Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 58
--Ya se vé: mi padre ha acudido secretamente á las necesidades de esa desgraciada, á la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis á su subsistencia y á la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.
--¡Ah! exclamó don Fernando.
--Por lo demás, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho á la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas ó rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia.
Don Fernando desenrolló el largo pergamino que Amina le entregaba, y vió que estaba escrito primorosamente en árabe: su contenido era el siguiente:
«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfíes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada.
Primeramente: el emir de los monfíes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia á todos los derechos que pueda tener y tenga á la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya.
Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, á casar su hijo único Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija única del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya ó Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandará en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.
Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.
Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen hijos, el primer hijo varon, heredará las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas reunidas, pasarán al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, ó en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina.
Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarán á Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, ó al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.
Sétimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, ó de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, será considerado como infante de la casa real de Granada, y se le señalará señorío bastante para que pueda vivir con arreglo á su estado.
Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfíes de las Alpujarras, se obliga á ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, á Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada.
Seguian la fórmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir.
Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, miró con ansiedad á Amina.
--Sultana, la dijo: todo esto seria inútil si tu consintieses en ser mi esposa.
--Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.
--¡Imposible! ¡los reyes pueden romper los vínculos del matrimonio!...
--No lo haré jamás.
--Y... ¿por qué?
--Porque amo lo bastante á mi esposo para renunciar por él una corona, y temo á Dios lo bastante para robar á una mujer y á un niño, su esposo y su padre.
--Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.
--No seriais rey de Granada.
--¡Oh! ¡lo veríamos!
--Una sola palabra de mi padre, y el faquí Abul-Hasam, á quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro.
Entróle un terror pánico á Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfíes, que todo lo temió.
--Firmaré, dijo tomando una pluma.
--Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.
Amina dió tres fuertes golpes sobre la mesa, é instantáneamente se abrió la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta allí á Aben-Humeya.
--Acércate, mi buen Harum, dijo Amina, y vé como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy á leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.
Amina leyó con voz sonora las capitulaciones.
Entonces adelantó una de aquellas sombras, y dijo con autoridad á don Fernando.
--¿Te obligas á todo lo que has oido?
--Me obligo.
--¿Juras por el Dios Altísimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones?
--Lo juro.
--Pon al pié de ellas tu nombre de rey, y junto á tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.
Y el que asi hablaba, sacó un magnífico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa.
Don Fernando de Válor firmó, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sacó de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados.
--¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.
--Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.
--¿Y para qué tanta copia?
--Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.
--¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.
--Firmad si quereis estas otras.
Don Fernando firmó con despecho.
Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.
--Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.
--¿Y vos...?
--Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras.
--¿Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclamó desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.
--¡Oh! no, eso jamás. Adios primo, adios. Que él os ayude en la empresa en que os vais á empeñar.
Y Amina desapareció por la puerta, dejando á don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueño.
Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jóven se encontró solo: entonces se precipitó á la salida, atravesó el oscuro espacio de la casa arruinada, y salió á la cumbre del Panderete de las brujas.
Nada vió. Se precipitó por el sendero, y á nadie encontró; solo su caballo atado á una vid al lado del camino.
Volvió á trepar á la cumbre, entró en la casa esperando encontrar á alguien, y llegó á tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palpó: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, buscó mas, y oyó una voz que le dijo:
--No busques, señor, porque nada encontrarás. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon.
Don Fernando lanzó un rugido de rabia, salió de nuevo de las ruinas, bajó del Panderete de las brujas, desató su caballo, montó en él, y partió como una flecha en direccion á Granada.
--¡Ella! ¡ella! ¡hermosa, rica! ¡hija del emir! ¡mi prima la sultana Amina, mi esperanza! ¡y casada! ¡casada! ¿y con quién? con algun reyezuelo de Africa. ¡Oh! ¡oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueño.
CAPITULO IX.
De cómo por el amor se olvida la amistad.
Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:
--Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios.
Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.
A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:
--Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.
--¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.
--¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.
--¿A vuestro amigo...?
--Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.
--¿Estais citado con él?
--No, pero le buscaré.
--No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.
--¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.
--Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.
--No os comprendo.
--¿No sois morisco?
--Si por cierto.
--Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.
--¡Ah! ¿y quién os ha dicho?
--Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.
--Don Fernando es un imprudente.
--Paréceme que amais poco á vuestro primo.
--Mi primo es enemigo mio.
--¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.
--Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.
--Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?
--¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.
--Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.
--¿Tan importante es lo que teneis que decirme...?
--¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.
Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta Angélica.
[imagen: Sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya.]
Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.
Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió un papel y cerró.
Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.
Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.
Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.
[imagen: Aben-Aboo.]
Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.
--¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.
--¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.
--¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.
Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreño con fuego.
El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.
--¿Necesitais algo mas?
--Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero que estaba aquí hace seis meses?
--Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.
--¿Y qué se ha hecho del otro?
--Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.
--¿Pero esta taberna no es la del Hardon?
Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.
--El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella.
--¿Cómo os llamais?
--Roque Garcia, para serviros.
--¿Sois morisco como el Hardon?
--Algo de morisco tengo.
--Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.
--Pues no os conozco.
Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.
--¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?
--Tampoco conozco á ese caballero.
--Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados.
--Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama don Juan Coloma.
Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa de su pobreza.
--Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha frecuencia á vuestra casa ese caballero?
--¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.
--¿Y por qué mas ahora que antes?
--Porque anda enamorado en la vecindad.
--¡Ola! ¿y de quién está enamorado?
--De una dama que vive en la casa grande inmediata.
--¿Y conoceis á esa dama?
Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.
--Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro.
--De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...
--Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamándome.
En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.
--Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí hay un conocido suyo que le espera.
El tabernero desapareció por las escaleras.
Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:
«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»
Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia así:
«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando. Angélica.»
Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.
Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado.
--¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no tengo otra cosa que daros.
--¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?
--¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.
--¿Explicaros conmigo?
--Si por cierto, me habeis dado zelos.
--¿Zelos yo?
--Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.
--¿La que vive en mi casa?
--¿Cómo en vuestra casa?
--Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.
--¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.
--Sin duda.
--¿Y es hermosa?
--Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.
--¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.
--¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?
--No he amado á otra que á ella.
--Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.
--¡Ah! de la princesa.
--No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.
--¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.
--Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante.
--Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.
--Os confieso que no os comprendo.
--Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.
--Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?
--Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.
--¡Ah!
--Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié, y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella... mi alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.
--Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?
--No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.
--Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.
--Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian dejado para mi. Abrí la caja y encontré... ¿qué diréis que encontré?
--¿Quién sabe?
--Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro.
--¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que llevo puesto?
--Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.
Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.
--Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.
--Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:
«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»
--Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.
--¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?
Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.
--Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.
Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.
Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia:
«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna próxima y me conocereis.--Quien bien os ama.
--Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais á esa mujer?
--Hoy es el primer dia que la he visto.