Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 35
--Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.
Grantaire continuaba:
--¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en la mesa por velas?
Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.
Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.
De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos de _¡á las armas!_
Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que le seguía.
La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina. Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:
--¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!
Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle de la Chanvrerie, y dijo:
--¿Qué quieres?
Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.
--¿Adónde vas?
--Á hacer una barricada,--respondió Courfeyrac.
--¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.
--Es verdad, Águila,--dijo Courfeyrac.
Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de la Chanvrerie.
III =La noche empieza á dominar sobre Grantaire=
El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.
Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.
Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el piso bajo hasta el tejado.
Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de amortiguar el efecto de la fusilería.
El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que allí se había instalado el grupo.
--¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamaba suspirando la tía Hucheloup.
Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.
Joly se había asomado á la ventana y gritaba:
--Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.
Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez toesas de la calle.
Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.
Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.
Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin saber dónde.
Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.
Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.
No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se construye demoliendo.
Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada, y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.
Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la calle.
Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero, hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.
--Los ómnibus,--dijo,--no pasan por delante de Corinto. _Non licet ómnibus adire Corinthum._
Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.
La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.
Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.
--Éste es el fin del mundo,--murmuraba.
Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora Hucheloup, decíale á Grantaire:
--Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa infinitamente delicada.
Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo. Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.
--¡Matelote es fea!--gritaba.--Matelote es el sueño de la fealdad. Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento: Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien se encierra un héroe.
«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah! ¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.
«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo demás, á mí lo mismo me da.
«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!
«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo! ¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no haría!
«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de un amante».
--¡Cállate, tonel!--dijo Courfeyrac.
Grantaire respondió:
--¡Soy capitular y maestro en juegos florales!
Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.
--¡Grantaire!--exclamó.--Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la barricada!
Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular, como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció que había vuelto en sí.
Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:
--Déjame dormir aquí.
--Vete á dormir á otra parte.
Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados, respondió:
--Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.
Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:
--Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de morir.
Grantaire replicó con voz grave:
--Ya verás.
Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente impulsado, se quedó dormido un instante después.
IV =Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup=
Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:
--¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!
Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á la viuda tabernera.
--Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había sacudido un cobertor desde la ventana?
--Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?
--Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.
La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio de esa reparación.
Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo venganza, y diciéndole:
--Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.
El padre preguntó:
--¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?
--En la izquierda.
El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:
--Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á mi hija, yo he abofeteado á su mujer.
La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.
Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña Truanderie.
Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.
Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la tienda de un armero.
Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.
Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón; otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.
Había uno que gritaba: _¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en la punta de nuestras bayonetas!_
El que decía esto no llevaba bayoneta.
Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana roja: _Orden público_.
Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...
Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos pálidos, y obreros ennegrecidos.
Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los sucesos posibles:
Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;
Que se contaba seguramente con un regimiento;
Que París se sublevaría...
Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de alegría cordial.
Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.
En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla de estaño del bodegón.
Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban revueltos en las mesas con los vasos de vino.
En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos, barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y las hacían temblar.
El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.
En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después del momento en que fué detenido el ómnibus.
Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir; metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.
¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí, indudablemente; su alegría.
Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.
Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos, reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la mosca del inmenso coche revolucionario.
En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños pulmones el perpetuo clamor.
--¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay? Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada; es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad, ahí tenéis una puerta vidriera.
Esto hizo exclamar á los trabajadores:
--¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una puerta-vidriera, tubérculo?
--Los tubérculos sois vosotros,--respondió Gavroche.--Una puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!
Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á otro pidiendo:
--¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?
--¡Un fusil á ti!--dijo Combeferre.
--¡Toma!--replicó Gavroche.--¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando se disputaba con Carlos X!
Enjolrás se encogió de hombros diciendo:
--Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.
Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:
--Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.
--¡Pilluelo!--dijo Enjolrás.
--¡Boquirrubio!--replicó Gavroche.
Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la calle, vino á distraerles.
Gavroche le gritó:
--¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para la vieja patria?
El elegante se escabulló.
V =Los preparativos=
Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la calle de la Chanvrerie, aquella _construcción casi inexpugnable_, como la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron. No pasaba de seis ó siete pies, término medio.
Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad, ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de gradas interiormente.
Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.
Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella, dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.
La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.
La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.
Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.
Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada, en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero irregular, cerrado por todas partes.
Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.
Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de pelo ni una bayoneta.
Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie, veían la barricada, y apretaban el paso.
Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.
Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y Courfeyrac lo abrió.
Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un momento de silencio.
Courfeyrac los distribuyó sonriendo.
Cada uno recibió treinta cartuchos.
Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se estaban fundiendo en el bodegón.
En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de la puerta; y se guardó en reserva.
El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso; un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.
Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación, con gravedad solemne.
Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero en la esquina de la Petite-Truanderie.
Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles, por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados, resueltos, y tranquilos, esperaron.
VI =Esperando=
Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?
Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.
Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac, Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros, se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido, con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:
¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida, Cuando tiernos y jóvenes los dos, Sin agitar el pecho otras envidias Que del bien parecer y del amor;
Que sumando tus años á los míos La suma á los cuarenta no alcanzó, Y que en nuestra morada, dulce nido, En primavera, invierno se trocó?
¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente, París santos banquetes celebraba, Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta Había un alfiler que me pinchaba.
Todos te contemplaban. Yo abogado Sin pleitos, á comer te convidaba Al Prado, y tú estabas tan hermosa Que por verte sus flores se agitaban.
Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura! ¡Cómo perfuma su cabello el aire! Bajo su manteleta alas esconde. Es su sombrero la corona de ángel.
Vagábamos los dos unidos siempre, Y las gentes pensaban al mirarnos Que el amor en nosotros desposaba El tierno abril con el florido mayo.
Saboreando solos, sin testigos, Aquel fruto dulcísimo vedado, Nunca mi boca formuló un deseo Que por tu corazón fuera negado.
Fué la Sorbona el sitio donde siempre Te adoraba de noche y de mañana, Que es así como un alma tierna aplica Su latín amoroso sobre el mapa.
Cuando en el cuarto aquel de primavera. ¡Oh plazas de Maubert y del Delfín! Alisabas tu media transparente, Un astro vislumbraba en el confín.
Mucho leí á Platón, y ya nada me falta Mejor que Lamennais y que Malebranche. Tú la bondad celeste me mostrabas Con una flor que me quisieras dar.
Te obedecía yo, y estabas tú sumisa. ¡Oh dorado desván! donde desenlazaba Tus cintas, contemplándote en camisa En el espejo en que te retratabas.
¡Y quién nunca podrá echar en olvido De aquellos tiempos la lucida aurora, De cintas y de flores y de rizos En que hablaba el amor su lengua hermosa.
Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán; Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón; Y la cuenca de arcilla yo solía tomar Cediéndote la taza de piedra del Japón.
¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos El ver tu boa perdido, quemado tu manchón! ¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare Vendido cierto día para una colación!
Era yo mendicante y tú caritativa, Besé de agradecido tu mano tersa y blanca; Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía Para cenar alegres unas cuantas castañas.
Cuando por vez primera en mi desván alegre Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor, Al verte despeinada, ruborosa la frente, Palidecí, creyendo desde luego en Dios.
¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas, Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones? ¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas Volaron desde el fondo de nuestros corazones!
La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud, algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho ya, era un tiernísimo poeta.