Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 88

Chapter 883,988 wordsPublic domain

Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver deslizarse delante de él como pretendiendo precederle, llevarle, á un lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del marqués de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqués de la Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos.

Entonces, erizados los cabellos de espanto, pálido, trémulo, cubierto de un sudor frio, penetraba en la cámara, donde sufriendo un largo, doloroso é inútil martirio, dormitaba Angiolina y exclama:

--¡Vino! ¡adorada de mi alma! ¡dame vino! ¡necesito embriagarme, dormir entre tus brazos, olvidar! ¿No oyes que quiero olvidar, ó tú tambien me haces traicion?

Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de vino un cáliz que servia de copa á Aben-Aboo y se le servia.

Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de Angiolina, que cumplia heróicamente su palabra empeñada á Harum-el-Geniz, de procurar saber, á costa del último de los sacrificios que podian exigírsela, el paradero de Amina.

En vano habia apurado cuantos recursos encontró su astucia: en vano habia tendido hábiles lazos á Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: ó Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina, ó el recelo le hacia ser prudente aun en sus momentos de embriaguez.

Al fin Angiolina se vió obligada á guardar silencio acerca de Amina á consecuencia del siguiente diálogo que tuvo con Aben-Aboo.

--¿Qué te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer?

--Tengo un gran interés, dijo con acento profundo Angiolina.

--¡Un gran interés! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una mirada friamente investigadora: ¡Ah! ¡sí, es verdad! tú amabas al marqués de la Guardia, y acaso le amas aun, á pesar de que sabes por mi boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado la misma tierra que le sirve de sepultura.

--¿Y qué me importa el marqués de la Guardia? repuso Angiolina: ¿acaso no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? ¿puede amar una mujer como yo á un hombre que la pospone á otra? No, la sultana Amina me interesa, no por el marqués á quien Dios perdone, como yo le he perdonado, sino por tí.

--¿Por mí?

--Si ciertamente: ¿no te amo yo?

--Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jóven: criado en la montaña, pensando siempre en la corona que estoy á punto de perder ó ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado á mi corazon. Pero te ví, y no sé qué destino incomprensible, poderoso, arrastró mi alma y la impulsó á unirse á la tuya. Te tuve á mi lado, al lado de mi madre en Cádiar: creí tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia fuiste á dar en manos de Aben-Humeya, sentí lo que nunca habia sentido por una mujer: la rabia de los zelos: tú acaso fuiste una de las causas mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya.

--Pero tú sabes que Aben-Humeya me amó en vano....

--He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste á mi cuello, sabes lo que sentí...

--Tú te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres.

--Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jamás las incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. ¿Pero sabes lo que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclareciéndola, como pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me decia:--«Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que ansías, son una serpiente que pretende ahogarte.» Y cuando este recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento terrible pasa por mi cabeza.

--¿Y qué pensamiento es ese que te inspira tu delirio?

--El de ahogarte antes de que me ahogues tú.

Sonrió lánguidamente Angiolina y repuso:

--Ni yo te ahogaré, porque te amo, ni el amor que sientes por mí te permitiria ahogarme. ¡Oh! ¡no! tus recelos pueden menos que tu amor. Tú, si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me llamarás tu sultana, tu adorada sultana.

--Pero esa tenacidad en nombrarme á Amina....

--¡Tengo zelos!

--¡Zelos!

--Ella es una sultana poderosa.

Sonrió sesgadamente Aben-Aboo.

--¿Y dónde están los monfíes? ¿qué se han hecho esos valientes? pregunta á Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y él te contestará:--«Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido á la clemencia del rey de España, los otros han pasado á Africa y los que quedan aquí vagan sueltos por la montaña sin obedecer á capitan alguno? ¡La poderosa sultana! ¿Dónde está su alcazar tan maravilloso de que nos hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfíes? Sueño, sueño todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de la montaña.

--¡Sueño! ¿pretenderás hacerme creer que la hija del emir, la sultana Amina, ó doña Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un sueño?

--Como un sueño ha pasado, repuso Aben-Aboo.

--¡Que ha pasado!

--Si; ha muerto: ha muerto de hambre....

--¡De hambre!

--Si; yo.... por recelo de que los monfíes me vendiesen.... porque yo siempre he desconfiado de ellos, pretendí tener en rehenes á la sultana Amina, y la guardé en una cueva.... no importa dónde. Yo mismo iba á llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de que yo volviera á apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada; cuando fuí en su busca la encontré muerta.

--¡Muerta!

--Si; muerta de hambre.

Angiolina calló dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevió á dudar de ella.

--Lléname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo.

Angiolina le sirvió la copa de nuevo.

--Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba á embriagarse, será distinto, amada mia: no estaremos en este triste castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos veremos obligados á pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito embriagarme para tener paciencia.

Angiolina presentó otra vez la copa á Aben-Aboo. Este acabó de embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia visto Angiolina.

--¡Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez respecto á mí y á Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente deshacernos de él. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqués de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡iluminadme!

Angiolina se sentó en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoyó su cabeza pensativa en sus manos.

--Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus habitaciones por una pequena puerta de hierro, que está al fin de una galería. Luego cierra, y cuando vuelve, torna á cerrar y guarda cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese...

Angiolina se inclinó sobre Aben-Aboo y contempló su semblante con una atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movió y no despertó: entonces cerró la puerta de la cámara, para evitar ser vista, se acercó rápidamente á Aben-Aboo, palpó sus ropas, y encontró bajo de ellas una llave y una cartera.

Guardó la llave y se acercó á la luz y abrió temblando de impaciencia la cartera.

Encontró dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban escritas en árabe; pero entre ellas encontró una sola que estaba escrita en castellano. Angiolina dió un grito de alegría. Al pié de aquella carta se leia como firma: Esperanza de Cárdenas.

--¡Es de ella! exclamó: pero esta carta no es una prueba de que vive: esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos.

Y leyó lo siguiente:

«Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto debeis á mi padre, no sé lo que pensar de vos. El estado en que me encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo volverme loca. ¿Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra protegido por mi padre? Os engañais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me vísteis, ¿por qué no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alcázar subterráneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo, la de mi hija. No sé si han muerto ó si viven, pues aunque vos me asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. ¿Y cómo lo sois si vive Aben-Humeya, si vive mi padre? ¿y si no viven, cómo han muerto? Desesperada por no veros, he pedido á Alí, que os suplique de mi parte que vengais á verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le he pedido que me traiga con qué escribiros, y lo ha hecho y os escribo. Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo. Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas: si no habeis de devolverme á los mios, matadme: al menos descansaré: pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa, soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible conducta. Volvedme á los mios y nada temais porque los mios os perdonaran.--De mi tumba á 10 de marzo de 1571.--Esperanza de Cárdenas.»

--¡Ah! exclamó Angiolina, ¡no ha muerto! ¡no! ¡ese miserable me ha engañado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos á 13: si, no hay duda; durante estos tres dias, Alí ha recibido de Aben-Aboo esta llave y ha salido por la puerta de hierro de la galería: despues de algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave á Aben-Aboo. Pretender seducir á Alí, es un delirio: sirve á su amo con cuerpo y alma. Pues bien: esta llave está en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos.

Y Angiolina salió de la cámara, se aventuró por un laberinto de estrechos corredores, llegó al extremo de uno delante de una puerta de hierro, y puso la llave en su cerradura.

La puerta se abrió y Angiolina tornándola á cerrar, alumbrándose con la lámpara que habia tomado de la cámara de Aben-Aboo, empezó á descender por una estrecha escalera de ojo.

Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un hombre atlético, que se alumbraba con una linterna, llegó á la puerta y la golpeó furioso.

--¡Ah! exclamó: estas malditas visiones que mi señor me ha metido en la cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido miedo, pero no: es ella, es doña Angélica; la he reconocido al volverse para cerrar la puerta. El señor no puede haberla dado esa llave. Me hubiera avisado.

Y Alí partió desalado á la cámara de su señor.

--¡Ah! ¡está borracho! ¡aletargado! gritó con rabia Alí: yo tengo una yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras voy por ella; mientras esprimo su zumo... ¡oh! y es preciso... preciso de todo punto.

Alí salió y permaneció fuera algun tiempo.

Cuando tornó traia en la mano una copa: cogió la cabeza de Aben-Aboo, le abrió la boca y derramó en ella parte del líquido que la copa contenia, poco despues, y como por un efecto mágico, Aben-Aboo despertó y volvió en sí de una manera completa.

--¡Oh! ¡qué horrible dolor en las sienes! exclamó.

--Os han embriagado señor, y ha sido preciso que yo me valga de unas yerbas para haceros volver en vos.

--¿Y quién te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. ¿Por qué no me has dejado dormir?

--Una sola palabra, señor; dijo Alí: ¿habeis dado á doña Angélica la llave de la puerta de las cuevas del castillo?

--No; dijo Aben-Aboo: tú estás soñando Alí.

--Doña Angélica ha entrado hace media hora por esa puerta.

--¡Doña Angélica! exclamó Aben-Aboo todo trémulo buscando la llave entre sus ropas. ¡Oh! me ha robado la llave. Esa mujer está zelosa de Amina. Esa mujer es terrible: será capaz de matarla y no nos conviene que la sultana muera.

Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto á las intenciones de Angiolina.

--Pronto, pronto, exclamó lanzándose á la puerta.

Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta en un toque particular.

Aquel toque se repitió tres veces.

--Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres: es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera á la sultana, abre antes á Abu-Amer: sepamos qué noticias nos trae: que esten preparados los escopeteros que nos quedan.

Alí salió deshalado.

Poco despues entró con un morisco viejo, pero robusto, enérgico, que le dijo alentando apenas:

--Sálvate, señor: sálvate por las minas: ¡te hacen traicion!

--¿Y quién me hace traicion?

--Harum-el-Geniz.

--¡Oh! ¡imposible!

--Lo sé: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos.

--¿Y qué has visto? ¿qué has escuchado?

--Los monfíes, todos los monfíes sin faltar uno, cercan el castillo de Vérchul.

--¡Ah! ¡los monfíes sin faltar uno! pero si los monfíes estan vencidos, fugitivos...

--Te engañas señor: son en tanto número, como cuando vivia el emir.

--Tú has soñado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejército de diez mil monfíes.

--¡Pues todos estan allí!

--Pero si su número se habia reducido á la tercera parte... si apenas podian ayudarme.....

--Los monfíes te han engañado, te han abandonado, te han hecho traicion; han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante del cristiano: recuerda señor: recuerda, créeme y sálvate.

--Pero ¿por dónde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los detengan?

--No lo sé: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si les falta la tierra: ó estan en inteligencia con los cristianos...

--Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos...

--Las minas...

--Si los monfíes vienen contra mí, habran tomado las salidas.

--Acaso no las conozcan, señor.

--Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras.

--Probemos al menos, señor.

--No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena y altiva al peligro... y luego yo no he sido jamás cobarde... prefiero morir como rey, á que me den caza como á un lobo, y me acorralen y me maten villanamente. Alí, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, añadió mientras Alí le vestia; aunque la puerta es fuerte, tú eres mas fuerte que ella; rómpela á hachazos; llévatela por las minas... la noche es oscura; véndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, ágil: procura burlar á los monfíes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribió apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrarás amigos mios; enviala con uno de ellos á Harum-el-Geniz: vé, haz lo que te he dicho.

--¿Y doña Angélica?

--¡Ah! ¡doña Angélica! déjala... no la toques: de seguro ella no ha querido hacerme traicion, me ama. Pero vé, vé.....

--¿Y por qué no intentar salvaros, señor?

--Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye se pierde. Ve Alí, cumple con lo que te he encargado, y tú Abu-Amer, conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: ¿sabes dónde está Harum-el-Geniz?

--Si, en la cueva grande de los Vérchules.

--Pues á la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y salió de la cámara, y luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros, que fué toda la gente que pudo reunir.

La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del viento.

Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo á Abu-Amer:

--Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho de camino, y á nadie hemos encontrado.

--Mira señor á lo alto del barranco de los Vérchules: ¿nada ves?

--Si, veo el resplandor de una luz.

--¿Y para qué crees que puedan estar velando en la cueva?

--Adelante, dijo Aben-Aboo.

Y siguieron hácia el barranco, pero apenas habian entrado en él cuando se escuchó una voz ronca que gritó:

--¿Quién va?

--El rey de Granada, contestó con voz serena Aben-Aboo.

--¡El rey de Granada! gritó la misma voz ronca, como avisando á otras gentes.

--¿Y quiénes sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse.

--¡Los monfíes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al frente de algunos adelantaba.

--¿Y quién eres tú que me hablas?

--¡El walí Suleiman!

--Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.

--Perdona señor, pero tenemos órden de llevarte á nuestro walí de los walíes.

--¡Ah! ¿con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve á prenderme? dijo con sarcasmo Aben-Aboo.

--Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso para la salud del reino, y nosotros obedecemos á Sidy Harum, porque es wali de nuestros walíes.

Aben-Aboo guardó silencio y siguió hasta el pié de un sendero escarpado que conducia á la cueva grande de los Vérchules; al llegar á aquel punto mandó á los escopeteros que se quedasen abajo, y subió acompañado solo por Suleiman y por Abu-Amer.

Invirtieron un largo espacio en llegar á lo alto porque la senda era áspera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelantó un hombre.

Aquel hombre era Harum-el-Geniz.

