Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 2

Chapter 23,971 wordsPublic domain

En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba, estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir, una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas: que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

* * * * *

Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

* * * * *

¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

* * * * *

El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza, toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad: el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

* * * * *

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada, de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre Al-Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado, con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los cristianos, y Abd-el-Gewar guardó tambien acerca de este punto un profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de la pobre Isabel.

* * * * *

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno, semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera, musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto á él, infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por Abd-el-Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos: Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos, iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-español, cuando llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin, hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

--Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin, ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia: Abd-el-Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia sentir hácia ella un impulso de caridad.

* * * * *

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan, su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para dirigirla la palabra.

--Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se exhala por los labios convertida en una sonrisa.

--Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce, se contrajo en una expresion de dolor.

--¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

--Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

--¿Que lo esperais todo de mí?

--Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó, haciendo un esfuerzo:

--Esta noche os espero.

--¡Que me esperais!

--Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó, desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de la galería.

--El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave: los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre, y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por obedecer la cabeza.

* * * * *

Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones, por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones, veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe: blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías, teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

--Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd-el-Gewar, no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia, Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

--Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

--Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño _Lignum Crucis_.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

--¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

--Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

--Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

--¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como siempre... gracias á Dios.

--Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

--Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

--He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero, dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á sus ojos.

--¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, _tuvo lástima de ella_ y repuso:

--¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

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