Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 77
Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.
Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.
Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños habia sido para él de una trascendencia terrible.
Yaye estaba desesperado.
A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles.
La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar.
Los horrores se sucedian sin intermision[27].
Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.
Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza.
Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra, España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de batalla contra la cristiandad.
¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.
Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas.
En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole con urgencia capitanes, hombres y dinero.
Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.
Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras, para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.
El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez, levantando banderas y empezando á reunir gente.
La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.
Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros _gandules_ (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplícito.
Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas de España en una empresa contra Túnez y Biserta.
Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos.
Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose de todo.
De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra.
España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese.
La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.
Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.
Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.
Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro.
Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á dirigir la guerra.
Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se hicieron fuertes y sentaron sus reales.
En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de 1569.
CAPITULO XXXIII.
En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.
Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pública, por decirlo asi.
La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo.
--¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.
--Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.
--¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar á esos perros de la plaza.
--Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.
--¿Nos hará acaso traicion?
--No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.
--¡Ah!
--El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido.
--¡Ah!
--Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera.
--Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura...
--El duque...
--Me martirizais con llamar duque á ese hombre.
--Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado...
--Yo no soy cobarde.
--Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.
--Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.
--¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?
--Es que estaremos poco tiempo perdidos.
--No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?
--Dentro de algun tiempo no podrás temerle.
--Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.
--Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.
--¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.
--Tú le matarás.
--¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.
--Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.
--Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.
--Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.
--¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.
--Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á tu padre.
--Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no sé por qué, aborrece al emir.
--Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.
--Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy enamorado de esa mujer?
--Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la Guardia.
--¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?
--Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.
--Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.
--Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.
--Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre... pero quien le mató fue vuestro difunto hermano... por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais al verdadero asesino...
--¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes fueron los que la mataron.
--Probadme que asesinó á mi padre...
--¡Le matarás, sobrino, le matarás!... y para ello te ayudará tu madre.
--¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!
--Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia.
--¿Pero dónde nos ocultaremos?
--¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.
En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaña.
CAPITULO XXXIV.
De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.
En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.
Aben-Aboo no parecia.
Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido.
En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero.
Los monfíes no pudieron dar con ellos.
Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz.
Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.
Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con ella.
Y la conversion de Yaye no era una mentira.
Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.
Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.
Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.
Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.
Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.
Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.
Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.
Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.
El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.
Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando habia desaparecido el luto de su corazon.
Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través de su virtud, de su caridad y de su amor.
Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.
Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de pasion entre ellos, y le besó en la boca.
No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran esposos.
El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes, habia venido con él á la heredad.
El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza.
Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.
Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.
Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo.
La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido.
Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:
--¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!
--¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó sonriendo de una manera melancólica Yaye.