Los Merodeadores de Fronteras

Part 5

Chapter 54,006 wordsPublic domain

Este pensamiento le halagaba tanto más al capitán, cuanto que le parecía que de este modo continuaba en cierto modo sirviendo activamente a su país, puesto que plantaba los primeros jalones de una prosperidad futura, y hacía surgir los primeros resplandores de la civilización en unas tierras entregadas todavía a todos los horrores de la barbarie.

El capitán había estado ocupado durante mucho tiempo con su compañía en defender las fronteras de la Unión contra las depredaciones continuas de los pieles rojas, y en oponerse a sus incursiones. Así pues, tenía un conocimiento superficial, si se quiere, pero suficiente, de las costumbres indias y de los medios que era preciso emplear para no ser hostigado por aquellos vecinos turbulentos.

En el curso de las numerosas expediciones que su servicio le obligó a hacer, el capitán visitó muchas llanuras fértiles, muchos territorios cuyo aspecto le había agradado; pero había uno, sobre todo, cuyo recuerdo quedaba pertinazmente grabado en su memoria: era él de un valle delicioso que vislumbró un día como en un sueño, después de una cacería verificada en compañía de un habitante de los bosques, cacería que duró más de tres semanas y que le llevó insensiblemente más lejos de lo que ningún hombre civilizado había visitado hasta entonces en el desierto.

Hacía más de veinte años que no había vuelto a ver aquel valle, y le recordaba como si le hubiese abandonado la víspera, viéndole, por decirlo así, hasta en sus más mínimos pormenores. Esta obstinación de su memoria para representarle de continuo aquel rincón de tierra, concluyó por fascinar en tal manera la mente del capitán, que, cuando hubo adoptado la resolución de abandonar el servicio y solicitar una concesión, fue allí, y no a ninguna otra parte, a donde resolvió retirarse.

Jaime Watt tenía numerosos protectores en las oficinas de la Presidencia; además, los servicios de su padre y los suyos hablaban muy alto en su favor, y por lo tanto no experimentó dificultad alguna para obtener la concesión que solicitaba.

Le presentaron varios planos levantados anteriormente y mandados copiar hacía mucho tiempo por el gobierno, diciéndole que escogiese el territorio que mejor le conviniese; pero el capitán hacía mucho tiempo que había escogido el que quería. Rechazó los planos que le presentaban, sacó de su bolsillo un gran pedazo de piel de alce curtida, le desdobló y se le enseñó al comisario encargado de las concesiones, diciéndole que no quería más que aquella.

El comisario frunció el entrecejo: era amigo del capitán, y no pudo contener un gesto de espanto al oír su petición.

Aquel terreno estaba situado en medio del territorio indio, a más de cuatrocientas millas de la frontera americana. Era una locura, un suicidio, lo que quería cometer el capitán; le sería imposible mantenerse en medio de las tribus belicosas, que le envolverían por todas partes. No trascurriría un mes sin que fuese desapiadadamente asesinado con toda su familia, y los criados tan faltos de juicio que se atreviesen seguirle.

A todas las objeciones que su amigo aglomeraba sin cesar para hacerle variar de idea, el capitán solo respondía con un movimiento de cabeza acompañado de esa sonrisa propia de los hombres que han adoptado una resolución irrevocable.

Al fin, el comisario, perdiendo toda esperanza de convencerle, y apurados ya sus argumentos, concluyó por decirle de una manera terminante que era imposible darle tal concesión, porque aquel territorio pertenecía a los indios, y además una de sus tribus tenía allí una aldea desde tiempo inmemorial.

El comisario había guardado este argumento para lo último, convencido de que el capitán nada podría oponerle y se vería obligado a modificar, cuando menos, sus proyectos.

El buen comisario se había equivocado: no conocía tan bien como se lo figuraba el carácter de su amigo.

Este, sin alterarse por el gesto triunfante con que el comisario había acompañado su peroración, sacó fríamente de otro bolsillo un segundo pedazo de piel de alce curtida, y sin decir una palabra, se lo presentó a su amigo.

El comisario lo cogió dirigiéndole una mirada interrogadora; el capitán le hizo una seña con la cabeza, indicándole que lo examinase con la vista.

El comisario lo desdobló vacilando. Teniendo en cuenta el modo de proceder del veterano, sospechaba que aquel documento contenía una respuesta perentoria.

En efecto, apenas le hubo examinado un instante, le tiró encima de la mesa con un gesto violento de mal humor.

Aquella piel de alce contenía la venta del valle y de todo el territorio circunvecino, hecha por _Itsichaiché_ o Cara de Mono, uno de los sachems principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes, en su nombre y en el de los demás jefes de la nación, mediante cincuenta fusiles, catorce docenas de cuchillos de desollar, sesenta libras de pólvora, sesenta libras de balas, dos barriles del licor llamado _whiskey_, y veintitrés uniformes completos de soldados de la milicia.

Cada uno de los jefes había puesto su jeroglífico al pie del acta de venta y debajo del de Cara de Mono.

Diremos al instante que aquel documento era falso, pues en este asunto el capitán había sido completamente engañado por Cara de Mono.

Este jefe, expulsado de la tribu de los Pawnees-Serpientes por varias causas que revelaremos cuando sea ocasión oportuna, había falsificado aquel documento, primero con el objeto de robar al capitán, y después con el fin de vengarse de sus compatriotas, porque sabía muy bien que si Watt obtenía la autorización del gobierno, no vacilaría para apoderarse del valle, fuesen las que quisieran las consecuencias de esta expoliación; el capitán solo había exigido que el piel roja le sirviese de guía, en lo cual consintió el indio sin dificultad alguna.

Ante el acta de venta que tenía a la vista, el comisario hubo de confesarse vencido y dar, de buen o mal grado, la autorización tan pertinazmente solicitada por el capitán.

Tan luego como todos los documentos estuvieron registrados en debida forma, firmados y autorizados con el gran sello, el capitán comenzó los preparativos de su viaje sin perder un solo instante.

Mistress Watt quería demasiado a su marido para oponer la más leve observación a sus proyectos: habiéndose criado ella también en un desmonte poco lejano de la frontera, estaba casi familiarizada con los indios, y la costumbre de verlos le había enseñado a no temerlos. Además, le importaba muy poco el lugar de su residencia con tal que tuviese consigo a su marido.

El capitán, tranquilo por parte de su mujer, puso manos a la obra con la actividad febril que le caracterizaba.

La América es la tierra de los prodigios, es quizás el único país del mundo en que se pueden encontrar, en el espacio de veinticuatro horas, los hombres y las cosas indispensables para la ejecución de los proyectos más excéntricos y descabellados.

El capitán no se hacía ilusiones en manera alguna acerca de las consecuencias probables de la determinación que había adoptado; y por lo tanto, quería precaverse en lo posible contra todas las eventualidades, y procurar la seguridad de las personas que habían de acompañarle al terreno de la concesión, especialmente la de su mujer y sus hijos.

Por lo demás, no tardó mucho en hacer su elección. Entre sus antiguos compañeros, es decir, entre sus antiguos soldados, había muchos que deseaban en extremo seguirle, y sobre todo un sargento viejo, llamado Walter Bothrel, que había servido bajo sus órdenes durante cerca de quince años, y que a la primera noticia que tuvo de la declaración de retiro de su jefe, fue a buscarle y le dijo que, puesto que abandonaba el servicio, era inútil que él permaneciese en las filas, y que estaba seguro de que su capitán no le negaría el favor de permitirle que le siguiese.

La oferta de Bothrel fue aceptada con júbilo por el capitán, que conocía a fondo a su sargento, especie de perro por lo fiel, hombre de un valor a toda prueba, y con el cual podía contar por completo.

