguido en forma de cuervo el que era en la actualidad Aristeas. Habiéndoles hablado en estos términos, dicen los metapontinos que desapareció, y enviando ellos a consultar a Delfos para saber del dios Apolo lo que significaba la fantasma de aquel hombre, les había ordenado la Pitia que obedeciesen, que obedecerla era lo mejor si querían prosperar, con lo cual hicieron lo mandado por Aristeas. Y en efecto, al lado del mismo ídolo de Apolo está al presente una estatua que lleva el nombre de Aristeas, y alrededor de ella unos laureles de bronce. Dicho ídolo se ve en la plaza.
XVI. Baste lo dicho acerca de Aristeas, y volviendo al país de que antes iba hablando, nadie hay que sepa con certeza lo que más arriba de él se contiene. Por lo menos no he podido dar con persona que diga haberlo visto por sus ojos, pues el mismo Aristeas, de quien poco antes hice mención, en hablando como poeta, no se atrevió a decir en sus versos que hubiese pasado más allá de los isedones, contentándose con referir de oídas lo que pasaba más allá, citando por testigos de su narración a los mismos isedones. Ahora no haré más que referir todo lo que de oídas he podido averiguar con fundamento acerca de lo más remoto de aquellas tierras.
XVII. Empezando desde el emporio de los boristenitas, lugar que ocupa el medio de la costa de Escitia, los primeros habitantes que siguen son los calípidas, especie de griegos escitas, y más arriba de estos se halla otra nación llamada los alazones, que, siguiendo como los calípidas todos los usos de los escitas, acostumbran con todo hacer sementeras de trigo, del cual se alimentan, comiendo también cebollas, ajos, lentejas y mijo. Sobre los alazones están los escitas que llaman _labradores_, quienes usan sembrar su trigo, no para comerlo, sino para venderlo. Más arriba de estos moran los neuros, cuya región hacia el viento Bóreas está despoblada de hombres, según tengo entendido. Estas son las naciones[338] que viven vecinas al río Hípanis y caen hacia el poniente del Borístenes.
XVIII. Pasando a la otra parte del Borístenes, el primer país, contando desde el mar, es Hilea, más allá de la cual habitan los escitas labradores que viven cerca del Hípanis, a quienes llaman boristenitas los griegos, al paso que se llaman a sí mismos olbiopolitas. Estos pueblos ocupan la comarca que mira a levante y se extiende por tres jornadas confinando con un río que tiene por nombre Panticapes, y la misma hacia el viento Bóreas tiene de largo once jornadas navegando por el Borístenes arriba. Al país de dichos escitas siguen unos vastos desiertos; pasados estos, hay una nación llamada los andrófagos, que hace cuerpo aparte, sin tener nada común con los escitas; pero más allá de ella no hay sino un desierto en que no vive nación alguna.
XIX. Al pasar el río Panticapes, la tierra que cae al oriente de dichos escitas labradores está ocupada ya por otros escitas nómadas[339] que como pastores nada siembran ni cultivan. La tierra que habitan está del todo rasa sin árbol alguno, excepto la región Hilea, y se extiende hacia levante catorce días de camino, llegando hasta el río Gerro.
XX. A la otra parte del Gerro yacen los campos o territorios que se llaman regios, habitados por los más bravos y numerosos escitas, que miran como esclavos suyos a los demás escitas: confinan por el mediodía con la región Táurica, por levante con el foso que abrieron los hijos bastardos de los ciegos y con el emporio de la laguna Mayátide, el cual llaman Cremnoi, y algunos de estos pueblos llegan hasta el río Tanis.[340] En la parte superior de los escitas regios hacia el Bóreas viven los melanclenos, nación enteramente diversa de los escitas; pero más arriba de ella hay unas lagunas, según estoy informado, y el país está del todo despoblado.
