Los Merodeadores de Fronteras

Part 16

Chapter 163,965 wordsPublic domain

--Gracias, ¿por qué? respondió el desconocido con dureza.

--Porque me ha salvado la vida, hermano, repuso el herido.

--No soy hermano de V., fraile, exclamó el desconocido con tono burlón; yo soy un hereje, un _gringo_, como a VV. les gusta llamarnos; míreme V. bien, que no me ha examinado con cuidado: ¿no tengo yo cuernos en la cabeza y pies de macho cabrío?

Estas palabras fueron pronunciadas con tal acento de sarcasmo, que el fraile se quedó cortado durante un momento.

--¿Quién es V.? le preguntó por fin con cierto temor secreto.

--¿Qué le importa a V.? dijo el otro con una risa que nada bueno presagiaba; el diablo quizás.

El herido hizo un movimiento brusco para levantarse, y se santiguó repetidas veces balbuceando:

--¡Dios me libre de haber caído en manos del espíritu del mal!

--Vamos, ¡loco! tranquilícese V., repuso el desconocido encogiéndose de hombros con desprecio; no soy el demonio, sino un hombre como V., quizás un poco menos hipócrita, y he ahí toda la diferencia.

--¿Dice V. la verdad? ¿Es V. realmente uno de mis semejantes dispuesto a serme útil?

--¿Quién puede responder de lo porvenir? repuso el desconocido con una sonrisa enigmática; hasta ahora al menos, creo que no haya usted tenido motivo para quejarse de mí.

--No, ¡oh! no creo tal cosa, si bien desde que me desmayé, mis ideas se han embrollado por completo y de nada me acuerdo.

--Poco me importa, eso no es cuenta mía y nada le pregunto a V.; bastante tengo yo con mis propios negocios sin cuidarme de los asuntos de los demás. Vamos a ver, ¿se siente V. mejor? ¿Está V. bastante aliviado para continuar su camino?

--¡Cómo! ¿Continuar mi camino? preguntó el fraile aterrado; ¿Se propone V. abandonarme solo aquí, por ventura?

--¿Por qué no? Demasiado tiempo he perdido ya al lado de V., y ahora debo pensar en mis negocios.

--¡Ah! exclamó el fraile, después del interés, que tan bondadosamente me ha demostrado V., ¿tendría valor suficiente para abandonarme así, casi moribundo, sin cuidarse de lo que pudiera sucederme después de su marcha?

--¿Por qué no? repito. No conozco a V.; ninguna necesidad tengo de auxiliarle. Al cruzar casualmente por esta explanada, le vi a V. tendido ahí sin aliento y pálido como un cadáver; le prodigué esos cuidados que en el desierto a nadie se niegan: ahora ha vuelto V. en sí, ya no le soy útil para nada, y me marcho. ¿Puede haber cosa más sencilla ni más lógica? Adiós, y que el diablo, por quien me tomaba V. hace un momento, le conceda su protección.

Después de haber pronunciado estas palabras, con un tono de sarcasmo y de ironía amarga, el desconocido se echó su rifle al hombro y anduvo algunos pasos en dirección a su caballo.

--¡Deténgase V.! ¡En nombre del cielo! exclamó el fraile levantándose con más presteza de lo que hubiera podido esperarse de su estado de debilidad, pero impulsado poderosamente por el miedo. ¿Qué va a ser de mí, solo, en este desierto?

--Me importa muy poco, repuso el desconocido desembarazando fríamente la punta de su zarapé que el fraile había agarrado. ¿No dice por ventura la máxima del desierto: Cada cual para sí?

--¡Escuche V.! replicó el fraile hablando muy de prisa, me llamo fray Antonio y soy rico: si me protege V., le recompensaré generosamente.

El desconocido se sonrió con desdén y dijo: ¿Qué tiene V. que temer? Es V. joven, robusto, y se halla bien armado: ¿no se encuentra, pues, en estado de protegerse a sí mismo?

--No, porque me hallo perseguido por enemigos implacables. Esta noche pasada me han impuesto un tormento horrible e infamante: a duras penas he conseguido escaparme de entre sus manos. Esta mañana la casualidad me puso en presencia de esos dos hombres. Al verlos, se apoderó de mí una especie de locura furiosa, y se me ocurrió la idea de vengarme; les apunté e hice fuego, y en seguida comencé a huir sin saber a donde me dirigía, loco de cólera y de espanto; cuando llegué aquí, caí anonadado, abrumado, tanto por los sufrimientos que padecí en la pasada noche, como por el cansancio que me produjo una carrera larga y precipitada por caminos endemoniados. Esos hombres, sin duda alguna, me vienen persiguiendo; si me encuentran, lo cual conseguirán, porque son unos cazadores de los bosques que conocen perfectamente el desierto, me matarán sin compasión. No tengo más esperanza que en V.; ¡en nombre de aquello que más quiera V. en este mundo le suplico que me salve! ¡Sálveme V. y mi gratitud no tendrá límites!

El desconocido había escuchado este largo y patético discurso sin que se moviese un solo músculo de su rostro. Cuando el fraile se detuvo, porque probablemente se le agotaron los argumentos y el aliento, el otro apoyó en el suelo la culata de su rifle, y respondió con sequedad:

--Todo lo que está V. diciendo puede ser muy cierto, pero me importa tan poco como una hoja que se lleva el viento; salga V. de su apuro como mejor le parezca, sus ruegos son inútiles: si V. supiera quién soy, se ahorraría el estarme calentando los oídos tanto tiempo.

El fraile fijaba en aquel hombre singular una mirada de espanto, sin saber ya qué decirle ni qué medio emplear para ablandar su corazón.

--Pero ¿quién es V.? le preguntó, más bien por decir algo que para obtener una respuesta.

--¿Quién soy? dijo el desconocido con una sonrisa irónica; ¿quiere V. saberlo? ¡corriente! Escuche V. a su vez, pues tengo que pronunciar muy pocas palabras, pero bastarán para helar de espanto la sangre en sus venas: soy el hombre a quien llaman el; _¡Desollador-Blanco!_ el _¡Sin piedad!_

El fraile retrocedió algunos pasos tambaleándose y juntando ambas manos con esfuerzo.

--¡Dios mío! exclamó con terror, ¡Estoy perdido!

En aquel momento se oyó a corta distancia el grito del mochuelo.

El cazador se estremeció.

--¡Nos escuchaban! exclamó, y se precipitó con rapidez hacia el lado en que acababa de oírse la seña, mientras que el fraile, medio muerto de terror, se dejaba caer al suelo de rodillas y dirigía al cielo una oración fervorosa.

XXIII.

EL DESOLLADOR-BLANCO.

Ahora tenemos que interrumpir durante algunos momentos nuestra narración con el fin de dar al lector ciertos pormenores acerca del hombre singular que hemos puesto en escena en nuestro capítulo precedente, pormenores muy incompletos, sin duda alguna, pero indispensables, sin embargo, para la inteligencia de los acontecimientos sucesivos.

Si en vez de referir una historia verídica, inventásemos una novela, de seguro nos guardaríamos muy bien de introducir en nuestro relato personajes como el que en este momento nos ocupa; desgraciadamente nos vemos obligados a seguir la línea que ya de antemano se halla trazada ante nosotros, y a describir a nuestros personajes tales como son, tales como han existido y como todavía existen en su mayor parte.

Algunos años antes de la época en que comienza la primera parte de esta narración, comenzó a circular casi súbitamente un rumor que al pronto fue sordo, pero que muy luego adquirió cierta consistencia y grande notoriedad en los vastos desiertos de Tejas, helando de espanto a los indios bravos y a los aventureros de diferentes clases que recorren en todos sentidos aquellas soledades inmensas.

Decíase que un hombre que tenía la apariencia de un blanco recorría hacía algún tiempo el desierto en persecución de los pieles rojas, a quienes parecía que había declarado una guerra encarnizada; acerca de aquel hombre que, según decían, caminaba siempre solo, se referían actos de una crueldad horrible y de una audacia inaudita. Dondequiera que encontraba a los indios, fuera el que quisiese su número, los atascaba; a los que caían en sus manos les desollaba el cráneo, les arrancaba el corazón del pecho, y a fin de que se conociese que habían sucumbido bajo sus golpes, aquel hombre les hacía sobre el estómago una gran incisión en forma de cruz. Algunas veces, atravesando el desierto en toda su extensión, aquel enemigo implacable de la raza roja se deslizaba dentro de las aldeas, las incendiaba durante la noche cuando cada cual se hallaba entregado al sueño, y entonces hacía una matanza espantosa asesinando a cuantos encontraba: mujeres, niños, ancianos, nadie quedaba exceptuado.

No era solo a los indios a quienes aquel sombrío enderezador de entuertos perseguía con odio implacable; los mestizos y los cuarterones, los contrabandistas, los piratas, en fin todos esos atrevidos merodeadores de las fronteras acostumbrados a vivir a costa de la sociedad, tenían que arreglar con él una estrecha cuenta, solo que a éstos no les desollaba el cráneo: se contentaba con atarlos sólidamente a un árbol, en donde los condenaba a morirse de hambre y a ser presa de las fieras.

Durante los primeros años, los aventureros y los pieles rojas, impulsados por el sentimiento de un peligro común, se coaligaron varias veces para concluir con aquel enemigo feroz, apoderarse de él e imponerle la pena del talión; pero aquel hombre parecía que estaba protegido por un encanto que le hacía librarse de cuantos lazos se le tendían, y adivinar cuantas emboscadas se le preparaban. Era imposible alcanzarle: sus movimientos eran tan rápidos e imprevistos, que con frecuencia aparecía a una distancia considerable del sitio en que se le aguardaba, y en cuyas cercanías se le había visto poco antes. Al decir de los indios y de los aventureros, era invulnerable, y su pecho rechazaba las balas y las flechas; aquel hombre, merced a la continua fortuna que protegía todas sus empresas, llegó a ser muy luego un objeto de universal terror en la pradera. Sus enemigos, convencidos de que cuanto intentasen contra él sería inútil, renunciaron a una lucha que juzgaron se dirigía contra un poder superior; circularon acerca de él las leyendas más singulares; cada cual le temió como un ser maléfico; los indios le denominaron _Kiéin-Stomann_, es decir, el Desollador-Blanco, y los aventureros le designaron con el epíteto de _Sin Piedad._

Como se ve, estos dos nombres habían sido aplicados con razón a aquel hombre para quien el asesinato y la carnicería parecía que eran el goce supremo; tanto era el placer que experimentaba al sentir a sus víctimas palpitar bajo su mano teñida en sangre y al arrancarles el corazón del pecho. Por eso, su solo nombre pronunciado en voz baja helaba de espanto a los más valientes.

Pero ¿quién era aquel hombre?

¿De dónde procedía?

¿Qué catástrofe espantosa le había lanzado al horrible género de vida que llevaba?

Nadie había podido responder a estas preguntas. Aquel individuo era un enigma aterrador que nadie podía descifrar.

¿Era por ventura una de esas organizaciones monstruosas que, bajo la exterioridad de un hombre, encierran un corazón de tigre?

¿Era más bien un alma ulcerada por alguna desgracia terrible y cuyas facultades todas se hallaban tendidas hacia un solo objeto, él de la venganza?

Estas dos hipótesis eran tan posibles la una como la otra, y aún acaso ambas eran ciertas.

Sin embargo, como toda medalla tiene su reverso, y el hombre nunca es completo para el bien ni para el mal, aquel individuo tenía algunas veces ciertas ráfagas, no de compasión, sino quizás de cansancio, momentos en que la sangre le subía a la garganta, le ahogaba y le hacía ser un poco menos cruel, un poco menos implacable, casi humano en una palabra; pero aquellos momentos eran breves, aquellos _accesos_, según él mismo los llamaba, muy escasos: casi al momento prevalecía su naturaleza, y entonces se tornaba tanto más terrible cuanto más próximo se había hallado a enternecerse.

He aquí cuanto se sabía acerca de aquel individuo en el momento en que le hemos puesto en escena de un modo tan singular; el auxilio que había prestado al fraile era tan ajeno a todos sus hábitos que por fuerza debía hallarse entonces en uno de sus mejores accesos para haber consentido, no solo en prodigar cuidados tan solícitos a uno de sus semejantes, sino también en perder tanto tiempo escuchando sus ruegos y lamentaciones.

Para concluir los datos que debemos dar acerca de tal personaje, añadiremos que nadie sabía si tenía una residencia habitual; que no se le conocía ninguna afección, ningún partidario; que siempre se le había visto solo, y que en los diez años, que hacía estaba recorriendo el desierto en todas direcciones, su fisonomía no había sufrido alteración alguna: siempre había tenido la misma apariencia de vejez y de fuerza; siempre la barba igualmente larga y blanca, y la cara llena de arrugas.

Según dijimos, el Desollador-Blanco se había lanzado a los matorrales con el fin de descubrir quien hizo aquella señal que le dio la alarma; sus pesquisas fueron minuciosas, pero no obtuvieron más resultado que el de hacerle descubrir que no se había equivocado, y que, en efecto, un espía oculto en la espesura había visto cuanto pasaba en la explanada y oído cuanto en ella se decía.

El Zorro-Azul, después de haber llamado a sus compañeros, se había echado hacia atrás con prudencia y viveza, convencido de que, a pesar de todo su valor, si caía en manos del Desollador-Blanco, era hombre perdido.

El Desollador se volvió muy pensativo junto al fraile, cuya oración duraba todavía y adquiría tales dimensiones que amenazaba con llegar a ser interminable.

El Desollador miró un momento al fraile, mientras que una sonrisa irónica vagaba por sus pálidos labios; en seguida, aplicándole un vigoroso culatazo entre los dos hombros, le dijo rudamente:

--¡Arriba!

El fraile cayó sobre las manos y permaneció inmóvil: creyendo que el otro tenía intención de asesinarle, se resignaba con su suerte, y aguardaba el golpe de gracia que, en concepto suyo, no debía tardar en recibir.

--¡Vamos, arriba, fraile del diablo! repuso el Desollador; ¿no has mascullado bastante tus oraciones?

Fray Antonio levantó muy despacio la cabeza: comenzaba a vislumbrar alguna esperanza.

--Perdone V., respondió, he concluido; ahora estoy a sus órdenes: ¿qué desea V. de mí?

Y en seguida se puso de pie como impulsado por un resorte, tanto adivinó por la expresión sombría de la mirada de su interlocutor que una derrota, por buena que fuese, no sería admitida.

--Está bien, tuno: me parece que eres tan diestro para disparar un tiro como para decir una oración; carga tu rifle, porque ha llegado el momento de batirte como un hombre, si no quieres ser muerto como un perro.

El fraile dirigió una mirada de terror en torno suyo y dijo vacilando:

--¡Señor! ¿Con que me es preciso batirme?

--Sí, a menos que no tengas empeño en conservar intacta tu piel, en cuyo caso puedes quedarte quieto.

--Pero acaso haya algún otro medio...

--¿Cuál?

--La fuga, por ejemplo, dijo el fraile con tono insinuante.

--Prueba ese medio, dijo el otro con tono burlón.

El fraile, alentado por esta semi-concesión, continuó diciendo con un poco más de atrevimiento:

--Tiene V. un caballo hermoso.

--¿Verdad que sí?

--¡Magnífico! repuso fray Antonio extasiándose.

--Sí, y no te pesaría que yo te dejase montar en él a fin de huir más pronto, ¿verdad?

--¡Oh! No lo crea V., dijo el fraile con un gesto negativo.

--¡Basta! repuso el Desollador interrumpiéndole con rudeza; piensa en ti que tus enemigos llegan.

De un salto se puso en la silla, hizo dar una vuelta a su caballo y se emboscó detrás del tronco enorme de un roble.

Fray Antonio, estimulado por la aproximación del peligro, cogió con viveza su rifle y se colocó también detrás del árbol.

En el mismo instante se oyó en los matorrales un crujido muy fuerte, se apartaron las ramas y aparecieron unos quince hombres: eran guerreros apaches, y en medio de ellos se hallaban el Zorro-Azul, John Davis y su compañero.

El Zorro-Azul, aunque nunca se había encontrado frente a frente con el Desollador-Blanco, había oído hablar de él muchas veces, tanto a los indios como a los cazadores. Por eso cuando le oyó pronunciar su nombre, una angustia inexplicable le oprimió el corazón recordando todas las crueldades de que sus hermanos habían sido víctimas por parte de aquel hombre, y se le ocurrió el pensamiento de apoderarse de él. Se apresuró a hacer la señal convenida con los cazadores, y lanzándose por entre los jarales con esa velocidad singular que caracteriza a los indios, fue al sitio que le aguardaban sus guerreros y les mandó que le siguiesen; al volver atrás encontró a los dos cazadores, quienes habían oído su señal y acudían a auxiliarle.

En breves palabras les enteró el Zorro-Azul de lo que pasaba: para ser verídicos nos vemos obligados a confesar que esta confidencia, lejos de excitar el ánimo de los guerreros y los cazadores, calmó de una manera singular su ardor, revelándoles que iban a exponerse a un peligro terrible luchando con un hombre tanto más de temer cuanto que ninguna arma podía herirle, y que los que hasta entonces se habían atrevido a atacarle, habían sido víctimas de su temeridad.

Sin embargo, era demasiado tarde para retroceder, ya no había posibilidad de fugarse, y los guerreros, aunque de mala gana, se decidieron a avanzar.

En cuanto a los dos cazadores, si bien no compartían por completo la ciega credulidad y los temores supersticiosos de sus compañeros, aquella lucha estaba muy lejos de agradarles. Sin embargo, contenidos por la vergüenza de abandonar a unos hombres a quienes se juzgaban muy superiores en inteligencia y aún en valor, se decidieron a seguirlos.

--¡Señor! exclamó el fraile con voz lamentable cuando vio aparecer a los indios, ¡no me abandone V.!

--No, si no te abandonas a ti mismo, perillán, respondió el Desollador.

Los apaches, cuando hubieron llegado al lindero del bosque, siguiendo su táctica habitual se guarecieron detrás de los troncos de los árboles, y tan bien lo hicieron que aquella explanada angosta en la que tantos hombres se disponían a empeñar un combate encarnizado parecía que se hallaba completamente desierto.

Hubo un momento de silencio y de vacilación.

El Desollador se decidió a ser el primero en hacer uso de la palabra y gritó:

--¡Eh! ¿Qué quieren VV. aquí?

El Zorro-Azul iba a contestar, pero John Davis se lo impidió, diciéndole:

--Déjeme V. a mí.

Separándose entonces del tronco del árbol que le guarecía, se adelantó resueltamente algunos pasos, y parándose hacia el centro de la explanada, dijo en voz alta y firme:

--¿Dónde está V., él que habla? ¿Teme V. darse a luz?

--Yo no temo nada, respondió el Desollador.

--Entonces déjese V. ver para que le conozcan, repuso John en tono de zumba.

El Desollador, tan luego como se vio interpelado de este modo, hizo saltar a su caballo y fue a parar a dos pasos del cazador, diciendo,

--Heme aquí: ¿qué me quiere V.?

Davis había dejado llegar el caballo sin hacer ningún movimiento para huir de él, y dijo.

--¡Eh! Tenía ganas de ver a V.

--¿Es eso todo lo que tenía V. que decirme? repuso el otro con tono brusco.

--¡Vamos! ¡Mucha prisa tiene V., que diablo! Déjenos siquiera tiempo suficiente para tomar resuello.

--Basta de chanzas que podrían costarle a V. caras; dígame en seguida cuáles son sus proposiciones, pues no tengo tiempo que perder en vanas palabras.

--¡Eh! ¿Cómo diablos sabe V. si tengo que hacerle proposiciones?

--A no ser por eso, ¿estaría V. aquí?

--¿Y esas proposiciones, sin duda las conocerá V.?

--Es muy posible.

--Entonces ¿qué respuesta me da V.?

--Ninguna.

--¿Cómo, ninguna?

--Prefiero pelear con VV.

--¡Oh! ¡Oh! ¡Rudo trabajo es el que se prepara V. ahí! ¿Sabe V. que somos dieciocho?

--Me importa muy poco el número. Aunque fuesen VV. ciento me batiría lo mismo.

--¡Vive Dios! Por lo singular del hecho me gustaría ver ese combate de un hombre solo contra veinte.

--No será muy largo.

Y al decir el Desollador estas palabras, hizo que su caballo retrocediese algunos pasos.

--Aguarde V. un momento, ¡qué diablo! dijo el cazador con viveza, déjeme V. decirle una palabra.

--Dígala V.

--¿Quiere V. rendirse?

--¿Cómo? ¿Qué es eso?

--Le pregunto a V si quiere rendirse.

--¡Vamos! ¡Está V. loco! repuso el Desollador con acento burlón. Rendirme, ¡yo! V. será quien pedirá cuartel muy pronto.

--No lo creo, ¡vive Cristo! Aún cuando hubiese V. de matarme.

--Vamos, vuélvase V. pronto a su escondite, dijo el Desollador encogiéndose de hombros; no quiero matarle a V. sin defensa.

--Pues Señor, tanto peor para V., dijo el cazador; le he advertido lealmente, y ahora me lavo las manos, salga V. de su apuro como pueda.

--Gracias, repuso enérgicamente el Desollador, pero aún no me encuentro en el extremo de apuro que V. supone.

John Davis se contentó con encogerse de hombros sin dar más respuesta, y se volvió a guarecer detrás del árbol, caminando con lento paso y silbando el _Yankee Doodle._

El Desollador no le había imitado: aunque sabía por demás que numerosos enemigos le rodeaban y vigilaban sus movimientos, permaneció inmóvil y firme en medio de la explanada.

--¡Hola! gritó con voz burlona, valerosos Apaches que os ocultáis como conejos en las madrigueras, ¿será preciso que vaya yo a buscaros para decidiros a daros a luz? Vamos, venid, si no queréis que crea que sois unas viejas charlatanas y cobardes.

Estas palabras insultantes llevaron a su colmo la exasperación de los guerreros Apaches, quienes respondieron con un prolongado grito de furor.

--¿Dejarán mis hermanos por más tiempo que un solo hombre se esté burlando de nosotros? exclamó el Zorro-Azul. Nuestra cobardía constituye su fuerza. Precipitémonos con la rapidez del huracán sobre ese genio del mal: no podrá resistir al choque de tantos guerreros afamados. ¡Adelante, hermanos! ¡Adelante! Sea nuestro el honor de haber vencido al enemigo implacable de nuestra raza.

Y el valiente jefe, lanzando su grito de guerra que fue repetido por sus compañeros, se precipitó hacia el Desollador blandiendo resueltamente su rifle por encima de su cabeza; todos los guerreros le siguieron.

El Desollador les aguardó sin cejar, pero tan luego como los vio a su alcance, recogiendo las riendas y oprimiendo las rodillas hizo saltar al noble animal en medio de los indios, y cogiendo su rifle por el cañón y sirviéndose de él como de una maza, comenzó a pegar a derecha e izquierda con un vigor y una rapidez que tenían algo de sobrenatural.

Entonces comenzó una pelea espantosa; los indios se encarnizaban contra aquel hombre que, como jinete hábil, hacía dar a su caballo las vueltas y los giros más imprevistos, y por la rapidez de sus movimientos impedía que agarrasen la brida y le parasen.

Los dos cazadores aguardaron al pronto con el arma descansada, convencidos de que era imposible que un solo hombre pudiese, no ya luchar, sino tan siquiera resistir dos minutos a unos enemigos tan numerosos y tan valientes; pero muy luego conocieron con suma sorpresa que se habían equivocado: ya varios indios yacían tendidos en el suelo con el cráneo partido por la terrible maza del Desollador, que no desperdiciaba un solo golpe.

Los cazadores comenzaron entonces a variar de opinión acerca del resultado de la lucha y quisieron acudir al auxilio de sus compañeros; pero sus rifles les eran inútiles en el continuo movimiento del combate cuyo terreno variaba a cada instante, sus balas hubieran podido equivocarse fácilmente y herir a un amigo en vez del enemigo a quien querían derribar; entonces tiraron sus rifles, desenvainaron sus cuchillos y se lanzaron al auxilio de los Apaches, que comenzaban a flaquear.

El Zorro-Azul, peligrosamente herido, estaba tendido en el suelo sin sentido; los guerreros que aún se hallaban sanos comenzaban a pensar en la retirada y a dirigir miradas ansiosas detrás de sí.

El Desollador seguía batiéndose con la misma furia, burlándose de sus enemigos e insultándolos; su brazo se levantaba y se bajaba sin cesar.

--¡Ah! ¡Ah! exclamó al ver a los dos cazadores, ¿quieren VV. su parte? ¡Vengan, vengan acá!