Part 4
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto, cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.
V.
EL CIERVO-NEGRO.
Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol, reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.
Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del desierto.
Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.
El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con indios.
El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.
El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.
Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.
--¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el canadiense interponiéndose.
--¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es necesario y se lo quito.
--¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.
Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
--Ese hombre no está disfrazado.
--¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe; los guerreros no se pintan más que el rostro.
El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su seriedad, dijo:
--Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color; el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo átomo negro.
--¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.
Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.
--Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.
El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:
--Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con la dulzura del canto del _cenzontle_. El _Wah-rush-ar-menec_ (el Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida, y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.
Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de mano, diciéndole:
--No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.
Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.
Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.
Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes que viven en los bosques.
Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:
--¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?
--Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto Misuri, a fines de la luna de _Mikini-Quisis_ (mes de las frutas quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de _Inaqui-Quisis_ (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.
--Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.
Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a tomar la palabra.
Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.
--Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi hermano?
--Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee, partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.
--Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.
--Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas noticias.
--Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.
«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:
--»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?
--»Sí, dijo mi padre.
»Entonces el rostro pálido sacó un gran _collar_ (carta) en el cual estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le dijo:
--»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.
»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.
--»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para sostener al mundo sobre su concha.
--»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»
--Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos hombres: ¡el asesinato y la rapiña!
--Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles? Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la batalla.
--¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.
--Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas, o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el refinamiento de la más horrible barbarie!
El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos que en vano procuraba ahogar.
--He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza; mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos, obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables, me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?
--¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa. Pero impongo una condición.
--Hable mi hermano.
--La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad; pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.
--El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los rostros pálidos; no quiere más que la justicia.
--Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.
El indio se sonrió con desdén y respondió:
--Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros pálidos no sabrán donde encontrarlos.
--Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para el buen éxito de sus proyectos posteriores.
El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano que quería intentar contra los nuevos colonos.
Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar, si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las mujeres y los niños.
Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.
Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear, eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.
Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.
--¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.
--Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos: si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible, pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.
--Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como viejas curiosas.
Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego desaparecieron bajo la enramada.
VI.
LA CONCESIÓN.
Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias, en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas selvas vírgenes que cubrían sus bordes.
En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada cordillera de altas y fragosas colinas.
Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos. Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la nación.
De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre; el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus habitantes muertos sin compasión.
Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el robo, el rapto y el asesinato.
No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era exacto y fiel en todas sus partes, y que el jefe, al hacerle, lejos de recargarle con enfáticas exageraciones, le había suavizado por el contrario con una justicia y una imparcialidad poco comunes.
Penetraremos en el valle unos tres meses después de la llegada de los americanos, tan fatal para los pieles rojas, y describiremos en pocas palabras la manera en que los nuevos colonos se habían establecido en el territorio de donde tan cruelmente expulsaron a los legítimos propietarios.
Tan luego como los norteamericanos fueron dueños absolutos del terreno, comenzaron lo que llaman un desmonte.
Hace unos treinta años, el gobierno de los Estados Unidos tenía, y probablemente tendrá aún en la actualidad, la costumbre de recompensar los servicios de sus antiguos oficiales haciéndoles concesiones de terrenos en las fronteras de la República más amenazadas por los indios. Esta costumbre ofrecía la doble ventaja de extender paulatinamente los límites del territorio americano; rechazando a los pieles rojas a los desiertos, y de no abandonar sin recursos, en su vejez, a unos soldados valientes que, durante la mayor parte de su vida, habían derramado noblemente su sangre por la patria.
El capitán Jaime Watt era hijo de un oficial distinguido de la guerra de la Independencia: el coronel Lionel Watt, ayudante de campo de Washington, había asistido, al lado de este celebre fundador de la República americana, a todas las batallas dadas a los ingleses: herido de gravedad en el sitio de Boston, con gran sentimiento suyo se vio obligado a volver a la vida privada; pero fiel a sus principios de lealtad, tan luego como su hijo Jaime llegó a los veinte años, le hizo ocupar su puesto bajo las banderas.
En la época en que le ponemos en escena, Jaime Watt era un hombre de unos cuarenta y cinco años, aunque representaba diez más por lo menos, por las innumerables fatigas de la dura vida militar en que había trascurrido su juventud.
Era un hombre de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, robusto y vigoroso, ancho de hombros, seco, nervioso y dotado de una constitución de hierro; su rostro, cuyas líneas eran de extremada rigidez, tenía impresa esa expresión de enérgica voluntad mezclada con indiferencia, rasgo peculiar de la fisonomía de los hombres cuya existencia no ha sido sino una serie continua de peligros vencidos. Su cabellera corta y canosa, su tez tostada, sus ojos negros y penetrantes, su boca bien rasgada, pero de labios algo delgados, daban a su semblante un aspecto de severidad inflexible que no carecía de grandeza.
El capitán Watt, casado hacía dos años con una preciosa joven a quien adoraba, era padre de dos hijos, un niño y una niña.
Su mujer, llamada Fanny, era parienta suya lejana. Era morena, con unos ojos azules encantadores, y tenía un carácter dulce y modesto. A pesar de ser mucho más joven que su marido, puesto que aún no tenía veintidós años, Fanny le profesaba el más puro y acendrado cariño.
Cuando el veterano militar vio que era padre, cuando comenzó a experimentar las alegrías íntimas de la familia, se verificó en él una revolución completa; le inspiró súbita repugnancia la carrera militar, y ya no deseó más que los goces tranquilos del hogar.
Jaime Watt era uno de esos hombres para quienes la concepción de un proyecto va seguida inmediatamente después de su ejecución. Por eso, tan luego como se le ocurrió la idea de retirarse del servicio la realizó, resistiéndose a todas las reflexiones y objeciones que sus amigos le hacían.
Sin embargo, aunque el capitán deseaba volver a la vida privada, no era su intención en manera alguna abandonar el uniforme para vestirse el traje de paisano. La vida monótona de las ciudades de la Unión nada agradable podía ofrecer para un antiguo soldado cuyo estado normal, durante todo el curso de su existencia, había sido, por decirlo así, la agitación y el movimiento.
Por consiguiente, después de haberlo reflexionado maduramente, se fijó en un término medio que, a su modo de ver, debía salvar lo que la vida civil pudiese tener de demasiado sencilla y tranquila para él.
Este medio era él de solicitar una concesión de territorio en la frontera india, desmontar aquel terreno con sus enganchados y sus criados, y vivir allí feliz y ocupado, como un señor de la edad media, en medio de sus vasallos.