Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 18

Chapter 184,223 wordsPublic domain

CXLII. A propósito de lo referido, decíanme los egipcios a una con sus sacerdotes, y lo comprobaban con sus monumentos, que contando desde el primer rey hasta el sacerdote de Hefesto, el último que allí reinó, habían pasado en aquel período 341 generaciones de hombres, en cuyo trascurso se habían ido sucediendo en Egipto otros tantos sumos sacerdotes e igual número de reyes. Contando, pues, 100 años por cada 3 generaciones, las 300 referidas dan la suma de 10.000 años, y las 41 que restan además, componen 11.340. En el espacio de estos 11.340 años decían que ningún Dios hubo en forma humana, añadiendo que ni antes ni después, en cuantos reyes había tenido Egipto, se vio cosa semejante. Contaban, empero, que en el tiempo mencionado, el sol había invertido por cuatro veces su carrera natural,[203] saliendo dos veces desde el punto donde regularmente se pone, y ocultándose otras dos en el lugar de donde nace por lo común, sin que por este desorden del cielo se hubiese alterado cosa alguna en Egipto, así de las que nacen de la tierra, como de las que proceden del río, ni en las enfermedades, ni en las muertes de los habitantes.

CXLIII. Contaré un suceso curioso. Hallándose en Tebas, antes que yo pensara en pasar allá, el historiador Hecateo, empezó a declarar su ascendencia, haciendo derivar su casa de un dios, que era el decimosexto de sus abuelos. Con esta ocasión hicieron con él los sacerdotes de Zeus Tebano lo mismo que practicaron después conmigo, aunque no deslindase mi genealogía, pues me entraron en un gran templo y me fueron enseñando tantos colosos de madera cuantos son los sumos sacerdotes que, como expresé, han existido, pues sabido es que cada cual coloca allí su imagen mientras vive. Iban, pues, mis conductores contando y mostrándome por orden las estatuas, diciendo: «Este es el hijo del que acabamos de mirar, como puedes verlo, por lo que se parece a su inmediato predecesor»; y de este modo me hicieron reconocer las efigies y recorrerlas de una en una. Algo más hicieron con Hecateo, pues como él se envaneciera de su ascendencia, haciéndose proceder de un dios, su antepasado, le dieron en ojos con la serie y generación de sus sacerdotes, no queriendo sufrirle la suposición de que un hombre pudiera haber nacido de un dios, y dándole cuenta, al deslindarle la sucesión de sus 345 colosos, que cada uno había sido no más un _piromis_, hijo de otro _piromis_ (esto es, un hombre bueno hijo de otro, pues _piromis_ equivale en griego a bueno y honrado), sin que ninguno de ellos descendiese de padre dios ni de héroe alguno. En fin, concluían que los representados por las estatuas que enseñaban habían sido todos grandes hombres, como decían, pero ninguno que de muy lejos fuera dios.

CXLIV. Verdad es, añadían, que antes de estos hombres los dioses eran quienes reinaban en Egipto, morando y conversando entre los mortales, y teniendo siempre uno de ellos imperio soberano. El último dios que reinó allí fue Oro, hijo de Osiris, llamado por los griegos Apolo, quien terminó su reino después de haber acabado con el de Tifón. A Osiris le llamamos en griego Dioniso, esto es, el _Libre_.

CXLV. Entre los griegos noto que son tenidos por los dioses más modernos Heracles, Dioniso y Pan; mientras al contrario entre los egipcios es Pan un dios antiquísimo, reputado por uno de los dioses primeros, como los llaman; Heracles por uno de los doce dioses que llaman de segunda clase, y Dioniso por uno de los dioses terceros, que fueron hijos de los doce segundos. Tengo arriba declarados los muchos años que corrieron desde Heracles hasta el rey Amasis, según los egipcios, quienes pretenden fueron más los que trascurrieron desde Pan, pero menos los que pasaron después de Dioniso, aunque entre este y el rey Amasis no mediaron menos de 15.000 años a lo que dicen: y de este cómputo de años, cuya cuenta llevan siempre y notan por escrito, pretenden estar muy ciertos y seguros. Pero en cuanto al Dioniso o Baco griego, que dicen nacido de Semele, hija de Cadmo, desde su nacimiento hasta la presente era median 1600 años[204] a más largar, y desde Heracles, el hijo de Alcmena, habrá unos 900, y desde Pan al de Penélope, de la cual y de Hermes creen los griegos nacido este dios, han corrido hasta mi edad 800 años a lo más, menos sin duda de los que se cuentan posteriores a la guerra de Troya.

CXLVI. Siga, empero, cada cual la que más le acomodare de estas dos cronologías pues yo me contento con haber declarado lo que por ambos pueblos se piensa acerca de dichos dioses. Solo añadiré, que si se da por cosa tan constante y recibida el que los dos dioses cuya edad se controvierte, Dioniso, el hijo de Semele, y Pan el de Penélope, nacieron y vivieron en Grecia hasta la vejez, como lo es esto respecto de Heracles, el hijo de Anfitrión, pudiera decirse con razón en este caso que Dioniso y Pan, dos hombres como los demás, se alzaron con el nombre de aquellos dos dioses, y así las dificultades quedarían allanadas. Pero se opone el inconveniente de que los griegos pretenden que su Dioniso, apenas malamente nacido, pues Zeus lo encerró dentro de uno de sus muslos, fue llevado a Nisa, que está en Etiopía, más allá de Egipto: tanto distan de creer que se criara y viviera en Grecia como hombre natural. Mayor es la confusión y enredo respecto de Pan, del cual ni aun los griegos saben decir dónde paró después de nacido. De aquí, en una palabra, se deduce que los griegos no oyeron el nombre de los dos dioses citados sino mucho después de oído el de los demás dioses, y que desde la época en que empezaron a nombrarlos, les forjaron la genealogía. Hasta aquí he hecho hablar a los egipcios.

CXLVII. Voy a referir lo que sucedió en aquel país, según dicen otros pueblos y los naturales asimismo confirman, sin dejar de mezclar en la narración algo de lo que por mí mismo he observado. Viéndose libres e independientes los egipcios después del reinado del mencionado sacerdote de Hefesto, y hallándose sin rey, como si fueran hombres nacidos para servir siempre a algún soberano, dividieron el Egipto en doce partes, nombrando doce reyes a la vez.[205] Enlazados mutuamente desde luego con el vínculo de los casamientos, reinaban estos, atenidos a ciertos pactos de que no se quitarían el mando unos a otros, que ninguno de ellos pretendería lograr más autoridad y poder que los demás, y que todos conservarían entre sí la mejor amistad y más perfecta armonía. Movioles a convenir en esta mutua igualdad y alianza común, y a procurarla consolidar con toda seguridad y firmeza, un oráculo que les anunció, apenas apoderados del mando, que vendría a ser señor de todo el Egipto aquel de entre ellos que en el templo de Hefesto libase a los dioses en una taza de bronce; aludiendo el oráculo a la costumbre que observaban de sacrificar juntos en todos los templos.

CXLVIII. Reinando, pues, con tal unión, acordaron dejar un monumento en nombre común de todos, y con esta objeto construyeron el laberinto, algo más allá de la laguna Meris, hacia la ciudad llamada de los Cocodrilos.[206] Quise verlo por mí mismo, y me pareció mayor aún de lo que suele decirse y encarecerse. Me atreveré a decir que cualquiera que recorriese las fortalezas, muros y otras fábricas de los griegos, que hacen alarde de su grandeza, ninguna hallará entre todas que no sea menor e inferior en coste y en trabajo a dicho laberinto. No ignoro cuán magníficos son los templos, el de Éfeso y el de Samos, pero es menester confesar que las pirámides les hacen tanta ventaja que cada una de estas puede compararse con muchas obras juntas de los griegos, aunque sean de las mayores; y con todo, es el laberinto monumento tan grandioso que excede por sí solo a las pirámides mismas. Compónese de doce palacios cubiertos, contiguos unos a otros y cercados todos por una pared exterior, con las puertas fronteras entre sí; seis de ellos miran al norte y seis al mediodía. Cada uno tiene duplicadas sus piezas, unas subterráneas, otras en el primer piso, levantadas sobre los sótanos, y hay 1500 de cada especie, que forman entre todas 3000. De las del primer piso, que anduve recorriendo, hablaré como testigo de vista; a las subterráneas solo las conozco de oídas, pues que los egipcios, a cuyo cargo están, se negaron siempre a enseñármelas, dándome por razón el hallarse abajo los sepulcros de los doce reyes fundadores y dueños del laberinto, y las sepulturas de los cocodrilos sagrados; y de tales estancias por lo mismo solo hablaré por lo que me refirieron. En las piezas superiores, que cual obra más que humana por mis ojos estuve contemplando, admiraba atónito y confuso sus pasos y salidas entre sí, y las vueltas y rodeos tan varios de aquellas salas, pasando de los salones a las cámaras, de las cámaras a los retretes, de estos a otras galerías, y después a otras cámaras y salones. El techo de estas piezas y sus paredes cubiertas de relieves y figuras son todas de mármol. Cada uno de los palacios está rodeado de un pórtico sostenido con columnas de mármol blanco perfectamente labrado y unido. Al extremo del laberinto se ve pegada a uno de sus ángulos una pirámide de cuarenta orgias, esculpida de grandes animales, a la cual se va por un camino fabricado bajo de tierra.

CXLIX. Mas aunque sea el laberinto obra tan rica y grandiosa, causa todavía mayor admiración la laguna que llaman Meris, cerca de la cual aquel se edificó. Cuenta la laguna de circunferencia 3000 estadios, medida que corresponde a 60 esquenos, los mismos cabalmente que tienen de longitud las costas marítimas de Egipto; corre a lo largo de norte a mediodía, y tiene 50 orgias de fondo en su mayor profundidad.[207] Por sí misma declara que es obra de manos y artificial. En el centro de ella, a corta diferencia, vense dos pirámides que se elevan sobre la flor del agua 50 orgias, y abajo tienen otras tantas de cimiento, y encima de cada una se ve un coloso de mármol sentado en su trono: aunque ambas pirámides vienen a tener 100 orgias, que forman cabalmente un estadio _hexapletro_ o de 600 pies, contando la orgia a razón de 6 pies o de 4 codos, midiendo el pie por 4 palmos y el codo por 6. Siendo el terreno en toda la comarca tan árido y falto de agua, no puede esta nacer en la misma laguna, sino que a ella ha sido conducida por un canal derivado del Nilo; y en efecto, pasa desde el río a la laguna durante seis meses, en los cuales la pesca reditúa al fisco 20 minas diarias, y sale de la laguna en los otros seis meses, que producen al mismo fisco un talento de plata cada día.[208]

CL. Más notable es lo que me decían los naturales, que el agua de su laguna, corriendo por un conducto subterráneo tierra adentro hacia poniente, y pasando cerca del monte que domina a Menfis, iba a desembocar en la sirte de la Libia.[209] No viendo yo en parte alguna amontonada la tierra que debió sacarse al abrir tan gran laguna, movido de curiosidad, y deseoso de saber qué se había hecho de tanto material excavado, pregunté a la gente de los alrededores dónde estaba la infinita arena extraída de aquella hoya. Diéronme a esto satisfacción y respuesta, y de ella quedé persuadido apenas me la indicaron, sabiendo que en Nínive, ciudad de los asirios, había sucedido un caso muy semejante al que referían. Allí unos ladrones concibieron el designio de robar los muchos tesoros que Sardanápalo, rey de Nínive,[210] en un erario subterráneo tenía cuidadosamente guardados. Con este objeto, medida la distancia, empiezan desde su casa a cavar una mina hacia el palacio del rey: iban por la noche echando al Tigris, río que atraviesa la ciudad de Nínive, la tierra que excavaban de la mina, y de este modo prosiguieron hasta salir al cabo con su intento. Lo mismo oí haber sucedido en la excavación de la citada laguna, con la diferencia que se ejecutaba de día la maniobra, sin tener que aguardar a la oscuridad de la noche, y la tierra que iban extrayendo la llevaban al Nilo, el cual, recibiéndola en su corriente, no podía menos de arrastrarla en ella e irla disipando.

