Los miserables - Tomo 2 (de 2)

Part 67

Chapter 67639 wordsPublic domain

«Todo ello son cosas ya pasadas. Los bosques por donde uno ha andado con su niña, los árboles bajo los cuales se ha paseado, los conventos donde uno se ha ocultado, las inocentes risas de la infancia, no pasa ya todo ello de sombra. Llegué á imaginarme que todo eso me pertenecía, y ahí estuvo mi error.

[Ilustración: Cosette y Mario, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas besando las frías manos de Juan Valjean]

«Los Thénardier han sido muy malos; pero es menester perdonarlos.

«Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de tu madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre: Fantina. Arrodíllate cada vez que lo pronuncies. Ella sufrió mucho, y te quiso muchísimo. Su desgracia fué tanta como tu dicha. Dios lo ha querido así. Él desde lo alto nos ve á todos y sabe lo que hace en medio de sus grandes estrellas.

«Me voy, pues, hijos míos. Amaos siempre mucho. No hay casi otra cosa que esto en el mundo: amarse. ¿Pensaréis alguna vez en el pobre viejo que ha muerto aquí?

«¡Oh Cosette mía! No tengo la culpa de no haber ido á verte en estos últimos tiempos; bastante se me desgarraba el corazón. Iba, sin embargo, hasta la esquina de la calle, y por cierto que debía causarles un efecto muy raro á las gentes que me veían pasar como un loco, y á veces hasta sin sombrero. Hijos míos, empiezo á no ver claro; aún tenía que deciros muchas cosas, pero es igual. Pensad un poco en mí. Sois seres benditos. No sé lo que siento, veo como una luz. Acercaos más. Muero feliz. Dadme vuestras cabezas muy amadas, que pueda poner mis manos encima».

Cosette y Mario, casi fuera de sí, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas cada cual bajo una de las manos de Juan Valjean. Aquellas manos augustas no se movían ya.

Él estaba recostado hacia atrás; la luz de los dos candeleros le alumbraba.

Su pálido semblante miraba al cielo; dejando que Cosette y Mario cubrieran sus manos de besos.

Había muerto.

La noche estaba sin estrellas, y obscura por completo. Sin duda, entre la sombra, algún ángel inmenso estaba de pie, desplegadas las alas, esperando el alma.

VI =La yerba guarda y la lluvia borra=

Existe en el cementerio del Padre Lachaise, á los alrededores de la fosa común, lejos del barrio elegante de aquella ciudad de los sepulcros, lejos de todas aquellas tumbas de fantasía, que ostentan, en presencia de la eternidad las repugnantes modas de la muerte, en un ángulo desierto á lo largo de una antigua tapia, bajo un gran tejo por cuyo tronco trepan mil enredaderas, entre la grama y el musgo, una piedra. Dicha piedra no está menos exenta que las otras de las lepras del tiempo, del moho, de los líquenes, del fiemo de los pájaros. El agua la verdea, y el aire la ennegrece. No está próxima á ningún sendero, y no agrada ir por aquel lado, porque la yerba es alta y los pies se mojan fácilmente.

Cuando hay un poco de sol, acuden los lagartos. En su derredor se agitan estremecidos los tallos de egílope. Durante la primavera, cantan las currucas en el árbol.

Aquella piedra es completamente lisa. No se pensó al cortarla, sino en la necesidad de cubrir la sepultura; es decir, que fuese bastante larga y bastante estrecha para encerrar un hombre.

No se lee en ella nombre alguno.

Solamente, hace ya de ello muchos años, una mano escribió allí, con lápiz, estos cuatro versos, que se han ido volviendo poco á poco ilegibles con la lluvia y el polvo, y probablemente están hoy ya borrados:

Descansa. Aunque la suerte se empeñaba en dejarle, Vivió. Y murió tan sólo, cuando perdió su ángel. Ello fué de manera tan propia y tan sencilla, Como viene la noche cuando se aleja el día.

FIN