Al sargento fue a quien el capitán confió el encargo de organizar el destacamento de cazadores que se proponía llevar consigo para defenderse, si a los indios se les antojaba atacar a la nueva colonia.

Bothrel cumplió la orden que había recibido con esa conciencia inteligente que empleaba en todas las cosas, y muy luego encontró en la misma compañía del capitán treinta hombres resueltos y fieles que se alegraron infinito de seguir la fortuna de su ex-jefe y unirse a él.

El capitán, por su parte, había enganchado unos quince obreros de todas clases, herreros, carpinteros, etc., que le firmaron un compromiso por cinco años, con arreglo al cual, trascurrido este espacio de tiempo, y mediante un ligero censo, serían dueños del terreno que el capitán les concediese, y en el cual se establecerían con sus familias. Aún este mismo censo había de caducar al cabo de cierto tiempo.

Estando ya terminados, por fin, todos los preparativos, los colonos, en número de cincuenta hombres y unas doce mujeres próximamente, se pusieron en marcha para dirigirse al territorio de la concesión. Era a mediados de mayo, y llevaban consigo una larga hilera de carros cargados con géneros de todas clases y un numeroso rebaño de reses destinadas a alimentar a la colonia y a dar crías.

Cara de Mono servía de guía, según se había convenido. Haciendo al indio la justicia debida, diremos que desempeñó concienzudamente la misión de que se había encargado, y que durante un largo viaje de cerca de tres meses, atravesando desiertos infestados de fieras de todas clases y surcados en todas direcciones por hordas de indios salvajes, logró librar a aquellos a quienes dirigía de la mayor parte de los peligros que a cada paso les amenazaban.

VII.

CARA DE MONO.

Ya hemos visto de qué modo se apoderó el capitán del territorio que le había sido concedido. Ahora vamos a explicar cómo se estableció en él y qué precauciones adoptó para no ser molestado por los indios a quienes tan brutalmente había desposeído, y que, según el carácter vengativo que ya les conocía, probablemente no se darían por vencidos y no dejarían de probar fortuna de un momento a otro para tomar una revancha sangrienta y una venganza terrible por el insulto que recibieron.

El combate contra los indios fue rudo y encarnizado; pero, merced a Cara de Mono, que había revelado al capitán los puntos más débiles del _Atepelt_ (aldea), y merced sobre todo a la superioridad de las armas de fuego de los americanos, los indios se habían visto fatalmente obligados a emprender la fuga y abandonar a los vencedores cuanto poseían, triste botín que solo consistía en pieles de animales y en algunas vasijas hechas con tosca arcilla.

El capitán, tan luego como fue dueño de la plaza, comenzó su obra y principió a fundar la nueva colonia. Comprendía la necesidad de ponerse lo más pronto posible al abrigo de un golpe de mano.

El sitio que ocupaba la aldea fue completamente desembarazado de las ruinas que le obstruían; luego los jornaleros se pusieron a nivelar el suelo y a abrir un foso circular de seis metros de anchura y cuatro de profundidad, al que, por medio de un canal, se puso en comunicación con el afluente del Misuri por un lado, y por el otro con el mismo río. Detrás de este foso, y en lo alto del talud formado por las tierras extraídas y allí amontonadas, plantaron una hilera de estacas de cuatro metros de altura unidas unas a otras por medio de fuertes garfios de hierro, cuidando de dejar intervalos casi invisibles por los cuales era fácil pasar el cañón de un rifle y hacer fuego a cubierto. En este atrincheramiento se practicó una puerta bastante ancha para que por ella pudiese pasar un carro cargado, y que comunicaba con el exterior por medio de un puente levadizo echado sobre el foso y que se alzaba todos los días al ponerse el sol.

Una vez adoptadas estas precauciones preliminares, una extensión de terreno de cuatro mil metros cuadrados próximamente quedó rodeada de agua y defendida en todos sus puntos por una empalizada, excepto en la parte que daba al Misuri, en donde se había considerado que la anchura y la profundidad del río ofrecían suficientes garantías de seguridad.

En el espacio libre que quedaba dentro de la empalizada fue donde el capitán se dispuso a construir los edificios y dependencias de la colonia.

Al principio, y como se practica en todos los desmontes, los edificios habían de ser tan solo de madera, es decir, construidos con troncos de árboles a los cuales se les dejaba la corteza; la madera no escaseaba, merced al bosque situado cuando más a cien metros de distancia de la colonia.

Los trabajos fueron impulsados con tal actividad, que dos meses después de la llegada del capitán a aquel sitio, todos los edificios estaban terminados y la distribución interior casi completa.

En el centro de la colonia y sobre una eminencia formada al efecto, habían construido una especie de torre octógona de unos veinticinco metros de altura, cuyo techo formaba terrado, y dividida en tres pisos: en el bajo estaban la cocina y las habitaciones comunes; los cuarto superiores estaban destinados a los individuos de la familia y de su servidumbre, es decir, al capitán, a su mujer, a sus dos hijos, a las dos criadas de estos, muchachas jóvenes y vigorosas del Kentucky, de mejillas rosadas y abultadas, y cuyos nombres eran Betzy y Emmy; a la cocinera mistress Margaret, respetable matrona que entraba ya en su noveno lustro, aunque solo confesaba treinta y cinco años de edad y todavía tenía pretensiones de belleza, y por último, al sargento Bothrel. Aquella torre estaba cerrada con una puerta muy sólida, forrada de hierro, y en cuyo centro se abría un postigo para reconocer a los que llamaban.

A diez metros próximamente de la torre, y comunicando con ella por medio de un pasadizo subterráneo, estaban la habitación de los cazadores, la de los obreros de todas clases, y por último, la de los pastores y labradores.

Después se veían las cuadras para los caballos y los establos para las reses.

Luego, diseminados en varios puntos, extensos cobertizos, grandes talleres y vastos almacenes destinados a guardar los productos de la colonia.

Pero estos diferentes edificios habían sido construidos de modo que estaban aislados y bastante lejos unos de otros para que, en caso de incendio (y esto era lo que se había tenido presente para colocarlos así), la pérdida de un edificio no produjese irremisiblemente la de otro. De trecho en trecho se habían abierto varios pozos, con el fin de distribuir agua abundante por todas partes sin necesidad de ir a buscarla al río.

En fin, para resumir, diremos que el capitán, como soldado viejo, experimentado y acostumbrado a todos los ardides de la guerra de las fronteras, había adoptado las precauciones más minuciosas para precaver un ataque, y sobre todo para evitar una sorpresa.

Habían trascurrido tres meses desde que se establecieron allí los norteamericanos. Aquel valle, en otro tiempo inculto y cubierto de bosques, se hallaba ya labrado en su mayor parte; los desmontes, verificados en grande escala, habían llevado los linderos de la selva a cerca de dos kilómetros de la colonia; todo ofrecía la imagen de la prosperidad y del bienestar en aquel sitio en que tan poco tiempo antes la incuria de los pieles rojas dejaba que la naturaleza produjese con entera libertad los pocos pastos indispensables para sus ganados.

En el interior de la colonia, todo ofrecía el espectáculo más vivo y animado, mientras que fuera, las reses pastaban bajo la custodia de algunos ganaderos montados y bien armados; los árboles seculares caían bajo los repetidos hachazos de los jornaleros; dentro, todos los talleres estaban en plena actividad, densas columnas de humo se alzaban de las fraguas, el ruido de los martillazos se mezclaba con el rechinar de las sierras; en las orillas del río, enormes pilas de tablas se alzaban a poca distancia de otros rimeros de leña; varias embarcaciones estaban amarradas en la playa, y de vez en cuando se oían resonar a lo lejos los tiros de los cazadores que ejecutaban una batida en el bosque con el fin de proveer de caza a la colonia.

Eran próximamente las cuatro de la tarde. El capitán, montado en un magnífico caballo negro y cuatralbo, cruzaba al paso una pradera recientemente desmontada.

Una sonrisa de satisfacción íntima animaba el rostro severo del antiguo soldado al ver el cambio prodigioso que su voluntad y su febril actividad habían verificado en tan poco tiempo en aquel rincón de tierra ignorado, llamado en un porvenir no lejano, según toda probabilidad, a adquirir una gran importancia comercial debida a su posición tan ventajosa. Acercábase a la colonia, cuando un hombre, oculto hasta entonces detrás de un montón de cepas y raíces de árboles colocadas allí para secarse, apareció súbitamente junto a él.

El capitán reprimió un gesto de mal humor al ver a aquel hombre, que era Cara de Mono.

Diremos aquí algunas palabras acerca de este personaje, que está llamado a representar un papel bastante importante en la presente narración.

_Itsichaiché_ era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura y bien formado; tenía un rostro astuto y ratero, animado por dos ojos muy pequeños; su nariz encorvada en forma de pico de papagayo, y su boca grande, con labios delgados y comprimidos, le daban una expresión ladina y malvada que, no obstante la obsequiosidad cautelosa y zalamera de sus modales y la dulzura calculada de su voz, inspiraba una repulsión instintiva e invencible a todos aquellos a quienes la casualidad ponía en contacto con él.

Al revés de lo que por lo general suele suceder, la costumbre de verle, en vez de disminuir y desterrar esta impresión desagradable, la acrecentaba más y más.

Había cumplido honrada y concienzudamente sus deberes de guía conduciendo a los norteamericanos sin tropiezo alguno hasta el sitio a donde se dirigían; pero desde aquella época se había quedado con ellos, y por decirlo así, se había avecindado en la colonia en donde andaba de un lado para otro a su antojo, sin que nadie se cuidase de lo que hacía.

Algunas veces desaparecía sin decir una palabra, permanecía ausente durante algunos días, y luego volvía de improviso, sin que fuese posible arrancarle ningún dato, ni saber lo que había hecho, ni a donde había ido.

Sin embargo, había una persona a quien el semblante sombrío del indio había causado constantemente un terror vago, y que nunca pudo dominar la repulsión que le inspiraba, sin que le fuese dado explicar en qué se fundaba aquel sentimiento que experimentaba: aquella persona era mistress Watt. El amor maternal hace ser muy perspicaz: la joven adoraba a sus hijos, y cuando algunas veces el piel roja fijaba por casualidad una mirada indiferente en las inocentes criaturas, la pobre madre sentía un estremecimiento en todos sus miembros, y se apresuraba a apartar de la vista de aquel hombre a los dos tiernos seres que eran todo para ella en este mundo.

Algunas veces había procurado hacer que su marido compartiese sus temores; pero a todas sus observaciones contestaba tan solo el capitán encogiéndose de hombros de un modo significativo, suponiendo que con el tiempo se debilitaría aquella impresión y concluiría por desaparecer. Sin embargo, como mistress Watt volvía de continuo a la carga con la perseverancia y la obstinación de una persona cuyas ideas están positivamente fijadas y no han de variar, el capitán, impacientado y no teniendo razón alguna plausible para proteger contra su mujer, a quien amaba y respetaba, a un hombre hacia el cual no sentía la más leve estimación ni simpatía, le prometió por fin que la desembarazaría de él; y como en aquel momento hacía algunos días que el indio se hallaba ausente de la colonia, formó el propósito de verle en cuanto volviese y pedirle una explicación de su conducta misteriosa: en el caso de que el indio no le diese una respuesta categórica y satisfactoria, le diría de una manera terminante que no quería volverle a ver en la colonia, y que por lo tanto se alejase al momento y para siempre.