XXI. Del otro lado del Tanais ya no se halla tierra de escitas, siendo aquel el primer límite del país de los saurómatas, quienes empezando desde el ángulo de la laguna Mayátide ocupan el viento Bóreas por espacio de quince jornadas todo aquel terreno que se ve sin un árbol silvestre ni frutal. En la región que sigue más arriba de ellos están situados los budinos, quienes viven en un suelo que llega a ser un bosque espeso de toda suerte de árboles.[341]
XXII. Sobre los budinos hacia el Bóreas se halla ante todo un país desierto por espacio de ocho jornadas, y después, inclinándose algo hacia el viento Subsolano, están los tiságetas, nación populosa o independiente, que vive de la caza. Confinantes suyos y habitantes de los mismos contornos son unos pueblos que llaman yircas, y viven también de lo que cazan, lo cual practican del siguiente modo: pónese en emboscada el cazador encima de un árbol de los muchos y muy espesos que hay por todo el territorio; tiene cerca a su caballo, enseñado a agazaparse vientre a tierra a fin de esconder su bulto, y su perro está a punto juntamente: lo mismo es descubrir la fiera desde su árbol que tirarle con el arco, montar en su caballo y seguirla acompañado del perro. Más allá, tirando hacia oriente, viven otros escitas que, sublevados contra los regios, se retiraron hacia aquellos países.[342]
XXIII. Toda la región que llevo descrita hasta llegar a la tierra de estos últimos escitas, es una llanura de terreno grueso y profundo; pero desde allí empieza a ser áspero y pedregoso.[343] Después de pasado un gran espacio de este fragoso territorio, al pie de unos altos montes viven unos pueblos de quienes se dice ser todos calvos de nacimiento así hombres como mujeres, de narices chatas, de grandes barbas, sin pelo en ellas, y de un lenguaje particular, si bien su modo de vestir es a lo escita, y su alimento el fruto de los árboles. El árbol de que viven se llama _póntico_, y viene a ser del tamaño de una higuera, llevando un fruto del tamaño de una haba, aunque con hueso: una vez maduro, lo exprimen y cuelan con sus paños o vestidos, de donde va manando un jugo espeso y negro, al cual dan el nombre de _asqui_, bebiéndolo ora chupado, ora mezclado con leche: de las heces más crasas del jugo forman unas pastillas para comerlas. No abundan de ganado, por no haber allí muy buenos pastos. Cada cual tiene su casa bajo un árbol que cubren alrededor en el invierno con un fieltro blanco y apretado a manera de lana de sombrero, despojándole de él en el verano. Siendo mirados estos pueblos como personas sagradas, no hay quien se atreva a injuriarles, en tanto grado que aun de armas carecen para la guerra, y son los que componen las desavenencias entre los vecinos. El que fugitivo se acoge a ellos o el reo que se refugia, seguro está de que nadie le toque ni moleste. El nombre de esta gente es el de argipeos.
XXIV. Hasta llegar a estos calvos son muy conocidas todas aquellas regiones con sus pueblos intermedios, pues hasta allí llegan, tanto los escitas de quienes es fácil tomar noticias, como muchos de los griegos, ya del emporio del Borístenes, ya de los otros emporios del Ponto. Los escitas que suelen ir a traficar allá, negocian y tratan con ellos por medio de siete intérpretes de otros tantos idiomas.
XXV. Así que el país hasta dichos calvos es un país descubierto y conocido; pero nadie puede hablar con fundamento de lo que hay más allá, por cuanto corta el país una cordillera de montes inaccesibles que nadie ha traspasado. Verdad es que los calvos nos cuentan cosas que jamás se me harán creíbles, diciendo que en aquellos montes viven los egípodas, hombres con pies de cabra, y que más allá hay otros hombres que duermen un semestre entero como si fuera un día, lo que de todo punto no admito. Lo que se sabe y se tiene por averiguado es que los isedones habitan al oriente de los calvos;[344] pero la parte que mira al Bóreas ni los calvos ni los isedones la tienen conocida, excepto lo dicho, que ellos quieren darnos por sabido.
XXVI. Dícese de los isedones que observan un uso singular. Cuando a alguno se le muere su padre, acuden allá todos los parientes con sus ovejas, y matándolas, cortan en trozos las carnes y hacen también pedazos al difunto padre del huésped que les da el convite, y mezclando después toda aquella carne, la sacan a la mesa. Pero la cabeza del muerto, después de bien limpia y pelada, la doran, mirándola como una alhaja preciosa de que hacen uso en los grandes sacrificios que cada año celebran, ceremonia que los hijos hacen en honor de sus padres, al modo que los griegos celebran las exequias aniversarias. Por lo demás, estos pueblos son alabados de justos y buenos, y aun se dice que sus mujeres son tan robustas y varoniles como los hombres. De ellos al fin se sabe algo.
XXVII. De la región que está sobre los isedones dicen estos que es habitada por hombres monóculos, y que en ella se hallan los grifos _guarda-oros_. Esta fábula la toman de los isedones los escitas que la cuentan, y de estos la hemos aprendido nosotros, usando de una palabra escítica al nombrarlos _arimaspos_,[345] pues los escitas por uno dicen _arima_, y por ojo _spu_.
XXVIII. Tan rígida y fría es toda la región que recorremos, que por ocho meses duran en ella unos hielos insufribles, donde no se hace lodo con el agua derramada, pero sí con el fuego encendido. Hiélase entonces el mar y también el Bósforo cimerio. Los escitas que están a la otra parte del foso pasan a caballo por encima del hielo y conducen sus carros a la otra ribera hasta los sindos.[346] En suma, hay allí ocho meses enteros de invierno, y los que restan son de frío. La estación y naturaleza del invierno es allí muy otra de la que tiene en otros países. Cuando parece que debía llegar el tiempo de las lluvias, apenas llueve en el país, pero en verano no cesa de llover. No se oye un trueno siquiera en la sazón en que truena en otras partes; y si sucede alguna vez en invierno, se mira como un prodigio, pero en verano son los truenos frecuentísimos. Por prodigio se tiene del mismo modo si acaece en la Escitia algún terremoto, ora sea en verano, ora en invierno. Sus caballos son los que tienen robustez para sufrir aquel rigor del invierno; los machos y los asnos no lo pueden absolutamente resistir, cuando en otras partes el hielo gangrena las piernas a los caballos, al paso que resisten los asnos y mulos.
XXIX. Ese mismo dolor del frío me parece la causa de que haya allí mismo cierta especie de bueyes mochos, a los cuales no les nacen astas, y en abono de mi opinión tengo aquel verso de Homero en la _Odisea_:[347]
«En Libia presto apuntan las astas al cordero».
Bien dicho por cierto, pues en los países calientes desde luego salen los cuernos; pero en climas muy helados, o nunca los sacan los animales, o bien los sacan tarde y mal, y así me confirmo en que el frío es la causa de ello.
XXX. Y puesto que desde el principio me tomé la licencia de hacer en mi historia mil digresiones, diré que me causa admiración el saber que en toda la comarca de Elea no puede engendrarse un mulo, no siendo frío el clima ni dejándose ver otra causa suficiente para ello. Dicen los eleos que es efecto de cierta maldición de Enomao el que no se engendren mulos en su territorio; pero ellos lo remedian con llevar las yeguas en el tiempo oportuno a los pueblos vecinos, en donde las cubren los asnos padres hasta tanto que quedan preñadas, y entonces se las vuelven a llevar.
XXXI. Por lo que mira a las plumas voladoras, de que dicen los escitas estar tan lleno el aire que no se puede por causa de ellas alcanzar con la vista lo que resta de continente ni se puede por allí transitar, imagino que más allá de aquellas regiones debe de nevar siempre, bien que naturalmente nevará menos en verano que en invierno. No es menester decir más para cualquiera que haya visto de cerca la nieve al tiempo de caer a copos, pues se parece mucho a unas plumas que vuelan por el aire.[348] Esa misma intemperie tan rígida del clima es el motivo sin duda de que las partes del continente hacia el Bóreas sean inhabitables. Así que soy de opinión que los escitas y sus vecinos llaman plumas a los copos de nieve, llevados de la semejanza de los objetos. Pero bastante y harto nos hemos alargado en referir lo que se cuenta.
XXXII. Nada dicen de los pueblos hiperbóreos ni los escitas ni los otros pueblos del contorno, a no ser los isedones, quienes tampoco creo que nada digan, pues nos lo repetirían los escitas, así como nos repiten lo de los monóculos. Hesíodo, con todo, habla de los hiperbóreos, y también Homero en los _Epígonos_, si es que Homero sea realmente autor de tales versos.