Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 41
Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.
Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.
Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.
Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.
La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.
Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.
Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.
Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.
¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.
Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.
Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?
Era la obra improvisada de la fermentación.
¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!
Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.
Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.
Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.
Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.
Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.
Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.
La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.
Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.
La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.
¿Pero qué ola? la muchedumbre.
Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.
¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?
El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.
Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.
Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.
Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.
Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.
La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.
No era un combate, sino un paroxismo.
Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.
La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.
Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.
El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.
Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.
Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.
Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.
Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.
Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.
El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.
El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.
La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.
Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.
La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.
¿Á qué objeto cañonear el caos?
Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.
Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.
Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.
Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.
Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.
La cornisa era matemáticamente paralela á la base.
Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.
La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.
Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.
El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.
Era la barricada del arrabal del Temple.
Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.
Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.
Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.
Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.
De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.
La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.
No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.
Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.
El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.
En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.
Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.
Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.
Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.
El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.
--_¡Qué bien construida está!_--decía á un representante.--_No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana._
En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.
--¡Cobardes!--gritaban otros.--Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!
La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.
Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.
Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.
La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.
Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.
Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.
Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.
Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.
Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.
Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.
Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.
Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.
Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.
Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.
Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.
La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.
Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.
II =Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar=
Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.
La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de delinear; mas para su época, era formidable.
Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya nada, habían aprovechado la noche.
La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había crecido dos pies más.
Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían lanzas en ristre.
Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes, complicaban el armazón exterior.
El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por fuera como maleza.
Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él como al muro de una ciudadela.
Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto, quitado los escombros y llevado los cadáveres.
Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de la que los insurrectos continuaban siendo dueños.
Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.
Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras, cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.
Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.
Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la pared frontera á la taberna:
¡VIVAN LOS PUEBLOS!
Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí en 1848 todavía.
Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas los insurrectos.
Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.
La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.
Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos, entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había atendido en primer lugar.
En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro, y Javert atado al poste.
--Ésta es la sala de los muertos,--dijo Enjolrás.
En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de pie y Mabeuf tendido.
La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería, estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del viejo mártir.
No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.
Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas provisiones del figón.
En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.
Fué preciso resignarse á tener hambre.
Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!, respondió:
--¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.
Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.
Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.
Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente tapadas.
Enjolrás y Combeferre las examinaron.
El último dijo mientras subía:
--Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por tener tienda de comestibles.
--Debe ser verdadero vino,--observó Bossuet.--Es una fortuna que Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.
Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas; y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.
Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún quedaban treinta y siete.
El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto á colocar en su alvéolo de adoquines.
El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle, estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror crepuscular, al puente de un navío desamparado.
Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.
Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se veía blanquear las chimeneas.
El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.
Los pájaros volaban, cantando alegremente.
La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.
En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.
--Me alegro de que hayan apagado la antorcha,--decía Courfeyrac á Feuilly.--Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los cobardes; alumbra mal porque tiembla.
El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos hablaban.
Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió en este arranque filosófico:
--¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el ratón,--exclamó:--«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son la prueba revisada y corregida de la creación.
Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de la tristeza severa de Enjolrás, y decía:
--Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género humano.
Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la muerte de César.
El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.
--César,--decía Combeferre,--mereció caer. Cicerón trató con severidad á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare, Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son siempre más ó menos zaheridos.
«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.
«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la antigüedad la admitía.
«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él, las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano; _regia ac pene tyrannica_.
«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores; Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de Dios.
Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella charla, gritaba, carabina en mano:
--¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un griego de Laurio ó de Edapteón!».
III =Luz y sombra=
Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.
Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.
La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.
Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.
Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento _que estaba ya trabajado_; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.
Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.
Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.
Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.
Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles: