Part 15
--¡Es verdad! repuso el joven con ademán pensativo; sin embargo, nuestra posición, en este momento, es en extremo difícil. Estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por decirlo así: nuestros amigos vacilan; todavía no se atreven a decidirse en favor nuestro, mientras que nuestros enemigos, por el contrario, levantan la cabeza, cobran ánimo y se disponen a atacarnos con vigor. Aunque a mi corazón le repugna semejante alianza, es evidente para mí que si los Apaches consienten en ayudarnos de una manera franca y decidida, su auxilio nos será muy útil.
--Tiene V. razón. En la situación en que nos encontramos, desterrados de la sociedad, perseguidos como fieras, acaso fuera imprudente rechazar la alianza que nos proponen los pieles rojas.
--En fin, amigo mío, doy a V. carta blanca; los acontecimientos le inspirarán la mejor manera de obrar. Confío por completo en la inteligencia y adhesión de V.
--No se arrepentirá V. de ello.
--Ahora separémonos, y ¡buena suerte!
--Adiós, hasta la vista.
--Hasta mañana.
El Jaguar hizo una señal postrera de despedida a su amigo o a su cómplice, según le plazca al lector denominarle, se colocó a la cabeza de la partida y arrancó a galope.
Este John no era sino John Davis el mercader de esclavos a quien sin duda recordará el lector haber visto aparecer en los primeros capítulos de la presente historia. El cómo le encontramos en Tejas formando parte de una partida de _outlaws,_ y de perseguidor convertido a su vez en perseguido, sería cosa sobrado larga de explicar en este momento; pero nos reservamos dar acerca de esto al lector la correspondiente satisfacción cuando sea ocasión oportuna.
John y su compañero se dejaron coger prisioneros por los exploradores del capitán Melendez, sin cometer la falta de oponer la más leve resistencia. Ya hemos referido en un capítulo anterior la manera en que se habían conducido en el campo mejicano. No volveremos a ocuparnos de estos hechos y seguiremos al Jaguar.
El joven parecía ser y era, en efecto, el jefe de los jinetes a cuyo frente cabalgaba.
Estos individuos pertenecían todos a la raza anglo-sajona; es decir, todos ellos eran norteamericanos.
Ahora bien: ¿qué oficio ejercían? Uno muy sencillo.
Por el momento eran insurgentes. Llegados la mayor parte de ellos a Tejas en la época en que el gobierno mejicano había autorizado la emigración americana, se fijaron en el país, lo colonizaron y lo desmontaron; en resumen, concluyeron por considerarle como una nueva patria.
Cuando el gobierno de Méjico inauguró el sistema de vejaciones de que ya no había de apartarse, aquellas buenas gentes abandonaron el azadón y el pico para empuñar el rifle; montaron a caballo y se pusieron en abierta insurrección contra un opresor que quería arruinarlos y desposeerlos.
Varias partidas de insurgentes se formaron así de improviso en diferentes puntos del territorio de Tejas, luchando valerosamente contra los mejicanos en cuantas partes los encontraban. Desgraciadamente para ellos, aquellas partidas estaban aisladas; ningún vínculo las unía con otras para formar un contingente compacto y temible; obedecían a jefes independientes unos de otros, que todos querían mandar sin consentir en doblegar su voluntad bajo otra superior y única, medio exclusivo, sin embargo, para obtener resultados positivos y conquistar esa independencia que, en el ánimo de las personas más ilustradas del país, era considerada aún como una utopía por razón de tan malhadada desunión.
Los jinetes a quienes hemos puesto en escena se habían colocado bajo las órdenes del Jaguar, quien, no obstante su juventud, tenía una fama de valiente, prudente y hábil, harto sólidamente establecida en toda la comarca para que su solo nombre no inspirase terror a los enemigos con quienes la casualidad le hiciese tropezar.
Los acontecimientos sucesivos probarán que los colonos, al elegirle por jefe, no se habían equivocado respecto de él.
El Jaguar era realmente el jefe que tales hombres necesitaban; era joven y hermoso, y se hallaba dotado de esa fascinación que improvisa los reyes. Hablaba poco; pero cada frase suya dejaba un recuerdo.
Había comprendido lo que sus compañeros esperaban de él, y había realizado prodigios, porque, como sucede siempre con las almas que han nacido para ejecutar cosas grandes, almas que se van elevando y permanecen constantemente al nivel de los sucesos, su posición, al ensancharse, había hecho más vasta su inteligencia, por decirlo así; su golpe de vista se había tornado infalible, su voluntad era de hierro; se identificó tan bien con su nueva posición, que ya no se dejó dominar ni avasallar por ningún sentimiento humano; su rostro fue de mármol para la alegría lo mismo que para el dolor; el entusiasmo de sus compañeros en ciertas ocasiones no alcanzaba a hacer pasar por sus facciones ni una llamarada ni una sonrisa.
El Jaguar no era un ambicioso vulgar; le hacía padecer el desacuerdo que reinaba entre los insurgentes; anhelaba obtener una fusión que había llegado a ser indispensable, y trabajaba con todo su poder para llevarla a cabo; en una palabra, ¡el joven tenía fe! Creía, porque, a pesar de las innumerables faltas cometidas desde el principio de la insurrección por los colonos de Tejas, había conocido tanta vitalidad en aquella obra de libertad tan mal dirigida hasta entonces, que concluyó por comprender que en toda cuestión humana hay algo más poderoso que la fuerza, el valor y aún el genio, y es la idea cuyo tiempo ha llegado, cuya hora ha sonado en el reloj de Dios. Entonces, olvidando toda preocupación, esperó y confió en un porvenir seguro.
Para neutralizar todo lo posible el aislamiento en que dejaban a su partida, el Jaguar inauguró una táctica que hasta entonces había triunfado siempre. Lo que se necesitaba era ganar tiempo y perpetuar la guerra, aunque se sostuviese una lucha desigual. Para esto era preciso envolver en el misterio su debilidad, mostrarse en todas partes, no detenerse en ninguna, encerrar al enemigo en una red de adversarios invisibles, obligarle a mantenerse de continuo con la bayoneta cruzada en el vacío, con los ojos inútilmente fijos en todos los puntos del horizonte, hostigado sin cesar, aunque sin ser nunca atacado en realidad ni formalmente por fuerzas respetables: éste fue el plan que el Jaguar inauguró contra los mejicanos, a quienes enervó así en esa fiebre de la ansiedad y de lo desconocido, que es la enfermedad más temible para los que tienen de parte suya a la fuerza.
Por eso el Jaguar y los cincuenta o sesenta jinetes que tenía bajo su mando eran más temidos por el gobierno mejicano que todas las demás fuerzas reunidas de los insurgentes.
Así pues, un prestigio inaudito rodeaba al jefe temible de aquellos hombres a quienes era imposible coger; un temor supersticioso les precedía, y su sola aproximación introducía el desorden entre las tropas enviadas contra ellos.
El Jaguar aprovechaba hábilmente sus ventajas para intentar las expediciones más aventuradas y los golpes de mano más temerarios. El que en aquel momento meditaba era uno de los más atrevidos que había concebido hasta entonces: trataba nada menos que de arrebatar la conducta de plata y coger prisionero al capitán Melendez, oficial a quien con razón consideraba como a uno de sus adversarios más temibles, y con el cual, por esto mismo, ardía en deseos de medir sus fuerzas, comprendiendo que si lograba vencerle, esta acción audaz daría al instante mucho lauro a la insurrección y le atraería numerosos partidarios.
El Jaguar, después de haber dejado detrás de sí a John Davis, se adelantó con rapidez hacia un poblado bosque que se destacaba en el horizonte con un color oscuro, y en el cual se proponía acampar aquella noche, pues no podía llegar a la barranca del Gigante hasta el siguiente día muy tarde. Además, quería quedarse cerca de los dos hombres que había destacado como exploradores, con el fin de hallarse más pronto al corriente del resultado de sus operaciones.
Un poco antes de la puesta del sol los insurgentes llegaron al bosque y desaparecieron inmediatamente bajo la enramada.
Cuando el Jaguar hubo llegado a la cumbre de una pequeña colina que dominaba el paisaje, mandó hacer alto y echar pie a tierra, y dio la orden de acampar.
En el desierto se organiza muy pronto un campamento.
A fuerza de hachazos se desembaraza un espacio suficiente, se encienden hogueras de trecho en trecho para alejar a las fieras, se manean los caballos, se colocan los centinelas para velar por la común seguridad, luego cada cual se tiende delante de la lumbre, se envuelve en sus mantas y todo está dicho. Aquellas rudas naturalezas, acostumbradas a arrostrar la intemperie de las estaciones, duermen tan profundamente bajo la celeste bóveda como los habitantes de las ciudades en el seno de sus suntuosas moradas.
Cuando cada cual se hubo entregado al descanso, el joven hizo una ronda con el fin de cerciorarse de que todo estaba en orden, y luego volvió a sentarse junto al fuego y quedó sumido en serias meditaciones.
Trascurrió la noche entera sin que hiciese el movimiento más leve, y sin embargo no dormía; sus ojos estaban abiertos y fijos en los tizones de la hoguera que acababa de consumirse lentamente.
¿Cuáles eran los pensamientos que arrugaban su frente y le hacían fruncir el entrecejo?
Nadie hubiera podido decirlo.
¡Quizás viajaba por la región de las quimeras, quizás soñaba despierto, halagándose con una de esas hermosas ilusiones de los veinte años, que son tan embriagadoras y tan engañosas!
De pronto se estremeció y se enderezó como si le hubiese impulsado un resorte.
En aquel momento aparecía el sol en el horizonte y comenzaba a disipar lentamente las tinieblas.
El joven inclinó el cuerpo hacia adelante y escuchó.
Oyóse a corta distancia el ruido seco que producen los muelles de un fusil al montarse, y un centinela oculto entre los matorrales, gritó con voz breve y acentuada.
--¿Quién vive?
--¡Amigo! respondió otra voz desde más lejos.
El Jaguar se estremeció, y hablando consigo mismo, murmuró:
--¡Tranquilo aquí! ¿Por qué razón me buscará?
En seguida se lanzó en la dirección en que suponía que había de encontrar al cazador de tigres.
XXII.
EL ZORRO-AZUL.
Volveremos ahora al Zorro-Azul y a sus dos compañeros, a quienes en un capítulo anterior abandonamos en el momento en que, oyendo silbar una bala junto a sus oídos, se atrincheraron instintivamente detrás de unas rocas y unos troncos de árbol.
Tan luego como hubieron adoptado esta precaución indispensable contra sus invisibles agresores, los tres hombres examinaron sus armas con cuidado a fin de hallarse dispuestos al combate, y en seguida aguardaron con el dedo apoyada en el gatillo y dirigiendo a todas partes una mirada investigadora.
Así permanecieron durante un espacio de tiempo bastante largo, sin que nada llegase a turbar de nuevo el silencio de la pradera, sin que el más leve indicio les hiciera sospechar que el ataque dirigido contra ellos hubiese de reproducirse.
Poseídos de la más viva inquietud, sin saber a qué atribuir aquella agresión ni qué enemigos tendrían que temer, los tres hombres ignoraban qué partido deberían adoptar, y cómo podrían salir de una manera honrosa de la posición apurada en que la casualidad les había colocado de improviso de una manera tan singular, cuando el Zorro-Azul se resolvió por fin a ir de descubierta.
Sin embargo, como el jefe temía, y con razón, caer en algún lazo hábilmente preparado para apoderarse de él y de sus compañeros sin disparar un tiro, antes de alejarse juzgó prudente adoptar las precauciones más minuciosas.
Los indios tienen merecida nombradía por su astucia. Obligados, por razón de la vida que llevan desde su nacimiento, a servirse de continuo de las facultades físicas con que les ha dotado la Providencia, su oído, su olfato, y sobre todo su vista se han perfeccionado de tal manera y han adquirido tan gran desarrollo, que pueden luchar ventajosamente con las fieras, de las cuales son, en verdad, unos plagiarios. Pero como tienen a su disposición, en ventaja sobre los animales, la inteligencia que les permite combinar sus acciones y prever las consecuencias probables, han adquirido una ciencia felina, si nos es lícito emplear esta expresión, que les hace ejecutar cosas sorprendentes, y de las cuales solo pueden formarse una idea exacta aquellos que les han visto trabajar, tanto es lo que su habilidad excede de los límites de lo posible.
Cuando se trata de seguir un rastro sobre todo, es cuando esa astucia de los indios y ese conocimiento que poseen de las leyes de la naturaleza adquieren proporciones extraordinarias. Por mucho cuidado que haya tenido su enemigo, por grandes que sean las precauciones que haya adoptado para ocultar sus huellas y hacerlas invisibles, siempre concluyen por descubrirlas. Para ellos, el desierto no ha conservado secretos; para ellos, esa naturaleza virgen y majestuosa es un libro cuyas páginas todas conocen y en el cual leen de corrido sin que nunca se equivoquen ni siquiera vacilen.
El Zorro-Azul, aunque era todavía muy joven, había adquirido ya merecida nombradía de astucia y de sagacidad; por eso en la ocasión presente, rodeado, según toda probabilidad, de enemigos invisibles cuyos ojos fijos sin cesar en el sitio que le servía de escondite vigilaban atentamente todos sus movimientos, se preparó con mayor prudencia que nunca para frustrar sus maquinaciones y contrarrestar sus proyectos.
Después de haber convenido con sus dos compañeros una señal para el caso probable en que le fuese necesario su auxilio, se desembarazó de su manto de piel de bisonte, cuyos anchos pliegues hubieran podido entorpecer sus movimientos, se despojó de todos los adornos que cubrían su cabeza, su cuello y su pecho, y no conservó más que su _mitasse_, especie de calzón de dos pedazos que baja hasta los tobillos, está cosido de trecho en trecho con pelo, y se halla sujeto en las caderas por medio de una correa de piel de gamo sin curtir.
Cuando estuvo así, casi desnudo, se revolcó varias veces en la arena para hacer que su cuerpo tomase un color terroso; en seguida se colgó del cinto su _tomahawk_ y su cuchillo de desollar, armas de que nunca se separa un indio; cogió su rifle con la mano derecha, y después de haber hecho una seña postrera de despedida a sus compañeros que observaban atentamente estos diferentes preparativos, se tendió en el suelo y comenzó a arrastrarse como una culebra por entre la crecida yerba.
Aunque hacía ya mucho tiempo que había salido el sol y derramaba con profusión sobre la pradera torrentes de luz deslumbradora, la partida del Zorro-Azul se efectuó con tanto cuidado, que ya estaba lejos en la llanura cuando sus compañeros le juzgaban todavía muy cerca; ni un átomo de yerba se había agitado con su paso, ni un guijarro había rodado bajo sus pies.
De vez en cuando el piel roja se detenía, exploraba los alrededores con una mirada penetrante, y luego, cuando creía hallarse cerciorado de que todo estaba tranquilo, de que nada había revelado su presencia, comenzaba de nuevo a arrastrarse sobre las rodillas y las manos en dirección a la espesura del bosque, a cuyas cercanías llegó muy pronto.
Así consiguió situarse en un sitio enteramente desprovisto de árboles, en donde la yerba, levemente pisoteada en varios puntos, le hizo suponer que se aproximaba al paraje en que debían estar emboscados los que habían hecho fuego.
El indio se detuvo con el objeto de estudiar cuidadosamente las huellas que acababa de descubrir.
Aquellas huellas parecía que pertenecían a un solo individuo; eran pesadas, anchas, hechas sin precaución alguna, y parecía que pertenecían a un hombre blanco que ignorase los usos de la pradera, más bien que a un cazador o a un indio.
Los matorrales estaban aplastados como si la persona que había cruzado por ellos lo hubiese hecho a viva fuerza y corriendo, sin tomarse el trabajo de apartar las ramas; la tierra estaba pisoteada, y en algunos sitios empapada en sangre.
Él Zorro-Azul no alcanzaba a comprender aquel rastro singular, que en nada se parecía a los que estaba acostumbrado a seguir.
¿Era aquello una ficción empleada por sus enemigos para engañarle con mayor facilidad, dejándole ver un rastro tosco destinado a ocultar el verdadero? ¿Era realmente, por el contrario, el rastro de un hombre blanco perdido en el desierto, cuyas costumbres ignoraba?
El indio no sabía en qué opinión fijarse, y su perplejidad era extremada. Para él era evidente que de aquel sitio había salido el tiro con que fue saludado en el momento en que iba a comenzar su discurso; pero ¿con qué interés el hombre, quién quiera que fuese, que había escogida aquella emboscada, había dejado huellas tan manifiestas de su paso? Desde luego debía suponer que su agresión no quedaría impune, y que aquellos a quienes había querido tomar por blanco se lanzarían inmediatamente en persecución suya.
En fin, después de haber buscado durante mucho tiempo en su mente la solución de aquel problema y haberse devanado en balde los sesos para obtener una conclusión probable, el piel roja, apuradas ya todas las suposiciones, se fijó en la primera que se le había ocurrido, a saber: que aquel rastro era ficticio y destinado tan sola a ocultar el verdadero y a desorientar a los que les siguiesen.
El gran defecto de las gentes acostumbradas a proceder con ardides y estratagemas es el de suponer que todos los hombres son como ellos, y que no emplean más que la astucia para combatirlos; por eso se engañan con frecuencia, y la franqueza de los medios empleados por sus adversarios les desorienta por completo, y con frecuencia les hace perder una partida que en cualquiera otra ocasión habrían ganado.
El Zorro-Azul observó muy luego que su suposición era errónea, que había atribuido a su enemigo mucha más astucia y sagacidad de la que en realidad poseía; y que donde creyó ver un ardid en extremo complicado, con el objeto de engañarle, no existía en realidad sino lo que desde luego había visto, es decir, únicamente el paso de un hombre.
El indio, después de haber estado mucho tiempo vacilando y tergiversando, se decidió por fin a continuar avanzando y a seguir lo que juzgaba un rastro falso, convencido de que no tardaría en descubrir el verdadero; solo que, como estaba persuadido de que tenía que habérselas con gentes sumamente ladinas, aumentó su prudencia y su precaución, sin avanzar sino paso a paso, explorando con el mayor cuidado los matorrales y jarales, y sin aventurarse en ellos sino cuando creía estar seguro de que no tenía que temer sorpresa alguna.
Este manejo duró bastante tiempo. Hacía cerca de dos horas que se había separado de sus compañeros cuando de improviso se encontró en la errada de una explanada bastante vasta de la cual no le separaba más que un cortinaje de hojarasca.
El indio se detuvo, se incorporó muy despacio, apartó las ramas a derecha e izquierda de modo que su vista pudiese examinar la explanada sin que le descubriesen, y miró.
En los bosques americanos abundan mucha esas explanadas o plazoletas, producidas unas veces por la caída de árboles que se mueren de viejos y son materialmente deshechos por la acción del tiempo; y otras por árboles heridos por el rayo y derribados a consecuencia de esos huracanes terribles que tan a menudo trastornan por completo el suelo del Nuevo Mundo. La explanada de que hablamos era bastante grande; un ancho riachuelo la atravesaba en toda su longitud, y en el fango de sus orillas se veían profundamente impresas las pisadas de las fieras, de las cuales era aquel uno de los abrevaderos ignorados.
Un magnífico roble, cuya espléndida copa daba sombra a toda la explanada, se alzaba próximamente en el centro de esta. Al pie de aquel gigantesco huésped de los bosques había dos hombres.
El primero, vestido con un hábito de fraile, estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados y el rostro cubierto de mortal palidez; el segundo, arrodillado junto a él, parecía que le prodigaba los cuidados más solícitos.
Merced a la posición que el piel roja ocupaba, le fue fácil distinguir las facciones de este último personaje, que se hallaba en frente de él.
Era un hombre de elevada estatura, pero en extremo flaco; su semblante, que sin duda por lo mucho que habría estado a la intemperie, según toda probabilidad, había adquirido el color del ladrillo, estaba surcado por arrugas profundas; una barba blanca como la nieve le caía sobre el pecho, mezclada con los largos rizos de su cabellera también blanca, que se extendía en desorden por sus hombros; vestía el traje de los partidarios norteamericanos mezclado con el traje mejicano, pues un sombrero de vicuña, guarnecido con una redecilla de oro, cubría su cabeza; un zarapé le servía de capote, y su pantalón de pana de color de violeta estaba estrechamente sujeto por unas largas polainas de ante que le subían hasta la rodilla.
Era imposible calcular la edad de aquel hombre. Aunque sus facciones sombrías y acentuadas, sus ojos oscuros en los cuales se reflejaban un fuego sombrío y una expresión extraviada, revelaban que había llegado a una vejez avanzada, ninguna señal de decrepitud se descubría en toda su persona; su estatura parecía que no había perdido ni una sola pulgada de altura, tanto era lo derecho que aún se mantenía su cuerpo; sus miembros nudosos, provistos de músculos duros como cuerdas, parecía que se hallaban dotados de extraordinaria fuerza y agilidad; en resumen, tenía toda la apariencia de un partidario temible cuyo golpe de vista debía ser tan seguro y el brazo tan fuerte como si solo hubiese tenido cuarenta años.
En su cinto llevaba un par de pistolas de cañón largo y un machete de hoja recta y ancha metido, sin vaina, en una anilla de hierro colocada en su costado izquierdo. Dos rifles, uno de los cuales sin duda era suyo, estaban apoyados en el tronco del árbol, y un magnífico _mustang,_ maneado a pocos pasos de distancia, comía los retoños de los árboles.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir, el indio lo vio de una sola ojeada; pero, al parecer, aquella escena, que estaba muy lejos de esperar, no le tranquilizó en manera alguna, porque su entrecejo se frunció y contuvo a duras penas una exclamación de sorpresa y de disgusto al ver a aquellos dos individuos.
Por un movimiento instintivo de prudencia amartilló su rifle, y después que hubo adoptado esta precaución, comenzó a observar de nuevo lo que hacían los dos personajes.
Entretanto, el hombre vestido de fraile hizo un movimiento leve como para levantarse y entreabrió los ojos; pero harto débil todavía, probablemente, para soportar el resplandor de los rayos del sol, a pesar de que solo se filtraban por entre las pobladas ramas, volvió a cerrarlos en seguida; sin embargo, el individuo que le estaba prodigando auxilios observó que había vuelto en sí, pues vio el movimiento de sus labios que se agitaban como si hubiese murmurado una oración en voz baja.
Juzgando entonces que, por el momento al menos, sus cuidados no le eran ya necesarios a aquel a quien socorría, el desconocido se levantó, cogió su rifle, apoyó las dos manos cruzadas sobre la boca del cañón, y aguardó impasible, después de haber dirigido a la explanada una mirada circular cuya expresión sombría y rencorosa hizo estremecer de espanto al jefe indio en el fondo de los matorrales en que se hallaba oculto.
Trascurrieron algunos minutos durante los cuales no se oyó más ruido que el murmullo continuo del agua del riachuelo y el no menos misterioso de los insectos de todas clases ocultos entre la yerba.
Al fin, el hombre tendido sobre la yerba hizo otro movimiento más pronunciado que el primero y abrió los ojos.
Después de haber dirigido en torno suyo una mirada extraviada, su vista se fijó con una especie de fijeza singular en el anciano alto que continuaba inmóvil junto a él y le examinaba con cierta mezcla de compasión irónica y de melancolía sombría.
--Gracias, murmuró al fin el fraile con voz débil.