Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 19

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CLXI. Seis años reinó Psamis solamente, en cuyo tiempo hizo una expedición contra la Etiopía, y después de su pronta muerte le sucedió en el trono su hijo Apríes,[224] el cual en su reinado de 25 años pudo con razón ser tenido por el monarca más feliz de cuantos vio el Egipto, si se exceptúa a Psamético, su bisabuelo. Durante la prosperidad llevó las armas contra Sidón, y dio a los tirios una batalla naval; pero su destino era que toda su dicha se trocara por fin en desventura, que le acometió con la ocasión siguiente, que me contentaré con apuntar por ahora, reservándome el referirla circunstanciadamente al tratar de la Libia. Habiendo enviado Apríes un ejército contra los de Cirene, quedó gran parte de él perdido y exterminado. Los egipcios echaron al rey la culpa de su desventura, y se levantaron contra él, sospechando que los había expuesto a propósito a tan evidente peligro, y enviado sus tropas a la matanza con la dañada política de poder mandar al resto de sus vasallos más despótica y seguramente, una vez destruida la mayor parte de la milicia.[225] Con tales sospechas y resentimiento, se le rebelaron abiertamente, así los que habían vuelto a Egipto de aquella infeliz expedición, como los amigos y deudos de los que habían perecido en la jornada.

CLXII. Avisado Apríes de estos movimientos sediciosos, determinó enviar a Amasis adonde estaban los malcontentos para que, aplacándolos con buenas palabras y razones, les hiciera desistir de la sublevación. Llegado Amasis al campo de los soldados rebeldes, al tiempo que les estaba amonestando que desistieran de lo empezado, uno de ellos, acercándosele por las espaldas, coloca un casco sobre su cabeza, diciendo al mismo tiempo que con él le corona y le proclama por rey de Egipto. No sentó mal a Amasis, al parecer, según se vio por el resultado, aquel casco que le sirvió de corona, pues apenas nombrado rey de Egipto por los sublevados, se preparó luego para marchar contra Apríes. Informado el rey de lo sucedido, envió a uno de los egipcios que a su lado tenía, por nombre Patarbemis, hombre de gran autoridad y reputación, con orden expresa de que le trajera vivo a Amasis. Llegó el enviado a vista del rebelde, y declarole el mandato que traía; pero Amasis hizo de él tal desprecio, que hallándose entonces a caballo, levantó un poco el muslo y le saludó grosera e indecorosamente, diciéndole al mismo tiempo que tal era el acatamiento que hacía a Apríes, a quien debía referirlo. Instando, no obstante, Patarbemis para que fuese a verse con el soberano, que le llamaba, respondiole que iría, y que en efecto hacía tiempo que disponía su viaje, y que a buen seguro no tendría por qué quejarse Apríes, a quien pensaba visitar en persona y con mucha gente de comitiva. Penetró bien Patarbemis el sentido de la respuesta, y viendo al mismo tiempo los preparativos de Amasis para la guerra,[226] regresó con diligencia, queriendo informar cuanto antes al rey de lo que sucedía. Apenas Apríes le ve volver a su presencia sin traer consigo a Amasis, montando en cólera y ciego de furor, sin darle lugar a hablar palabra y sin hablar ninguna, manda al instante que se le mutile, cortándole allí mismo las orejas y narices. Al ver los demás egipcios que todavía reconocían por rey a Apríes la viva carnicería tan atroz y horriblemente hecha en un personaje del más alto carácter y de la mayor autoridad en el reino, pasaron sin aguardar más al partido de los otros y se entregaron al gobierno y obediencia de Amasis.

CLXIII. Con la noticia de esta nueva sublevación, Apríes, que tenía alrededor de su persona hasta 30.000 soldados mercenarios, parte carios y parte jonios, manda tomar las armas a sus cuerpos de guardias, y al frente de ellos marcha contra los egipcios, saliendo de la ciudad de Sais, donde tenía su palacio, dignísimo de verse por su magnificencia. Al tiempo que los guardias de Apríes iban contra los egipcios, las tropas de Amasis marchaban contra los guardias extranjeros; y ambos ejércitos, resueltos a probar de cerca sus corazas, hicieron alto en la ciudad de Momenfis.[227] En este lugar nos parece prevenir que la nación egipcia está distribuida en siete clases de personas; la de los sacerdotes, la de guerreros, la de boyeros, la de porqueros, la de mercaderes, la de intérpretes, y la de marineros.

CLXIV. Estos son los gremios de los egipcios, que toman su nombre del oficio que ejercen.[228] De los guerreros parte son llamados _calasiries_, parte _hermotibies_, y como el Egipto esté divido en Nomos o distritos, los guerreros están repartidos por ellos del modo siguiente:

CLXV. A los hermotibies pertenecen los distritos de Busiris, de Sais, de Quemis, de Papremis, la isla que llaman Prosopitis y la mitad de Nato. De estos distritos son naturales los hermotibies, quienes, cuando su número es mayor, componen 16 miríadas o 160.000 hombres, todos guerreros de profesión, sin que uno solo aprenda o ejercite arte alguna mecánica.

CLXVI. Los distritos de los calasiries son el bubastista, el tebano, el aftita, el tanita, el mendesio, el sebenita, el atribita, el farbetita, el tmuita, el onufita, el anitio, y el miecforita, que está en una isla frontera a la ciudad de Bubastis. Estos distritos de los calasiries al llegar a lo sumo su población, forman 25 miríadas o 250.000 hombres, a ninguno de los cuales es permitido ejercitar otra profesión que la de las armas, en la que los hijos suceden a los padres.

CLXVII. No me atrevo en verdad a decir si los egipcios adoptaron de los griegos el juicio que forman entre las artes y la milicia, pues veo que tracios, escitas, persas, lidios, y, en una palabra, casi todos los bárbaros, tienen en menor estima a los que profesan algún arte mecánico y a sus hijos, que a los demás ciudadanos, y al contrario reputan por nobles a los que no se ocupan en obras de mano, y mayormente a los que se destinan a la milicia. Este mismo juicio han adoptado todos los griegos, y muy particularmente los lacedemonios, si bien los corintios son los que menos desestiman y desdeñan a los artesanos.

CLXVIII. Los guerreros únicamente, si se exceptúan los sacerdotes,[229] tenían entre los egipcios sus privilegios y gajes particulares, por los cuales disfrutaba cada uno de doce _aruras_ o yugadas de tierra inmunes de todo pecho. La _arura_ es una suerte de campo que tiene por todos lados cien codos egipcios, equivalentes puntualmente a los codos samios. Dichas propiedades, reservadas al cuerpo de los guerrerros, pasan de unos a otros, sin que jamás disfrute uno las mismas. Relevábanse cada año mil de los calasiries y mil de los hermotibies, para servir de guardias de corps cerca del rey, en cuyo tiempo de servicio, además de sus yugadas, se les daba su ración diaria, consistente en cinco minas de pan cocido, que se daba por peso a cada uno, en dos minas de carne de buey, y en cuatro sextarios de vino.[230] Esta era siempre la ración dada al guardia; pero volvamos al hilo de la narración.

