Los miserables - Tomo 2 (de 2)
Part 32
Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.
Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.
¿Estaba previsto? Sí.
¿Estaba preparado? No.
¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.
¿De dónde cae? De las nubes.
La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en otras el de una improvisación.
El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una alegría formidable.
Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los patios de las casas, diciendo: _¡Va á haber jarana!_
No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya pasaba en veinte puntos de París.
En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro con un fusil y el tercero con una pipa.
En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los transeúntes.
En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en letras blancas: _República ó muerte_.
En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en letras de oro, la palabra _sección_ y un número. Una de estas banderas era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.
En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.
En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y cuatro sables y ochenta y tres pistolas.
Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la bayoneta.
Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un mosquete de rueda.
Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.
Una de aquellas mujeres dijo después: _Yo no sabía lo que eran cartuchos; mi marido me lo dijo_.
Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.
El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle de la Perla.
Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles, en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados, hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las tablas; en una palabra: hacían barricadas.
Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y escribían con blanco España en la puerta: _Están entregadas las armas_.
Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y decían: _Mandad por ellos mañana á la alcaldía_.
Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las charreteras á los oficiales.
En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta la noche, y aún disfrazado.
En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí, delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle Trasnonain para hacer barricadas.
En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos mismos la barricada.
En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la calle de la Corderie.
El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de cartuchos y trescientas balas de pistola.
Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los pedazos en la punta de sus bayonetas.
Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.
En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas solamente en el barrio de los Mercados.
En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que, flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis, la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.
Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.
Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.
En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido distribuía dinero á los trabajadores.
En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de dinero, diciéndole: _Tomad, para pagar los gastos, vino, etc._
Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo y seña.
Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.
En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales estaban convertidos en cuerpos de guardia.
Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica militar.
Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un bosque.
La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.
Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le encontró un plano de París.
En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.
La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de guardia.
En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama, los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos Molinos, y todas las barreras.
Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias, amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.
Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.
En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas continuaba á tiros.
Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en campo de batalla.
Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se fusilaban desde una puerta á otra.
Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa situación casi media hora.
Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.
Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.
Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.
En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.
Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos, retrocedían.
Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales encontraba una bandera roja con esta inscripción: _Revolución republicana, número 127_.
¿Era aquello efectivamente una revolución?
El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela inextricable, tortuosa y colosal.
Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí, era que aún no había empezado el combate.
En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.
Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la neutralidad del regimiento 53 de línea.
Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes de Lobau.
Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.
Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.
Observábanse por ambas partes.
El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.
El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.
Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama cólera pública.
El viento de las revoluciones no es manejable.
Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones bajaban de Vincennes.
La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente sereno.
V =Originalidad de París=
Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una insurrección.
Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.
París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín», exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca cosa.
Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos; solamente estos inmensos centros de población pueden contener en su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina tranquilidad.
Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á decir:
--Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.
Ó:
--En el arrabal de San Antonio.
Regularmente añade con indiferencia:
--Por ahí, no sé dónde.
Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:
--¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!
Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad sus mercancías, y en peligro su persona.
Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón; se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los cafés.
Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se combate.
En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.
Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada, ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.
Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría. Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.
Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.
Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y _más desinteresados_, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno día.
Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como á las cuatro de la madrugada.
Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.
Que _ellos_ eran dueños del Banco.
Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados, parapetados en la iglesia.
Que la tropa de línea no inspiraba confianza.
Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».
Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «_Soy de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una silla_».
Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana Radcliffe mezclada con el gobierno).
Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.
Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta de los Mercados.
Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.
Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser grave.
Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.
¿Por qué no atacaba enseguida?
Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.
Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los sospechosos.
Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la Fuerza llena también de presos.
Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange, arengaba con valentía.
Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el ruido de un aguacero.
En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre otros en medio de los patios.
Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado en París.
Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: _¡Ay, Dios mío! ¡Todavía no ha vuelto!_ Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde el rodar de algunos carruajes.
Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos, los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la campana de San Merry.
Esperábase el primer cañonazo.
En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que gritaban: «¡Retirarse á casa!».
Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.
Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».
De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.
LIBRO UNDÉCIMO EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I =Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía=
En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.
Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez de la fuga.
El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.
En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.
Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:
Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.
Y se escapó con la pistola.
Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía su pistola é iba cantando:
Nada se ve de noche, De día se ve bien, Por un escrito apócrifo Se espeluzna el burgués; Sombreros puntiagudos Practicad siempre el bien.
Era Gavrochillo que iba á la guerra.
Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.
¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.
Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.
Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el repertorio de los talleres.
Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.
Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.
Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de los cuarenta miembros de la Academia.
Gavroche era un pilluelo literario.
Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante, era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de Providencia.
Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido el empleo de aquella noche.
Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre, la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.
Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje, dirigiéndoles por despedida este discurso:
--«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».
Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París, no aparecieron.
El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.
Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza y decir:
--¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?
Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont aux Choux.
Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa digna de reflexión, una pastelería.
Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana antes de entrar en lo desconocido.
Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».
Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.
Gavroche no por esto se detuvo en su camino.
Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.
Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en pleno día los carteles de los espectáculos.
Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos, que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta bocanada de bilis filosófica:
--¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!
II =Gavroche en marcha=
La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche sentía crecer su verbosidad á cada paso.
Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando: