Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 7

Chapter 74,051 wordsPublic domain

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa; pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana. Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo sitio.

--¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas indiferentes.

--Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don Juan no pareciais sino grandes amigos.

--En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

--Es doña Ana muy recatada.

--Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme ese retrato?

--No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

--Cambiarle, ¿y por qué?

--Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

--No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas demostrais treinta años.

--Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

--Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato: os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de Córdoba para proponeros un trueque.

--Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos condiciones.

--Sepamos.

--En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se lo entregareis como si fuese el mismo.

--Eso por supuesto, contestó Rincon.

--Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

--¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar sino bajo esas condiciones?

--Decidido de todo punto.

--Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté concluido.

--Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

--Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de doña Ana.

--¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

--No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde: ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero; pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella: no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

--¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor, examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

--Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

--¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos momentos de silencio continuó:

--Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato: lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola: nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso? Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven, en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera: esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana, piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora: cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon: al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria, aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana: esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que, aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

--Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

--¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de que me conocieses? la pregunté.

--Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros, os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder, ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

--¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros amores, señor.

--Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

--¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

--Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

--Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco, es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada! La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros, á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en una mano y la tea en la otra.

--¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado apenas.

--¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida, era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo, la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo... extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz sombría.

--¿Y que hicísteis del fraile?

--Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio, Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

--¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

--Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu madre?

--Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

--¿Que existe? ¿que la has visto?

--Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos... porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura, pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida, con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla, que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre se llama...

--Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf, que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su madre.

--¡Cómo! la conoceis, señor.

--Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima hermana.

--¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

--Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido: amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te he puesto al paso de esa mujer.

--¡Vos, señor!

--Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor, con quien vive doña Isabel.

--¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

--¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

--Ella, señor, muere por mí.

--Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

--Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son renegados.

--¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

--Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre, he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser esposo de la cristiana hija de los renegados.

--¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu casamiento con ella?

--Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

--¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña, abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu esposo porque eres cristiana?

--¡Señor!

--Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que ella lo sea contigo.

--Acaso sea imposible, señor.

--¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

--Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi esposo.

--¿Y te negaste?

--Aborrezco el nombre cristiano.

--Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion, las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas, y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y de Válor?

--Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

--¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

--He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

--¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

--Anoche.

--¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á otra cámara apartada.

--¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

--¿Quien eres? le dijo, este.

--Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

--Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

--Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf, que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

--Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela, llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «_si aun es tiempo_» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su hijo.

--¡Ah padre mio! y si por desgracia...

--Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd-el-Gewar que te acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los monfíes; á caballo.

* * * * *

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompañados de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va? enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia muchos hombres.