CLXIX. Después que se encontraron en Momenfis, Apríes al frente de los soldados mercenarios, y Amasis al de los guerreros egipcios, diose allí la batalla, en la cual, a pesar de los esfuerzos de valor que hizo la tropa extranjera, su número mucho menor fue superado y oprimido por la multitud de sus enemigos. Vivía Apríes, según dicen, completamente persuadido de que ningún hombre y nadie, aun de los mismos dioses, era bastante a derribarle de su trono;[231] tan afianzado y seguro se miraba en el imperio; pero el engañado príncipe, vencido allí y hecho prisionero, fue conducido luego a Sais, al palacio antes suyo, y entonces ya del rey Amasis. El vencedor trató por algún tiempo al rey prisionero con tanta humanidad, que le suministraba los alimentos en palacio con toda magnificencia; pero viendo que los egipcios murmuraban por ello, diciendo que no era justo mantener al mayor enemigo, así de ellos como del mismo Amasis, consintió este, por fin, en entregar la persona del depuesto soberano a merced de los vasallos, quienes le estrangularon y enterraron su cuerpo en la sepultura de sus antepasados, que se ve aún en el templo de Atenea, al entrar a mano izquierda, muy cerca de la misma nave del santuario. Dentro del mismo templo los vecinos de Sais dieron sepultura a todos los reyes que fueron naturales de su distrito; y allí mismo en el atrio del templo está el monumento de Amasis, algo más apartado de la nave que el de Apríes y de sus progenitores, y que consiste en un vasto aposento de mármol, adornado de columnas a modo de troncos de palma, con otros suntuosos primores: en ella hay dos grandes armarios con sus puertas, dentro de los cuales se encierra la urna.

CLXX. En Sais, en el mismo templo de Atenea, a espaldas de su capilla y pegado a su misma pared, se halla el sepulcro de cierto personaje, cuyo nombre no me es permitido pronunciar en esta historia. Dentro de aquel sagrado recinto hay también dos obeliscos de mármol, y junto a ellos una laguna hermoseada alrededor con un pretil de piedra bien labrada, cuya extensión, a mi parecer, es igual a la que tiene la laguna de Delos, que llaman _redonda_.

CLXXI. En aquella laguna hacen de noche los egipcios ciertas representaciones, a las que llaman misterios de las tristes aventuras de una persona que no quiero nombrar,[232] aunque estoy a fondo enterado de cuanto a esto concierne; pero en punto de religión, silencio. Lo mismo digo respecto a la iniciación de Deméter o _Tesmoforia_, según la llaman los griegos, pues en ella deben estar los ojos abiertos y la boca cerrada, menos en lo que no exige secreto religioso: tal es que las hijas de Dánao trajesen estos misterios del Egipto,[233] y que de ellas los aprendieron las mujeres pelasgas; que el uso de esta ceremonia se aboliese en el Peloponeso después de arrojados sus antiguos moradores por los dorios, siendo los arcades los únicos que quedaron de la primera raza, los únicos también que conservaron aquella costumbre.

CLXXII. Amasis, de quien es preciso volver a hablar, reinó en Egipto después de la muerte violenta de Apríes: era del distrito de Sais y natural de una ciudad llamada Siuf. Los egipcios al principio no hacían caso de su nuevo rey, vilipendiándole abiertamente como hombre antes plebeyo y de familia humilde y oscura; mas él poco a poco, sin usar de violencia con sus vasallos, supo ganarlos por fin con arte y discreción. Entre muchas alhajas preciosas, tenía Amasis una bacía de oro, en la que así él como todos sus convidados solían lavarse los pies: mandola, pues, hacer pedazos y formar con ellos una estatua de no sé qué dios, la que luego de consagrada colocó en el sitio de la ciudad que le pareció más oportuno a su intento. A vista de la nueva estatua, concurren los egipcios a adorarla con gran fervor, hasta que Amasis, enterado de lo que hacían con ella sus vasallos, los manda llamar y les declara que el nuevo dios había salido de aquel vaso vil de oro en que ellos mismos solían antes vomitar, orinar y lavarse los pies, y era grande sin embargo el respeto y veneración que al presente les merecía una vez consagrado. «Pues bien, añade, lo mismo que con este vaso ha pasado conmigo; antes fui un mero particular y un plebeyo; ahora soy vuestro soberano, y como a tal me debéis respeto y honor». Con tal amonestación y expediente logró de los egipcios que estimasen su persona y considerasen como deber el servirle.

CLXXIII. La conducta particular de este rey y su tenor de vida ordinario era ocuparse con tesón desde muy temprano en el despacho de los negocios de la corona hasta cerca de mediodía;[234] pero desde aquella hora pasaba con su copa lo restante del día bebiendo, zumbando a sus convidados, y holgándose tanto con ellos, que tocaba a veces en bufón, con algo de chocarrero. Mal habidos sus amigos con la real truhanería, se resolvieron por fin a dirigirle una reconvención en buenos términos: «Señor, le dicen, esa llaneza con que os mostráis sobrado humilde y rastrero, no es la que pide el decoro de la majestad, pues lo que corresponde a un real personaje es ir despachando lo que ocurra, sentado magníficamente en un trono majestuoso. Sí así lo hicierais, se reconocieran gobernados los egipcios, con estima de su soberano, por un hombre grande; y vos lograréis tener con ellos mayor crédito y aplauso, pues lo que hacéis ahora desdice de la suprema majestad». Pero el rey por su parte les replicó: «Observo que solo al ir a disparar el arco lo tiran y aprietan los ballesteros, y luego de disparado lo aflojan y sueltan, pues a tenerlo siempre parado y tirante, a la mejor ocasión y en lo más apurado del lance se les rompiera y haría inservible. Semejante es lo que sucede en el hombre que entregado de continuo a más y más afanes, sin respirar ni holgar un rato, en el día menos pensado se halla con la cabeza trastornada, o paralítico por un ataque de apoplejía. Por estos principios, pues, me gobierno, tomando con discreción la fatiga y el descanso». Así respondió y satisfizo a sus amigos.

CLXXIV. Es fama también que Amasis, siendo particular todavía, como joven amigo de diversiones y convites, y enemigo de toda ocupación seria y provechosa, cuando por agotársele el oro no tenía con qué entregarse a la crápula entre sus copas y camaradas, solía rondando de noche acudir a la rapacidad y ligereza de sus manos.[235] Sucedía que negando firmemente los robos de que algunos le acusaban, era citado y traído delante de sus oráculos, muchos de los cuales le condenaron como ladrón, al paso que otros le dieron por inocente. Y es notable la conducta que cuando rey observó con dichos oráculos: ninguno de los dioses que le habían absuelto mereció jamás que cuidase de sus templos, que los adornara con ofrenda alguna, ni que en ellos una sola vez sacrificase, pues por tener oráculos tan falsos y mentirosos no se les debía respeto y atención; y por el contrario se esmeró mucho con los oráculos que le habían declarado por ladrón, mirándolos como santuarios de verdaderos dioses, pues tan veraces eran en sus respuestas y declaraciones.

CLXXV. En honor de Atenea edificó Amasis en Sais unos propileos tan admirables, que así en lo vasto y elevado de la fábrica como en el tamaño de las piedras y calidad de los mármoles, sobrepujó a los demás reyes: además levantó allí mismo unas estatuas agigantadas y unas descomunales _androsfinges_.[236] Para reparar los demás edificios mandó traer otras piedras de extraordinaria magnitud, acarreadas unas desde la cantera vecina a Menfis, y otras de enorme mole traídas desde Elefantina, ciudad distante de Sais veinte días de navegación. Otra cosa hizo también que no me causa menos admiración, o por mejor decir, la aumenta considerablemente. Desde Elefantina hizo trasladar una casa entera de una sola pieza: tres años se necesitaron para traerla y dos mil conductores encargados de la maniobra, todos pilotos de profesión. Esta casa _monolitha_, es decir, de una piedra, tiene 21 codos de largo, 14 de ancho y ocho de alto por la parte exterior, y por la interior su longitud es de 18 codos y 20 dedos, su anchura de 12 codos y de cinco su altura. Hállase esta pieza en la entrada misma del templo, pues, según dicen, no acabaron de arrastrarla allá dentro, porque el arquitecto, oprimido de tanta fatiga y quebrantado con el largo tiempo empleado en la maniobra prorrumpió allí en un gran gemido, como de quien desfallece, lo cual advirtiendo Amasis no consintió la arrastraran más allá del sitio en que se hallaba; aunque no falta quienes pretenden que el motivo de no haber sido llevada hasta dentro del templo fue por haber quedado oprimido bajo la piedra uno de los que la movían con palancas.

CLXXVI. En todos los demás templos de consideración dedicó también Amasis otros grandiosos monumentos dignos de ser vistos. Entre ellos colocó en Menfis, delante del templo de Hefesto, un coloso recostado de 75 pies de largo, y en su misma base hizo erigir a cada lado otros dos colosos de mármol etiópico[237] de 20 pies de altura. Otro de mármol hay en Sais, igualmente grande y tendido boca arriba del mismo modo que el coloso de Menfis mencionado. Amasis fue también el que hizo en Menfis construir un templo a Isis, monumento realmente magnífico y hermoso.

CLXXVII. Es fama que en el reinado de Amasis fue cuando el Egipto, así por el beneficio que sus campos deben al río, como por la abundancia que deben los hombres a sus campos, se vio en el estado más opulento y floreciente en que jamás se hubiese hallado, llegando sus ciudades al número de 20.000,[238]todas habitadas. Amasis es mirado entre los egipcios como el autor de la ley que obligaba a cada uno en particular a que en presencia de su respectivo _nomarca_, o prefecto de provincia, declarase cada año su modo de vivir y oficio, so pena de muerte al que no lo declaraba o no lo mostraba justo y legítimo; ley que, adoptándola de los egipcios, impuso Solón Ateniense a sus ciudadanos, y que siendo en sí muy loable y justificada es mantenida por aquel pueblo en todo su vigor.

CLXXVIII. Como sincero amigo de los griegos, no se contentó Amasis con hacer muchas mercedes a algunos individuos de esta nación, sino que concedió a todos los que quisieran pasar al Egipto la ciudad de Náucratis para que fijasen en ella su establecimiento, y a los que rehusaran asentar allí su morada les señaló lugar donde levantaran a sus dioses aras y templos, de los cuales el que llaman Helénico es sin disputa el más famoso, grande y frecuentado. Las ciudades que, cada cual por su parte, concurrieron a la fábrica de este monumento fueron: entre las jonias, las de Quíos, la de Teos, la de Focea y la de Clazómenas; entre las dóricas, las de Rodas, Cnido, Halicarnaso y Fasélide, y entre las eolias únicamente la de Mitilene. Estas ciudades, a las cuales pertenece el Helénico, son las que nombran los presidentes de aquel emporio o directores de su comercio,[239] pues las demás que pretenden tener parte en el templo solicitan un derecho que de ningún modo les compete. Otras ciudades erigieron allí mismo templos particulares, uno a Zeus los eginetas, otro a Hera los samios, y los milesios uno a Apolo.

CLXXIX. La ciudad de Náucratis era la única antiguamente que gozaba el privilegio de emporio,[240] careciendo todas las demás de Egipto de tal derecho; y esto en tal grado, que al que aportase a cualquiera de las embocaduras del Nilo que no fuera la Canóbica, se le exigía el juramento de que no había sido su ánimo arribar allá, y se le precisaba luego a pasar en su misma nave a la boca Canóbica; y si los vientos contrarios le impedían navegar hacia ella, érale absolutamente forzoso rodear el Delta con las barcas del río, trasladando en ellas la carga hasta llegar a Náucratis: tan privilegiado era el emporio de esta ciudad.

CLXXX. Habiendo abrasado un incendio casual el antiguo templo en que Delfos existía, alquilaron los Anfictiones por 300 talentos a algunos asentistas la fábrica del que allí se ve en la actualidad. Los vecinos de Delfos, obligados a contribuir con la cuarta parte de la suma fijada,[241] iban girando por varias ciudades a fin de recoger limosna para la nueva fábrica; y no fue ciertamente del Egipto de donde menos alcanzaron, habiéndoles dado Amasis 1000 talentos de alumbre y 20 minas los griegos allí establecidos.