CLI. Referido el modo con que se abrió la laguna Meris, volvamos a los doce reyes, quienes, gobernando con suma equidad y entereza, en el tiempo legítimo hacían un sacrificio en el templo de Hefesto. Venido el último día de la solemnidad, y preparándose a hacer las libaciones religiosas, al irles a presentar las copas con que solían hacerlas, el sumo sacerdote, por equivocación, sacó once no más para los doce reyes. Entonces Psamético, el último de la fila real, viendo que le faltaba su copa, echó mano de su casco, lo alargó e hizo con él su libación, medio realmente obvio para salir del lance, pues que todos los reyes solían ir con casco, y los doce, en efecto, lo llevaban en aquel instante. Aparecía claramente que Psamético había alargado su casco sin sombra de engaño o mala fe; pero, sin embargo, los once reyes, atendiendo por una parte a su acción, recordando por otra el oráculo, que les tenía predicho que vendría a ser soberano de todo Egipto aquel de entre ellos que libase con copa de bronce, tomaron seria resolución sobre lo acaecido, y aunque no creyeron justo quitar la vida a Psamético, conociendo por sus palabras que no había obrado en aquello con deliberación o fin particular, acordaron con todo que, casi enteramente privado de su poder, fuese desterrado y confinado en los pantanos, con orden de no salir de ellos ni entrometerse en el gobierno de lo restante del Egipto.[211]

CLII. El desgraciado Psamético, cuyo padre, Neco, había sido muerto por orden del etíope Sabacón,[212] se había ya visto anteriormente precisado a refugiarse en Siria, huyendo de las manos del etíope, hasta que, habiéndose retirado este amedrentado por su sueño, fue llamado otra vez a Egipto por sus paisanos del distrito de Sais. Y ahora, siendo ya rey, por la inadvertencia de haber convertido en copa su casco, sucediole la segunda desventura de que sus once colegas en el reino le confinasen en los pantanos del Egipto. Viéndose, pues, inocente, calumniado y oprimido por la violencia de sus compañeros, pensó seriamente en vengarse de sus perseguidores; y para lograr su intento envió a consultar el oráculo de Leto en la ciudad de Buto, al que miran los egipcios como el más verídico. Diósele por contestación que el socorro y venganza deseada le vendrían por el mar, cuando a las costas llegasen unos hombres de bronce; respuesta que le llenó de desconfianza y abatió las alas de su corazón por lo ridículo e imposible de los auxiliares que se le prometían. No pasó mucho tiempo, sin embargo, que ciertos jonios y carios que iban en corso[213] aportasen al Egipto, obligados de la necesidad. Saltaron a tierra armados con su arnés de bronce, y un egipcio que jamás había visto tales armaduras, corre hacia los pantanos, y avisando a Psamético de lo que pasaba, dícele que acababan de venir por mar unos hombres de bronce, que saltando en tierra la robaban y saqueaban. Conociendo Psamético desde luego que iba cumpliéndose la predicción del oráculo, recibió con grandes muestras de amistad a los piratas de Jonia y de Caria, y no paró hasta que a fuerza de promesas y del ventajoso partido que les proponía, logró de ellos que se quedaran a su servicio, con cuyo socorro y con el de los egipcios de su bando, salió al cabo vencedor de los once reyes,[214] acabando con todo su poder.

CLIII. Apoderado Psamético de todo el Egipto, levantó en Menfis, dedicándolos a Hefesto, los portales o propileos que miran al mediodía, y enfrente de ellos fabricó en honor de Apis un palacio rodeado de columnas y lleno de figuras esculpidas, en el cual el dios Apis, cuyo nombre griego es _Épafo_,[215] se cría y mora, siempre que aparece a los egipcios: las columnas del palacio son otros tantos colosos de doce codos cada uno.