He ahí en que disposición de ánimo se hallaba el capitán respecto de Cara de Mono, cuando la casualidad colocó a éste en su camino, en el momento en que menos lo esperaba.

Al ver al indio, el capitán paró a su caballo.

--¿Está mi padre visitando el valle? le dijo el Pawnee.

--Sí, contestó el capitán.

--¡Oh! repuso el indio dirigiendo una mirada en torno suyo, todo ha variado mucho: ahora las reses de los Grandes Cuchillos del Oeste pastan tranquilamente en el territorio de que fueron, desposeídos los Pawnees-Serpientes.

El indio pronunciaba estas palabras con una voz triste y melancólica que dio en que pensar al capitán, y le inspiró cierta inquietud.

--¿Es pesar lo que quiere V. manifestar, jefe? le preguntó. Me parecería eso muy inoportuno, sobre todo en boca de V., que fue quien me vendió el territorio que ocupo.

--Es verdad, dijo el indio moviendo la cabeza; Cara de Mono no tiene derecho para quejarse: él fue quien vendió a los rostros pálidos del Oeste el terreno en que descansan sus padres, y en donde él mismo y sus hermanos han cazado tantas veces el elk y el jaguar.

--Vamos, jefe, le encuentro a V. lúgubre hoy: ¿qué tiene V? ¿Estaba V. acostado esta mañana sobre el lado izquierdo al despertar? dijo el capitán aludiendo a una de las supersticiones más acreditadas entre los indios.

--No, repuso el indio, el sueño de Cara de Mono ha estado exento de malos pronósticos, nada ha venido a alterar la tranquilidad de su alma.

--Felicito a V. por ello, jefe.

--Mi padre dará tabaco a su hijo a fin de que fume la pipa de la amistad a su regreso.

--Puede ser, pero antes tengo que hacer a V. una pregunta.

--Mi padre puede hablar, los oídos de su hijo están abiertos.

--Hace ya mucho tiempo, jefe, que nos hallamos establecidos aquí.

--Sí, está comenzando la cuarta luna.

--En efecto, desde nuestra llegada nos ha dejado V. muchas veces sin avisarnos.

--¿Para qué? Supongo que el aire y el espacio no pertenecen a los rostros pálidos, el guerrero Pawnee es dueño de ir a donde mejor le parezca. Era un jefe afamado en su tribu.

--Todo eso puede ser muy cierto, jefe, y no me importa en manera alguna; pero lo que me importa mucho es la seguridad de mi familia y de los hombres que me han acompañado hasta aquí.

--¿Pues en qué puede atentar Cara de Mono a esa seguridad? dijo el piel roja.

--Voy a decírselo a V., jefe; escúcheme atentamente, pues lo que voy a manifestarle es muy serio.

--Cara de Mono no es más que un pobre indio, respondió el piel roja con ironía; el Gran Espíritu no le ha dado el talento claro y sutil de los rostros pálidos; sin embargo, procurará comprender.

--No es V. tan sencillo como quiere aparentarlo en este momento, jefe. Estoy seguro de que me comprenderá V. perfectamente si quiere tomarse ese trabajo.

--El jefe procurará hacerlo.

El capitán contuvo a duras penas un movimiento de impaciencia, y continuó diciendo:

--No estamos aquí en una de las grandes ciudades del interior de la Unión americana, en donde la ley protege a los ciudadanos y garantiza su seguridad; todo lo contrario, nos hallamos en el territorio de los pieles rojas, alejados de toda protección que no sea la de nuestras propias fuerzas; de nadie podemos aguardar auxilio, y estamos rodeados de enemigos vigilantes que acechan el momento propicio para atacarnos y asesinarnos si pueden; así pues, es deber nuestro velar con el mayor cuidado por nuestra seguridad, que se vería gravemente comprometida por la imprudencia más leve. ¿Comprende V. eso, jefe?

--Sí, mi padre ha hablado bien; su cabeza está cenicienta; su sabiduría es grande.