Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 39
Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba impaciente por leerla.
Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se fué.
Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel cadáver.
Acercóse á una vela de la sala baja.
Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:
«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16».
Abrió el sobre, y leyó:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».
Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra de Cosette.
Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.
Eponina lo había hecho todo.
Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle Plumet, y separar á Mario de Cosette.
Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía de hombre.
Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el aviso expresivo de: _Mudaos_.
Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:
--_Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la semana que viene estaremos en Londres._
Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito apresuradamente dos líneas á Mario.
Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.
En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.
Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».
Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.
Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que comprenderá toda alma celosa y enamorada.
Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea: buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando en ella á Mario.
Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel aviso, pensando llevarle á la barricada.
Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y no se engañaba.
Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que había hecho.
Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».
Mario cubrió de besos la carta de Cosette.
¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir; pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la fatalidad».
Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano de Eponina é hijo de Thénardier.
Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con lápiz estas líneas:
«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone. Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado; ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».
No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas señas:
_Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7._
Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página estas otras líneas:
«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».
Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á Gavroche.
El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.
--¿Quieres hacer algo por mí?
--Todo lo que queráis,--dijo Gavroche.--¡Dios santo! á no ser por vos me hubieran frito.
--¿Ves esta carta?
--Sí.
--Tómala, sal de la barricada al instante--(Gavroche inquieto empezó á rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.
El heroico muchacho contestó:
--¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y yo no estaré aquí.
--No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las apariencias, y no será tomada hasta el medio día.
El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.
--¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?
--Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.
Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que le eran propios, cogió la carta, diciendo:
--Está bien.
Y salió corriendo por la calle Mondetour.
Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.
He aquí la idea:
--Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos; voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.
LIBRO DECIMOQUINTO LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I =Carta canta=
¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.
Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución violenta.
El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el umbral de un cambio formidable y obscuro.
Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubriesen de opacas sombras.
Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar cuerpo á cuerpo al borde del abismo.
¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?
La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le esperaba una nueva peripecia.
Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.
La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad tenaz por otro.
El brusco consejo: _Mudaos_, lanzado por un desconocido á Juan Valjean, le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya descubierto y perseguido.
Cosette había tenido que ceder.
Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de Cosette, y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.
Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.
Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan Valjean, no era curiosa.
Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo demás».
En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida, Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada bautizada por Cosette con el nombre de _inseparable_.
Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se habían trasladado.
Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de tocador.
Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.
Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para escribir su esquelita á Mario.
Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.
Se habían acostado silenciosamente.
La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se destinó para la tía Santos.
El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.
La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la naturaleza humana.
Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su ansiedad, y fué disipándose por grados.
Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.
La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz de emociones, por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios seculares, que se callan como viejos que son.
Hay en aquella calle cierto olvido estancado.
Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?
Su primer cuidado fué poner el _inseparable_ á su lado.
Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza.
Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda, un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado, y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía Santos.
En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia nacional de Juan Valjean.
En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.
Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette, por deferencia á su padre, consintió en mirar.
Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.
Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.
Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:
--Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.
Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.
Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana á la puerta, cada vez más tranquilizado.
Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su único pensamiento.
No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre, pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz recobrase su curso.
Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece fácil.
Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué nombre darles, llaman antítesis.
En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.
Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un poco la luz.
Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era haber ya dado un gran paso.
Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.
Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra, con tal de tener á su lado á Cosette?
Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su ánimo.
Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados dolores, en pleno optimismo.
Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica que todo el mundo ha experimentado.
Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las perspectivas de su fantasía.
Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en una cosa extraña.
Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó claramente estas líneas:
«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».
Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.
Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador, delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante, sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella, y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.
Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.
El espejo reflejaba la escritura.
Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta escrita durante la víspera por Cosette á Mario.
Era una cosa tan sencilla como terrible.
Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.
Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.
Tomólo en la mano y dijo:
--De aquí proviene eso.
Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante; pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió con el sentido.
Entonces dijo para sí:
--Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.
Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.
¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?
El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas las ilusiones.
Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido víctima.
De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó otra vez la visión.
Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.
Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho en el espejo.
Todo lo comprendió.
Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas vidriosas y extraviadas.
Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las tinieblas, un sordo rugido.
¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!
¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan Valjean.
Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á Juan Valjean.
Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su víctima encarnizándose en él.
Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad, arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.
Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la adversidad, parecía inaccesible.
Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno, habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.
Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.
Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el atenazamiento de fibras desconocidas.
¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida del ser amado.
El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores; amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial, angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible, pero real.
El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette, como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.
Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de corazón.
Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.
Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.
Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han pasado de los cincuenta.
En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud, acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido; padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia, su patria, su paraíso.
Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor que experimentó traspasó los límites de lo posible.
¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo, pues! ¡Á no ser nada!
Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza, sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que se despertaba el egoísmo, y el _yo_ bramó en el abismo de su conciencia.
Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos, que son alguna vez el hombre mismo.
El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas las fuerzas de la conciencia.
Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella semejantes á sí mismos y firmes en el deber.
Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse las virtudes más imperturbables.
Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo, permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no parecía sino que se derrumbaba toda su alma.
Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la estatua.
Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara; recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados; reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.
¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.
Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el sol.
Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias, ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es él».
La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso que siempre da en el blanco.
Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre que las ama.
Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un espectro: el Odio.
Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.