En medio de la cueva quedaban de pié otros dos hombres, pero notábase que estaban vestidos de castellanos, á pesar de que eran moriscos; el uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zataharí.

No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa; á su fondo se apiñaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hálito nauseabundo de miseria.

Al entrar Aben-Aboo, salió de entre aquella turba un sordo murmullo.

--¡Héme aquí! ¿qué me quieres, Geniz? exclamó con altivez Aben-Aboo: ¿qué significa lo que acontece? yo soy vuestro rey.

--Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires á qué punto ha traido tu obstinacion á estos infelices que aquí estan desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son llegadas ya á tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de salvacion.

--¿Y qué quereis?

--El presidente de la chancillería de Granada, don Pedro de Deza y el capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el rey de España si nos reducimos.

--¿Y quién ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria Aben-Aboo.

--Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos á la castellana.

--¡Ah! ¿eres tú, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: tú en quien tanto confiaba, y tú tambien, el Zataharí, el grande amigo del único hombre que me queda leal, Abu-Amer.

--Te engañas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia como nosotros para lo que venias.

--Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces habia usado respecto á Aben-Aboo.

--¿Con que es decir que estoy abandonado de todos?

--No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo queremos hacerte partícipe de la merced que nos concede el rey de España.

--¿Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil monfíes?

--¿Y qué tienen que ver los monfíes con vosotros los moriscos? ¿acaso ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaña? ¿acaso no la tendran si quieren despues?

--¡Oh! ¡si! ¡los monfíes me habeis hecho traicion!

--No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar murió asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado: uno de sus asesinos ha muerto: el otro morirá tambien.

--Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: ¿creeis que no podemos resistir aun?

--Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillería les envia á decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de España, que seran perdonados, y que se les dejará vivir libremente en donde quieran; ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel.

Harum sacó unos pliegos y los mostró á Aben-Aboo, que no pudo contenerse por mas tiempo:

--¿Qué es esto Geniz? exclamó con la voz trémula de cólera; ¿tal traicion me tenias guardada? ¡no me hables mas, ni te vea yo!

Y fué á tomar la salida de la cueva.

--No, no has de salir, exclamó Harum; te he llamado porque aun quedaba vivo el último de los asesinos del emir.

Aben-Aboo sintió un terror pánico y quiso huir, pero el Zataharí, Abu-Amer y Barredo se asieron á él y le detuvieron.

Entonces Harum le hirió, y al caer le dió un terrible golpe con el mocho de su escopeta.

--¡Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.

--¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres como has matado!

Aben-Aboo hizo un débil esfuerzo pero cayó, y poco despues era un cadáver.

--¡Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, mañana presentaremos á este traidor al Presidente, y os será otorgado el perdon. Si nuestro emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados á acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. ¡Que se cumpla su voluntad!

Y como viese que algunos moriscos asian del cadáver de Aben-Aboo, y se dirigian al sendero de la cortadura les dijo:

--¿Para qué quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegará abajo si le arrojais por ahí.

Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una peña alta que estaba á la entrada de la cueva.

Era ya enteramente de dia.

La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron á salir de ella como espectros.

Harum salió tambien con Francisco de Barredo, el Zataharí, y Abu-Amer; bajó de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, salió á una ancha rambla donde habia una cuadrilla de monfíes.

--Tocad á recoger, dijo Harum á los trompeteros y atabaleros.

Poco despues se oyó, no solo en la rambla, sino en las alturas, una especie de toque de llamada, al cual empezaron á acudir á la rambla taifas enteras, con sus estandartes.

Poco despues un pequeño ejército de diez mil hombres, se apiñaba en la rambla.

Harum mandó traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una peña alta para que le vieran todos los monfíes.

--¡He ahí al asesino de nuestro emir! gritó Harum.

Una aclamacion atronadora salió de las cerradas filas de los monfíes.

--He aquí á vuestro emir, gritó Harum descubriendo el rostro de un moro que estaba junto á él: he aquí al esposo de la sultana Amina.

--¡Viva el emir! gritaron en coro los monfíes.

--¿Pero qué haceis? dijo el marqués de la Guardia: eso no puede ser.

--Consentid por ahora, dijo Harum.

Y volviéndose á los monfíes añadió:

--El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le ofrecemos.

--¡Viva el emir! repitieron los monfíes.

--Ahora, dijo Harum, nos resta salvar á la Sultana.

Un espontáneo y bravo murmullo de asentimiento respondió á estas palabras.

--¿Pero será cierto que mi esposa está en el castillo del Vérchul?