CLIV. En cuanto a los jonios y carios que sirvieron como tropas mercenarias en la conquista, recibieron de Psamético en recompensa de su servicio ciertas propiedades, unas enfrente de otras, por medio de las cuales corre el Nilo, y a las que puso el nombre de reales, sin dejar de darles el monarca, no contento con esta recompensa, lo demás que les tenía prometido.[216] Entregoles asimismo ciertos niños egipcios para que cuidasen de instruirlos en la lengua griega, y los que al presente son intérpretes de ella en Egipto descienden de los que entonces la aprendieron. Los campos que los jonios y carios poseyeron largo tiempo, no distan mucho de la costa, y caen un poco más abajo de la ciudad de Bubastis, cerca de la boca Pelusia del Nilo, como la llaman. Andando el tiempo, estos mismos extranjeros, transplantados de sus campos, fueron colocados en Menfis por el rey Amasis, quien en ellos quiso tener un cuerpo de guardias contra los egipcios. Desde el tiempo en que dichas tropas se domiciliaron en Egipto, por medio de su trato y comunicación, nosotros los griegos sabemos con exactitud y puntualidad la historia del país, contando desde Psamético y siguiendo los sucesos posteriores a su reinado. Los jonios o carios fueron los primeros colonos de extranjero idioma que en Egipto se establecieron; y aun en mis días veíase en los lugares desde los cuales fueron trasladados a Menfis las atarazanas de sus naves y las ruinas de sus habitaciones. Ved aquí el modo como Psamético llegó a apoderarse del Egipto.

CLV. Bien me acuerdo de lo mucho que llevo dicho acerca del oráculo egipcio arriba mencionado, pero quiero añadir algo más en su alabanza, pues digno es de ella. Este oráculo egipcio, dedicado a Leto, se halla situado en una gran ciudad vecina a la boca del Nilo que llaman Sebenítica, al navegar río arriba desde el mar, cuya ciudad, según antes expresé, es Buto, y en ella hay asimismo un templo de Apolo y de Artemisa. El de Leto, asiento del oráculo, además de ser una obra en sí grandiosa, tiene también su propileo de diez orgias de elevación. Pero de cuanto allí se veía, lo que mayor maravilla me causó fue la capilla o nicho de Leto que hay en dicho templo, formada de una sola piedra, así en su longitud como en su anchura.[217] Sus paredes son todas de una medida y de cuarenta codos cada una; la cubierta de la capilla, que le sirve de techo, la forma otra piedra, cuyo alero solo tiene cuatro codos. Esta capilla de una pieza, lo repito, es en mi concepto lo más admirable de aquel templo.

CLVI. El segundo lugar merece se le dé por su singularidad la isla llamada de Quemis, situada en una profunda y espaciosa laguna que está cerca de un templo de la mencionada ciudad de Buto. Los egipcios pretendían que era una isla flotante; mas puedo afirmar que no la vi nadar ni moverse, y quedé atónito al oír que una isla pueda nadar en realidad.[218] Hay en ella un templo magnífico de Apolo, en que se ven tres aras levantadas, y está poblada de muchas palmas y de otros árboles, unos estériles, otros de la clase de los frutales. No dejan los naturales de dar la razón en que se apoyan para creer esta isla flotante: dicen que Leto, una de las ocho deidades primeras que hubo en Egipto, tenía su morada en Buto, donde al presente reside su oráculo, y en aquella isla no flotante todavía recibió a Apolo, que en depósito se le entregó a la diosa Isis, y allí pudo salvarle escondido, cuando vino a aquel lugar Tifón, que no dejaba guarida sin registrar, para apoderarse de aquel hijo de Osiris. Apolo y Artemisa, según los egipcios, fueron hijos de Dioniso y de Isis;[219] y Leto fue el ama que los crió y puso en salvo. En egipcio Apolo se llama Horus. Deméter se dice Isis, y Artemisa lleva el nombre de Bubastis; y en esta creencia egipcia y no en otra alguna se fundó Esquilo, hijo de Euforión, para hacer en sus versos a Artemisa hija de Deméter, aunque en esto se diferencia de los demás poetas que han existido. Tal es la razón por que los egipcios creen a su isla movediza.