CLXXXI. Formó Amasis un tratado de amistad y alianza mutua con los de Cirene, de entre los cuales no se desdeñó de tomar una esposa, ya fuera por antojo o pasión de tener por mujer a una griega, ya por dar a estos una nueva prueba de su afecto y unión. La mujer con quien casó se llamaba Ládice, y era, según unos, hija de Batto; según otros, de Arcesilao, y según algunos, en fin, lo era de Critóbulo, hombre de gran autoridad y reputación en Cirene. Cuéntase que Amasis, durmiendo con su griega, jamás podía llegar a conocerla, siendo por otra parte muy capaz de conocer a las otras mujeres. Y viendo que siempre sucedía lo mismo, habló a su esposa de esta suerte: «Mujer: ¿qué has hecho conmigo? ¿qué hechizos me has dado? Perezca yo, si ninguno de tus artificios te libra del mayor castigo que jamás se dio a mujer alguna». Negaba Ládice; mas por eso no se aplacaba Amasis. Entonces ella va al templo de Afrodita, y hace allí un voto prometiendo enviar a Cirene una estatua de la diosa, con tal que Amasis la pudiera conocer aquella misma noche, único remedio de su desventura. Hecho este voto, pudo conocerla el rey, y continuó lo mismo en adelante, amándola desde entonces con particular cariño. Agradecida Ládice, envió a Cirene, en cumplimiento de su voto, la estatua prometida, que se conserva allí todavía, vuelta la cara hacia fuera de la ciudad. Cuando Cambises se apoderó después del Egipto, al oír de la misma Ládice quién era, la remitió a Cirene sin permitir se la hiciera el menor agravio en su honor.

CLXXXII. En la Grecia ofreció Amasis algunos donativos religiosos; tal es la estatua dorada de Atenea que dedicó en Cirene con un retrato suyo que al vivo le representa; tales son dos estatuas de mármol de Atenea, ofrecidas en Lindos,[242] juntamente con una coraza de lino, obra digna de verse; y tales son, en fin, dos estatuas de madera de Hera que hasta mis días estaban en el gran templo de Samos colocadas detrás de sus puertas. En cuanto a las ofrendas de Samos, hízolas Amasis por la amistad y vínculo de hospedaje que tenía con Polícrates, hijo de Eaces y señor de Samos. Por lo que toca a los donativos de Lindos, no le indujo a hacerlos ningún motivo de amistad, sino la fama solamente de que llegadas allí las hijas de Dánao, al huir de los hijos de Egipto, fueron las fundadoras de aquel templo. Estos dones consagró, en suma, en Grecia Amasis, quien fue el primero que, conquistada la isla de Chipre, la obligó a pagarle tributo.[243]

LIBRO TERCERO.

TALÍA.

Expedición de Cambises al Egipto: derrota de los egipcios. Intenta Cambises conquistar la Etiopía; relación de los descubridores enviados a este país y desgracias de los expedicionarios. — Búrlase Cambises de los dioses egipcios: sus locuras y muerte de su hermano y esposa. — Fortuna de Polícrates, el tirano de Samos, a quien atacan los lacedemonios y corintios. — Álzase contra Cambises el mago Esmerdis y se apodera del trono de Persia: muerte de Cambises. — Descúbrese la impostura del mago y muere a manos de los siete conjurados. — Artificio de Darío para subir al Trono. — Contribuciones del Imperio persa. — Descripción de la India, Arabia y sus producciones. — Oretes, gobernador de Sardes, mata a Polícrates: castigo de Oretes. — Artificio del médico Democedes para regresar a Grecia. — Darío ayuda a Silosonte para recobrar a Samos. — Rebelión de Babilonia, su asedio y reconquista.