CLVII. De los 59 años que reinó Psamético en Egipto[220] tuvo bloqueada por espacio de 29 a Azoto, gran ciudad de la Siria, que al fin rindió; habiendo sido aquella plaza, entre todas cuantas conozco, la que por más tiempo ha sufrido y resistido el asedio.

CLVIII. Neco sucedió en el reinado a su padre Psamético, y fue el primero en la empresa de abrir el canal,[221] continuado después por el persa Darío, que va desde el Nilo hacia el mar Eritreo, y cuya longitud es de cuatro días de navegación, y tanta su latitud que por él pueden ir a remo dos galeras a la par. El agua del canal se tomó del Nilo, algo más arriba de la ciudad de Bubastis, desde donde va siguiendo por el canal, hasta que desemboca en el mar Eritreo, cerca de Patumo, ciudad de Arabia. Empezose la excavación en la llanura del Egipto, limítrofe de la Arabia, con cuya llanura confina por su parte superior el monte que se extiende cerca de Menfis, en el cual se hallan las canteras ya citadas. Pasando la acequia por el pie de este monte, se dilata a lo largo de poniente hacia levante, y al llegar a las quebradas de la cordillera, tuerce hacia el Noto o mediodía y va a dar en el golfo Arábigo. Para ir del mar boreal o Mediterráneo al meridional, que es el mismo que llamamos Eritreo, el más breve atajo es el que se toma desde el monte Casio, que divide el Egipto de la Siria y dista del golfo Arábigo mil estadios; esta es, repito, la senda más corta, pues la del canal es tanto más larga, cuantas son las sinuosidades que este forma. Ciento veinte mil hombres perecieron en el reinado de Neco en la excavación del canal, aunque este rey lo dejó a medio abrir, por haberle detenido un oráculo, diciéndole que se daba prisa para ahorrar fatiga al bárbaro, es decir, extranjero, pues con aquel nombre llaman los egipcios a cuantos no hablan su mismo idioma.

CLIX. Dejando, pues, sin concluir el canal, Neco volvió su atención a las expediciones militares. Mandó construir galeras, de las cuales unas se fabricaron en el Mediterráneo, otras en el golfo Arábigo o Eritreo, cuyos arsenales se ven todavía, sirviéndose de estas armadas según pedía la oportunidad. Con el ejército de tierra venció a los sirios en la batalla que les dio en Magdolo,[222] a la cual siguió la toma de Caditis, gran ciudad de Siria; y con motivo de estas victorias consagró al dios Apolo el mismo vestido que llevaba al hacer aquellas proezas, enviándolo por ofrenda a Bránquidas, santuario célebre en el dominio de Mileto. Cumplidos 16 años de reinado, dejó Neco en su muerte el mando a su hijo Psamis.

CLX. En tiempo del rey Psamis, presentáronse en Egipto unos embajadores de los eleos con la mira de hacer ostentación en aquella corte, y dar noticia de un certamen que decían haber instituido en Olimpia con la mayor equidad y discreción posible, persuadidos de que los egipcios mismos, nación la más hábil y discreta del orbe, no hubieran acertado a discurrir unos juegos mejor arreglados. El rey, después de haberle dado cuenta los eleos del motivo que los traía, formó una asamblea de las personas tenidas en el país por las más sabias e inteligentes, quienes oyeron de boca de los eleos el orden y prevenciones que debían observarse en su público certamen, y escucharon la propuesta que les hicieron, declarando que el fin de su embajada era conocer si los egipcios serían capaces de inventar y discurrir algo que para el objeto fuera mejor y más adecuado. La asamblea, después de tomar acuerdo, preguntó a los eleos si admitían en los juegos a sus paisanos a la competencia y pretensión; y habiéndosele respondido que todo griego, así eleo como forastero, podía salir a la palestra, replicó luego que esto solo echaba a tierra toda equidad, pues no era absolutamente posible que los jueces eleos hicieran justicia al forastero en competencia con un paisano; y que si querían unos juegos públicos imparciales y con este fin venían a consultar a los egipcios, les daban el consejo de excluir a todo eleo de la contienda, y admitir tan solo al forastero.[223] Tal fue el aviso que aquellos sabios dieron a los eleos.